Cap. 1: Posesión
En aquel bar gay en donde la última vez, hace casi tres meses, se encontraron, Diego, André y Daniel, este volvió por la noche.
Como Daniel le había dicho a André, después de que este lo descubriera en ese bar, no volvió a ir ahí o a encontrarse con alguien.
Pero como Daniel ya había decidido cortar con ese amor y ese pasado que involucraba estar detrás de André, no había más impedimentos para regresar a lo que era antes. Después de todo, esa manera de vida no le molestaba a Daniel, sino más bien, le gustaba.
Cuando Daniel fue creciendo y se dio cuenta que le gustaban los hombres, se sintió cada vez más un prisionero, ya que, llevaba sobre su espalda un compromiso que le impuso su padre. Y así, poco a poco, desarrolló en su interior la urgencia de hacer lo que quisiera lo entiendan o no los demás, con la convicción de no permitir que nadie ordenara directamente en él.
Daniel podía acostarse con la misma persona varias veces, pero no pasaba de una o dos semanas, antes dejando en claro que no habría la posibilidad de amar al otro y de ninguna relación romántica posterior. Daniel tampoco tenía problemas con parejas de una sola noche. En realidad, era Daniel quien se ajustaba al tiempo y deseo de sus parejas temporales.
A Daniel le daba igual si era algo de una noche o de varios días, porque lo que buscaba era sexo sin compromiso.
Y de ese modo, Daniel creía que todo estaba bajo control. De día era un estudiante universitario como cualquier otro, mientras de noche era un joven libre en busca de diversión.
Diego no se equivocó en pensar que Daniel no era del todo sincero con Mariana, después de todo, esta no sabía a detalle la vida nocturna de Daniel. A parte de que Daniel solía ir a un bar gay en particular para beber y despejar un poco la mente los fines de semana, Mariana no sabía más.Esto podría considerarse parte de la verdad, pero también una mentira, porque Daniel no solo disfrutaba de los fines de semana, y no solo bebiendo o bailando despejaba la mente.
En ese momento, Daniel no se encontraba bien. Estaba sentado frente a la barra en la compañía de dos hombres de menor tamaño que él. Ambos eran delgados y guapos, pero diferentes. Uno era un poco afeminado, y el otro era más varonil. Ambos con ropas casuales. Pero, a diferencia del segundo, el polo y pantalón del primero eran más cortos dejando ver parte de su abdomen y pantorrillas.
El hombre delgado con la ropa corta, por un lado, se contorneaba y envolvía en un Daniel que parecía estar ebrio al punto de no poder levantar la cabeza que la tenía apoyaba sobre la barra. Mientras que el otro hombre, por el otro lado, estaba parado a un lado como si fuera la seguridad de Daniel. Pero su papel no era muy diferente a eso, ya que no permitía que nadie más se acercara a Daniel ni por curiosidad ni para ayudarlo.
En esa condición, Daniel pasó quince minutos hasta que finalmente perdió el conocimiento.
“Daniel… ¿por qué estás así? Tú… no te embriagarías tan rápido”
Ren pensó con extrañeza y sospecha, mientras, metros más allá, miraba estando de pie.
Como si conociera dónde se encontraba el bar al cual Daniel terminaría yendo, Ren, después de esperar unas horas afuera del edificio luego de que Daniel le cerrara la puerta en la cara en su primer encuentro después de trece años, solo le hizo un gesto de “vamos” a su chofer para que este avanzara detrás de Daniel, aunque este y el taxi ya habían desaparecido.
Ren y su familia estuvieron todos esos trece años en el extranjero. La razón era que el padre de Ren estaba a cargo de la sucursal de la empresa del padre de Daniel en el extranjero. Cuando Ren regresó al país, lo hizo solo con su padre, porque su madre y hermana menor se quedaron. Después de todo, aquel padre tenía pensado regresar poco después, sino era maldecido por el padre de Daniel que lo haría regresar de inmediato.
Para Ren, que regresara al país significó el primer paso para volver a unir su camino con el de Daniel. Había esperado mucho tiempo y ya no estaba dispuesto a esperar más. Aunque el padre de Ren sabía que podría estar cavando su propia tumba al seguirle la corriente a su primogénito querido, no se opuso mucho.
“De todas maneras, no siempre mi muchacho vestirá de mujer, ¿no? Además, es posible que mi buen amigo me entienda, ¿verdad?”
Con ese pensamiento medio seguro y medio dudoso, ya era demasiado tarde para arrepentirse cuando ya estaba, junto a Ren, frente a la puerta de la gran casa del padre de Daniel. Este era un hombre de gran presencia, cabello oscuro como el de su hijo, piel blanca y expresión indiferente. Pero cuando se trataba de su buen amigo Gabriel, su expresión era sonriente con una mirada llena de agradecimiento y estima. Pero, lo que escuchó a continuación, hizo que esa cara se entristeciera en sorpresa y decepción.
Sin embargo, para fortuna de Ren, el proceso para hacer las paces entre su padre y el de Daniel, no duró más de dos semanas. El padre de Daniel perdonó a Gabriel porque, después de todo, se trataba de ese buen amigo de toda la vida desde que lo conoció. Pero, aun así, estaba bastante dudoso respecto a que Daniel aceptara a Ren como el hombre que era, porque tenía la idea equivocada de que ese hijo suyo estaba esperando a esa prometida anhelada ya que hasta entonces no le había presentado a ninguna otra mujer. Sin embargo, aunque dudara de su hijo, no era lo mismo con Ren, porque podía ver que en esos ojos grandes y marrones solo cabía Daniel, al igual que en esos rosados labios que al decir aquel nombre desbordaba amor y anhelo.
“Que lo intenté si quiere el muchacho. Después de todo, ya me había hecho la idea de ser consuegro de mi buen amigo, jeje”.
Aunque el padre de Daniel ya había accedido y tenía ese pensamiento con una sonrisa en la cara, en el fondo estaba aliviado de tener una hija que le daría nietos si Daniel llegara a corresponder algún día a Ren.
Y no era muy diferente para Gabriel, que también estaba aliviado de haber tenido un segundo hijo. Ren tenía una pequeña hermana menor por once años. Ella había nacido en el extranjero. Y a diferencia de Ren, tenía los ojos alargados como los de su madre, y era muy apegada a ese hermano suyo, aunque sus personalidades eran algo opuestas.
Incluso, Gabriel, en un momento de desesperación pocos días después de que naciera Nicol, su pequeña hija, pensó en que esta podría tomar el lugar de Ren. Gabriel tenía miedo a la indiferencia de su buen amigo Rodolfo, padre de Diego, además de perder su trabajo ideal a su lado.
Gabriel no era una mala persona, porque durante todos esos años nunca se fue ese sentimiento de culpa y arrepentimiento en él.
Cuando Ren se enteró de aquella idea desesperada, de ser reemplazado por su hermana, de la propia boca de su padre cuando este estaba siendo convencido para regresar y decir la verdad, le dio una mirada feroz que le decía “ni lo sueñes”.
Pero Gabriel, un hombre de cabello corto y castaño como el de su hijo, ojos claros, piel pálida y elegante presencia, no podía evitar sentir raro a su hijo después de que reaccionara de esa manera agresiva y dominante, después de todo, siempre vio a su hijo como alguien tranquilo e incapaz de enojarse al punto de parecer aterrador. Sin embargo, Gabriel pensó que era algo normal en su hijo porque estaba luchando por la persona que le gustaba. En ese punto, Gabriel ya sabía que su hijo era gay. Ren se lo dijo poco antes de terminar la secundaria en busca de la comprensión y apoyo de su querido padre. Y este no lo defraudo.
Gabriel también sabía de qué su hijo tenía cero experiencias en el romance, porque Daniel era su único amor, casi su obsesión.
“Gracias a Diosito esta pesadilla terminó. ¡Se libre conciencia mía!”
Pensó Gabriel con lágrimas en las esquinas de sus ojos cerrados, mientras abrazaba y era abrazado por Rodolfo en un abrazo de reconciliación, en su último día de espera por el perdón.
Las dos semanas restantes, antes de encontrarse con Daniel, Ren estaba ocupado observando e investigando. Según él, por el bien de Daniel.
Aunque casi se volvió loco con la idea de esperar, Ren se contuvo de correr inmediatamente a los brazos de Daniel.