El crujir de la rama
El crujir de la rama en la madrugada, es un sonido que durante horas estuvo perturbando mis sueños. De manera rítmica, y casi hipnótica, ese ruido no cesaba. Al asomarme por la ventana, pude observar al enorme, y lúgubre árbol de dónde colgaba un cuerpo que se balanceaba con el viento nocturno.
Como un péndulo, el cadáver no cesaba de bailar con el ritmo de la brisa helada. Él me miraba: muerto y con los ojos abiertos, con un destello casi imperceptible. Sus facciones eran difusas, pero podía percibir esa mirada penetrante, en la que había una luz que no iluminaba, pero que sobresalía entre el velo negruzco de esa noche furiosa. Cantaban los grillos, y el viento ululaba; una sinfonía triste que acompañaba el ritmo del crujir de la rama.
Mirando a través de la ventana; el tiempo se volvió confuso, al igual que los pensamientos y las emociones. Siento que la mirada del cadáver me arrastra. Aunque sus manos cuelgan sin mayor movimiento que el balanceo, puedo sentir que estas me sacuden, me abrazan y me tratan de llevar hacia el árbol. Manos frías me arrastran a la muerte; fuertes manos, dedos largos; tan largos, tan fríos, tan muertos como las ramas de donde cuelga ese cadáver.
La plateada luz de la luna solitaria, por unos segundos acarició el rostro del hombre muerto y me di cuenta que era yo mismo.
La piel gris de ese rostro que conocía tan bien de toda la vida, trajo con sus facciones lúgubres un peso insostenible en mi pecho. ¿Acaso estoy viendo una predicción del futuro? ¿O el evento de un pasado que no puedo recordar?
No podía ser una pesadilla, pues las he tenido durante toda mi vida, y en ninguna había gozado de tanta lucidez. La mente que reposa en el sueño nocturno no puede analizar, razonar, ni concentrarse en tantos detalles como los que mis sentidos perciben en aquella figura colgante. Esos ojos abiertos que me observan mientras el cuerpo se columpia, podía verlos de una manera tan clara a pesar de la noche y la distancia, que si fuese una pesadilla no podría clavar mi mirada de una manera tan atenta.
El crujir de la rama se volvió cada vez más incómodo. El sonido no se volvió más estruendoso, ni más rápido; la incomodidad provenía de la exactitud rítmica con la que esta crujía, parecía un metrónomo, o el palpitar de mi propio corazón angustiado.
Por unos instantes, cubrí mi rostro con las sábanas. Con los ojos cerrados, imploraba porque el cansancio se adueñase de mí, y me obligase a rendirme, a desconectarme de los ruidos de la noche, hasta que la mañana me diese la tranquilidad suficiente para ir a inspeccionar aquel cadáver colgado de la rama.
Aun en la oscuridad, bajo las sábanas, y con los ojos cerrados, sentía como las formas que habitan en la noche rondaban a mi alrededor. Todo aquello que no podemos observar en la noche, se refugia en la penumbra, pero no por eso es inexistente; así como el miedo no es palpable, pero habita en las almas atormentadas. Aquellas sombras del inframundo merodean mis aposentos, reposan en mi cama, sobre mi pecho, incluso dentro de mi mente; todas ellas respiran algo distinto al aire, respiran el temor que mi cuerpo tembloroso transpira de manera involuntaria.
El crujir de la rama en la madrugada, marca el ritmo de los pasos de las sombras que deambulan sigilosamente junto a mi cama. Puedo cerrar mis ojos, pero mi mente sigue observando fijamente aquella mirada muerta que me acecha a través de la ventana, a través del velo negro de la noche fría, desde el futuro incierto o desde un pasado olvidado. Mis ojos muertos, mi cadáver, la gruesa horca; todo me persigue, desde la rama del árbol majestuoso, hasta los estrechos callejones de mi mente. Cuando la desesperación me rasguñaba de manera inclemente por dentro de mi pecho…el ruido cesó.
El silencio se sintió reconfortante, parecía que el viento hubiese calmado su furia. El respiro dulce de una angustia extinguida, me dio momentos de tranquilidad profunda; entonces, en un momento de paz efímera, saqué mi cabeza debajo de las sábanas, y abrí mis ojos... el cadáver que colgaba en la rama ya no estaba.
Mi palpitar exaltado, iba desmoronando mi corazón y mi cordura. Fragmentada la paz de mi alma; iba partiéndose más y más, cuando ese crujir de la rama, ahora se había convertido en pisadas rechinantes sobre la duela del pasillo afuera de mi recámara. Paso tras paso, el gemido tortuoso de la madera vieja hacía un eco largo, donde el sonido reverberante parecía estar invocando mi nombre de manera maliciosa.
Aquella figura de intranquilidad y angustia, es la muerte, soy yo, es la locura; es todo aquello que temo; el futuro incierto, el pasado olvidado, el presente donde mi desprecio por la vida y mi miedo a la muerte buscaron una forma, una presencia aterradora, un sonido repetitivo que cada segundo se acelera junto con mi pulso.
Al girar, el sonido lento del picaporte hizo que mi aliento se detuviese. La noche fría en que mi paz fue perturbada, se volvió el escenario de una desesperación inclemente. Con los párpados apretados, y cubierto con las sábanas, podía observar todavía, los ojos muertos de mi cadáver, quien ahora, sentado sobre mi cama me incitaba a levantarme, a salir del cuarto, de la casa, dirigirme al jardín y ponerme la soga en el cuello; donde debería de estar, balanceándome con el ritmo de la brisa y del crujir de la rama.
Ese cadáver de piel grisácea, es la forma que tomó mi miedo a la vida y mi anhelo temeroso por la muerte; me incitaba a cumplir mi deseo de partir al mundo de las sombras, donde nada me ve, donde nada me acecha, donde no hay odios, ni remordimientos, ni tristezas. Mi alma no sangra, pero está llena de invisibles llagas, heridas de amores frustrados, de sueños rotos, de alegrías extintas. En la horca solitaria que colgaba del árbol majestuoso, había un lugar donde el abrazo frío de la paz eterna me invitaba a colocar mis penas, mis rencores, y la angustia que me provocaban los recuerdos de aquellos amores marchitos. Ir al sendero donde reina la oscuridad, y no las llamas de este infierno lleno de guerras, hambre, dolor; donde las balas y las enfermedades llenan los campos de cementerios y los ojos de lágrimas interminables.
Mis pensamientos querían detenerme, pero mis emociones eran más fuertes. Me iban guiando a través del oscuro pasillo afuera de mi habitación, haciendo rechinar con mis talones la madera vieja que gemía con cada paso. La rama, la soga, la muerte, mi cadáver: nada de eso era un futuro incierto ni un pasado olvidado, era tan solo una esperanza muerta, una felicidad destruida, que con sus ojos que sobresalían de entre la oscuridad, me miraba a través de la ventana, a través del velo negro de la noche, a través de las sábanas y mis párpados cerrados. Era la forma de todos aquellos sueños muertos, fantasías frustradas, de una felicidad marchita, de risas y cantos que ahora, han enmudecido bajo el sonido repetitivo a inclemente de la rama que cruje en la madrugada.