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Sinopsis

Jamsel y Nicky comparten techo, pero no la misma forma de ver el mundo. Jamsel vive entre el sarcasmo y la impulsividad, incapaz de controlar su deseo ni su lengua; Nicky, en cambio, es tranquilo, prudente y siempre dispuesto a ayudar a los demás, incluso cuando eso signifique olvidarse de sí mismo. Dos polos opuestos que, pese a las discusiones, han aprendido a convivir. Sin embargo, todo comienza a cambiar cuando Nicolle entra en sus vidas: una chica de pasado incierto, amable, noble y con una calma que desarma hasta al más arrogante. Su presencia empieza a desordenar la rutina y, sin darse cuenta, Jamsel se siente atraído por ella. Lo curioso es que Nicolle es prácticamente un reflejo de Nicky, y mientras Jamsel lucha con ese sentimiento, su corazón se confunde entre lo que siente por ella… y lo que niega sentir por su propio amigo. Al mismo tiempo, Jeiny, una chica rebelde, libre y con un toque de descaro, aparece para trastocar el mundo de Nicky, haciéndolo enfrentarse a un tipo de persona que nunca creyó poder comprender. Sin saberlo, ambos están atrapados en un juego de reflejos, donde el amor se cruza, se confunde y se descubre en quienes menos esperaban. A veces, enamorarse no es mirar al otro, sino encontrarse a uno mismo en el reflejo equivocado.

Genero:
Romance
Autor/a:
Nicolas
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

EL ROCE

La Academia Bakata era reconocida por su excelencia. Sus pasillos estaban llenos de estudiantes amables y dedicados, jóvenes que buscaban formarse para un futuro prometedor. Entre todos ellos, en el salón 202, se encontraban nuestros protagonistas, aunque ellos eran la excepción a muchas reglas no escritas del lugar.

—¿Otra vez viendo perfiles de mujeres en tu celular? —dijo Nicky, frunciendo el ceño al ver a su mejor amigo distraído.

—¿Y por qué no? —respondió Jamsel sin despegar la vista de la pantalla—. Sabes que siempre me va bien en los exámenes, aunque no preste atención. En cambio tú, por más que lo intentas… bueno, ya sabes. No lo digo para insultarte, solo que dedicarle tiempo a algo que me retrasa no es lo mío.

Jamsel acercó su celular para mostrarle una fotografía provocativa. Nicky se sonrojó y apartó la pantalla con incomodidad.

—Sabes que no me gusta que andes mostrando esas cosas —murmuró—. Puede que falle en los exámenes, pero eso no significa que debas ignorarlo todo. El profesor se esfuerza, aunque no lo parezca.

Jamsel soltó una risa ligera.

—No le he prestado atención desde que llegué aquí, y sigo aprobado. Así que no me vengas con sermones.

Nicky suspiró y volvió a mirar al frente, intentando concentrarse, mientras Jamsel se entretenía con cualquier cosa para no hacerlo.

Cuando llegó la hora del receso, ambos estaban sentados en las gradas del patio. Jamsel observaba a las chicas pasar, relajado, mientras Nicky seguía con interés a quienes jugaban fútbol en la cancha.

Jamsel desvió la mirada hacia él con una sonrisa burlona.

—Quieres jugar, ¿verdad?

Nicky asintió mientras masticaba, con la vista fija en el campo.

—¿Quieres que les pregunte si te dejan entrar? —insistió Jamsel.

El otro negó de inmediato.

—No. Igual no serviría de nada.

—No sé para qué te gusta si nunca practicas —comentó Jamsel encogiéndose de hombros.

—Aunque practicara, no sería bueno —respondió Nicky, bajando la mirada.

—Eso no es cierto —replicó su amigo—. Eres bueno en gimnasia. Si te esforzaras, podrías aprender rápido. Tienes potencial.

Nicky solo sonrió un poco antes de terminar su almuerzo. Jamsel bebió el último sorbo de su refresco y ambos regresaron al salón.

Durante el camino, Nicky notó cómo algunos compañeros miraban a Jamsel con una mezcla de envidia y admiración. Aquello lo inquietó, pero su amigo habló con calma:

—Déjalos. No tenemos que demostrar nada. Mejor apúrate… necesito que me pases la tarea. Olvidé hacerla.

Nicky asintió y caminaron con prisa.

Cuando finalizó la jornada escolar, tomaron el camino de regreso a casa. Compartían un pequeño departamento cerca de la academia, algo que no muchos sabían. Al llegar, Nicky fue directo a la cocina para preparar la cena, mientras Jamsel se dejó caer en el sofá, otra vez pendiente de su teléfono.

Así terminaba un día más para ellos: uno esforzándose por sobresalir y el otro navegando por la vida con una aparente facilidad. Ninguno imaginaba que su mundo estaba a punto de cambiar.


Esa misma noche, Jamsel salió a la tienda a comprar lo que Nicky le había pedido. De regreso, notó un local nuevo al otro lado de la calle: una dulcería recién abierta. La curiosidad pudo más que la prisa y se acercó para echar un vistazo. Al llamar al encargado, fue atendido por una chica muy linda y amable. Jamsel arqueó una ceja, sorprendido, y compró unas galletas usando el cambio del mandado. Con una sonrisa extraña en el rostro, decidió volver a casa.

Al llegar, le entregó a Nicky las compras. Su amigo, al ver esa expresión sospechosa, lo miró de reojo mientras seguía cocinando.

—¿Qué tramas? Normalmente llegas y te tiras en el sillón. No es normal verte deambulando por aquí.

Jamsel soltó una pequeña risa y levantó la bolsa.

—Hay un nuevo local cerca… y compré unas galletas para los dos.

Nicky alzó una ceja, incrédulo.

—¿Para los dos? Eso sí que es raro… supongo que fue con el cambio, ¿verdad?

—No te falta razón —respondió Jamsel, mirando la bolsa como si guardara un secreto—. Y me atendió una chica bastante atractiva.

Nicky, que ya se conocía esa historia, no le dio importancia y continuó picando cebolla.

—Deja de mirar a todas las mujeres como si fueran objetos. Me preocupas, en serio. Ya tienes una mala reputación en el vecindario y en la escuela.

Jamsel se encogió de hombros.

—Sabes que me importa una mierda lo que piensen de mí, ¿no? Mira, el año pasado tuvimos problemas por mis… “estupideces”, pero este año estoy mejorando.

—No digo que todo haya sido tu culpa —respondió Nicky mientras lavaba los platos—. También fue mi error dejarte sin supervisión, pero perdiste una relación de dos años por tu irresponsabilidad. Salir con otra mujer a escondidas no fue precisamente inteligente.

Se giró para mirarlo con seriedad.

—Solo quiero que mejores. No quiero que tu futuro se arruine por los mismos errores de siempre. Todavía puedes corregir tu camino.

Esta vez, Jamsel no tuvo una respuesta arrogante.

—Gracias por preocuparte, de verdad. Pero no es mi culpa. Nunca me he enamorado de nadie. Las relaciones serias no son para mí. Yo solo busco divertirme, pasarla bien… y si cae algún regalo, mejor. Nunca me verás llorar por una mujer.

Nicky dejó escapar un suspiro acompañado de una sonrisa resignada.

—Nunca vas a cambiar, y con esa mentalidad terminarás mal. Solo te pido que no molestes a esa chica. No la conozco y ya siento que tendré que protegerla de ti.

Jamsel sonrió, divertido.

—Tranquilo. Tarde o temprano la conocerás.

—Ya veo que tienes descaro para rato… En fin, voy sirviendo la cena. Ve a lavarte las manos.

—Lo que usted diga, patrón.

Con una risita, Jamsel se dirigió al baño.

La noche siguió tranquila. Sin televisión ni más entretenimiento que sus propias conversaciones, bromas y risas, así solían terminar los días para ellos: simples, caóticos y, pese a todo, llenos de compañía.



Es viernes por la tarde. Jamsel trabajaba en la escuela, cumpliendo un compromiso mientras trasladaba sillas de un salón a otro. Por un momento recordó las palabras de Nicky, pero decidió ignorarlas como siempre. Nicky estaba en casa, probablemente cocinando o limpiando. Jamsel terminó rápido para poder marcharse. Ya había oscurecido cuando tomó el camino de regreso, y al pasar frente a la dulcería, no perdió la oportunidad de acercarse a lo que consideraba su nueva “presa”.

La misma chica del día anterior lo recibió con una expresión profesional. Jamsel pidió lo mismo y, mientras pagaba, decidió coquetear. Su primer piropo cayó al suelo sin reacción alguna. Aquello lo desconcertó. Cuando la chica soltó una risa breve, creyó que había logrado algo. Intentó entonces pedirle su número, pero la sonrisa de ella se volvió helada.

—Me parece bastante descarado que intentes coquetear conmigo —dijo con voz suave pero firme—. Ya conozco tu vida y tu reputación en este vecindario. No seré otra víctima de tu ego ni de tus juegos. Si vuelves, que sea solo para comprar. Gracias por tu compra.

Jamsel sintió el orgullo arderle en el estómago. Por primera vez en mucho tiempo, alguien lo había puesto en su sitio. Quiso golpear algo… o a alguien. Pero se contuvo. Tomó las galletas, las dejó caer al suelo y salió furioso, con el ego hecho trizas.

Al llegar al departamento, Nicky lo recibió con una sonrisa cansada, pero el rostro de Jamsel era puro enojo. Se dejó caer en el sofá sin decir una palabra.

—Hmm… ¿cómo te fue? ¿Algo que quieras contarme? —preguntó Nicky con cautela.

Jamsel lo fulminó con la mirada.

—¿Qué quieres que diga? Moví sillas. Ya. Deja de hacer preguntas estúpidas.

—Perdón… no era mi intención. Iré sirviendo la cena —respondió Nicky, cabizbajo.

El silencio fue incómodo. Cuando Nicky puso un plato frente a él, Jamsel ni siquiera lo miró. Dos horas pasaron. A medianoche, el plato seguía intacto y Jamsel seguía inmóvil, con los ojos clavados en la nada. Finalmente, sin tocar la comida, decidió irse a dormir.

---

A la mañana siguiente, Nicky salió de su cuarto con cuidado. Se preparó mentalmente para otra explosión, pero al llegar a la sala encontró a Jamsel sentado en el sofá, devorando el plato frío de la noche anterior.

—Vaya… esto está delicioso —murmuró Jamsel con la boca llena. Terminó de comer, dejó el plato en la mesa y añadió con total tranquilidad—: Gracias.

Nicky lo miró sorprendido.

—¿No estabas enojado conmigo?

—Sí, pero solo tuve un mal día. Nada grave. A cualquiera le pasa —contestó, soltando un eructo despreocupado—. ¿Qué vas a hacer hoy?

—Voy a trabajar… ¿y tú?

—Dormir, tal vez caminar un rato. Ya veré —respondió mirando el techo.

—Bueno… disfruta tu día. Me alistaré para irme.

—Perfecto —dijo Jamsel, recostándose para dormir de nuevo.

Más tarde, al despertar y notar que Nicky ya no estaba, se levantó, se vistió, tomó algo del dinero de su amigo y salió a caminar sin rumbo.

Halló una tienda de abarrotes lejos del vecindario y entró a comprar una cajetilla de cigarros. Al acercarse al mostrador, se colocó detrás de una chica. El tendero, cansado y molesto, comenzó a tratarla como si intentara robar. Ella buscaba desesperada en sus bolsillos sin éxito.

Jamsel dejó la cajetilla frente al tendero y pagó. Luego, al ver la angustia de la chica, regresó con todo el dinero que tenía, lo puso frente a ella y dijo con fastidio:

—Toma.

La chica se quedó inmóvil, con los ojos muy abiertos. Luego tomó el dinero con manos temblorosas.

—Gracias… —susurró.

Jamsel la observó, confundido. Sin saber por qué, aquella reacción lo hizo sentir extraño. Un agradecimiento sincero… algo a lo que no estaba acostumbrado.



Jamsel cerró los ojos un instante y suspiró, intentando calmar la incomodidad que sentía. Sin embargo, su mente volvió a lo mismo de siempre. Miró a la chica que acababa de agradecerle y pensó con descaro: Qué buenas pechugas tiene. Ella lo observó unos segundos más, pero al verlo asentir y darse media vuelta, simplemente guardó el dinero y se marchó también.

Él caminó sin rumbo, con pensamientos lujuriosos rondando por su cabeza. Por un momento se preguntó por qué aquella chica le resultaba tan familiar, pero desechó la duda enseguida. Estaba aburrido, sin dinero y con la única intención de matar el tiempo.

Mientras avanzaba por la calle, vio a un grupo de chicos jóvenes fumando en una esquina. Se les acercó con la naturalidad de quien se mete en cualquier conversación:

—Disculpen que los moleste, ¿me regalan una calada?

Los tres se miraron entre sí. Uno encogió los hombros y le pasó su cigarrillo, que estaba casi acabado. Jamsel inhaló profundo y soltó el humo lentamente, disfrutándolo.

—Gracias. Les pagaría, pero ando sin plata —admitió.

—No pasa nada —respondió el chico del cigarrillo—. Además, si llego a casa oliendo a humo, mi mamá me revienta.

Otro rió y añadió:

—Si hubieras llegado hace rato, te dábamos uno nuevo. Pero éramos cuatro, así que… fiumba, se acabaron.

—Genial… —bufó Jamsel—. Y todo por ayudar a una extraña. Perdí mi dinero y mis cigarros.

Los chicos se quedaron viéndolo un momento, hasta que uno de ellos preguntó:

—Si tanto te arrepientes, ¿por qué la ayudaste?

Jamsel se rascó la cabeza, sin saber exactamente qué responder.

—Ni idea… ¿lástima, supongo? Ya da igual.

—Pues sí —asintieron los chicos casi al unísono.

Jamsel dio otra calada corta y les devolvió el cigarrillo antes de despedirse.

—Bueno, muchachones, me voy. A seguir el camino.

—Nos vemos —dijo uno, levantando la mano—. Ojalá nos encontremos de nuevo.

—Igual —respondió él.

Y así, sin rumbo fijo ni planes para redimirse o arruinarse más, Jamsel siguió caminando, dejando atrás el humo y la conversación como si nunca hubieran existido.



En un cambio de escena, ya eran las nueve de la noche. Jamsel había vuelto al departamento y estaba tirado en el sofá, quejándose por el hambre. Nicky aún no llegaba, y él era el único que podía cocinar algo decente. Impaciente, Jamsel rodaba por todo el mueble, cuando escuchó el sonido de las llaves en la puerta. Se incorporó para recibirlo… y se quedó helado al ver que no venía solo.

Junto a Nicky estaba la misma chica que había encontrado esa mañana en la tienda. Ella parecía nerviosa, aterrada. Nicky le indicó con voz suave que tomara asiento. Jamsel, todavía confundido, se hizo a un lado para dejarle espacio. Luego, Nicky lo llamó a la cocina y él lo siguió sin cuestionarlo más.

—¿Quién es ella? —preguntó Jamsel en cuanto estuvieron a solas.

—Sé que es raro verme llegar con una mujer, pero tranquilo, no somos nada —respondió Nicky, intentando sonar relajado.

—No preguntaba eso. Si no tienen nada, ¿por qué la traes a la casa?

Nicky suspiró y se rascó la nuca antes de contestar.

—Es algo grave. Me la encontré en el camino… estaba en una calle solitaria y dos sujetos la estaban acorralando.

—Entonces interferiste, ¿cierto? —dijo Jamsel, cruzándose de brazos.

—¿Eh? No exactamente… —Nicky desvió la mirada—. Yo seguí caminando como si nada, pero ella me vio y corrió hacia mí. Les gritó a los tipos: “¡Hermano, gracias por venir! ¡Volvamos a casa!”. Ellos se acercaron, me miraron… yo estaba muerto del susto, pero terminaron yéndose. Ella me agradeció por seguirle el juego.

—Ajá… —murmuró Jamsel—. Eso no explica por qué está aquí.

—No quería volver sola a su casa —explicó Nicky—. Así que le ofrecí venir al departamento mientras llamaba a alguien para que la recogiera.

Jamsel ladeó la cabeza.

—¿Y ella ya sabe que nosotros no tenemos teléfono, ni internet, ni absolutamente nada?

Nicky se congeló un segundo y luego soltó una risa nerviosa.

—Justo me acordé de eso ahora…

Se dio media vuelta para preparar un poco de café. Jamsel lo miró con incredulidad.

—¿Y ahora qué vas a hacer? Le prometiste ayuda, y apenas se la diste.

Nicky tragó saliva y siguió moviendo las tazas.

—Lo sé… Solo déjame ofrecerle algo caliente y pensar en qué más podemos hacer.


La chica sostenía la taza con manos temblorosas. La tensión entre los tres era evidente. Jamsel evitaba mirarla; Nicky intentaba mantener el ambiente calmado.

—Puedes tranquilizarte —dijo Nicky con una sonrisa nerviosa—. No te haremos nada. Somos seres de luz, jejeje…

La chica dejó la taza y murmuró:

—G-gracias por tu ayuda… y por la tuya —miró a Jamsel.

Nicky abrió los ojos sorprendido.

—¿Se conocían? ¿Y por qué no dijeron nada? Bueno, de ti lo entiendo —señaló a la chica—, pero este —le lanzó una mirada acusadora a Jamsel— ni pío dijo en la cocina.

Jamsel finalmente la miró a la cara.

—La ayudé en la mañana. No tenía para pagar sus compras y yo… —tosió— mi dinero se lo presté.

Nicky sonrió orgulloso.

La chica, sonrojada, sacó unos billetes de su bolso.

—Quería devolverte lo de esta mañana. Salí a buscar dinero y… aquí tienes.

Jamsel tomó la plata de inmediato.

—Gracias, pero ya es tarde para comprar mis cigarros.

Nicky le lanzó una almohada.

—Perdona a mi amigo. Es alérgico a decir “gracias”.

La chica negó con rapidez, nerviosa.

Jamsel se levantó.

—¿Tienes cómo volver? Ya no hay transporte.

—¡Oye! ¿Por qué tan grosero? —reclamó Nicky.

—No pasa nada —intervino ella—. Tiene razón. No quiero ser una molestia.

—No digas eso —dijo Nicky, preocupado—. ¿A quién podemos llamar?

La chica respiró hondo, intentando soltarlo todo de una sola vez:

—No tengo casa. Bueno, sí, pero ya no puedo quedarme en la de mi madre… hubo problemas con su marido. Me fui a vivir con una amiga, pero tampoco podía quedarme ahí. Hoy estaba buscando un lugar… cualquier lugar para pasar la noche. Pero me pasó lo de los chicos… y luego tú me ayudaste… y ahora estoy aquí. De verdad, gracias.

Nicky parpadeó, procesando la información con dificultad. Jamsel intervino con frialdad:

—No tiene dónde dormir porque su padrastro es un imbécil y su amiga ya no podía tenerla ahí. Punto.

Ella bajó la mirada, aunque esta vez las lágrimas comenzaron a caer. Nicky se inclinó para consolarla.

—Oye, oye… no llores. Jamsel no lo dijo en serio.

Jamsel se fue a su cuarto irritado consigo mismo. Odiaba hacer llorar a alguien… más si era una mujer.

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A la mañana siguiente, la chica ya no estaba. Nicky seguía encerrado en su cuarto. Jamsel fue directo a la cocina buscando comida, pero no había nada. Refunfuñando, fue al baño.

Al abrir la puerta, salió una nube de vapor. Avanzó un poco y, al correr la cortina por inercia, encontró a la chica bañándose.

La cerró de inmediato, tragando saliva.

—Gracias, Dios —susurró con una sonrisa tonta.



Jamsel estaba sentado en el sofá, recibiendo el regaño de Nicky. Mientras tanto, la chica —aún sin presentarse— estaba en el cuarto de Nicky, vistiéndose.

—¡Para la próxima golpea la puerta! —reclamó Nicky—. Esa costumbre tuya de entrar sin avisar… ¡y no solo fue con ella! También me ha pasado a mí cuando me baño o cuando estoy ocupado.

Jamsel, fastidiado, se revolvió en su asiento.

—¡Ya, ya! ¡Fue un error! ¡Un mísero error!

—Lo sé —respondió Nicky con un suspiro—. Solo intenta cambiar ese hábito. Ella no se molestó, por suerte.

Jamsel levantó la cabeza, confundido.

—¿No se molestó? ¿En serio?

—Sí. No parece estar enojada contigo.

Eso lo desconcertó más. Había gritado y sido duro con ella la noche anterior… ¿y aun así no guardaba rencor?

—Qué raro… pensé que estaría odiándome —admitió Jamsel.

—No piensa eso de ti —dijo Nicky—. Dice que tenías derecho a estar enojado.

Jamsel bajó la mirada, atrapado en una mezcla de culpa y alivio.

—¿Ella… realmente piensa así?

—Sí. Así que ve y discúlpate. Se lo merece —remató Nicky.

Con un largo suspiro, Jamsel se puso de pie.

—Está bien. Tienes razón.

—Y recuerda tocar —advirtió Nicky.

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Jamsel llegó frente a la puerta del cuarto, respiró hondo y tocó. La puerta se abrió y él pasó rápidamente, cerrándola tras de sí. Nicolle estaba ahí, terminando de acomodarse la ropa. Él se rascó la cabeza, buscando palabras.

—… Quiero disculparme —soltó al fin—. No conozco tu historia y no tenía derecho a haberte gritado. Fue injusto.

Ella lo miró con suavidad, sus mejillas encendidas.

—No te preocupes. Nicky me dijo que no eres así. Todos podemos tener un mal día.

—Sí… eso fue —murmuró Jamsel—. Una mala experiencia justo antes… y terminé desquitándome contigo.

Ella sonrió, sin apartar los ojos de él.

—De todas formas, gracias. Aunque digas que no fue mucho, me ayudaste.

Jamsel se encogió de hombros, tratando de mantenerse frío.

—Sabes que no lo hice para ayudar, ¿cierto?

Nicolle bajó la mirada… pero su sonrisa no desapareció.

—Aunque lo niegues, tus ojos mostraron que sí querías ayudarme.

Eso dejó a Jamsel sin aire. Apartó la vista al instante.

—¡No digas tonterías! Solo me diste lástima.

—Con eso me basta —respondió ella, tranquila.

Antes de que el silencio se volviera insoportable, Nicky tocó la puerta. Jamsel la abrió con rapidez, casi huyendo de la conversación.

—¿Pasó algo? —preguntó Nicky.

—Nada —respondió Nicolle—. Se disculpó, y yo le agradecí.

—Me alegra —sonrió Nicky.

Por primera vez, Jamsel se sintió… expuesto.

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Ya en la sala, la chica por fin se presentó como Nicolle. Se veía algo más relajada, aunque aún con cierta timidez. Nicky, serio, tomó la palabra.

—Lo estuve pensando… quiero que ella se quede aquí.

Jamsel abrió la boca para protestar, pero Nicolle se adelantó:

—Puedo ayudar con la limpieza, la comida, lo que sea. No causaré problemas. Incluso puedo dormir en el sofá.

Jamsel apretó los dientes, pero Nicky lo cortó antes de que hablara.

—Además, recuerda que tú no vives solo aquí. Yo pago la renta, cocino… prácticamente soy quien manda.

Eso hizo explotar a Jamsel.

—¡Déjame hablar! Iba a decir que me da igual, mientras no estorbe.

Nicolle sonrió agradecida y abrazó a Nicky con entusiasmo. Él correspondió el abrazo sin dudar. Jamsel los observó, frunciendo el ceño.

—Ajá… tanto que hablas del trabajo y ya casi son las nueve. Se te hace tarde —dijo con sarcasmo.

Los ojos de Nicky se abrieron de golpe. Sin responder, fue por su mochila y salió de la casa a toda prisa.

Jamsel se quedó mirando la puerta un instante… luego miró a Nicolle. Su mirada bajó por inercia a sus curvas, pero la subió de golpe al notar que ella seguía mirando la puerta por la que Nicky había salido, completamente ajena al gesto de Jamsel.