Capítulo 1
POV: ISLA
El aeropuerto es un caos. Turistas con maletas enormes. Viajeros de negocios pegados a sus teléfonos. Es la típica mezcla de idiomas e impaciencia que se encuentra en los centros de conexión europeos.
Busco con la mirada la zona de recogida. El tío Derek dijo que alguien del equipo Apex vendría a buscarme. El rugido de un motor corta el ruido del aeropuerto; un elegante Aston Martin DB11 color verde competición se detiene junto a la acera, atrayendo las miradas de todo el que pasa por allí.
Siento un vuelco en el estómago al ver quién está al volante: Ethan Wolfe, el piloto estrella de Apex, el actual campeón de la F1 y mi amor platónico desde que se unió al equipo de mi padre, cuando yo tenía doce años.
Mide un metro ochenta y ocho y tiene esos músculos definidos que solo se consiguen con años de entrenamiento. Su cabello castaño rizado atrapa la luz del sol; está perfectamente despeinado, como si acabara de salir de una sesión de fotos de revista. La camisa de lino blanca que lleva está desabrochada lo justo para mostrar la definición de su pecho. Se ve aún mejor en persona que en los pósteres que tenía en la pared de mi cuarto cuando tenía dieciséis.
«¡Isla!», grita.
Tiene un acento inglés muy refinado. Antes de que pueda reaccionar, me atrae hacia él en un abrazo. Sus brazos me rodean con fuerza y percibo el aroma de su perfume caro. Mi corazón, que al parecer sigue teniendo dieciséis años cuando se trata de Ethan Wolfe, golpea contra mis costillas.
«Todavía no me lo creo», dice, separándome un poco para mirarme. «Ya toda una mujer».
«No puedo creer que hayas venido a buscarme tú mismo».
«Ni loco me lo perdería», responde.
En cuestión de segundos, nos rodean varios fans. Ethan lo maneja todo con un encanto natural; firma programas de carreras y se hace fotos sin soltarme, manteniendo una mano protectora sobre mi hombro.
«Lo siento, amigos, pero la señorita y yo tenemos cosas que hacer», dice con esa sonrisa de millón de dólares.
Carga mi equipaje, abre la puerta del copiloto y me guía poniéndome la mano en la parte baja de la espalda. Es solo un roce ligero, pero me recorre un escalofrío eléctrico por toda la columna.
«Abróchate el cinturón», dice con una sonrisa pícara. «No suelo respetar los límites de velocidad».
El Aston Martin sale del aeropuerto con un gruñido que hace que mi pulso se acelere. Me mira de reojo mientras nos incorporamos a la autopista y siento que me recorre con la mirada. Sus ojos bajan de mi cara a mi cuerpo y vuelven a subir.
«Quería decirte esto en el funeral de tu padre, pero no me pareció el momento», dice con la voz más baja y cercana. «Hacía tiempo que no te veía y estás increíble, Isla. La niña que recordaba se ha convertido en una mujer increíblemente sexy».
Intento procesar lo que está pasando. Hace tres meses estaba llorando ante la tumba de mi padre, perdida y destrozada. Hace cuatro días estaba estudiando en el MIT. Ahora estoy en un superdeportivo con el soltero más codiciado del automovilismo y me mira como si fuera la primera vez que me ve.
Cuando era adolescente, Ethan me parecía mucho mayor, un adulto rodeado de fama y seguridad, aunque apenas tenía veintitantos años. Ahora, a sus treinta y pocos, esos diez años de diferencia no parecen tanto. Me parece que tiene la edad perfecta.
«Gracias», consigo decir finalmente. «Tú también te ves muy bien».
«Bueno, por supuesto que sí, querida», dice soltando una carcajada.
Pisa el acelerador y mi cuerpo se hunde en el asiento mientras ganamos velocidad.
***
Al llegar al hotel, la prensa nos rodea para hacerme preguntas sobre mi papel como heredera de Apex. Mientras los flashes disparan, les digo la verdad: mi tío dirige el equipo y yo solo me he tomado un descanso del MIT para ayudar un poco.
Pensar que Apex está dirigido por mí (o por cualquier otra persona) en lugar de por mi padre, todavía me resulta extraño. Crecí rodeada de F1, pero la atención nunca estuvo puesta en ~mí~. Mi padre se aseguró de ello. Por suerte, los reporteros se fijan pronto en Ethan y puedo escabullirme.
Camino rápido hasta un restaurante al que solía llevarme mi padre y encuentro el viejo juego de carreras que tanto nos gustaba en un rincón. Estar en este mundo me hace echarle de menos. Las puntuaciones más altas aparecen en pantalla y encuentro mis iniciales: I.S. ¡Todavía tengo el récord! Me deslizo en el asiento desgastado y estoy a punto de empezar una partida cuando oigo pasos detrás de mí.
«¿Te gustan los juegos?», dice una voz, llena de seguridad y con un ligero acento.
Miro hacia atrás. Es alto, más de metro noventa, y debe de tener uno o dos años más que yo, unos veintitrés. Tiene unos hombros anchos que llenan su chaqueta de cuero negra como si la hubieran hecho a medida.
«Suelo jugar sola», le digo. «Así no hay riesgo de perder».
«Pero eso no es ganar de verdad, ¿o sí?», responde mientras se sienta en el asiento de al lado.
Unos rizos oscuros le caen sobre la frente. Su sonrisa perezosa es encantadora, pero con un toque afilado, como si estuviera acostumbrado a conseguir lo que quiere. Sus ojos de color verde oscuro tienen algo salvaje... algo peligroso, tal vez. De repente, todos los turistas que beben cócteles caros desaparecen y es como si estuviéramos solos.
«¿Seguro que quieres meterte con la campeona? Tengo la mejor puntuación», digo señalando la parte superior de la pantalla.
«Los retos nunca me asustan», responde el desconocido.
«Está bien», le digo. «Pero no llores cuando pierdas».
«Yo no lloro. Ni pierdo».
Los dos metemos monedas en la máquina.
«Soy Juan», dice.
«Isla», respondo.
La pantalla hace la cuenta atrás.
Él sonríe y dice: «Buena suerte».
«¿Qué significa eso?», pregunto inclinando la cabeza.
«¿No hablas español?», pregunta él.
Me río y me encojo de hombros. «Supongo que solo soy una estúpida estadounidense».
En realidad ~sí~ hablo español, pero decido que puede ser útil mantenerlo en secreto y hacerme la tonta. Tengo el presentimiento de que él también oculta sus propios secretos.
«Significa buena suerte».
«¡No la necesitaré!»
El semáforo se pone en verde y arrancamos.
Corremos con intensidad.
Nuestros coches chocan en la pantalla y nuestros hombros hacen lo mismo en la realidad. Hay una sacudida cuando eso pasa. No sé si es atracción o solo el calor de la competición. Quizá ambas cosas.
Es una distracción. Y es peligroso. Pero aun así me inclino un poco más hacia él.
Él maldice en español. Yo sigo fingiendo que no entiendo.
«Eres muy agresivo», le digo mientras intenta echar mi coche fuera de la pista.
«No solo cuando conduzco».
Llegamos a la última vuelta. Él va primero, luego yo. Estamos a centímetros, luchando por el liderato.
Miro de reojo: su cara está concentrada, viva, emocionada. Me recuerda a cómo jugaba mi padre a este juego.
Me centro y tomo las dos últimas curvas con todo lo que tengo. Creo que lo he conseguido. Está muy reñido.
Juan suelta un grito de alegría cuando la bandera a cuadros aparece en su pantalla.
Gana por una fracción de segundo.
«No puede ser», susurro.
«¡Victoria!», grita él.
Mi corazón sigue acelerado.
«¿Cómo eres tan bueno? ¿Eres piloto?»
Con la carrera de F1 este fin de semana, la ciudad está llena de pilotos y de gente que quiere serlo. Algunos son leyendas, otros se aferran a una fama que se desvanece, y puede que algunos lleven chaquetas de cuero y finjan acentos.
«~Sí~, soy piloto», dice.
«¿En qué equipo?», pregunto.
Pensaba que conocía a todos los pilotos de F1. ¿Tal vez es un novato?
Él sonríe y dice: «Uber».
Me río.
«Debes conseguir que la gente llegue a sus vuelos a tiempo».
«Siempre», dice encogiéndose de hombros. «¿Quieres la revancha o tomar algo?»
Me lleva hasta la barra. Nos sentamos en unos taburetes junto a una ventana que da al puerto.
«¿Y qué te trae a Portofino?», pregunta.
«Trabajo», le digo. «Estoy con Apex. F1».
«Ah», dice él. «No soy muy fan de este deporte, pero he oído hablar de vuestro equipo. Y de vuestro piloto, el famoso Ethan Wolfe».
«Todo el mundo conoce a Ethan, ¿no?», digo.
Él es el niño mimado del deporte. Suave como la seda ante las cámaras y en la pista. Sale con supermodelos, conquista a los patrocinadores y pisa las alfombras rojas como si hubiera nacido en ellas.
«Parece un capullo engreído», suelta Juan sin dudarlo.
Levanto una ceja. Juan parece avergonzado.
«Lo siento. ¿Es tu novio?»
Suelto una carcajada.
«No, es mi compañero de equipo».
«¿Pero desearías que fuera tu novio, como el resto del mundo?»
«Jamás saldría con un piloto. Son demasiado peligrosos».
«¿A la mayoría de las mujeres no les gustan las cosas peligrosas?», pregunta inclinando la cabeza como si fuera un reto.
Le cuento sobre Apex, cómo mi padre lo construyó desde cero y lo convirtió en el mejor equipo del mundo antes de morir hace unos meses. Mientras hablamos, nuestras rodillas se rozan y se quedan ahí. Es emocionante estar tan cerca de un desconocido.
Hay algo entre nosotros. Puedo notar que ambos lo sentimos. Me cuenta que es de España. Le pregunto de dónde exactamente. Esquiva la pregunta con una sonrisa burlona, desviando la mirada, escondiendo algo, pero lo hace con mucha naturalidad.
Como si estuviera acostumbrado a ocultar cosas. No insisto. Esta noche no. Es agradable hablar con alguien que no forma parte del mundo de las carreras.
«Deberíamos hacernos una foto», dice Juan señalando el fotomatón. «Para que tengas un recuerdo de tu derrota».
Pongo los ojos en blanco, pero digo que sí. Nos metemos a presión en la cabina. Solo hay un taburete pequeño dentro. Lo miro, luego lo miro a él. Juan se sienta y da unas palmaditas en su regazo.
«Parece que te toca sentarte encima o quedarte de rodillas», dice con una sonrisa.
«Cuidado», digo, «te estás dando mucha prisa, Sr. Uber».
Me siento en su regazo de todas formas. Sus manos me sujetan por las caderas para estabilizarme. Nuestros cuerpos se presionan y puedo sentir su forma: su pecho es ancho y sólido tras de mí; cada centímetro de él es fuerte y atlético.
Su aliento roza mi cuello y me estremezco. No estoy acostumbrada a reaccionar así. No con desconocidos. Pero algo en él hace que me cueste pensar con claridad. Normalmente no soy de las que tienen aventuras de una noche, pero tal vez con el chico adecuado…
¿O con el chico equivocado?
El primer flash nos captura sonriendo.
El segundo, haciendo muecas.
En el tercero, ponemos cara de malotes.
Para el último, gira mi cara y presiona sus labios contra los míos. Suaves. Lentos. Con confianza.
Una oleada repentina de calor florece dentro de mí. El flash se dispara, brillante y cegador, y parpadeo con fuerza. Me separo lo suficiente para verle la cara. Está sonriendo, con una chispa de picardía en los ojos.
«¿Sabes qué pasa ahora?», susurra.
Trago saliva, todavía sin aliento. «No».
«Ahora, o me das una bofetada», dice con voz grave, «o me besas otra vez... con más ganas».