Prólogo
Taehyung
Soy un omega exitoso, aunque eso a algunos les irrite.
No es mi culpa. Nací con apellido caro, gusto caro y un talento que incomoda a más de uno.
A mis veinticinco, dirijo el departamento legal de Phoenix Capital.
No somos salvadores, somos cirujanos. Mi padre fundó el grupo, pero yo perfeccioné el arte de la reestructuración hostil.
Él construyó el nombre. Yo lo volví arte.
Y sí, soy un abogado arrogante, obsesivo y con la autoestima de alguien que sabe que tiene razón la mayor parte del tiempo.
Lo admito sin vergüenza.
¿Quién necesita modestia cuando tus sentencias le cuestan a alguien su imperio?
Esta noche, sin embargo, mi ego tiembla un poco.
Papá me citó en uno de esos restaurantes de Seúl donde los camareros pronuncian el menú como si recitaran poesía francesa.
Dijo que era "importante".
Y cuando él usa esa palabra, nunca es algo que me haga feliz.
Intenté negarme, por supuesto.
Le hablé de proyectos, de clientes, de mi agenda saturada… pero él fue tajante:
—Taehyung, esta vez no acepto excusas.
Así que aquí estoy.
Traje negro, corbata impecable y mi leve aroma a cítricos flotando en el aire.
Con una sospecha desagradable de que algo está a punto de desmoronarse.
—Señor Kim, su padre lo espera —anuncia el maitre con una sonrisa ensayada.
Lo sigo hasta un salón privado.
Papá ya está allí, con esa expresión de quien planea una jugada maestra.
Pero lo que me deja helado es ver quiénes lo acompañan.
Ella.
Lee Yerim.
La inversionista más influyentes del país. Elegante, sofisticada, imposible de ignorar.
He coincidido con ella en algunos eventos. Es de esas mujeres que no necesitan alzar la voz para dominar una sala.
Y a su lado…él.
Jeon Jungkook. Su maldito hijo.
Mi pesadilla personal con sonrisa de comercial de Cartier.
Inversionista joven, audaz, arrogante. El tipo que hace que los bancos tiemblen y los titulares lo idolatren.
Y también…el chico de aquella noche en Jeju.
La noche que intento olvidar.
La noche que, por desgracia, no puedo.
Papá me sonríe como si esto fuera una linda reunión familiar.
—Taehyung, qué gusto que llegaste, hijo.
—¿Puedo preguntar qué está pasando aquí? —mi voz suena más fría de lo que pretendía.
Lee Yerim sonríe con suavidad.
—Pensé que sería agradable que nos conociéramos en un ambiente tranquilo.
—¿Nos conociéramos? —repito, arqueando una ceja.
Papá toma aire y suelta la bomba.
—Yerim y yo estamos saliendo.
Cierro los ojos un segundo.
No porque me escandalice… sino porque mi suerte es una broma cruel del destino.
Miro a Yerim, que mantiene su porte impecable, y luego al idiota con cara de ángel sentado junto a ella.
Jungkook parece disfrutar cada segundo de mi desconcierto.
—¿Saliendo? —repito—. ¿Con ella?
—Sí, con ella —responde papá, radiante, como si acabara de anunciar el matrimonio del siglo.
Jungkook me observa divertido.
—Vaya, pensé que reaccionarías peor —dice, inclinando la copa—. Casi maduro de tu parte.
—Estoy conteniendo la histeria —respondo, seco—. No quiero asustar a los clientes del restaurante.
Papá suspira. Yerim se limita a sonreír como si presenciara una comedia romántica muy cara.
Y yo… solo quiero que se abra un agujero en el suelo y me trague.
Porque si algo tengo claro, es que esta "relación" va a ser un infierno.
Y ese alfa —ese maldito recuerdo con traje caro— va a volver a desordenar mi mundo.
Otra vez.
...
Jungkook
Odio las reuniones sociales.
Excepto cuando implican ver a Kim Taehyung perder el control.
Entonces, me fascinan.
Mi madre lleva meses saliendo con Kim Sunwoo.
No me sorprende: ambos son brillantes, poderosos y se ven ridículamente bien juntos.
Lo que sí me sorprendió fue descubrir que su hijo no lo sabía.
El abogado depredador que ha hundido más de una de las inversiones potenciales de algún socio.
El omega más arrogante que he conocido.
Y, claro, el protagonista involuntario de una noche que aún recuerdo demasiado bien.
Cuando entra al restaurante, se roba todas las miradas.
Traje negro, expresión altiva, pasos precisos.
La gente no lo observa, lo admira.
Y él lo sabe.
Yo también lo sé.
Y justo por eso sonrío.
Se sienta frente a mí y su reacción al verme es oro puro: incredulidad, confusión, furia.
Lo reconozco todo.
Tan transparente como hermoso.
"Papá Kim" da la noticia.
Taehyung parpadea, se queda helado, y durante unos segundos, el invencible Kim Taehyung no sabe qué decir.
Es tan bello que casi me da lástima.
Casi.
—Vaya —dice, tenso—. Qué encantador.
No puedo evitar provocarlo.
—No pensé que reaccionarías así. Pensé que estarías feliz por tu padre.
—Oh, estoy encantado —responde con ironía—. Estoy seguro de que Freud tendría mucho que decir sobre esta situación.
—Freud está muerto, cariño —le digo—. Pero, de estar vivo, te daría la razón: esto tiene todo el potencial de un trauma compartido.
Él rueda los ojos.
Todos se sumergen en una civilizada conversación.
Yo no escucho nada.
Solo lo observo.
El movimiento de sus manos, la forma en que evita mirarme directamente, la tensión que se acumula en su mandíbula.
No ha cambiado nada.
Ni su genio, ni su orgullo, ni esa forma de parecer intocable cuando, en realidad, está a un segundo de arder.
Cuando el camarero sirve el vino, alzo mi copa.
—Por los nuevos comienzos.
Taehyung me mira con fastidio.
—Por los errores que uno no repite —responde.
—No todos los errores son malos —digo, y dejo que la sonrisa se alargue un poco más de lo debido.
Sus ojos se endurecen.
Y, por un momento, vuelvo a ver al chico de aquella noche.
El que no me pidió que me detuviera.
El que me devolvió mis besos.
Así que sí.
Tal vez esto sea un desastre anunciado.
O tal vez sea la mejor inversión que haré en mi vida.