Static
ISABELLA POV
Ni siquiera había sonado el primer timbre y ya me estaba escondiendo.
Bueno, «esconderme» era una palabra un poco fuerte. En realidad, estaba... huyendo. Escapaba de un chico al que no había visto nunca, por un pasillo desconocido, en una escuela donde apenas llevaba diez minutos.
Un comienzo estelar para mi último año.
Mis zapatillas nuevas chirriaban sobre el linóleo mientras doblaba la esquina. El corazón me golpeaba las costillas con un ritmo pesado y enfermo.
Pasa desapercibida. No montes una escena. No seas la chica nueva y rara.
Era el mismo mantra que llevaba un mes repitiéndome, desde... aquello. Desde los médicos, los informes policiales y la decisión desesperada de mis padres de «empezar de cero» en este pueblucho en medio de la nada.
Empezar de cero. Claro, cómo no.
El problema era que yo seguía siendo la misma. Y seguía estando enferma.
El pasillo del que venía había sido un calvario. El ruido de mil casilleros golpeándose y las voces a gritos se sentían como si salieran de dentro de mi cabeza. El olor era tan denso que me daban arcadas. Era una mezcla de fragancia barata, cera para pisos y algo metálico, como monedas viejas.
Mi médico lo llamaba «sobrecarga sensorial». Era un regalito del «ataque animal» que me destrozó el hombro y mi vida anterior.
Yo lo llamaba «static». Un pitido agudo y constante en el cerebro que se convertía en migraña cuando estaba estresada. O cansada. O, al parecer, cuando simplemente intentaba encontrar mi salón.
Pero el pasillo no había sido lo peor. Lo peor fue él.
Estaba apoyado en un casillero hablando con una chica que tenía mechones rosados en el pelo. No se limitó a mirarme. Él... se me quedó viendo. Levantó la cabeza de golpe y cortó la conversación al instante, como si hubiera escuchado un ruido que solo él podía oír. Sus ojos, de un azul intenso e imposible, se clavaron en mí a quince metros de distancia. Sentí como si me hubieran dado un puñetazo en el estómago.
No era la mirada de alguien que «revisa a la chica nueva». Era una mirada de «qué diablos haces aquí». Era una mirada tan llena de autoridad, hostil y posesiva, que me quedé de piedra.
Y el olor que desprendía... no era colonia. Era otra cosa. Algo salvaje y peligroso, como ozono, pino y pelaje mojado. Aquel aroma atravesó todos los demás olores del pasillo e hizo que la «static» de mi cabeza gritara.
Le dijo algo a la chica que estaba con él, sin quitarme los ojos de encima. Se despegó del casillero y dio un paso hacia mí.
Y entonces, eché a correr.
—Oye, ¿estás bien? —me gritó una chica con sonrisa amable mientras yo pasaba a su lado. Creo que era la misma que estaba con él, la de los mechones rosados. Simplemente la ignoré con la cabeza baja y una ansiedad fría y punzante.
Justo al doblar la esquina, con la respiración entrecortada, vi el letrero: Inglés 12.
Mi primera clase.
No me detuve. Simplemente... me lancé hacia la puerta, la empujé y entré tropezando. En ese momento, el primer timbre chilló con fuerza y dolor justo sobre mi cabeza.