PRÓLOGO
Era sorprendente la manera tan hipócrita en la que podía odiar a los hombres y, a su vez, amarlos; una contradicción constante que me llevaba a cuestionarme si en realidad me atraían o si sólo fingía para aparentar una normalidad que la sociedad forzaba.
No era sólo su apariencia física: era todo. Era la asquerosa forma en la que te miraban si llevabas una falda mínimamente más arriba de lo habitual, la forma en la que se referían a las mujeres, la forma en la que insistían incluso después de decir que no estabas interesada, la forma en la que te podían incomodar sin importar que ya has dicho «no», la forma en la que te tratan, la forma en la que te hablan, la forma en la que creen que tienen el poder sobre ti.
Todo de ellos me parecía absolutamente asqueroso.
Tal vez por todo eso, algunos creerán que no me gustan. Pero, reitero: sí me gustan. Solo que no me gusta el estereotipo convencional de "hombres".
No.
Prefiero a los hombres misteriosos, esos que no hablan de mil y un asquerosidades, esos que no opinan, que no hacen nada que no les ordenes, esos que solo viven y respiran totalmente por ti y para ti, de esos hombres que si no les autorizas nada, no lo hacen.
Puede parecer extremista, pero curiosamente es el tipo de hombre que me han gustado desde que tengo memoria.
Stan Kutcher, el cornerback del equipo de fútbol, es esa clase hombre, no el que me gusta, más bien la encarnación misma de todo lo que despreciaba en el mundo. Es asquerosamente promiscuo; tanto que, se rumoreaba el año pasado que había contraído sífilis en una fiesta cuando se acostó con más de siete chicas en la habitación de los padres de Kish —en lo personal, merecido lo tiene, si es verdad. Es el tipo de hombre que se la pasa haciendo insinuaciones constantes aunque le hayas dado una negativa porque, claro, no puede obtener un no por respuesta —qué idiota, si me lo preguntan. Es un dolor en el culo. Y, aún así, asquerosamente "atractivo".
Atractivo abarcando solo el físico, lo demás dentro de él era una masa deforme de mierda.
Me provocan tantas náuseas, todos en general, que es tan difícil expresar las mil maneras que tenía planeadas para "corregirlos", aunque fuera imposible.
No lo sé, son esa clase de criaturas repugnantes que despertaban en mí instintos... tan bajos y primitivos, casi imposibles de controlar, aunque no los "instintos" toscos que ellos mostraban cuando tenían una erección al ver como se te ven las piernas debajo de la falda, no. Eran las ganas de tomar un martillo y destrozarles la cabeza hasta que no quede más que sus sesos regados por la alfombra de mi habitación; o quizás ponerme creativa y romperles dedo por dedo, luego los brazos, y dejándolos sufrir hasta que entiendan que su mera existencia es tan asquerosa, repulsiva e insignificante como las de una cucaracha.
Aunque, por supuesto, siempre aparto esos pensamientos; sé que parezco una lunática.
Esa lucha interna era una punzada constante que resquebrajaba la máscara de normalidad que usaba día con día, la misma que usaba mientras reía con mis amigas y las escuchaba hablar de lo mismo: hombres, especialmente de Stan.
Sin embargo, como mencioné, de una u otra manera siempre terminaba apartando esos pensamientos para concentrarme en lo que hacía al momento, no quería parecer una lunática, o en su defecto, un sociópata de clóset, pero cuando dejo a mi mente divagar de nuevo por esos pensamientos... dios... era tan asqueroso admitir que pienso así.
Eran pensamientos nacidos de un lugar tan oscuro que me costaba creer que estuviera dentro de mí, por lo que prefería ignorarlos y solo... seguir concentrándome en lo cotidiano antes que caer en la tentación.
Aunque siempre están esos pensamientos, ahí... acechándome... ¿cómo se supone que los controle si ellos son los que me provocan? ¿Cómo debo controlar pensar en algo tan grotesco si ellos son quienes se lo buscan? ¿Cómo debo lidiar con lo que pienso sin contárselo a nadie más por miedo a que me miren como a una loca, o quieran meterme a un psiquiátrico? No solo a cómo, sino, ¿a quién debo contárselo?
No puedo confiar en Sonia, Judy ni Molly, no puedo contárselo a mamá o a papá, no puedo solo decir que me enferma la manera en la que detesto a los hombres sin sacar a relucir los miles de pensamientos y escenarios que pasan por mi mente cuando pienso en ellos. Porque, ¿cómo le dices a alguien más que tienes las ganas para matar a alguien y seguir tu vida como si nada?
Matar es una palabra fuerte que sólo admito en mi cabeza, o mi diario.
A veces me pregunto si alguien más piensa en eso, en matar... a veces me pregunto si hay más gente ahí afuera que piensa en lo mismo que yo... he leído casos, pero son tan asquerosos porque son de hombres, eso me resulta todavía más repugnante.
Supongo que lo único rescatable de ellos podría ser lo que les cuelga entre las piernas, pero esperar que salga algo bueno de ahí es como jugar a la ruleta rusa: tamaño, higiene, salud —todo una apuesta miserable.
Nunca sabes qué tan pequeño, sucio o enfermo pueda resultar. A veces entra más aire que carne; otras, te dejan infecciones o unas llagas infernales que te hacen maldecirte cada día de tu vida.
Lo único aceptable que tienen viene unido a un cuerpo controlado por un cerebro inservible que reduce todo a cosas que asocia como no humano, un lote defectuoso; supongo que es porque su cerebro subdesarrollado no da para más, es de esperar que piensen como piensan.
A todo esto, sólo puedo concluir con que la sola idea de tener más poder sobre ellos es... un orgasmo mental tan liberador como abrasivo, tan grotesco a su vez que me acosa constantemente la idea y las voces de que algo asi suceda.
La imagen constante de tener a alguien de rodillas delante de ti, que no le importa si lo rompes, sigue pidiendo más.
Dios… es tan grotesco como excitante.