Antojo de Piel

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Sinopsis

Nada parece diferente al amanecer, pero algo en el aire del River View Hotel ha dejado de moverse. Los relojes siguen marcando la hora, las luces parpadean con normalidad, pero el mundo ha quedado suspendido, prácticamente congelado. Ernest Wilson, un joven supervisor obsesionado con demostrar su valía, cree que ese día cambiará su vida profesional. Y la cambiará... solo que no del modo que esperaba. Ela Quintero, hija del director general del River View Hotel. No ha sido tan fácil como todos piensa su padre es mas duro con ella que con el resto. Pero demostrará que no es una niña de papi.y

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Completado
Capítulos:
6
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n/a
Clasificación por edades:
16+

Gran Día

Aún no suena el despertador, Ernest ya está semidespierto.

Sabe que hoy es una fecha importante.

Ha trabajado duro para llegar hasta aquí ,demasiado esfuerzo, tantas promesas frente al espejo, como aquel día en que...

“RING, RING.”

El sonido lo arranca del hilo de sus pensamientos. Abre los ojos y, por primera vez en semanas, esboza una sonrisa.

Hoy no es un día cualquiera.

Salta enseguida de la cama. Hoy no puede llegar tarde.

Hoy, quizás sea el último día en que solo sea un simple supervisor de hostelería, piensa Ern.

Abre el armario. Entre camisas arrugadas y corbatas sin vida, elige su traje favorito, el mismo que usó en la boda de su hermana.

Se lo pone con cuidado, casi con respeto. Luego, un toque de su mejor fragancia —ese perfume árabe cuyo nombre es impronunciable, que se hizo viral en redes.

Frente al espejo, ajusta sus lentes.

Eso es lo único ordinario que lleva.

Por lo demás, está impecable.

Las puertas del Hotel River View se abren ante él, dejando escapar un soplo de aire perfumado a mármol y café.

Durante años, esas mismas puertas fueron su cárcel personal, el escenario de cada turno interminable, de cada sonrisa forzada.

—¡Ernest! —grita Richard desde el mostrador de conserje, con su sonrisa eterna.

Ern responde con un saludo eufórico. Por un instante se pregunta cuántos años llevará Richard en el mismo puesto. Ni siquiera lo analiza demasiado.

Ajusta su americana, respira hondo y camina con paso firme hacia recepción, mientras la voz del conserje repite:

—¡Mucha suerte, Ern, te lo mereces!

En la recepción, la ve. Ela Quintero.

El motivo por el que, incluso en los días más grises y lluviosos, no le pesa ir a trabajar (y en Londres esto pasa muy a menudo).

Ella brilla entre el resto, como si una luz invisible la envolviera.

Ese vestíbulo es como entrar al mismísimo Edén.

Lástima que él se sienta como Eva, y ella, ese fruto prohibido que no puede tocar.

Ern levanta la mano, inseguro, tembloroso.

Ela le devuelve una sonrisa cortés, de esas que duran lo justo, que no dicen nada,de esas que llamamos sonrisas hosteleras.

Y si desde siempre eso ha sido toda la interacción social mutua...

Y hablando del Edén... aparece Dios.

El mismísimo Eduardo Quintero, Director General del River View Hotel.

Traje oscuro de algún diseñador italiano, un reloj Daytona que brilla como un recordatorio del poder, voz firme con un dejo casi paternal.

—Chico, se elegirá al Manager de Hostelería a las dos de la tarde —dice, sin detener su paso—. Sala de eventos número tres. No llegues tarde.

Ern intenta pronunciar una respuesta afirmativa, pero no alcanza. Eduardo ya se ha girado hacia los ascensores.

—Ah, y una cosa más... Tráeme un macchiato sin espuma a mi oficina. Como siempre, dos de azúcar.

El sonido de sus pasos se pierde entre el murmullo del vestíbulo.

Tras un servicio de comida algo concurrido, Ern cruza el pasillo a paso rápido. Empuja la puerta de la sala de eventos número tres.

Llega justo a tiempo. Dentro, los empleados ya están reunidos.

Zen, la encargada de Recursos Humanos, habla frente a todos. Su voz suena amable, pero distante.

Ern se mezcla entre el grupo, intentando llegar junto a su equipo. Siente la tensión subir en el ambiente.

Entonces, Zen hace una pausa. Mira sus notas.

El silencio llena la sala.

—Y ahora pasamos al nombramiento del nuevo Food and Beverage Manager.

Los segundos se sienten eternos. Ern deja de respirar.

—Muchas felicidades, Jonathan Bell.