Prólogo
El amor es lanzarse sin miedo, el amor es confiar plenamente en la persona que tienes a tu lado, dejarte ir con los ojos cerrados. Bueno, eso es lo que siempre he escuchado, pero ¿yo qué voy a saber? Solo soy un simple técnico de morgue, y no es que esta profesión atraiga mucha compañía.
Lo cierto es que, para Héctor y Vanessa, el amor era algo mucho más fuerte, tan fuerte como para encadenarnos sin oportunidad de escapar, aunque no creo que siquiera hayan pensado en escapar de su paraíso. Es curioso cómo los seres humanos podemos tomar todo lo bueno y hacerlo terrorífico.
El incidente de hace un año, del cual fui testigo, nos demuestra que a veces amar mucho a alguien no es la mejor decisión. Aunque también dicen que el amor no se elige: no se elige a quién se ama ni cuánto. La verdad es que la gente dice un montón de cosas sobre el amor.
Como sea, volvamos con Héctor y Vanessa. Ambos eran una pareja joven, profundamente acaramelada, de esas que llegan a dar pena ajena de lo mucho que se quieren.
Los novios perfectos, diría cualquiera. Cualquiera que no los conociera íntimamente, y nadie los conocía de esa manera tan cercana: ni los compañeros del trabajo, ni los vecinos, ni sus amigos.
Ellos se aseguraron de eso, porque en el fondo guardaban un terrible secreto que pondría patas arriba este pequeño pueblo, en esa fatídica noche que ocurrió hace precisamente un año.
Pero no quiero aburrirte con la exposición. Estas son mis memorias, de todas las cosas bizarras que pasaron a lo largo de mi vida. Y aunque a mí me encantaría contarles, las reglas de la narrativa son claras: muestra, no cuentes. Así que será mejor que les muestre.