Las Estrellas que no Eran Mías.

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Sinopsis

Orion nunca imaginó que despertaría en un cuerpo que no reconocía, en una vida que no era la suya. Sin la certeza de cómo ocurrió, abrió los ojos en la piel de una joven llamada Briar, con recuerdos ajenos mezclándose con los propios como piezas desordenadas de un rompecabezas que no encajaba. Lo más desconcertante no fue la confusión de verse distinta, sino el descubrimiento gradual de que aquella realidad no le era completamente extraña trayendo consigo figuras que solo habían existido en su imaginación. Y entonces los vio: Ahora convertidos en personas de carne y hueso, respirando, decidiendo, viviendo sin guion. Elias con su mirada cobalto y su actitud cortante; Draven con su altura imponente y su bondad silenciosa. Caminaban entre la multitud sin saber que ella, la desconocida en un cuerpo prestado, alguna vez había sido quien les dio origen. Orion comprendió entonces que no podía reclamarles nada: ya no eran suyos, si es que alguna vez lo habían sido. En este nuevo plano, ellos tenían su propia historia, una que se desarrollaba sin depender de su mano. Perdida entre dos identidades, enfrentando el desconcierto de vivir dentro de una ficción que se ha vuelto más real que su propio pasado, siguiendo el rastro de las estrellas que ya no le pertenecen.

Genero:
Literary Fiction
Autor/a:
0R10N
Estado:
En proceso
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

★.- El Día que Dejé de Ser.

«𝙃𝙤𝙡𝙖, 𝙚𝙨𝙩𝙖 𝙚𝙨 𝙪𝙣𝙖 𝙝𝙞𝙨𝙩𝙤𝙧𝙞𝙖 𝙨𝙪𝙥𝙚𝙧 𝙧𝙖𝙣𝙙𝙤𝙢 𝙦𝙪𝙚 𝙘𝙝𝙖𝙩𝙂𝙋𝙏 𝙢𝙚 𝙝𝙖 𝙖𝙮𝙪𝙙𝙖𝙙𝙤 𝙖 𝙚𝙨𝙩𝙧𝙪𝙘𝙩𝙪𝙧𝙖𝙧. 𝙋𝙤𝙧 𝙚𝙨𝙤 𝙡𝙤𝙨 𝙩𝙤𝙦𝙪𝙚𝙨 𝙙𝙚 𝙧𝙤𝙡 𝙙𝙚 𝙗𝙤𝙩, 𝙟𝙖, 𝙟𝙖, 𝙟𝙖. 𝙀𝙨𝙥𝙚𝙧𝙤 𝙡𝙚𝙨 𝙜𝙪𝙨𝙩𝙚.

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✦ CAPÍTULO 1 - "EL DÍA QUE DEJÉ DE SER."

Despertó sobresaltada, como si su conciencia hubiera sido arrojada a la superficie desde un abismo oscuro. Abrió los ojos y la luz blanca del techo la golpeó con una intensidad casi agresiva. Parpadeó varias veces, mareada, tratando de enfocar. No estaba en su departamento. No estaba... en ningún lugar qua reconociera.

El olor antiséptico fue la primera pista. Luego el sonido: un pitido suave y constante. Finalmente, el frío de una aguja insertada en el dorso de su mano.

Estaba en un hospital.

Se incorporó apenas, lo suficiente para ver el suero conectado a ella. Un dolor intenso le atravesó el cuello, punzante, casi insoportable. Luego otro dolor, en ambas muñecas. Bajó la mirada.

Vendajes. Blancos, gruesos. Ajustados.

Su corazón se aceleró.

La interpretación llegó inmediata, casi automática, como un reflejo cruel. ¿Había intentado...? Pero no encajaba. No era su cuerpo. Algo estaba mal, profundamente mal. Sus manos eran más pequeñas, sus brazos más delgados, su piel más clara que la suya. Respiró hondo, demasiado rápido. Su pecho, su estómago, sus piernas- todo se sentía diferente, como si hubieran cambiado las piezas de su existencia mientras dormía.

Y entonces sucedió.

Un dolor inexplicable le atravesó la cabeza. Fue brutal, como si le abrieran el cráneo desde dentro. Llevó ambas manos a las sienes, apretando los dientes. Imágenes empezaron a invadir su mente. Venían en ráfagas, como relámpagos: libros de literatura subrayados, un espejo que reflejaba un rostro que no era el suyo.

Briar...

El nombre se impuso en su mente como un sello ardiente. No era suyo, pero... las memorias lo reclamaban. Eran de ella. Y ahora también estaban en quien se había despertado en ese cuerpo.

Le faltó el aire.

Su cabeza explotó en un latido seco.

Y los recuerdos no dejaron de caer.

No de su vida.

Pero eran memorias nítidas, cálidas, angustiosas, vergonzosas, rutinarias...

de alguien más.

Clases de primer semestre.

Un apartamento pequeño.

Noches llorando en silencio.

Un madre ausente.

Una padre aún más.

Un nombre dicho por profesores, vecinos, registros escolares:

Briar.

Su pecho se comprimió.

Sintió que le faltaba el aire.

El mundo pareció hundirse mientras esas memorias ajenas se mezclaban con las propias, sin pedir permiso.

Y reconoció algo entre ese caos.

Un detalle que la atravesó.

Sí, BRIAR.

Un campus universitario que había imaginado.

Un vecindario que había vagamente vislumbrado.

Personas que había creado.

Lugares que había escrito.

Era su personaje.

Era el trasfondo que le dió.

Y lo entendió.

Un instante antes de poder ordenar una sola idea, el dolor creció, se intensificó, se volvió insoportable. Todo se volvió negro. Y se hundió otra vez en el vacío.

■ ■ ■

Recobró la conciencia después de varias horas, con una presión suave en la muñeca. Un tacto cálido. Voces bajas. La luz era más tenue.

Una enfermera la revisaba con concentración profesional, anotando números en una tablilla.

Su garganta raspaba como si hubiera tragado vidrio.

—D... disculpe... —su voz salió ronca, débil, quebrada, lo suficiente para que la enfermera levantara la mirada.

Ella sonrió con suavidad, aunque sus ojos guardaban un brillo de cautela.

—Oh, cariño. Ya despertaste. ¿Cómo te sientes?

Los labios de la joven temblaron. No sabía cómo formular la pregunta. Porque la respuesta ya la había visto entre los recuerdos de Briar. Pero necesitaba escucharlo de alguien externo, alguien que no fuera ella... o la otra.

—¿Q-qué... me pasó? —preguntó, con la voz reducida a un hilo tembloroso y áspero. El simple acto de hablar le provocó un dolor punzante en el cuello.

La enfermera respiró hondo.

Se sentó en el borde de la cama.

Su expresión se suavizó, aunque había un peso evidente detrás de su mirada.

—Intentaste... lastimarte, cielo —dijo con cuidado, como si las palabras pudieran romperla otra vez—. Te encontraron a tiempo. Estás a salvo ahora.

El corazón de la joven pareció detenerse. Por un momento, el mundo se vació de sonido.

No pudo decir nada.

Porque ella no había hecho eso.

Pero Briar sí.

Y ahora estaba en su piel, cargando una vida que no era la suya... pero que ahora lo era.

La enfermera apretó su mano vendada con suavidad.

—No estás sola —añadió, sin saber lo literal que era aquella frase.

Y la joven no pudo evitar pensarlo:

«𝐸𝑠𝑡𝑎𝑏𝑎 𝑚𝑎́𝑠 𝑠𝑜𝑙𝑎 𝑞𝑢𝑒 𝑛𝑢𝑛𝑐𝑎.»

Ella parpadeó, todavía desorientada. La enfermera notó el movimiento y le ofreció una sonrisa rutinaria, cálida en apariencia, práctica en esencia.

—Briar, necesito que me respondas algunas preguntas, será algo breve.

No respondió de inmediato. El nombre le cayó como un recordatorio afilado. No era suyo. No era ella. Pero en esa habitación, en esos registros médicos, en ese cuerpo vendado, era la única identidad que existía para el mundo.

Intentó incorporarse, pero la tensión en el cuello la obligó a detenerse. La enfermera se apresuró a colocar una mano en su hombro.

—Despacito. No hagas movimientos bruscos. Aún estás muy sensible.

Esas palabras, dicho por quien fuese, tendrían que haberla reconfortado. Pero la voz de aquella mujer marcó el comienzo de algo distinto.

Una verdad que no quería afrontar comenzaba a empujar desde adentro.

No hay nadie aquí.

Nadie vendrá.

Nadie preguntará por ella.

Ni por Briar.

Ni por Orion.

Orion... Es cierto, esa es ella.

《《𝐎𝐑𝐈𝐎𝐍》》Tenía que recordarlo. Siempre.

El monitor registró un incremento repentino en su pulso. Primero leve, luego acelerado. La enfermera inclinó la cabeza, preocupada.

—Tranquila... respira hondo, ¿sí?

Pero ya no podía.

El aire empezó a enredarse en su garganta; cada inhalación era más corta, más desesperada. Sus manos temblaron mientras intentaba llevarlas al pecho, pero el vendaje y el suero limitaron sus movimientos. La visión se estrechó como si la habitación se encogiera a su alrededor.

Era una caída sin manos para sostenerse.

Lágrimas brotaron sin aviso, rápidas, densas, calientes. No reconocía si eran suyas o de los recuerdos que seguían latiendo en su mente. No importaba. Simplemente caían... hasta que dejaron de hacerlo.

De golpe.

Las lágrimas se cortaron como si alguien hubiera cerrado un interruptor. Sus hombros dejaron de temblar. Su respiración se detuvo a medio jadeo y, por un momento, sus ojos quedaron vacíos, apagados. La enfermera, alarmada, llamó a otra compañera.

La voz se volvió distante, como si llegara desde el otro lado de un túnel.

—Necesito apoyo en la habitación 214. La paciente está entrando en shock emocional.

Manos ajenas se movieron alrededor de ella: ajustando cables, reposicionando la cama, intentando hablarle. Pero Orion apenas reconocía los sonidos. Su cuerpo se sintió anestesiado, suspendido. Era un vacío que no dolía porque nada se sentía ya.

Era... apagarse.

Un psiquiatra llegó a los pocos minutos, joven pero cansado, con la experiencia suficiente para reconocer lo que veía.

—Briar —dijo con cuidado—, necesito que me escuches. Estás a salvo. No estás en peligro. Respira conmigo.

Sus palabras repiquetearon contra una mente que apenas estaba presente. Aun así, él no se rindió. Marcó un ritmo de respiración, lento, firme. La enfermera le aplicó un sedante suave; no lo suficiente para dormirla, solo para mantenerla contenida mientras su cuerpo dejaba de luchar contra sí mismo.

Poco a poco, lo peor pasó.

El psiquiatra la evaluó durante un largo rato más tarde, cuando su conciencia volvió a sentirse anclada. Le habló con paciencia, le pidió que describiera cómo se sentía, si recordaba algo, si aún tenía deseos de hacerse daño. Orion respondió lo justo, lo mínimo. Evitó profundizar en la mezcla de identidades que hervían dentro de ella.

Él anotó que la paciente mostraba confusión aguda, estrés postraumático y un colapso emocional derivado de aislamiento severo.

Pero también escribió algo más:

"Cooperativa. Estable. Sin ideación activa en este momento."

Esa frase cambiaría su destino inmediato.

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Las siguientes cuarenta y ocho horas transcurrieron en un letargo extraño, vigilado. No podía dormir bien, no podía pensar bien, no podía llorar. Los médicos revisaban sus signos con regularidad; una enfermera se acostumbró a hablarle aun cuando ella no respondía. A veces la encontraba mirando la pared sin parpadear, otras veces inflando las mejillas en un intento torpe por sentirse presente.

Y sin embargo, avanzaba.

El psiquiatra regresó al tercer día, revisó su progreso, habló con ella durante un tiempo más largo que la primera vez. Orion logró mantener las respuestas coherentes, templadas, sin dejar que la angustia la rompiera frente a él.

Al final de la conversación, él cerró su carpeta y exhaló despacio.

—Podemos darte el alta mañana —informó con tono suave, como si evaluara cada sílaba antes de soltarla—. Pero debemos asegurarnos de que seguirás el tratamiento y asistirás a las consultas externas. ¿Tienes a alguien que pueda acompañarte en este proceso?

Orion bajó la mirada.

—No. No tengo a nadie.

El psiquiatra no se sorprendió. Tal vez Briar nunca tuvo a alguien. Tal vez estaba acostumbrado a pacientes que vivían vidas sin testigos.

—Está bien —respondió finalmente—. Podemos gestionarlo para que sigas sola, siempre que te comprometas con las indicaciones.

Ella asintió.

Era la única opción.

Era la única verdad.

■ □ ▪︎

A la mañana siguiente, con las muñecas y el cuello aún vendados, Orion se encontró frente a la puerta automática del hospital.

Un sobre con recetas, citas médicas y advertencias colgaba de su mano.

La luz exterior la cegó por un segundo.

Las calles no le resultaban realmente familiares. Lo que reconocía no provenía de su historia, sino de los recuerdos que ahora compartía con Briar. Eran fragmentos ajenos, como postales olvidadas que alguien más había coleccionado.

Era su primer día fuera poseyendo el cuerpo de Briar... y su primera prueba en un mundo que de cierta forma todavía era desconocido, pero que la memoria de otra le permitía recorrer sin perderse por completo.

☆☆☆