Capítulo 1: El funeral
Capítulo 1
POV Adriana
El sol estaba escondido, las nubes se veían lúgubres y el cielo estaba llorando. El clima parecía ser tan dramático como la familia Castellano. Era como si estuviera guardando luto por la muerte de un hombre que no fue precisamente una maravilla.
Me quedé bajo el toldo negro, mirando el enorme ataúd de caoba donde yacía mi padre mientras el cura seguía con el servicio. La lluvia golpeaba contra la lona sobre nosotros. Era un ritmo implacable que encajaba con el golpeteo que sentía en mi cabeza. Suspiré y vi cómo el agua caía contra la tierra, salpicando el suelo, y volví a pensar en las decisiones que había tomado en mi vida. ¿Qué carajos hago aquí?
Ah, cierto. El funeral de mi padre.
No veía la hora de que todo esto terminara para irme a casa a beber hasta quedar anestesiada. Mi cuerpo estaba presente, subido a unos tacones incómodos que se hundían en el barro y vestida con un traje negro que compré solo para la ocasión. Sin embargo, no sentía nada. Ni pena, ni rabia, ni siquiera tristeza. Solo estaba vacía.
El cura seguía hablando sobre el descanso eterno y la misericordia de Dios, compitiendo con el ruido de la lluvia. Me pregunté si de verdad conocía a mi padre o si era el mismo sermón genérico que soltaba en todos los entierros. Seguramente lo segundo. Antonio Castellano no era el tipo de hombre al que los curas conocían en persona; al menos no los que iban por lo legal.
Empecé a sentir irritación por la gente que estaba en el cementerio: un mar de dolientes con trajes caros y ropa de marca. La mitad se alegraba de que el viejo estuviera muerto o venían a confirmar que de verdad se había ido. La otra mitad solo quería saber quién sería el próximo en el poder.
Saqué una petaca de plata de mi bolso y le di un trago. El whisky me quemó la garganta y sonreí. Al menos todavía era capaz de sentir ese ardor.
Termina con esto de una maldita vez. Miré al cura, que seguía con su discurso sobre la paz eterna, y me pregunté si un hombre como mi padre merecía eso, incluso después de muerto.
¿Los mafiosos van al cielo? ¿O habrá un lugar especial reservado para los hombres de la mafia?
—Adriana —la voz cortante de mi hermano me sacó de mis pensamientos. Rodé los ojos y di otro trago, sin molestarme en esconder la petaca.
Mi hermano, Marco, me agarró del codo. No lo hizo tan fuerte como para dejarme un moretón, pero sí lo suficiente para regañarme.
—No es el momento para esto —siseó, bajando la voz para que solo yo lo escuchara—. Respeta al difunto.
—¿Respetar al difunto? —pregunté incrédula, burlándome de cómo sonaba aquello—. ¿Respetar al hombre que no veía la hora de usarme como moneda de cambio o exhibirme como si fuera una mercancía? —Miré hacia el ataúd y entonces vi una silueta conocida a lo lejos. Se me cortó la respiración.
Al otro lado del cementerio estaba él.
Dante Volkov.
El mejor amigo de mi hermano, su mano derecha y su ejecutor. El monstruo del que los padres no les hablan a sus hijos por las noches.
Ha vuelto.
Pero sus ojos —esos ojos oscuros e intensos— estaban clavados directamente en mí.
Me sostuvo la mirada de forma ardiente y yo le devolví el gesto antes de bajar la vista al suelo. No podía soportar su mirada abrasadora. La forma en que me miraba siempre me hacía sentir expuesta, como si pudiera ver mis partes más oscuras, esas que guardo bajo llave.
Bufé y me di la vuelta con un gruñido de fastidio.
La lluvia empezó a amainar tras el servicio mientras la gente se dispersaba. El cura por fin había terminado, gracias a Dios. Ahora venía la parte en la que todos ofrecerían sus pésames vacíos, estrecharían la mano de Marco y fingirían que les importaba un bledo la pérdida de la familia Castellano.
Por fin, joder. Ya puedo largarme de este evento tan aburrido.
Me giré para ir hacia mi coche, pero mi hermano me detuvo agarrándome por detrás. Esta vez, su mano sobre mi brazo fue suave.
—Adi. —Escuchar mi viejo apodo me hizo frenar en seco. Hacía tanto tiempo que Marco no me llamaba así. No lo hacía desde que me convertí en la hija problemática.
—¿Qué? —respondí a la defensiva. Ese nombre amenazaba con traerme demasiados recuerdos.
Yo era la hermana pequeña; nos llevábamos once años. Pero al mirar a Marco ahora, parecía haber envejecido mucho más de sus treinta y dos años desde que murió nuestro padre. Todo el negocio familiar y toda la presión recaían ahora sobre él. El peso de un imperio descansaba sobre sus hombros. Sentí una pizca de lástima por él por haberme portado como una malcriada.
—¿Qué quieres? —le pregunté con un tono más suave. Él me devolvió una sonrisa pequeña, sincera y cansada.
—Ahora que papá ha muerto, habrá gente buscando la forma de hundirme. Eso significa que ya no estás a salvo —dijo con la preocupación grabada en el rostro.
Incliné la cabeza. Podía ver por dónde iba la cosa y lo sentía hasta en la médula. Sabía que no me iba a gustar lo que saliera de su boca—. ¿Y?
—Necesitas un nuevo guardaespaldas.
—¿Quieres decir una nueva niñera? —Las palabras salieron más cortantes de lo que pretendía, pero no pude evitarlo.
—No me refiero a eso. Quiero a alguien que te proteja. —Vi la preocupación en sus ojos, pero no; no podía renunciar a la libertad que acababa de conseguir ahora que mi padre estaba muerto.
—Vale, lo entiendo. —Acepté porque sabía que mandaría a paseo a cualquier guardaespaldas. No necesitaba a nadie que me vigilara. Ya lo había hecho antes. Mi padre me había asignado tres guardaespaldas diferentes a lo largo de los años y me las había arreglado para librarme de cada uno de ellos. Esta vez no sería distinto.
Me giré para dar un paso, pero me detuve al sentir que se me erizaba el vello de la nuca.
Estaba aquí.
Estaba detrás de mí.
¿Cuándo se había acercado tanto? No lo había oído venir.
—Sobre tu nuevo guardaespaldas...
—Ni de coña. —Negué con la cabeza, sabiendo perfectamente lo que venía.
—... será Dante —completó Marco. Me giré rápidamente hacia él, lanzándole una mirada fulminante.
Cualquiera menos él. Podía transigir con cualquier otro guardaespaldas, pero no con él. No con el hombre que me observaba como si fuera algo digno de estudio. No con el hombre de cuya presencia siempre era demasiado consciente.
—No lo quiero a él.
—Adi... —me llamó, como si estuviera teniendo una rabieta, y eso que todavía ni había empezado.
—¿Qué? —gruñí—. No esperarás que acepte. Es mi vida.
—Pero es por tu seguridad. Y no tienes voz ni voto en esto. Dante será tu guardaespaldas y se quedará en tu penthouse hasta que yo vea que todo es seguro.
—¿Se quedará conmigo? —Las palabras salieron estranguladas.
—Sí.
—¿En mi penthouse? —No se trataba solo de seguirme a todas partes; iba a vivir conmigo. Iba a invadir mi espacio. Mi refugio.
—Sí.
—No —murmuré horrorizada. No podía permitir eso. Estaría vigilada las veinticuatro horas. Estaban vendiendo mi libertad y yo no tenía ni voz ni voto en esta mierda.
—Confío en Dante ciegamente y estoy seguro de que sabrá mantenerte a salvo. —La voz de Marco era firme; era su última palabra.
Negué con la cabeza y miré a Dante, que tenía una expresión indescifrable mientras me observaba desde su altura.
Inclinó la cabeza y arrugó un poco el entrecejo—. Sigues siendo una malcriada, Printsessa.
Y cómo odiaba ese apodo.