Los vaqueros de Sarah

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

Siete vaqueros irresistibles y una afortunada huésped en su debut como B&B. ¿Podrán los Powell convencer a Sarah de quedarse? Sarah Mitchell acaba de llegar al rancho Misty River, donde se muere de ganas por experimentar la vida de una ranchera de Montana. Como viajera solitaria experimentada, está acostumbrada a ir de un lugar a otro sin echar raíces en ninguna parte. Lo que no entra en sus planes es enamorarse de los vaqueros que viven en la propiedad y que sus sentimientos sean correspondidos. Cuando el trabajo de pastoreo da paso a escenas íntimas más dulces que unos s'mores, Sarah deja de anhelar al caballero de brillante armadura que presentan todos los cuentos de hadas. Ahora quiere siete pares de botas bajo su cama y vaqueros sexis con pantalones de mezclilla y sombreros polvorientos. Está a punto de ver cumplido su deseo, pero cuando la tragedia golpea, ¿se verá Sarah obligada a decidir a qué lugar del mundo pertenece, o le enseñarán sus vaqueros que el hogar no es donde dejas el sombrero?

Genero:
Romance
Autor/a:
K. McNeill
Estado:
Completado
Capítulos:
37
Rating
5.0 15 reseñas
Clasificación por edades:
18+

Capítulo uno

Este tramo de carretera que cruzaba las tierras vírgenes de Montana era peligroso. Se estrechaba bastante a medida que serpenteaba por las salvajes cordilleras del estado. En la radio de mi Ford Focus de alquiler sonaban los acordes de alguna canción country triste y lastimera. Me burlé de la melodía, pero era de esperarse estando donde estaba.

Como buena viajera independiente, iba de camino a un rancho en medio de la nada, en Estados Unidos. No tenía más motivo para mi visita que explorar lugares poco conocidos. Claro, me encantaba ver las grandes ciudades y los monumentos famosos de los que todo el mundo habla. Pero mi parte favorita de viajar era conocer a los lugareños y sumergirme en sus culturas.

Hacía poco había estado visitando yurtas y bebiendo leche de yegua con la gente de las estepas en Mongolia, y también hice una travesía hasta Katmandú, en Nepal. El año pasado alquilé una casita en el campo galés durante cinco meses. La usé como base para recorrer todo el Reino Unido y parte de Europa. En los últimos años, también había visitado el sudeste asiático, Nueva Zelanda y el Pacífico Sur.

Ahora quería experimentar la vida en un rancho ganadero americano. Había encontrado una propiedad en las faldas de las montañas. El lugar se veía espectacular en las fotos y me moría de ganas de ver si era igual de hermoso en persona.

Harta de esa música country tan deprimente, pulsé el botón de sintonización buscando algo de rock o RnB. Pasé por otro canal de country y luego por uno más antes de dar con un servicio religioso, pero seguía sin aparecer música divertida. Me atreví a apartar la vista del camino solo un segundo para mirar la radio.

Cuando oí una sirena detrás de mí, levanté la mirada de golpe. Por el espejo retrovisor vi una patrulla que se me echaba encima. Me puse rígida como un palo. —¡Mierda! —siseé mientras me orillaba en la carretera.

El enorme 4x4 negro se detuvo tras de mí y la puerta se abrió de par en par. Me apoyé contra el volante, hundí la cara entre mis brazos y me juré que jamás volvería a sintonizar la radio mientras conducía.

Un golpe en la ventanilla me dio un susto de muerte. Levanté mis ojos azules y vi a un policía guapísimo. Llevaba un sombrero de ala ancha y un uniforme de camisa marrón y pantalones caqui que se ajustaban bien a sus caderas firmes. El sol brillaba en la estrella de su pecho cuando bajé el vidrio. —Hola, oficial.

—Señorita. —Me saludó con un leve movimiento de cabeza y una mirada severa—. ¿Es consciente de que conducía por el lado equivocado?

Abrí mucho los ojos. —¿Qué hacía qué?

Él apretó los labios. —¿Tiene a mano su licencia y el registro?

Rebusqué en mi bolso y saqué mi licencia internacional y el contrato del coche de alquiler.

—Gracias. —Me los quitó de las manos y revisó ambos documentos—. ¿Viene de Australia?

—Sí.

—¿Qué la trae por Montana?

—Unas vacaciones.

—¿Aquí? —El oficial miró a su alrededor con el ceño fruncido.

Asentí mientras apretaba las manos contra el volante. —Me gusta visitar lugares que no sean turísticos. Siento mucho lo de ir por el carril contrario. En Australia conducimos por la izquierda y me cuesta acostumbrar al cerebro. Pensé que lo estaba haciendo bien, pero...

El policía me interrumpió. —Está bien, la dejaré ir con una advertencia. Pero recuerde que en Estados Unidos conducimos por la derecha. —Me devolvió los papeles—. Ah, y... mantenga la vista en la carretera.

—Pero es que estaba...

—La vi trasteando con la radio. —Señaló el aparato con el dedo.

Mierda, pensé con vergüenza. —Es que odio la música country.

Él soltó una risita. —¿Está en Montana y odia el country? Seguro que le va a ir de maravilla aquí. —Su sarcasmo era evidente—. Pruebe la 105.2. Ponen de todo. Pero asegúrese de sintonizarla antes de arrancar.

—Sí, oficial —mascullé.

Se tocó el sombrero a modo de saludo. —Que tenga un buen día, señorita.

—Igualmente.

Esperé a que se fuera en su camioneta gigante antes de tocar la radio. Una vez que encontré la emisora que mencionó, seguí mi camino. Por suerte, no faltaba mucho para llegar, aunque casi me paso de largo la entrada del Misty River Ranch. Frené en seco y di marcha atrás antes de meterme por un camino de tierra. El olor a pino me recibió mientras subía la pendiente hacia una casa rodeada de árboles. Más allá de los pinos, vi una llanura verde que llegaba hasta la base de unas montañas impresionantes.

La casa era tan increíble como el paisaje. Estaba hecha de piedra y troncos pintados de negro. Resaltaba en el entorno, pero al mismo tiempo encajaba a la perfección.

Bajé del coche y me tomé unos momentos para respirar el aire puro. Admiré el bosque y disfruté del canto de los pájaros. A lo lejos se oía el mugido de las vacas y el relincho de los caballos, mientras la brisa fresca mecía las hojas.

—Bienvenida al cielo, Sarah —susurré para mis adentros.

La paz se rompió con los ladridos de un par de perros, incluido el aullido de un sabueso que venía de la casa. Un hombre alto y corpulento, con una barba espesa, salió al porche. —¿Puedo ayudarla?

—Hola, soy Sarah Mitchell. Reservé la cabaña por tres meses —dije acercándome con algo de cautela.

—Ah, la australiana. Mucho gusto, señorita Mitchell, me llamo Boone. —Bajó los escalones y me asombró ver cómo su mano envolvía la mía por completo al saludarme—. Espero que haya tenido un buen viaje.

Mis pulseras tribales tintinearon en mi muñeca cuando nos soltamos. —Gracias. Fue largo, pero muy bonito. Conduje desde Seattle.

Boone abrió mucho los ojos. —Vaya, debe estar agotada. ¿Le apetece cenar más tarde?

—Desde luego. —Miré a los dos perros que daban vueltas a mi alrededor olfateándome las piernas.

—¿Señorita Mitchell? —Otro hombre guapo bajó las escaleras del porche y se acercó. Tenía barba de un par de días y el pelo rapado—. Axton Powell. Creo que hablamos por correo electrónico.

—Ah, sí, claro. Hola, un placer conocerlo. —Asentí a ambos.

—Bueno, yo los dejo por ahora. Lo de la posada es idea de Axton. —Boone señaló al otro hombre con el pulgar—. Fue un gusto. Nos vemos en la cena.

—De acuerdo, hasta luego.

Boone les silbó a los perros y regresó a la casa.

Axton hizo un gesto con la mano. —Venga, le enseñaré la cabaña de invitados.

—Gracias. Voy por mis cosas. —Abrí el maletero y empecé a sacar mi equipaje.

Axton se apresuró a ayudarme. —Déjeme que la ayude con eso.

Agarró mi vieja maleta rígida de color beige y mi bolso de Mickey Mouse. Yo me quedé con mi rebeca y el bolso de mano, y me guio hacia un lado de la casa principal.

Bajé el ritmo cuando apareció la cabaña de troncos rojos. —Vaya, es preciosa.

Entramos y vi que tenía dos plantas. Estábamos en una salita pequeña con un sofá en forma de L, un sillón de madera, una mesita de centro y una chimenea de piedra. A nuestra derecha había un comedor para cuatro y una cocina muy mona con una barra americana bajo un altillo.

Axton dejó las maletas y señaló hacia arriba. —El dormitorio está ahí mismo, en el altillo.

—Me encanta. Es adorable.

Se me dio un vuelco el estómago cuando Axton me dedicó una sonrisa encantadora. —Gracias. Le puse mucho empeño a este lugar, así que me alegra que le guste.

—Ya mismo quiero firmar en el libro de visitas.

Axton se detuvo. —En realidad, no tengo ninguno.

Me quedé con la boca abierta. —¿Por qué no?

—Es nuestra primera huésped. Puse en marcha la web y las redes sociales apenas una semana antes de que me escribiera.

—¿Entonces soy su conejillo de indias? —Sonreí y me metí las manos en los bolsillos traseros de los vaqueros.

—Sí —dijo Axton con una mueca de nerviosismo.

No quería que se sintiera incómodo. —No me importa. Siempre y cuando me dejen vivir la experiencia completa aquí. ¿Se puede, no?

—Claro. ¿Ha montado a caballo alguna vez?

Negué con la cabeza. —A caballo no, pero subí al Himalaya en mula.

Ahora fue Axton el que se sorprendió. —Bueno, está bien. Supongo que es parecido. La probaré con Captain. Si se le da bien, podrá venir con nosotros a arrear el ganado.

—Eso suena muy divertido. Me apunto. —Di un saltito de emoción.

Axton soltó una carcajada. —Muy bien. La dejo para que se instale. La cena será a las seis en punto.

—Allí estaré. —Lo saludé con la mano y, en cuanto salió, me asomé por el cristal de la puerta. Me quedé mirando su forma de caminar, con una postura perfecta, los hombros hacia atrás y la cabeza alta. Me fijé en su culo enfundado en los vaqueros y empecé a sentir calor.

Sacudí la cabeza, regañándome por ser tan superficial, y cogí mis maletas. Subí la pequeña escalera y entré al dormitorio. Admiré los troncos de madera y la cama doble, que estaba colocada en diagonal bajo el techo inclinado. La manta de la cama era roja, a juego con el tono de la madera barnizada.

Suspiré aliviada por haber llegado bien y solté el equipaje en el suelo para dejarme caer en la cama. El cuerpo me pedía a gritos tumbarme, pero me resistí. Mi plan era ducharme y luego ir a la casa principal para cenar. Si me quedaba dormida ahora, no habría quien me levantara.

Miré la hora en el móvil. Eran solo las cuatro de la tarde, así que tenía tiempo de sobra antes de la cena.

Mientras me metía en la ducha, me pregunté qué servirían esta noche. También intenté pensar en si Axton y Boone cocinarían bien, en lugar de pensar en lo buenos que estaban.