Aventura de verano con el padrastro de mi novio - 1

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

Aquel verano, cuando Emilia siguió a su novio a esa lujosa villa en la campiña francesa, no tenía ni idea de lo que le esperaba. Nunca imaginó que el padrastro de su novio —un hombre extremadamente apuesto, adinerado y peligrosamente encantador— se aprovecharía de su momento más vulnerable para arrastrarla a un trato que jamás debió aceptar. No esperaba que la lujosa villa, el hermoso viñedo privado, la fuente a medianoche y la tranquila piscina se convirtieran en los lugares donde dejaría escapar sus gemidos más dulces y contradictorios; recuerdos que la perseguirían mucho después de que terminara el verano. 💥 💥 💥 Los suscriptores del nivel Early Access ya tienen acceso completo a todo el Libro 1 📚✨ Muchas gracias por todo el cariño y el apoyo. Estoy muy emocionada de continuar este viaje con ustedes 💙 Los lectores públicos seguirán recibiendo actualizaciones todos los lunes, miércoles y viernes hasta que todos los capítulos del Libro 1 estén totalmente desbloqueados. 🔥🔥🔥 El invierno es frío y demasiado largo… así que escapemos juntos a este forbidden summer affair. Espero que esta historia los mantenga calientes durante todo el invierno. 🔥

Estado:
Completado
Capítulos:
47
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Bienvenida al Paraíso

Emilia dejó la maleta a sus pies y se levantó el ala del sombrero. Entornó los ojos para mirar la enorme puerta que tenía enfrente.

El aire de verano era cálido y hacía que todo brillara bajo el sol. Miró a Hunter, que estaba luchando con tres maletas de ruedas que parecían querer escaparse por el camino de grava.

—¿Esta... esta es la casa de tu padrastro? —preguntó ella.

Hunter sonrió mientras arrastraba las maletas hacia ella. Su pelo rubio brillaba bajo el sol y sus ojos azules tenían ese encanto natural de siempre. —¡Sí! Genial, ¿verdad?

Emilia soltó una risita y se apartó un mechón de pelo castaño de la cara.

¿Genial? Eso se quedaba corto.

El lugar era enorme; parecía más un palacio que una casa.

Tras la alta puerta de hierro se extendía un camino largo flanqueado por robles viejos. Sus sombras bailaban sobre los adoquines. Al fondo se alzaba una villa color crema con grandes ventanales de arco, un balcón cubierto de enredaderas y una fuente que brillaba en medio de un patio circular.

A lo lejos se escuchaban los pájaros y el suave murmullo del agua de lo que debía ser otra fuente.


Emilia nunca había visto nada igual. El aire del campo francés olía a lavanda y a nuevos comienzos, pero tenía el estómago cerrado por los nervios.

Ella y Hunter llevaban poco tiempo saliendo. Se habían conocido en unas prácticas durante las vacaciones de invierno pasadas.

Emilia se había graduado hacía dos meses y aún no encontraba trabajo. Hoy en día, las cosas no estaban fáciles para los recién graduados.

Entonces, hace apenas una semana, Hunter la invitó a pasar las vacaciones de verano con él y su familia.

Él le dijo como quien no quiere la cosa: —Ven a conocer a mi padrastro, dirige una empresa. Quizá pueda ayudarte a encontrar algo.

En ese momento sonó sencillo. Ahora, frente a esta mansión, Emilia se dio cuenta de lo lejos que estaba de su realidad.

Le dedicó una sonrisa débil a Hunter mientras él daba otro tirón alegre a las maletas.

—Sí —murmuró ella—, es... impresionante.


Hunter ya estaba tocando el timbre antes de que ella terminara la frase.

Un suave eco sonó por el interfono. A los pocos segundos, una voz de hombre respondió en inglés con un ligero acento francés.

Hunter lo saludó animado y cruzaron unas palabras. Entonces, las puertas de hierro se abrieron con un zumbido silencioso.

Emilia lo siguió por el camino de piedra arrastrando su maleta. Las ruedas daban saltos sobre las piedras mientras aparecía la gran puerta principal: de madera tallada y con pomos dorados que relucían bajo el sol.

Al entrar en la villa, los recibió una ráfaga de aire fresco. El suelo de mármol reflejaba la luz de la lámpara de araña y el ambiente olía suavemente a rosas.


Una mujer espectacular apareció por el pasillo. Tenía el pelo rubio perfectamente peinado y unos ojos azul claro, penetrantes pero amables.

Se veía elegante sin el menor esfuerzo. Era el tipo de belleza que hizo que Emilia se fijara de repente en las arrugas de su propia camiseta de viaje.

—Deberías haber dejado que el chófer fuera a buscaros —dijo la mujer con un reproche cariñoso.

Hunter sonrió y le dio un abrazo rápido. —¡Mamá, por favor! Ya soy mayorcito. Sé llegar solo.

Luego se giró hacia Emilia con una sonrisa orgullosa. —Mamá, esta es mi novia, Emilia.

Emilia se irguió y dio un paso al frente. Saludó con educación y le tendió la mano. —Hola, Mrs. Vaughn. Muchas gracias por invitarme.

Por una fracción de segundo, la cara de la mujer se quedó congelada y la sorpresa cruzó sus ojos.

Pero, igual de rápido, su expresión se suavizó en una sonrisa elegante.

—Dime Susan —dijo tomando la mano de Emilia con calidez—. Eres muy guapa, Emilia. Se nota por qué Hunter está tan orgulloso.

El pelo castaño de Emilia caía suavemente bajo el sombrero. El vestido blanco de verano hacía que sus ojos verdes resaltaran aún más, brillando con una luz preciosa.

Hunter estaba radiante. —¿A que sí? Te dije que era increíble.

Susan soltó una risita y le apretó la mano a Emilia. —Debes de estar cansada del viaje. Ven, te enseñaré tu habitación. Te va a encantar la vista.

Hunter parpadeó sorprendido. —Espera, ¿por qué necesita su propia habitación? Puede quedarse conmigo.

Susan le lanzó una mirada suave pero de advertencia, sin perder la calma. —Tenemos muchas habitaciones, cielo. ¿Por qué vas a obligarla a compartir? Es mejor que tenga su propio espacio, estará más cómoda. —Se volvió hacia Emilia y suavizó el tono—. ¿No te parece, querida?

Emilia dudó, pero sonrió con educación. —Me parece bien lo que usted decida.

Hunter intentó protestar de nuevo, pero Susan ya había agarrado a Emilia del brazo. —Perfecto —dijo con cariño—. Ven, yo te guío.


***

Susan llevó a Emilia por la gran escalera hasta el segundo piso. La luz del sol entraba por los altos ventanales que daban a los jardines.

La puerta del cuarto de invitados se abrió y reveló un espacio más grande que todo el apartamento de Emilia. Tenía paredes color crema, una cama tamaño king, cortinas claras que se mecían con la brisa y hasta un baño privado con grifos dorados.

Emilia parpadeó asombrada. —Esto es... increíble. Muchas gracias, Mrs... digo, Susan.

Susan sonrió, aunque algo indescifrable cruzó su mirada.

No se fue de inmediato. Se quedó junto a la puerta observando a Emilia con una expresión difícil de definir.

A donde quiera que Emilia fuera, sentía la mirada de Susan siguiéndola, tranquila pero demasiado fija.

Emilia dudó mientras dejaba la maleta junto a la cama. —¿Perdone, he hecho algo malo? —preguntó en voz baja.

La mirada de Susan se ablandó y se acercó más. —No, para nada. —Alargó la mano y le levantó la barbilla con suavidad, estudiando su rostro como si quisiera grabárselo—. Solo me alegro por mi hijo —dijo con una sonrisa tenue—. Ha encontrado a una chica maravillosa.

A Emilia se le cortó la respiración un momento por la cercanía, pero antes de que pudiera decir nada, se oyeron pasos por el pasillo.

Susan retiró la mano y miró hacia la puerta. —Cariño —llamó suavemente.

Un hombre alto apareció en el pasillo. Su sombra se alargó sobre el suelo antes de que él entrara en la luz.

A Emilia le dio un vuelco el corazón.

Tenía que ser el padrastro de Hunter, el hombre que esperaba conocer.

Él se detuvo en el umbral y el ambiente en la habitación pareció cambiar de repente.

La luz del sol entraba por la ventana y le daba en la cara. Tenía una mandíbula marcada, el pelo castaño bien peinado y unos ojos azules impactantes que transmitían calidez y distancia al mismo tiempo.

No parecía tener mucho más de cuarenta, aunque ella sabía que rondaba los cincuenta. Llevaba la camisa blanca remangada, dejando ver unos antebrazos fuertes y definidos.


Tenía una presencia imponente que hacía que a Emilia se le olvidara respirar.

Al darse cuenta de que se le había quedado mirando, se arregló el pelo rápido y se aclaró la garganta. Puso su mejor sonrisa. —Hola, Mr. Vaughn —dijo dando un paso adelante—. Soy Emilia Spencer. Encantada de conocerle.

La mirada de Sebastian se posó en ella un momento. Era tranquila e indescifrable, casi como si la estuviera analizando. —Es un placer —dijo con voz grave y pausada—. Debe de estar cansada por el viaje. Descanse un poco. Si necesita algo, pídaselo al servicio. Ellos se encargarán.

Emilia asintió rápido para no parecer nerviosa. —Gracias, señor.

Él asintió con cortesía y se giró para irse, pero Susan se acercó a él.

Por un segundo, la mano de ella rozó la manga de él. Susan lo miró fijamente antes de volver a mirar a Emilia.

—Te dejamos para que te instales —dijo Susan con una sonrisa amable—. Si necesitas algo, no dudes en pedirlo. —Dicho esto, se dio la vuelta y salió junto a su marido.

Emilia los vio marcharse. El eco de sus pasos se fue perdiendo por el pasillo.


***

Emilia deshizo el equipaje y se puso el bañador. Cuando bajó, Hunter ya la esperaba junto a la piscina con dos vasos de limonada y una sonrisa de oreja a oreja.

El sol estaba en lo alto y el agua turquesa brillaba. Ella metió un dedo del pie y soltó un grito por lo fría que estaba, justo antes de que Hunter la salpicara bromeando.

—¡Oye! —se rió ella, devolviéndole el agua con la mano.

Él nadó hacia ella, la agarró por la cintura y la metió de golpe en la piscina.

Ella salió a la superficie escupiendo agua y con el pelo empapado mientras él se reía a carcajadas. Emilia le dio un golpe flojo en el hombro, fingiendo estar enfadada, pero él solo la acercó más a él.

El agua brillaba entre los dos y el sol creaba ondas plateadas a su alrededor.

—¿Estás enfadada? —bromeó él.

—Puede —dijo ella, sonriendo a pesar de todo.

Él le apartó el pelo mojado y le dio un beso rápido. Primero suave, luego más largo y profundo.

Ella le rodeó el cuello con los brazos.

Él la levantó con facilidad en el agua y la hizo girar. Ella soltó un grito de alegría. Los dos estaban empapados y sin aliento.

Por un momento pareció que no existía nada más que esa piscina brillante. Solo estaban ellos dos, jóvenes y enamorados bajo el sol dorado de Francia.


Ninguno de los dos notó que alguien los observaba desde un gran ventanal del segundo piso.

Tras el reflejo del cristal estaba Sebastian. Tenía una expresión indescifrable y las manos en los bolsillos mientras los miraba en silencio. La luz de la tarde resaltaba sus facciones marcadas.

Una voz suave sonó detrás de él. —¿Te gusta lo que ves? —dijo Susan acercándose—. Es guapa, ¿verdad?

Sebastian giró la cabeza hacia Susan.

Ella le sostuvo la mirada con una sonrisa fija. —¿A que lo es?

Sebastian finalmente se volvió hacia ella con calma. —La próxima vez que entres en mi despacho —dijo en voz baja—, llama primero.

Susan sonrió apenas, con un brillo extraño en los ojos. —Por supuesto —respondió con suavidad—. Así lo haré, querido.

El ruido de sus tacones resonó contra el suelo mientras se iba. El sonido se desvaneció en el pasillo y solo quedó el zumbido del aire de verano y las risas que llegaban desde la piscina.