[1. WANDERING STAR - PORTISHEAD ]
El ataúd de mi madre descansaba dentro de un agujero rectangular recién cavado, a varios pies de profundidad en la tierra. Me quedé frente a la fosa parpadeando para quitarme la lluvia de los ojos; el intenso olor a tierra mojada me llenaba la nariz.
Ese aroma me mantuvo con los pies en el suelo durante todo el funeral. Sin embargo, mi mente estaba en otro lado, divagando entre la incredulidad, el entumecimiento y la agonía.
Incluso mucho después de que los demás se fueran del cementerio, mis ojos seguían fijos en los bordes rectos del hoyo donde la enterraron.
¿Cómo demonios lograban que el agujero quedara tan perfectamente cuadrado? ¿Usarían una herramienta especial o algo así...?
—¿Andrea?
No reconocí la voz que me sacó de mis pensamientos. Me di la vuelta y vi a una mujer de mediana edad, algo robusta y pelirroja, que me sonreía bajo un sombrero negro de ala ancha.
Me tendió una mano enfundada en un guante de encaje negro.
—Soy Brandy —dijo con un cálido acento sureño mientras estrechaba mi mano—. Soy la albacea del testamento de Sandra.
Ni siquiera sabía que mamá tuviera un testamento.
—Ah, hola.
—Has estado fuera de Ohio por un tiempo, ¿verdad?
Asentí. —Aunque voy a mudarme de vuelta.
—¿Temporalmente? ¿O de forma permanente?
Tras echar un vistazo a la fosa, sacudí la cabeza. —Aún no lo sé con certeza.
—Bueno, es importante, porque has heredado su casa y su tienda. —Me miró de arriba abajo despacio—. ¿Dónde tienes el paraguas, cielo? Estás empapada.
Mi chaqueta de cuero apenas había servido para repeler el agua. Tenía el pelo y los jeans calados, pero, para ser sincera, ni siquiera lo sentía.
—Me encargaron darte algo de inmediato. —Sacó un sobre amarillo de su bolso de vinilo y me lo entregó—. Es una especie de talismán que tu madre me pidió que guardara en mi caja fuerte. También hay una carta.
Asentí distraída y me lo puse bajo el brazo para protegerlo de la lluvia.
—Gracias.
Brandy miró por encima del hombro. Los últimos asistentes al funeral ya se habían ido; ahora solo estábamos nosotras dos.
—¿Vas a conducir de vuelta a la casa sola, linda?
—Sí.
Me miró un momento con expresión de preocupación.
—¿Quieres venir conmigo? Podemos recoger tu coche en otro momento.
—Está bien. Gracias. Estaré bien.
—Entonces te veo allí. Tómate tu tiempo con ella. —Me sonrió con cariño y me dio una palmadita en el brazo antes de marcharse.
Me volví hacia la tumba de mamá.
Dijeron que murió de un ataque al corazón.
Ni siquiera llegaba a los cincuenta y se mantenía en una forma increíble. Nada de drogas ni mucho alcohol.
No parecía real ni lógico que alguien que comía sano e hiciera todo lo correcto muriera de algo así.
Y me había dejado completamente sola.
No me quedaba familia. Bueno, tenía al aquelarre de mamá y a mis amigos.
Pero ellos no podían reemplazarla.
—Todavía te necesitaba —susurré. Mi último recuerdo con ella era de una cabina telefónica hace dos meses, rogándole que me mandara dinero porque mi novio me había echado de su apartamento. No tenía gasolina suficiente ni para salir de LA.
Le dije que la llamaría en cuanto me instalara en casa de una amiga y nunca lo hice; se me olvidó por completo. Qué clase de hija de mierda era.
Justo antes de que muriera, consideré volver a Ohio. Pensé que podría retomar los estudios y hacer algo productivo, como ser estenógrafa judicial. O quizás sacar mi título en administración para que la pequeña tienda Wicca de mamá tuviera más éxito.
Ahora que no estaba, la sola idea de entrar en esa tienda me revolvía el estómago.
Me subí a mi pequeño Honda rojo del 89 y dejé el bolso y el sobre amarillo en el asiento del copiloto.
El "talismán" del que habló Brandy se salió del sobre. Era un collar de cordón negro con una piedra de color rojo sangre tallada de forma intrincada. Tenía símbolos que no reconocí.
Recogí la piedra y la palpé en mi palma. Estaba... extrañamente caliente. El color rojo parecía vetas de sangre y los destellos negros que la cruzaban brillaban, casi como si se movieran. Nunca había visto una piedra o gema igual. Y teniendo en cuenta que mi madre era bruja, yo conocía casi todas las rocas y cristales que existían.
O eso creía yo.
Había una nota doblada dentro del sobre y la abrí, ansiosa por ver su letra una vez más.
Andi,
Debí darte esto hace mucho tiempo, pero nunca quise cambiar el rumbo de tu vida. Estabas tan feliz y llena de esperanza cuando te fuiste a LA. Espero que sigas así para siempre.
Nadie toma las decisiones por ti, excepto tú misma.
Con todo mi amor,
Mamá
Empecé a llorar y me sorprendió que aún me quedaran lágrimas. Era ese tipo de llanto feo que te retuerce la cara y te encoge el estómago. Seguía sollozando mientras me ponía el collar.
La piedra colgaba justo a la altura de mi pecho; no era mucho más grande que una moneda. Sin embargo, tenía un peso extraño para ser algo tan pequeño.
En cierto modo, me resultó reconfortante. Era como si ella todavía estuviera conmigo.
La recepción fue en casa de mamá. Cuando subí los escalones y entré, me quedé aturdida al ver un mar interminable de gente y un alboroto de voces mezcladas. Mi mente quería desconectarse y refugiarse en un lugar seguro, así que puse el piloto automático.
Alguien del aquelarre de mamá me sentó en una silla. Otra persona me puso un plato de comida delante.
Cientos de personas y rostros distintos pasaban ante mí mientras yo seguía allí sentada. Me decían cosas; supongo que yo respondería, pero no recordaba nada de eso.
Pero de verdad, ¿cómo hacían esos agujeros rectangulares tan perfectos para los ataúdes? ¿Sería una pala especial?
Ojalá conociera a alguien que pudiera explicármelo. Probablemente alguien que trabajara en una ferretería lo sabría.
¿O un leñador? ¿Alguien que trabajara al aire libre?
Solté una risita amarga. No conocía a nadie así. Supongo que tendría que ir a una biblioteca y averiguarlo por mi cuenta.
—¿Andi?
Salí de mis pensamientos y me encontré mirando unas botas negras. Lentamente, subí la mirada y me sorprendió ver un rostro familiar bajo un uniforme de policía.
—¿Andrew?
Me dedicó una sonrisa tensa y compasiva mientras se quitaba la gorra. Apareció aquel mismo pelo rubio ceniza por el que yo suspiraba cuando era adolescente hace diez años. Fuimos novios en el instituto, e incluso nos pusieron el molesto apodo de Andy y Andi.
—Hola. Cuánto tiempo. Pues... solo quería pasar a presentar mis respetos. Y decirte que lo siento mucho.
Asentí distraída, desviando la mirada ante el enésimo recordatorio de que mamá estaba muerta. Seguía sin parecer real.
Mis ojos se clavaron en una figura ancha y musculosa que estaba cerca de la puerta principal, con las manos en los bolsillos de sus jeans. Era notablemente más grande que cualquier otro en la casa, medía mucho más de un metro ochenta. Aunque no podía verle la cara, tenía una melena castaña peinada hacia atrás que se rizaba justo en la nuca.
Lo que más me llamó la atención fue su camisa de franela roja. Tenía las mangas remangadas hasta los codos, dejando a la vista los potentes músculos de sus antebrazos. Eran músculos que usaba a menudo.
Este hombre tenía que ser leñador.
Él sabría la respuesta a mi pregunta.
Como si supiera que lo estaba observando, el hombre levantó la cabeza y se giró hacia mí. Unos ojos de un azul intenso y penetrante me dejaron clavada en el sitio, haciendo que mi espalda se pusiera rígida sin yo quererlo. Era hermoso. Labios carnosos, pómulos marcados, cejas castañas tupidas y una barba de pocos días.
Parecía sacado de un anuncio de ropa interior de Calvin Klein.
¿Quién era? ¿De qué conocía a mi madre? Dios, esperaba que no fuera un exnovio de ella. Eso sería un asco.
—... en fin, mi madre seguía en contacto con la tuya y ella fue quien me avisó... no quería que pensaras que estoy acosando a tu familia ni nada de eso.
Parpadeé varias veces, volviendo a centrarme en Andrew. —¿Eh?
Se puso un poco cohibido. —Nada. Solo... siento mucho tu pérdida. ¿Te vas a quedar aquí para siempre? ¿O...?
—No estoy segura —respondí, buscando de nuevo con la mirada al leñador. Se había ido.
—Bueno, llámame si necesitas cualquier cosa. Mi número sigue siendo el mismo.
—¿Sigues viviendo en casa de tus padres?
—Me hice cargo de la hipoteca, ahora vivo yo solo. Se divorciaron hace unos años.
—Vaya. Siento mucho oír eso.
Asentió brevemente y luego agitó su gorra de policía de forma algo torpe. —Como sea, llama si necesitas algo.
Andrew se fue y, antes de que pudiera volver a buscar al leñador, otra de las amigas de mamá me llamó por mi nombre. Esta vez me ofrecía un trozo de tarta de moras.
Lo acepté.
La recepción duró un par de horas antes de que la gente empezara a irse. Ya estaba oscureciendo. Había vuelto a ver al leñador en la cocina, pero lo perdí de vista cuando una amiga de mamá me preguntó dónde estaba la aspiradora.
Cuando volví del pasillo con la aspiradora, vi que la puerta principal se abría y cerraba silenciosamente: un destello de franela roja.
Él ya estaba al pie de los escalones del porche cuando salí.
—¡Espera!
El leñador se detuvo y giró sobre sus talones. Esos ojos azules volvieron a conectar conmigo, poniéndome algo nerviosa, como si pudieran controlarme de alguna manera.
¿De verdad iba a preguntarle lo de la forma de los hoyos? ¿O es que quería saber quién era él?
—Entonces... ¿conocías a mi madre? —Esa era la pregunta más tonta que podía haber hecho; obviamente la conocía.
Su mirada se suavizó un momento y asintió brevemente. —Sí.
A juzgar por esa respuesta tan suave, habían estado juntos. No parecía que tuviera cuarenta años todavía, pero mamá tenía fama de que le gustaban los hombres más jóvenes.
Y... bueno, tenía buen gusto.
—Bueno, gracias por venir.
—Siento mucho lo que le pasó. No la conocía tanto, pero sé que era una buena mujer. Muy respetada por aquí.
Espera. Mi expresión cambió. —Entonces, tú... ¿no salías con ella?
Frunció el ceño. —¿Qué?
—No salías... —Solté una carcajada, sacudiendo la cabeza por mi propia tontería—. ¿Sabes qué sería perfecto?
Dio un paso más cerca, mirándome desde la acera mientras yo estaba en lo alto del porche de madera. —¿El qué?
—Si pudieras decirme cómo cavan esos hoyos rectangulares tan perfectos para los ataúdes. Los bordes están superlimpios. Todos los hoyos que yo he cavado siempre me quedan deformes.
Su expresión cambió mientras se pasaba una mano por el pelo castaño de forma distraída. —Usan excavadoras. Y palas.
—Ah. —Me encogí de hombros. Supongo que después de todo no necesitaba ir a la biblioteca—. Has sido como un extraño ángel de la guarda para mí esta noche.
Ladeó la cabeza y la sorpresa solo se reflejó en su rostro un segundo. —¿Por qué lo dices?
—Bueno, eso me ha tenido intrigada toda la noche. Y cada vez que hablaba con alguien que no me caía bien, miraba y tú estabas allí. En una esquina. Al decirlo en voz alta pareces un acosador raro, pero... en ese momento, fue agradable. Así que, gracias.
Soltó un suave bufido por la nariz; creo que esa era su forma de reírse. Sacudió la cabeza. —Me voy ya. Siento de nuevo tu pérdida. —Se detuvo, como si recordara algo—. ¿Sabías que el faro del lado del pasajero de tu coche no funciona?
—¿En serio?
—¿Sabes cómo cambiarlos?
Fruncí los labios. —No.
Levantó una ceja. —¿Tu novio sabe hacerlo?
—No tengo novio. —Y a mi último ex tuve que enseñarle a usar un abrelatas.
Suspiró, observando ahora mi coche en la entrada. —Está bien. Me encargaré de eso mañana por la mañana. No te preocupes.
—Oh... no hace falta qu...
—No. He dicho que lo haré. Déjalo así. —Bueno, eso fue muy brusco. Y borde. Pero estaba intentando ayudar, así que me guardé el comentario sarcástico.
El hombre ya iba a mitad del camino cuando lo llamé de nuevo.
—¡Oye!
Tan paciente como siempre, se dio la vuelta.
—¿Cómo te llamas?
—Austin. —Me dedicó una leve sonrisa mientras se alejaba, haciéndome sentir algo extraño por dentro—. Buenas noches, Andrea.