HIJOS DE MORFEO

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Sinopsis

El amor de Apolo Fernández y Enzo Ramírez nació en la niñez y fue truncado en la adolescencia. Años más tarde se encontrarán por un breve instante y, una vez más se tendrán que decir adiós porque hay asuntos personales que les impedirán estar juntos... como siempre. Pero una deidad se apiadara, sin nadie saberlo, de ellos. Y les permitirá vivir en un mundo onírico donde todo es posible, incluyendo su amor. Juntos vivirán aventuras que solo en sueños pueden suceder. Pero nada es para siempre. Hay momentos en la vida en que para poder avanzar, tienes que dejar todo atrás, aunque duela. Solo soltando el pasado podrás disfrutar del presente.

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En proceso
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18+

ENZO Y APOLO/ LA DESPEDIDA

La camioneta azul medio despintada recorría un camino de terracería que subía y bajaba. Había vueltas muy pronunciadas y, a cada lado del camino, árboles grandes y arbustos de todos los tamaños daban sombra a varios caminantes, que regresaban de sus jornadas de trabajo en el campo.

El vehículo avanzaba a toda velocidad, dejando una estela de polvo blanquecino flotando en el aire. El joven que conducía acariciaba el volante con sus manos grandes y callosas. De vez en cuando se secaba el sudor de la frente, provocado por la falta de aire acondicionado en aquella vieja camioneta Ford F150 en aquel caluroso día.

El hecho de llevar las ventanas abiertas no era garantía de frescor, solo dejaba entrar el viento tibio que le volaba la gorra, dejando al descubierto una cabellera lacia y castaña, que se movía como el trigo en los sembradíos vecinos.

El muchacho estaba a punto de cumplir dieciocho; un par de meses y ya estaría en la adultez. Aun así, ya estaba casado y era padre de una pequeña niña.

El joven manejaba como si tuviera prisa por llegar a su destino (tal como lo hacen los chicos de su edad, hacen todo con demasiada prisa). ¿Necesitaba llegar a tiempo a algún lugar? ¿Tenía una cita con alguien y no quería llegar tarde para no causar mala impresión?

Después de media hora de camino, el vehículo subía la cuesta de la calle que llevaba a la entrada del pueblo. Justo ahí, había una gran rotonda con un árbol gigantesco en medio. De esa rotonda emergían tres caminos que llevaban a lugares diferentes; uno llevaba al río, otro a las tierras de sembradíos de caña, trigo y maíz. El último, que era más grande que los anteriores, se convertía en la avenida principal del pequeño poblado. Esa calle estaba cerrada porque se celebraba la fiesta de la santa patrona de aquel poblado.

Puestos de todo tipo de dulces, comida y juegos ocupaban aquella larga avenida. La gente iba y venía en un vaivén de risas. En un vaivén de vida. Se escuchaban los gritos de niños pequeños emocionados porque se subirían al carrusel. Otros lloraban porque sus padres no podían pagar el importe de un juego.

Al percatarse del lugar atiborrado de puestos, y teniendo la seguridad de que le sería imposible avanzar, el joven estacionó la vieja y ruidosa camioneta en la orilla de la calle, decidiendo así adentrarse en esa jungla de comercios temporales.

Caminó por aquel río de gente buscando, en las puertas y portones que daban a la calle, el número de una vivienda en concreto.

Antes de llegar al lugar, entre tantos puestos y gente paseando, se encontró con la persona que andaba buscando y, antes de acercarse a él, se acicaló un poco. Se acomodó la gorra de béisbol desteñida y se fajó bien la playera blanca de tela de algodón.

El chico se frotaba las manos con inquietud. ¿Estaba nervioso? Hacía casi dos meses que no veía a Apolo Fernández. Esta vez lo encontró más guapo de lo que recordaba. Daba más nervios acercarse a él. Aun así, se decidió a hacerlo.

Apolo se encontraba comprando golosinas que planeaba llevar a su madre. Un adolescente tres o cuatro años menor que él estaba a su lado ayudándole a escoger las mejores.

A paso lento, Enzo fue acercándose con cautela a Apolo.

—Hola —dijo después de un incómodo carraspeo.

Después se acomodó la gorra una vez más. Apolo reconoció de una aquella voz. Se dio la vuelta. Escaneó la figura de aquel muchacho de los pies a la cabeza, y se encontró con el que por tanto tiempo le robó la calma, Enzo Ramírez. Un escalofrío recorrió su espalda. Una sensación rara le golpeó el estómago. Más bien como un tirón, que le removía las entrañas. Emoción. De ver a la persona que jamás pensó volver a ver.

—¿Cómo estás? —preguntó sin dudar. Como si estuviera ansiando saber cómo lo había tratado la vida en todo este tiempo sin verlo.

—En este momento no puedo estar mejor —respondió Enzo.

Y cómo no, si se encontraba frente al chico con el que desde niño había hecho el pacto de permanecer siempre juntos. Con el que solía pastorear el rebaño del abuelo. Al que le mostró su escondite favorito, donde pintaron los sueños de su pasado, de su presente y de lo que soñaban, fuera un futuro juntos.

En las paredes de aquel escondite, en aquella cueva, garabateaban dibujos de cómo pensaban que sería el rancho con el que soñaban; con todo tipo de animales fantásticos. Querían tener muchos animales. Desde unicornios y avestruces hasta los más pequeños roedores. Los niños eran amantes natos de los animales.

De niños les gustaba dibujar un lugar extenso, lleno de árboles frutales de todo tipo, sin escatimar nunca en el detalle. Ese tiempo había quedado atrás hace mucho. La vida para ambos era totalmente diferente. Enzo: casado con una mujer a la que amaba de una forma distinta. Apolo: buscando el amor por todos lados sin encontrarlo.

¿Y cómo encontrar algo que no se te ha perdido? Algo que te han arrebatado. Un amor que decidieron que no podía ser para ti, porque así no era como funcionaba el mundo. Así no era como todos esperaban que fuera. Un amor que te robaron para entregárselo a alguien más, y que no sabes si ese alguien le ha dado el valor que se merecía, el valor que tú le hubieras podido dar.

—Me da gusto saberlo —dijo Apolo, apretando sus puños a los costados, pero no porque tuviera ganas de caerle a golpes al joven que tenía enfrente, sino que se resistía al poder que ejercía su mente, que le decía «Abrázalo… Corre y abrázalo tan fuerte como puedas… Abrázalo y bésalo como nunca antes lo has hecho… Que no ves que quizá esta sea la última vez que tengas la oportunidad de hacerlo… No tengas miedo. Hazlo… Abrázalo y bésalo sin remordimientos»

—¿Estás bien, Polo? —Se escuchó decir a la voz del adolescente que miraba con enojo a Enzo, pensando que su presencia no era grata para su hermano. Luego volteó hacia su hermano mayor para descubrir en su rostro lágrimas que rodaban en silencio por sus mejillas. —¿Te encuentras bien? —volvió a preguntar. Apolo se limitó a asentir.

—¿No me das un abrazo, amigo? —dijo Enzo de forma amistosa. Se detenía para no abrazarlo. No porque no tuviera ganas de hacerlo, simplemente no sabía cómo reaccionaría Apolo, ¿y si lo rechazaba?

Dios, tenía tantas ganas de abrazarlo. Pero esperaba que él fuera el que diera el primer paso. Se limitaba a morderse los labios para no besarlo. Se detenía para no correr hasta Apolo y abrazarlo con todas sus fuerzas, aunque quería gritar ahí mismo, en medio de la plaza, que lo consideraba algo más que un amigo. Era, después de todo, el dueño de su corazón. Pero el miedo al qué dirán los demás, ese que le habían inculcado sus padres, lo detenía.

El hecho de que no pudieran demostrar lo que sentían el uno por el otro no le quitaba lo verdadero al amor que se tenían.

Después de tantas dudas, como era de esperarse, Apolo dio el primer paso. Se secó las lágrimas y se abalanzó hacia Enzo para abrazarlo; recargó la barbilla sobre el hombro de este y respiró el fresco olor de su perfume favorito combinado con el sudor; un aroma que lo invitaba a quedarse ahí por el resto de la vida. A hacer de ese cuerpo su hogar. Anidar en su pecho como lo hacen las golondrinas en el campanario de la iglesia en la primavera. Y hacer de ese breve momento una eternidad.

Las lágrimas volvieron a rodar por el rostro de Apolo.

—¿Estás bien, hermano? —preguntó nuevamente Michel, el adolescente, preocupado por la situación anímica de su hermano mayor.

—Estoy bien —contestó el sentimental muchacho, dirigiendo a su hermano un intento de sonrisa. Mirándolo con ojos vidriosos, como si la melancolía se cristalizara en ellos. —¿Puedes ir y decirle a mamá que no me espere para la cena?

—¿Estás seguro?

—Sí, dile que un amigo ha venido a visitarme y pasaré la tarde con él.

—¿Le digo el nombre del amigo?

—No, solo dile que es un amigo que tú no conoces.

—Pero…

—Esto no es mentir, chaparro, solo es omitir información; el nombre, en este caso.

—¿Pero seguro que estarás bien?

—Que sí, hombre, no te preocupes, estaré bien.

—Yo lo cuidaré bien por el resto de la tarde —dijo Enzo con voz profunda mientras le guiñaba un ojo a Michel; este a su vez le sonreía con desconfianza.

El adolescente miró a Enzo con insistencia. Movió la cabeza de arriba hacia abajo y se alejó unos metros para luego detenerse. Volteo y silbó para que Enzo lo mirara. Habiendo obtenido su atención, hizo una señal tocándose los párpados con los dedos índice y corazón y luego los dirigió hacia Enzo, dándole a entender que lo estaría vigilando. Sonrió y se marchó a casa corriendo entre los puestos llenos de gente.

Enzo y Apolo se quedaron ahí por un momento en medio de la avenida. Mirándose con insistencia, sin decir ni una sola palabra. Se decían todo con la mirada. Se reconocían. Sus almas se reconocían como lo hacían cada vez que se encontraban.

—Pensé que no te alcanzaría —dijo Enzo después de aquel momento de silencio.

—¿Cómo es que te has enterado? —preguntó Apolo sorprendido.

—El mundo no es tan grande como parece, sabes.

—Ya lo veo.

Él lo sabía muy bien, porque si no, no hubiera tenido la oportunidad de encontrarse con el amor de su vida. Aunque a veces renegaba de lo mismo. Por momentos hubiera querido que el mundo fuera lo bastante grande para no tener que toparse con él nunca más. Tenía la certeza de que verlo, y saber que andaba por ahí amando a una persona que no era él, dolía bastante.

—En fin, no he venido hasta aquí solo para hablar de cómo me he enterado de que te marchas sin avisarme.

—No veo por qué tendría que avisar —dijo Apolo en un tono soberbio.

—Tienes razón. No tienes el deber de avisar; sé que no soy nadie para ti.

—Pudiste serlo todo… pero te faltó coraje —dijo Apolo tratando a toda costa no mostrar dolor, aunque su semblante lo delataba. Enzo decía que las emociones de Apolo siempre se veían reflejadas en su rostro, sobre todo cuando sentía celos.

Enzo agachó la mirada y dijo en voz baja:

—Solo vine para verte, aunque sea por última vez. Sé que no tuve el valor de defender lo nuestro. Sabes, no soy tan valiente como tú.

—Es bueno que lo reconozcas. Es un buen principio. De ese modo aprendemos, aceptando nuestros errores y nuestras debilidades. Tal vez la próxima vez que el amor llegue a tu vida tengas la fuerza y la sabiduría necesarias para defenderlo.

—Tal vez sí, tal vez no. Pero en este momento solo quiero estar a tu lado. Te propongo algo. Hay un lugar donde quiero llevarte. Donde necesito llevarte aunque sea por última vez. Por favor, no te niegues. Será la última vez que te moleste.

¿Pero cómo negarse a pasar un buen rato con el hombre que siempre has amado? A quien probablemente sea la última vez que veas.

—Está bien —accedió Apolo. Sonrió y se dejó llevar por Enzo a través de ese río de gente hasta llegar a la vieja camioneta azul.

—No lo puedo creer… Celeste. Pensé que jamás la volvería a ver. Recuerdo cuando tu padre nos paseaba en ella por el campo entre los sembradíos de caña. El viento soplaba contra nuestras caras mientras viajábamos en la parte trasera, agarrados de las redilas. Imaginaba que volaba, y tú volabas a mi lado.

—Yo también imaginaba lo mismo. Soñaba con eso, sabes.

—Lástima que solo se haya quedado en eso… en sueños que nunca se cumplieron —dijo Apolo. Enzo bajó la mirada triste, pero se repuso casi de inmediato. No había tiempo que perder. Luego, abrió la puerta de la camioneta e invitó a subir a Apolo. Después subió él y la echó a andar, y se aventuró a tomar la mano de Apolo con firmeza.

Minutos después, la tristeza de lo que sería la última vez que estarían juntos se desvaneció poco a poco, y el recuerdo de la infancia cobró vida. Ahí mismo volvieron a ser esos dos pequeños que se acompañaban en sus aventuras imaginarias. Las que se vieron empañadas por el mundo real y cruel de los adultos. Ese mundo donde se prohíbe el amor de verdad para evitar las habladurías.

El vehículo corría a toda velocidad por aquellos caminos de tierra blanquecina. El viento del atardecer, un poco más fresco, golpeaba los rostros de aquellos jóvenes y revolvía sus cabellos, tal como lo hacía con sus sueños, incluyendo el sueño de estar juntos por última vez.

Minutos antes de llegar al lugar, Enzo le pidió a Apolo que cerrara los ojos y que no los abriera hasta su señal. Apolo accedió a aquel juego que conocía a la perfección; esa había sido su forma de sorprenderlo desde que eran pequeños.

Cuando por fin abrió los ojos, se extendía ante él un campo de trigo verde a medio crecer, donde las mariposas y libélulas de todos colores revoloteaban sin parar. La luz dorada del sol golpeaba tibia sobre la piel de ambos, haciéndolos parecer seres de otro mundo. De otra galaxia, donde todas las criaturas, incluyéndolos, estaban hechas de oro.

Enzo tendió una manta de algodón sobre la parte trasera de la camioneta. Ayudó a Apolo a subir, y ahí se sentaron a ver el atardecer. Platicaban y tomaban vino a la luz de los últimos rayos del sol, imaginando que siempre habían tenido una vida juntos. Que nada ni nadie los había separado. Que seguían estando juntos en el ahora, mirando con ilusión a un futuro imaginario. Quizá hacia un futuro, en otra realidad paralela donde seguían juntos.

—¿Así que te vas mañana? —preguntó Enzo. Que más que pregunta era una afirmación, pues ya se había enterado por rumores que habían llegado hasta él hace tiempo.

Miraban el atardecer y, por momentos, las miradas de ambos se encontraban para darse todo el amor que no se podían dar con el cuerpo. Los detenía la culpa de saber que en casa de Enzo había una familia que lo esperaba.

—Así es, mañana es el gran día.

—¿No sientes nervios?

—¿Por el viaje? Para nada. Ya he viajado en otras ocasiones. Conozco el lugar al que me dirijo, solo que esta vez será para quedarme. Para no volver a este lugar, al que parece que no pertenezco. En este lugar donde me han negado el derecho al amor.

Enzo bajó la mirada y dejó escapar un suspiro que se mezcló con el viento y se marchó. Se fue… como se iba la esperanza de algún día compartir su vida con el hombre que amaba.

—Pues te deseo lo mejor. Sabes, me encantaría que allá donde vayas, te encuentres un hombre que tenga el suficiente valor para enfrentarse al mundo por ti. Algo que yo no supe hacer.

—Gracias… yo deseo que seas muy feliz con Emma y con…

—Verá. Mi hija se llama Vera.

—Qué lindo nombre.

—Emma lo eligió.

—Pues Emma tiene muy buen gusto para elegir nombres y hombres —dijo Apolo mirando al muchacho de reojo, regalándole una pequeña sonrisa pícara.

—Te propongo una cosa —dijo Enzo.

—¿Qué cosa?

—¿Qué te parece si esta tarde, y esta noche, nos olvidamos del hecho de que estoy casado y del hecho de que mañana tienes que irte, e imaginamos que solo somos tú y yo en este mundo lleno de caos? Imaginemos que nunca nos distanciamos. Que hoy es una de tantas noches que estamos juntos, disfrutando de nuestra compañía.

—Pero no me puedo olvidar de que estás casado. No me gustaría causarle dolor a Emma. Ella también fue mi amiga. No quiero cargar con eso en mi conciencia, y tampoco quiero que tú lo hagas. Eso sería un pecado.

—Ya peco demasiado teniéndote en mi corazón mientras vivo con ella. Teniéndote en mi mente cuando despierto. Queriendo decir tu nombre y no el de ella. Además, solo será esta noche. Después te llevaré a casa y tú te marcharás para nunca volver. Déjame sentirte, amarte y complacerte como siempre debí hacerlo; sé que tú también así lo quieres —dijo Enzo mientras acariciaba el rostro de Apolo como si de una planta muy delicada se tratase.

—¿Cómo puedes estar tan seguro? —preguntó Apolo retirando las manos de Enzo de su rostro.

—Si no, no estuvieras aquí en este instante. Porque si no lo quisieras, no hubieras accedido a venir.

—Tienes razón. No hay duda de que quiero estar aquí, pero tengo miedo.

—Te pido perdón por todo el dolor que te he causado.

—Te perdono. Jamás podría odiarte. Creo que solo te pueden lastimar si tú lo permites, y yo lo he permitido. Y aun sabiendo que eres un hombre prohibido, acepto tu propuesta —dijo Apolo con una voz embriagada de deseo.

Enzo lo miró fijamente a los ojos, tomó las manos de Apolo entre las suyas y lo dirigió con dulzura hasta el fondo de la camioneta. Se sentó sobre la manta recargando la espalda contra el cristal de la ventana trasera del vehículo e invitó a su amante a sentarse en su regazo. Apolo accedió y se acomodó sobre su amado.

Se miraron a la cara. Respiraron y exhalaron mezclando su aliento. Sus ojos brillaban casi con el mismo fuego con el que ardían sus pieles. Se besaron mucho. Apolo le arrancó la playera blanca a Enzo, dejando al descubierto su piel clara llena de lunares que siempre le habían parecido estrellas pertenecientes a una galaxia prohibida para él, y la lanzó por el aire.

Enzo hizo lo mismo con la camisa de su amante y comenzó a besarlo con locura. Con ganas de devorar cada centímetro de su piel bronceada. Lo besó en los labios, el cuello, el pecho. Después, su boca se detuvo un rato en sus pezones para jugar con ellos.

Sus pieles desnudas brillaban con la luz de la luna llena, que hacía rato ya estaba postrada en el firmamento. Se entregaron al deseo que llevaban reprimiendo por años. Sus cuerpos encajaban perfectamente. Como dos objetos que habían sido hechos para mantenerse juntos, para no separarse jamás. Tal vez esa era la forma que tenía la vida para decirles que eran almas gemelas. Que se reconocieran y que permanecieran de esa forma. Juntos, para siempre.

Pero el ser humano tiene la tendencia a nunca escuchar lo que la vida dice. Quizá le gusta hacerse la vida más difícil, o quizá no sea la raza más inteligente del mundo como tanto presume.

Sus cuerpos incandescentes ardieron y colisionaron. Se entregaron todo de sí hasta que se fundieron en uno mismo. Y se mantuvieron así por una eternidad que al final se transformó en un breve momento.

Se tendieron sobre la manta de algodón en la parte trasera de la camioneta, exhaustos de tanto amar. Miraron al cielo estrellado y descubrieron que las estrellas brillaban con más fuerza. Parecía que celebraban su unión. Pero una vez más, no entendieron el mensaje.

Después, todo se tornó oscuro para ambos. Morfeo llegó y los encontró abrazados.

Esa fue la primera y la última noche que disfrutaron de lo más cálido de sus cuerpos. De lo más cálido de la vida.