𝐂𝐚𝐩í𝐭𝐮𝐥𝐨 ú𝐧𝐢𝐜𝐨
Los rumores corrían rápido. Niños, adultos y ancianos aseguraban haber visto un monstruo en el bosque, algo cerca de una construcción. La gente creyente se escandalizaba, mientras que los ateos lo descartaban como puro invento.
¿Y acaso lo era?
Elisa se lo preguntaba una y otra vez. Si se metía en el bosque, ¿podría conocer al mismísimo monstruo?.
Su madre siempre decía que la curiosidad era un arma de doble filo, pero esa frase quedó en el aire cuando decidió ir en busca de su propia experiencia.
Su curiosidad floreció cuando, en su grupo de amigas, todas ya tenían una historia con él. Camila dijo que era rojo y poseía colmillos. Daniela juró haber visto una lengua de serpiente salirle de la boca.
¿Y ella? Nada. Ni una anécdota. Ni una sombra.
No le había importado… hasta que todas empezaron a hablar del tema sin pausa.
Cuando llegase, ¿Qué encontraría? ¿Algún fantasma? ¿Una broma? Se moría por saber, por formar parte de los que habían visto para luego contar.
Al llegar al punto donde la criatura supuestamente se hacía presente, observó con cuidado. No había nada extraño, pensó, el bosque estaba sereno, el olor a tierra húmeda llenaba el aire y los pájaros cantaban con fuerza, como normalmente lo hacían. Esperó horas, hasta que el cielo se volvió naranja y anunció el atardecer. Entonces suspiró, resignada. Sería solo eso: un rumor.
Emprendió el regreso, algo desilusionada.
Pero mientras caminaba por el sendero tranquilo, escuchó pisadas que no eran suyas. Pasos detrás de ella. Pesados. Cercanos.
Se convenció de que quizá era un vecino y giró sobre sus talones.
A lo lejos, vio la sombra de una figura humana… con cuernos.
Inmóvil. Observándola.
Su corazón se aceleró tanto que parecía querer escapar sin ella. Las piernas se le endurecieron como si el suelo la hubiera atrapado.
“CORRE.”
Lo pensaba, lo suplicaba, pero su cuerpo no respondía.
La sombra seguía quieta. Silenciosa.
Cuando por fin recuperó el control de sus piernas, comenzó a caminar. Despacio primero.
Hasta que escuchó, demasiado cerca, el crujido de una rama rota por una pisada.
El pánico le incendió los músculos y sus pasos se volvieron torpes y desesperados.
“Dios mío"
"¡Dios mío!"
"¡DIOS MÍO!"
Las lágrimas que se le escapaban le nublaban la vista. “Debí haber escuchado a mi madre…”, pensó. Le resultó extraño cómo solo en los momentos más críticos recordamos las advertencias que ignoramos. Ya ni siquiera recordaba por qué quería conocer al monstruo.
Tropezó con la raíz de un árbol y cayó de rodillas. Un golpe seco, una roca, y la herida se abrió en su piel. Intentó levantarse, falló por el dolor, y terminó hecha un ovillo, suplicando sin aliento:
“Monstruo… perdóname la vida…”
Los pasos la alcanzaron. Se detuvieron demasiado cerca y, aguantando la respiración, Elisa ya esperaba lo peor.
Entonces una voz femenina, casi melodiosa, habló:
“Criatura nacida de la vida misma… yo no debo perdonarte nada, solo espero que respetes mi bosque.”
Elisa alzó la mirada. Su respiración se atascó en la garganta. El sudor frío le recorría la espalda.
La figura sin rostro que había logrado ver antes tomó forma ante sus ojos. La criatura tenía aspecto humano, pero no lo era. Sobre su cabeza llevaba cuernos de cabra; de sus ojos rojos caían lágrimas oscuras; alrededor del cuello lucía un collar de ramas con espinas. Sus hombros estaban cubiertos de musgo y hongos. Y donde debía haber una boca, había un pequeño arbusto de rosas, cuyas espinas se clavaban en sus mejillas y dejaban surcos de sangre que bajaban por su mentón.
Aun así, no emanaba amenaza.
Emanaba una especie de tristeza antigua.
Era… aterradoramente majestuosa.
—¿Qué eres? —logró preguntar.
La criatura posó sus ojos en su rodilla herida. Se inclinó con delicadeza y la tocó apenas. Una caricia. El dolor desapareció.
La herida también.
—Soy el Dios del bosque —dijo con voz melodiosa, juvenil. Las rosas se agitaban con cada palabra pronunciada—. No busco castigar ni asustar. Solo cuidar lo que necesita ser cuidado.
—¿Lo que necesita ser cuidado? —murmuró Elisa, ya más tranquila.
—Sí. Aquello que no puede comunicarse como ustedes o como yo.
La criatura se giró para marcharse—. Tal vez existan las seres que mencionan ustedes, demonios, monstruos, incluso el diablo… pero no están aquí. Son parte de ustedes. Los humanos les dieron vida. En mi mundo no existen.
No añadió nada más. Se alejó con un paso tambaleante, y antes de desaparecer entre los árboles, Elisa notó que en vez de pies poseía unas grandes pezuñas.
“Entonces…”
“¿Los monstruos quiénes son?”
“¿Los humanos?”
Negó con la cabeza. Ella no era mala. La criatura debía estar equivocada… ¿no?
Se levantó y caminó hacia su casa. Al principio nerviosa, luego un poco más firme. Por ahora sólo quería salir de este lugar.
Llegó al punto de partida.
Parte del bosque había sido talada. La construcción del shopping —la misma que se había detenido por el supuesto monstruo— había dejado cicatrices visibles. La escena la abrumó; bajó la mirada para pensar…
Y entonces lo vió.
Un nido caído. Pichones muertos. Pequeñas gotas de sangre alrededor de los cuerpos diminutos.
Debieron morir por el impacto.
La idea cayó en ella como una piedra helada.
La gente hablaba de un monstruo acechando entre los árboles. De un enemigo. De un mal oculto en el bosque.
Elisa miró hacia las ruinas de árboles…
y por primera vez dudó.
No sabía si el mal venía del bosque…
o iba hacia él.