Una historia por un café

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Sinopsis

El destino puede ser tan descarado, que cuando haces todo bien para tener una vida tranquila, debas sacrificarla para que tus seres queridos estén a salvo y de que el mundo que conoces no se vaya al carajo.

Genero:
Fantasy/Drama
Autor/a:
Hope
Estado:
En proceso
Capítulos:
3
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Ecos del pasado

23 de octubre de 2026

Es fácil entrar en un mundo fantasioso, y mucho más sencillo cuando ya has vivido en uno. Contar toda mi historia, desde el pasado hasta la actualidad, resulta complicado, pero tengo el tiempo suficiente para narrarla. Si no, ella se los contará.

En este momento, me encuentro en la cafetería donde trabajo. Es un lindo establecimiento lleno de plantas e impregnado de luz natural gracias a sus amplios ventanales.

La mayor parte del tiempo atiendo la caja y preparo algunos de los pedidos. Suelo ayudar un poco más, dependiendo de la cantidad de clientela que haya en el día.

Me gusta estar en la caja; puedo ver a los clientes e interactuar con ellos. Lo mejor para mí es que puedo observarlos detenidamente e imaginar cómo es su vida a partir de su forma de vestir, expresarse o hablar. Puede que sea algo raro de decir, pero algunas personas lo hacen para divertirse.

Mi nivel de fantasía se activa cuando los rostros de algunos se convierten en viejos conocidos de otras vidas: conocidos que se alejaron, desaparecieron o perdieron la vida.

Esos recuerdos juegan en mi contra cuando estoy en el trabajo. Me atrapan tanto que me cuesta salir de ellos, pero esas son historias que conocerán más adelante.

Hoy es uno de esos días tranquilos en los que van y vienen los clientes. La cafetería no se llena del todo, pero tampoco permanece vacía. Los dueños han sido estratégicos al elegir la ubicación del local: un punto céntrico al que todos pueden llegar.

Nos encontramos en una zona comercial donde hay todo tipo de locales, principalmente familiares. Esta área se vuelve más popular porque está rodeada de escuelas y lugares de trabajo.

A través del gran ventanal, puedo ver pasar a todo tipo de personas, que van o vienen de sus trabajos, estudios o simplemente están de paseo.

Salgo de mis pensamientos cuando suena la campana de la entrada, dando la bienvenida a los clientes. En los pocos segundos que la puerta permanece abierta, se escucha el bullicio de la calle.

Entraron sin prisa, una pareja que parecía sacada de una película: él, alto y con una sonrisa que llenaba el espacio; ella, unos centímetros más baja y con un aire de despreocupación que le daba un toque especial. Mientras caminaban hacia el mostrador, sus ojos curiosos recorrían la decoración, deteniéndose en cada detalle. Él le susurró algo al oído y ella se rió, su mano apoyándose suavemente en el brazo de él. El rostro de la chica estaba salpicado de pecas que le daban un aspecto juguetón, y, al acercarse, noté los pequeños lunares que las acompañaban.

Ya frente a mí, me saludaron con un gesto casi imperceptible antes de tomar el menú. La chica tenía una nariz aguileña que destacaba su rostro, y sus ojos, de un castaño claro, eran tan expresivos que casi parecían hablar. El chico, por su parte, tenía un lunar cerca del ojo derecho que le daba un aire de seriedad, y una nariz perfilada que combinaba con la pequeña cicatriz cerca de su labio.

Mi mirada se detuvo en él, en un instante, mi mente proyectó las imágenes del pasado. Mis días en el antiguo mundo, las largas conversaciones con él, se apoderaron de mi mente. No cruzamos una sola palabra más allá de la orden, pero en mi interior, el conocimiento de su presencia en este mundo me dio una paz que no sabía que había perdido. El discreto collar que asomaba bajo su camisa era la prueba silenciosa de que ese pasado no había sido un simple sueño.

No me quedé inmersa en el recuerdo por mucho tiempo, ya que los clientes llaman mi atención para pedir su orden.

—¿Ya están listos para pedir? —pregunto.

—Claro —la chica mira un momento el menú antes de comenzar a dictar—: queremos dos rebanadas de pastel de chocolate intenso y un café con leche para mí, ¿y un capuchino para ti? —le pregunta al chico.

—Me parece perfecto un capuchino. ¿Cuánto sería el total?— El chico comienza a buscar su cartera.

—¿Eso sería todo? ¿No desean probar algo de nuestro menú de temporada?

—Por el momento solo queremos eso, muchas gracias —dice la chica con una linda sonrisa.

—Bueno, en total serían $22,25. ¿Cómo desea pagar? —El chico me dio el dinero en efectivo. — Tomen asiento donde gusten.

Se retiraron y tomaron asiento en una mesa pegada al ventanal principal, un lindo lugar desde donde ver el amplio panorama del bulevar.

No tardó mucho en terminar el pedido, coloqué las rebanadas de pastel y las bebidas en la bandeja para que una de las camareras entregue el pedido, indicando dónde está la mesa. Ya estando desocupada traté de desempolvar los recuerdos de cuando lo conocí, pero me rendí al no lograrlo.

De eso se tratan mis días: estar en la caja, atender los pedidos y, si no hay tantos clientes, encargarme de la entrega de estos. Sin embargo, hoy hay algo diferente en toda mi rutina.

Desde que entró la pareja y lo reconocí, el ambiente se puso pesado, sentía una extraña opresión en el cuerpo, como si tratara de advertirme lo que se avecinaba. Para intentar disipar los pensamientos, encendí el televisor, que permanecía la mayoría del tiempo apagado, deje el canal de las noticias donde hablaban del pronóstico del tiempo, y dejé de prestar atención cuando mi teléfono comenzó a vibrar en mi bolsillo.

El identificador muestra el nombre de mi padre. Rara vez papá me llamaba, sus llamadas se resumen en invitarme a comer, saber como me encuentro o darme alguna noticia importante. Sin embargo, la llamada se corta cuando voy a contestar.

Vuelvo a centrarme en el noticiero, aparece el reportero hablando de una noticia de último momento a nivel internacional. Siento el teléfono vibrar en mi mano: un mensaje de papá. ”Cariño, necesito hablar contigo en persona, le diré a Rodrigo que pase por ti al final de tu turno“.

La relación con mis padres es buena, ellos me dejaron en claro que si llego a necesitar de ellos puedo llamarlos, siempre son cariñosos y están para mí, por lo que este mensaje lo único que provoca es la sensación de preocupación. Mi atención se centra en las noticias.

investigación y desarrollo de nuevas tecnologías militares, estrictamente con fines defensivos. Si bien los detalles específicos del acuerdo han sido manejados con cautela, buscando evitar especulaciones y tensiones innecesarias en la opinión pública, podemos confirmar que este esfuerzo conjunto busca fortalecer la capacidad de respuesta ante amenazas emergentes y garantizar la estabilidad regional de los países firmantes...

Tengo el presentimiento de que esto está relacionado con mi padre y lo que quiere hablar conmigo. La sensación de la mañana se hizo más presente.

Fuentes cercanas a las negociaciones han indicado que el acuerdo se centra en la exploración de avances científicos y tecnológicos de vanguardia, con un énfasis claro en sistemas de defensa innovadores y no ofensivos...

Un fuerte golpe llama mi atención, en una mesa no tan alejada inicia una discusión, aunque tratan de hacerla en un tono que no moleste a nadie, se puede escuchar claramente los reclamos.

—¿Armas? ¡¿Más armas?! ¡Este país ya no necesita de más chatarra militar! ¡Lo que necesita este maldito país es sentido común y orden de prioridades! —su compañero le pide que baje el tono de voz, pero este no le presta atención —. Mientras las calles son un desastre, en los hospitales faltan insumos, ¿ellos despilfarran todo en acuerdos millonarios para la “defensa”? —, su acompañante trata de interrumpirlo, pero falla en el intento —. Lo que necesitamos es un mejor gobierno, no más armas militares.

—Carlo — por fin logra llamar su atención —, baja el tono de voz que todos están escuchándote.

El hombre se da cuenta de que su discurso ha llamado la atención de los demás clientes y decide guardar silencio, tomando un sorbo de su taza de café. En pocos minutos se escuchan susurros y todos vuelven a lo suyo.

Al retomar mi atención en las noticias, el reportaje ya ha terminado y la sensación más el mensaje de papá me hacen dudar del motivo del acuerdo.

Lo que resta del día transcurre con total tranquilidad, hasta que llega la hora de cerrar: limpiar mesas, ordenar sillas, limpiar el mostrador, organizar platos, tazas y cubiertos, limpiar el piso y los ventanales. Todo esto, junto a los demás empleados, y, por último, cerrar la caja. Mientras termino el cierre de caja, escuchó cómo una de las chicas me llamaba.

—Leylah, hay un auto estacionado afuera, lleva un rato largo ahí —dijo, señalando un auto negro.

—Si ya terminaron, pueden retirarse. Yo me encargo de cerrar.

Con eso dicho, toman sus cosas y se despiden de mí al salir. Me tardé unos minutos en terminar y cerrar el local. El reloj marca 7:30 p.m.; papá debe estar ansioso, hoy cerré un poco más tarde de lo usual.

El conductor me espera parado fuera del auto, me saluda con una pequeña reverencia y me abre la puerta de atrás.

—Buenas noches Rodrigo, muchas gracias —le digo antes de que cerrara la puerta, no tarda mucho en subirse y encender el auto.

—Buenas noches, señorita Avery, su padre la espera, al terminar su reunión me encargaré de llevarla a su departamento.

—Claro—. Y con esa respuesta, emprendemos el camino a casa de mi padre.

Mis padres se divorciaron cuando yo apenas tenía siete años. El amor que sentían por mí, por suerte, nunca decayó, pero sus vidas tomaron una distancia abismal: papá se centró en su carrera política y mamá en su ascenso como estrella de cine. Aun así, a pesar de que se amaban profundamente y de saber que fui deseada, la sombra de la verdad me acompaña. Mi nacimiento fue el declive de su relación, el precio a pagar por un deseo anhelante. Esas eran, al final, las consecuencias prometidas por hacer un pacto con una diosa.

Te preguntarás, ¿qué relación tiene todo esto? La respuesta corta es: soy un ángel que ha servido como sacerdotisa a esa diosa. Ya tendremos tiempo para explicar todo.

Mi padre es el Secretario de Estado. Ese es el título que ha perseguido desde que tengo memoria; lo consiguió en el anterior mandato y se ha mantenido en el cargo, con uñas y dientes, hasta la actualidad. Su agenda es implacable: se encarga de planificar, supervisar, y dirigir la negociación de tratados internacionales. Su trabajo es supervisión y control, sin descanso.

Y como ya se habrán dado cuenta, el acuerdo diplomático está relacionado con mi padre. Tengo curiosidad de que tiene que ver esto conmigo, ahora que lo pienso en detalle, papá ha actuado extraño desde hace meses, como hacerme preguntas sobre el pasado o mirarme fijamente. También su actual esposa ha estado en contacto continuo conmigo, eso no es raro de ella, pero ahora me parece raro.

Mi mente se distrae al ver los edificios altos y concurridos de la ciudad, mientras se perdían tras la ventana al pasar. La vida citadina de Dupont Circle era la distracción que necesitaba.

Unos minutos después, el coche se internó en las históricas calles de Georgetown. Rodrigo condujo hasta una rampa discreta hacia el estacionamiento subterráneo de la residencia. Se detuvo, como de costumbre, frente a la puerta del ascensor privado. Le di las gracias y me despedí.

Deslice mi tarjeta de acceso en el ascensor para viajar directo al penthouse. La transición fue rápida: un minuto de silencio. Al abrirse las puertas lo primero que escucho es el jadeo alegre de Longo, el american bully de mi padre, siendo el primero en darme la bienvenida.

Le acaricié la cabeza mientras me adentro en el oscuro apartamento, dándome a entender que Angela debe estar durmiendo. Sin problema me adapto a la oscuridad y en compañía de Longo, me dirijo hacia la oficina de papá.

La puerta se encuentra abierta y escucho la voz estresada de papá dentro, charlando con alguien mientras mira por la ventana. Antes de pasar y para que sepa de mi presencia, toco el marco de la puerta llamando su atención. Al verme, los rasgos de su rostro se suavizan y me señala la silla de delante de su escritorio.

—Sí, claro que sí. Solo asegúrate de que el contrato esté listo —se le escuchaba fatigado, como si luchara por mantener la paciencia —¿Cuántas veces tengo que repetírtelo? Él ya aceptó, solo hazte cargo del contrato —cortó la llamada sin esperar respuesta.

Dejó caer el teléfono sobre la mesa y soltó un largo suspiro. Se acercó a mí y, como de costumbre, plantó un beso cálido en mi frente.

—Hola, princesa. Disculpa por traerte a estas horas, pero necesito hablar contigo —utiliza ese tono meloso y culpable, el que anticipa un problema difícil de admitir—. ¿Te sirvo un poco de agua? —sin esperar respuesta, ya está sirviendo un vaso.

—Papá, déjate de rodeos, y ve directo al grano —recibo el vaso. Él suelta un suspiro y se deja caer en su sillón, quedando cara a cara, separados por el escritorio.

—¿Estás al tanto del nuevo acuerdo? —Asiento mientras tomo un sorbo de agua. Hubo un breve silencio cargado de peso—. Hace más de un año descubrieron una bóveda subterránea en Roanwood, compartiendo frontera con Canadá.

—Pero, ¿qué tiene que ver todo esto conmigo? —lo interrumpo sin darle opción. Ya he tenido suficientes rodeos para llegar al punto.

—Directo al grano —aceptó mi padre con un silencio cargado. Escucho con claridad el respirar de Longo en el suelo—. Dentro del acuerdo binacional, se establece un vínculo matrimonial entre un ciudadano de nuestra nación y uno de Canadá. El objetivo de la cláusula es asegurar que el contenido de la bóveda pertenezca a ambos países —se aclaró la garganta, evitando mi mirada —. Entre los candidatos designados para representar a Estados Unidos, tú estabas de primera, y la mayoría votó de que fueras tu la…

Me levanto de golpe, haciendo que la silla se arrastre por el mármol, provocando un ruido espantoso.

—¿Me comprometiste en matrimonio por conveniencia gubernamental? —pregunto, sintiendo que la rabia nubla la vista.

—No fue mi decisión; ni siquiera tuve derecho a opinar. La decisión ya estaba tomada.

—¡¿Pero por qué yo?! ¡¿Qué tengo que ver en todo esto?! ¡Te recuerdo que soy tu hija y no una pieza de ajedrez! —La confirmación me golpea, mi vida está apunto de dejar de ser tranquila.

—Leylah, por favor, baja el tono de voz —dice mi padre, obligándose a sonar tranquilo—. Tienes razón, no eres una pieza.Y no deberías estar involucrada. Pero eres el nexo entre la bóveda y nosotros.

Ahora comprendo. Sé exactamente de qué bóveda está hablando. Solo la idea me acelera el corazón. Lo más probable es que ya hayan documentado los objetos que contiene, aunque eso no es mi principal preocupación. Me vuelvo a sentar para obligarme a continuar la conversación.

—¿Y esa bóveda qué tiene que ver con que yo me case con un extraño? Ningún hallazgo justifica esta locura —en parte es mentira; la mayoría de los objetos encontrados tienen un vínculo directo conmigo.

—Dentro se encontraron reliquias y artefactos antiguos. Son más que eso, Leylah. algunos parecen irreales, sacados de un cuento de fantasía —la mirada de papá se suaviza, tornándose paternal—. Se presume, que su simple presencia pueda desatar un caos que ponga en peligro la seguridad de los países. Entre las piezas más destacadas, hay una escultura en perfecto estado, como si hubiera sido cincelada ayer, ubicada justo en el centro. Muy notable como para ignorarla.

Mi respiración se volvió errática, sentí el ardor de las lágrimas en los ojos. De todos los objetos en esa bóveda, esa es la que tienen estrictamente prohibido profanar. A él no le habría gustado que alguien más la viera, y a mí me destrozaría que algo le pasara. Es mi única ancla. Es la única prueba que me queda de que él formó parte de la historia.

—Cuando me llamaron para comenzar con los planes del acuerdo, me pidieron ver esa estatua, con demasiada insistencia, diría yo —yo ya estaba desesperada por terminar y poder irme —. Al verla, no podía creer que existiera. Era una réplica exacta de ti. El rostro estaba tan detallado que me dejó impactado. Por eso...

—¡Suficiente! —me levanto de la silla y mi padre me imita por reflejo—. Acepto el matrimonio con dos condiciones innegociables: la estatua no será tocada ni arruinada, y no quiero que me hostiguen con preguntas.

Sin darle tiempo a reaccionar, me despido y tomo mis cosas. Salgo de allí casi corriendo. No soporto la atmósfera que se ha creado y necesito recuperar la calma antes de cometer una locura.