Capítulo 1 El día en que todo cambió
Recuerdo el día en que todo cambió. Empezó como cualquier otro día. Mamá me despertó con su voz suave, y el olor de los huevos revueltos ya llenaba la casa. Desayuné rápido —tortillas, huevos y jugo de uva— mientras ella doblaba la ropa. En mi cuarto, me puse el uniforme gris con el logo de la escuela “Niños Héroes”. La tela todavía olía a suavitel de mamá. Caminamos juntos por la calle durante media hora, sin decir mucho, hasta que llegamos a la entrada de la escuela. Me despidió con un beso en la frente.
—Ten un buen día —dijo, como siempre.
Entré al salón y todo era normal: las mismas pláticas de siempre y los mismos rostros. Se oían las risas y gritos de siempre. Creo que escuché algo sobre la tarea.
—La olvidé —pensé.
Me senté en mi lugar. Luego llegó Erick, mi mejor amigo (el único que tenía). Se sentó a mi lado y de inmediato tres compañeros se acercaron a saludarlo, chocando palmas y riendo de algo que había dicho. Siempre era así: donde él estaba, había gente. Yo solo lo observaba, preguntándome cómo hacía para que todo pareciera tan fácil.
No me gustaba llamar la atención, tampoco las multitudes. Me gustaba esto: solo él y yo platicando, diciendo tonterías. Casi siempre era él hablando y yo respondiendo. No era bueno hablando.
Fue entonces cuando lo sentí. Un nudo se formó en mi estómago, apretado y frío, como si algo invisible jalara desde adentro. Miré alrededor del salón: todo seguía igual. Las mismas risas, los mismos rostros, los mismos gritos. Pero algo estaba mal. Respiré hondo, tratando de quitarme esa opresión en el pecho, pero no se iba. Algo iba a pasar. No sabía qué, pero lo sentía.
La mañana pasó como siempre, pero no presté atención. Primero matemáticas (soy malo con los números, ellos y yo no nos caemos bien), después inglés (no entendí ni una sola palabra) y luego historia (la odio, siempre me quedo dormido). Por fin llegó el recreo. Agarré mi lonche y caminé hacia nuestro árbol de siempre, en la esquina del patio donde el ruido se escuchaba más lejano. Me senté en el pasto seco y saqué mi sándwich. Erick llegó poco después, todavía riendo de algo que alguien le había dicho. Se dejó caer a mi lado y empezó a hablar de un partido de fútbol, gesticulando con las manos. Asentí de vez en cuando mientras masticaba mi sándwich y bebía mi jugo de manzana, sin entender realmente de qué hablaba. Los deportes nunca fueron lo mío.
Se acabó el recreo. Regresé al salón, tocaba ética (la materia más fácil), continuó con geografía (siempre se me revuelven los nombres de los lugares y las direcciones). Por último tocó arte, mi materia favorita. Me encantaba dibujar o hacer figuras con plastilina, la única materia en la que siempre sacaba 10. Estaba dibujando un carro cuando se escuchó el timbre. Guardé mis cosas en la mochila y esperé a Erick.
Cuando llegamos a la entrada no vi a mi mamá.
—Qué extraño —pensé mientras la buscaba con la mirada.
Vi a Ruby, la mamá de Erick y mejor amiga de mamá. Se acercó a mí y me saludó:
—Hola, ¿cómo has estado, Leo?
Respondí:
—Bien, Ruby, gracias. ¿Sabes dónde está mi mamá?
Me contestó:
—Sí, tu mamá está en el hospital porque ya va a tener a tu hermanito.
—¿Mi hermanito? —pensé, poco a poco empecé a emocionarme. Iba a tener otro hermano. Soy hermano mayor de Daniela, mi hermanita de tres años, y ahora iba a tener otro hermano.
—Vámonos, Ruby, quiero ver a mi hermanito.
Ella rió ligeramente:
—Claro, vámonos.
Erick me dijo, muy feliz por mí:
—Felicidades, Leo, vas a tener otro hermano.
—Gracias —respondí, pero iba pensando que tenía que cuidarlos. Después de todo, yo era el mayor.
Antes de que me diera cuenta, ya estábamos en el hospital. Ruby preguntó en dónde estaba mi mamá. Logré escuchar “habitación 109” antes de salir corriendo hacia allá.
Cuando llegué y abrí la puerta, mamá estaba acostada, se veía pálida y cansada, pero aun así, en cuanto me vio, sonrió. Ella siempre sonreía.
—Hola, cariño —dijo—. Ven a conocer a tu hermanito.
—¿Estás bien? —le pregunté. Me preocupaba mucho, tenía miedo de que algo le pasara a ella.
—Estoy bien —respondió—, solo algo cansada.
Me acerqué y vi a mi hermano. Tenía los ojos cerrados y estaba arrugado, parecía que iba a llorar en cualquier momento. Me pareció hermoso. En el momento en que lo vi, tuve el mismo sentimiento que con mi hermana y me juré:
—Los protegeré, no dejaré que nada les haga daño.
Y agarré su pequeña manita.
En ese momento llegó Ruby con Daniela cargando, y Erick iba detrás. Fui con Ruby para cargar a mi hermana (aunque ni podía), para presentarle a nuestro hermano. La tomé de la mano y la acerqué a él. Puso una sonrisa en cuanto lo vio.
—Mira, Dani, conoce a Óscar, tu nuevo hermanito —dijo mamá.
—Hola, manito —contestó Dani con su vocecita.
En ese momento llegó un doctor. Venía con la cara seria.
—Perdone la interrupción, señorita Molina, pero tenemos que hablar.
—Sí, claro, no se disculpe —respondió mi mamá.
—Cuando le hicimos la cesárea se detectó una masa desconocida. La mandamos a hacer análisis y se confirmó que es cáncer de hígado en segunda etapa —dijo el doctor.
“Cáncer”. En el momento en que lo dijo fue como si un bote de agua fría cayera sobre mí. Sentí que el suelo que pisaba se esfumara y cayera en un agujero oscuro. Mamá tenía cáncer, estaba enferma.
“Lo mejor sería empezar la quimioterapia cuanto antes para frenar el cáncer”. Escuché la voz del doctor, pero se sentía lejana, como un eco; solo veía la boca del doctor moverse, pero yo no entendía nada; lo único en lo que podía pensar era en que podía perder a mamá.
Salí corriendo del cuarto.
—¡Espera! —escuché, pero solo corrí, sin mirar atrás, hasta que estuve fuera del hospital. Me senté en la calle y abracé mis rodillas, haciéndome bolita como si eso fuera a protegerme.
—No es posible, no, no puede estar enferma, es un sueño, ella va a estar bien... tiene que ser un error, no puede ser —pensaba.
Cuando aparcó un carro; se veía caro, nunca lo había visto. De él bajó un hombre alto; parecía sacado de una película, tenía el cabello rubio y lacio, con un traje de diseñador, y sus ojos eran como los míos, azules.
—Como el cielo en la noche —decía mi mamá.
No solo eso, mi cara y la de él se parecían...
—¿Qué? —pensé.
Cuando él volteó a verme, me reconoció, a juzgar por que empezó a acercarse a mí.