La cosa del bosque
—Menos mal que calculamos todo para el comienzo de la primavera —dijo una joven mujer encapuchada con una capa de color enebro.
En un bosque de pinos y algunos alerces, con los restos del invierno encarnados por la poca nieve que se conservaba. Ya casi se ocultaba el sol y pronto todo sería oscuridad. Entre sombras y tenues rayos de luz, el hombre encapuchado que lideraba el grupo de cinco personas de la misma vestimenta dijo:
—Ya es hora de acampar.
No pasó mucho rato desde que comenzaron. Fueron rápidos y ordenados, cada uno cumpliendo su función, y no carecían de leña y suministros. Terminaron levantando dos pequeñas carpas y ya tenían lista la fogata. Cocinaron unas pequeñas ardillas que cazaron en el camino y solo se sentaron alrededor del fuego para descansar y hablar.
Todos se quitaron las capuchas para sentir mejor el calor de la fogata, y se lograba ver sus caras perfectamente. Sentados un par en cada tronco, como asiento improvisado, y uno en su propio lugar, empezaron a charlar.
—Bueno, en cuanto amanezca podremos seguir —dijo el líder, el cual se sentaba solo.
Un hombre mayor, barbudo, de pelo castaño semi canoso y ojos verdes. Tomó una de las ardillas que estaban empaladas sobre el fuego y empezó a comer con serenidad. Los demás lo imitaron y tomaron su parte cada uno.
De un lado de la fogata se sentaba una joven pareja: un muchacho rubio de ojos rojos y una joven chica pálida, de pelo moreno y ojos verdes. Y en el otro tronco, una pareja de amigas aparentemente de Nihon.
—Aún nos queda un largo camino que seguir, así que coman bien que necesitarán energía —dijo el líder.
—Entonces, desde aquí, ¿en cuánto tiempo llegaríamos a Kiev? —preguntó la muchacha cuyo nombre es Natasha.
—Había calculado unos cuatro meses, pero viendo que la situación de este bosque es más tranquila de lo que me habían contado, puede que en tres meses sea posible —explicó con optimismo el líder llamado Ivan.
—Los cazadores se habrán vuelto más activos, o tal vez ahora haya más bocas que alimentar —comentó el muchacho Sergei.
Ivan lo miró con gracia y lanzó una tenue carcajada.
—Tal vez todo puede ser, pero lo que yo oí dice que es otra cosa, una criatura que devora cualquier cosa y que ha estado acabando con cualquier ser vivo que se tope en su camino, un engendro nacido de las pesadillas —se inclinó asomándose al fuego. Se ensombreció la parte superior de su cara mientras que la inferior se iluminaba por la llama, y con un profundo y grave tono en su voz empezó a contar— Negro como un pozo sin fondo, en sus oscuros ojos deslumbra un suave brillo azul, una boca sin labios mostrando cómo sus triangulares y puntiagudos dientes forman parte de su cráneo y, cuando abre la boca, lo único que puedes ver ahí es la muerte que te espera. Pero eso solo es lo mejor que te puede pasar si te encuentras con él. Corre el rumor de que es un artista en el arte de la crueldad. Lo peor que te puede pasar es que te capture vivo y te lleve a su guarida. Dicen que su odio es tal, que nunca se cansa de descubrir nuevas formas de generar penumbra en su pobre víctima. Su imaginación… no tiene límites.
Retrocedió lentamente a una postura más cómoda. Luego de eso reinó un silencio absoluto. Todos se miraban a la fogata, ya casi en plena oscuridad. Solo comían lo último que quedaba de su comida y…
¡Crak!
Algo se quebró, aparentemente una rama. Todos, a excepción de Ivan, voltearon a ver inútilmente qué había más allá de la oscuridad. Ivan solo había movido los ojos y les dijo:
—Tranquilos, si fuera algo que de verdad nos pudiera matar, no estaríamos todavía sentados. Seguramente son los búhos cazando.
—Sé que supuestamente estamos en una zona segura, pero… ¿si no es así? —preguntó una de las mujeres nihonas.
—Tranquila, aunque no lo parezca, ya he pasado por estos lugares. Jamás me encontré con algo que no se pudiera resolver con gritos y amenazas. Pero ya, dejando de lado la ansiedad, es mejor irse a dormir. Yo haré la primera guardia. Sergei, luego harás la siguiente.
Luego de un breve rato, el grupo se fue a dormir e Ivan se quedó sentado en su lugar, manteniendo un poco prendido el fuego.
Unas horas más tarde, Ivan seguía vigilando. Temblaba un poco por el frío, ya que había empezado a nevar débilmente, pero nada que fuera a cubrir el suelo. Si lo hiciese, dificultaría el viaje en la mañana.
—Sí que hace frío. Me hubiera gustado haber nacido como un mana de fuego, pero supongo que uno debe arreglarse con lo que tiene — Juntó sus manos y, susurrando un cántico, la nieve que le había caído y los cristales de hielo que se habían formado en su barba se evaporaron al instante.
Dejó de ver su aliento en el frío y su temblor disminuyó. Se encontraba más cómodo que antes, y justo cuando empezó a sentir los párpados pesados, una mano se acercaba por su hombro. Se dio vuelta advertidamente con un cuchillo y vio que era Sergei.
—Tranquilo —le dijo el muchacho.
—Perdón. Es una vieja costumbre que creí olvidar.
—No pasa nada, solo… no me mates.
—Te lo juro, seré más cuidadoso.
—Bien. Bueno… supongo que ahora me toca vigilar a mí. Ve a descansar, que te necesitamos en buen estado en la mañana.
—Está bien. Ten, toma, por las dudas —y él le entrega el cuchillo.
—Bien… espero no necesitarlo.
—Yo también.
Sergei estuvo un rato sentado donde estaba Ivan, no había nada que lo perturbara. Se aburría y, como era lo único que tenía, empezó a inspeccionar el cuchillo. Largo, tanto como la mitad del antebrazo contando la mano, resplandeciente como el agua, un acero damasco con un patrón triangular. La hoja era simple, recta, con una punta curva y la empuñadura cilíndrica con cuero enrollado a ella. Un cuchillo caro, aparentemente. A Sergei le extrañó ¿Qué hacía un guía con tal cuchillo?
Sus dudas fueron suspendidas cuando escuchó algo. No había duda, fue algo… grande, cauteloso y consciente. Sergei empezó a escuchar roces de las hojas prematuras que habían caído al suelo; se sentía como si algo las rozara evitando pisarlas. Ya con el cuchillo listo en la mano, se puso de pie y levantó la guardia hacia donde se escuchaba el movimiento. Sergei se sentía inseguro, en medio de la oscuridad siendo el único despierto. No podía evitar sentir que lo observaban a sus espaldas, pero igual no apartaba la mirada del lugar que vigilaba. Empezó a respirar fuerte y lento, mostraba el cuchillo como amenaza a cualquiera que fuese la cosa que estuviera en la oscuridad. Entonces, se escuchó cómo la cosa retrocedió con pasos rápidos. Sergei tembló repentinamente, y desde la carpa salió Ivan alarmado por el ruido. Notó a Sergei en la oscuridad, parado en la nieve, y arrastrándose con las rodillas hasta llegar a pararse detrás de él, les habló a fuertes susurros:
—¿Qué sucedió?
—Hay algo ahí, no creo que sea un animal.
—¿Qué te hizo pensar eso?
—Reconoció que tengo un arma, y parece que nos está observando… nos acecha — Dijo Sergei, asustado. Ivan, igualando la respiración agitada de Sergei, miraba a los alrededores. Difícilmente distinguía el escenario debido a la oscuridad. Pensó un momento con temor y decidió ir con los demás a despertarlos cautelosamente. Reunidos los cinco en un punto, las mujeres a las salidas de sus carpas mientras ellas estaban adentro y los hombres en el exterior, Ivan les comentó:
—Tenemos de que movernos, hay algo aquí y no creo que sea inofensivo.
—¿Tenemos que hacerlo? —Pregunto Natasha.
—Dime paranoico, pero nunca escuche sobre una criatura por estos lares que merodee a la noche un grupo de humanos.
— ¿No podemos ahuyentarlo como a cualquier animal? – Dijo Nozomi, una de las nihonas.
— Pesimistamente debo decir que la tranquilidad de este bosque no me resultaba natural, esto no es un animal, en el peor de las circunstancias tal vez sea la causa – Dijo Ivan con seriedad.
— ¿El monstruo de quien nos hablaste? – Dijo con miedo en su voz la otra chica nihona llamada Yoko.
— No, si eso fuera real ya estaríamos muertos, no perdamos más el tiempo, guarden todo y marchemos.
Apresurados, empacaron todo a puras prisas y, cuando estuvieron listos, Ivan, liderando el grupo, caminó en fila con las mujeres en medio y Sergei al último, vigilando la retaguardia. El grupo caminaba con cuidado en la oscuridad, a veces arrastrando los pies en la nieve y golpeando alguna que otra rama. No habían encendido una antorcha para no llamar más la atención de alguna otra cosa; la luz de una de las lunas era suficiente para discernir el entorno del bosque, e Ivan ya conocía el camino que siempre usaba para viajar por ahí.
Por el momento no sentían que los persiguiera nadie, pero de repente escucharon ruidos rastreros desde un lado de ellos. Ivan y Sergei se pusieron delante de las mujeres e Ivan levantó el cuchillo. Escucharon sonidos desde un árbol y se sintió como si alguien lo trepara desde atrás. Miraron con atención y vieron cómo algo con extrañas extremidades subía por el tronco. Llegó a la copa, en donde perdieron de vista la silueta; aun así, no se movieron y permanecieron alertas.
…
…
…estuvieron esperando algo.
Una de las nihonas, Ivan no reconoció cuál en la oscuridad, ya sea por valentía o estupidez, recogió una roca del suelo y la tiró a la copa del árbol con fuerza. Ivan intentó detenerla, pero fue muy tarde. Al chocar contra algo, esa cosa saltó sobre ellos pasando al otro árbol. Por un momento se vio una silueta en contraste con la luna: una mancha negra que parecía un espectro volando sobre ellos. Mirando hacia donde fue, en medio de esa oscuridad se deslumbró por un instante un pequeño brillo rojo. Yoko gritó:
—¡Yūrei!
Y, aterrada, salió corriendo. Ivan trató de agarrarla, pero fue muy lento. Ella corrió desesperadamente por el sendero más iluminado, pero luego el grupo escuchó desde el árbol cómo esa cosa se movía hacia la dirección de Yoko y rápidamente se le acercó desde las sombras. Nozomi intentó advertirle gritando desesperada, pero esa cosa saltó sobre ella desde las hojas de un arbusto y la tiró hacia la oscuridad. Yoko se esfumó de la vista del grupo y, poco después, ellos, congelados del miedo, empezaron a escuchar horribles gritos y forcejeos de dolor.
—¡¡AHHHRRRR AHHHHRRR ITTAAAAI!! !!ITAI!! !!YADA... YADAAAA!! !!YAMETEEE!!
—¡!YOKOOOOO!! – Grito Nozomi mientras intentaba ir hacia ella con lágrimas y la cara enrojecida, pero Ivan la detenía.
— ¡Ya basta! Es tarde — Dijo Ivan — No podemos hacer nada — Dijo mientras se movían y el arrastraba a la chica desesperanzada — ¡¿Qué es esa cosa?! — Dijo Natasha aterrada.
— No quiero averiguarlo — Dijo Sergei.
— Tenemos que irnos ¡Ya! —Dijo Ivan mientras tiraba del brazo a Nozomi, mientras ella sollozaba: “Yoko, Yoko”. De repente, Nozomi tropezó y se soltó de Ivan. Él se detuvo y se acercó a ayudarla a levantarse, pero, justo antes de tomarla de la mano, fue arrastrada hacia atrás desde los pies, dejando un grito de horror en el camino — ¡Vámonos! – Dijo Natasha tras esa escena.
— ¡No! Aún hay tiempo, voy por ella, ustedes prendan una antorcha —Les dijo Ivan. A continuación, agarró firmemente su cuchillo y fue tras ella. Siguió el rastro en la nieve. Él tenía el corazón latiendo con pulsos fuertes y constantes, no estaba agitado, pero su cuerpo hacía fluir sangre para mantenerlo lo más alerta y cálido posible. No sabía qué había al final, no sabía si la chica seguiría viva, no sabía si el cuchillo le serviría de algo, pero, si había una mínima esperanza de rescatarla, eso sería suficiente. No fue mucho, unos veintitantos metros; llegó al final y vio que Nozomi apretaba su brazo izquierdo con la mano del otro. Estaba sangrando y asustada, respiraba temblorosa y convulsivamente —A… tk… ete —Le dijo a Ivan. Este, sin poder ver bien por lo oscuro que estaba, sintió de repente un sonido cerca de él. Miró hacia un lado: había un punto rojo que brillaba levemente en lo profundo del bosque. Estaba a ras del suelo, pero luego observó, con la respiración paralizada, cómo empezaba a elevarse ese punto a un metro de altura.
Agarrado a Nozomi de su brazo sano, la tironeó hacia él. En cuanto estuvo de pie, la empujó hacia donde escaparían y empezaron a correr con todas sus fuerzas. Los dos, agitados, con el corazón en la garganta, sentían cómo eran observados. Sentían cómo el viento que movía las hojas y ramas de los árboles era armónicamente acompañado por pisadas y roces de los arbustos por los que alguien atravesaba.
No miraron atrás, no querían hacerlo. Temían que, si lo hicieran, verían su muerte cara a cara. Era mucho mejor mirar hacia adelante, donde mantenían los ojos en la esperanza, por muy pequeña que fuera. Aunque ya no sabían hacia dónde se dirigían, sintieron que los sonidos de su perseguidor se desvanecían a la distancia. ¿Lo habían logrado? ¿Lo habían dejado atrás?
Entonces Ivan dirigió a Nozomi detrás de un arbusto que estaba al lado de un árbol, y los dos se zambulleron en él y bajaron la cabeza.
Sergei iba por delante de Natasha, la cual sostenía la antorcha. Sergei no lo hacía porque tenía ocupadas sus dos manos, sosteniendo un gran garrote grueso y pesado que había arrancado de un árbol. Caminaba a paso acelerado y con los ojos bien abiertos. Gracias a la antorcha que prendieron, podían ver a varios metros de ellos, pero, aun estando en medio del bosque, las sombras que los árboles proyectaban hacían engañoso el ambiente.
– ¡Ah! ¡¿Qué es eso?! – susurró Natasha con alerta. Sergei apuntó el garrote en la dirección que Natasha señaló con el dedo, pero solo había resultado ser una sombra proyectada por una rama.
– Ahff… fhhh – suspiró Sergei. El corazón había pasado a bombear dos veces más rápido por un momento. No dijo nada y siguieron caminando.
Natasha iba pegada a la espalda de Sergei; su respiración rebotaba en su capa. Tenía las mejillas, la nariz y también las orejas rojas por el frío. Ella se sentía débil, cansada, aterrada y la situación no mejoraba. No había podido dormir mucho y, ya desde el comienzo del viaje, la comida fue apenas suficiente. Ella y Sergei venían desde el norte de Mongol; escapaban del avance de esos habitantes hacia el norte. Antes de unirse a Ivan, habían empezado el trayecto hasta Kiev con otro grupo, pero los nómadas los habían atacado y muchos murieron, otros habían sido esclavizados y los sobrevivientes se dispersaron.
Como el norte del continente es extremadamente peligroso, ya que predominan los dragones y orcos (especies agresivas y bélicas), hay guías como Ivan que se ganan la vida transportando gente con seguridad. Pero ahora ser atrapada por mongoles no parecía tan malo; en el peor de los casos hubiera sido vendida a un kan y hubiera sido sirvienta o parte del harem. Comida, seguridad y valor a su vida eran condiciones mucho mejores de las que sufría en el presente..
La pareja caminaba con cuidado y seguía buscando a sus compañeros. De pronto, los dos escucharon algo viniendo desde arriba. Los dos miraron de repente y notaron algo saltando de copa a copa de los árboles y, con dificultad, observaron cómo algo caía. Se congelaron del miedo, pero todo ocurrió en un instante y lo que había caído había sido una gran rama de un árbol. Natasha soltó la antorcha por el susto y esta se cayó en la nieve. Sergei la levantó rápido y la salvó, pero pronto la llama empezó a debilitarse; solo alumbraba un poco más que una vela.
Puso a Natasha bajo su brazo y la apuró a moverse. Daban pasos rápidos y bruscos, buscaban el sendero para poder salir de una vez por todas del bosque. Jadeo tras jadeo, iban casi a ciegas por un hondo pozo sin fin. Ya ni sabían dónde estaban; solo caminaban con la sensación de que alguien los veía, y se sumaba la incertidumbre de si esa cosa que los vigilaba les iba a hacer daño.
Y siguieron moviéndose hasta que, inesperadamente, desde un árbol, algo se pegó a Sergei. Era robusto, casi de la misma altura que él, y se encontraba alterado. Ivan, que había salido de su escondite dispuesto a pelear, pensando que la criatura venía a por ellos, desesperado, con su cuchillo apuñaló con todas sus fuerzas a quien se acercaba, y cuando miró bien lo que había delante de él, Sergei ya se desplomaba en el suelo. Rápidamente lo atrapó con sus brazos; le había clavado el cuchillo justo en el corazón, incluso podría haberlo atravesado.
Sergei tartamudeaba sus últimos suspiros. Natasha se había quedado en shock y cayó de rodillas al suelo, tapándose la boca con fuerza para no hacer ruido. En cambio, Nozomi ya no tenía voz para gritar; solo estaba en silencio, con los labios secos y partidos, tenía las manchas de sus lágrimas en sus mejillas y escarchas en sus pestañas.
— Perdón, perdón, perdón… — Repetía Ivan a Sergei en sus brazos, con arrepentimiento. La antorcha se había apagado por completo y no volvería a arder. Ivan dejó suavemente a Sergei en el suelo y se levantó para empezar a moverse. Miró a Natasha y dijo:
– Debemos irnos – …Y luego miró para ver a Nozomi, pero ella ya no estaba ahí. Al principio sintió confusión y, con el cuchillo en la mano temblorosa, empezó a dar vueltas y buscar por dónde ella podía estar. Repentinamente, algo cayó desde arriba. Ivan se acercó y vio que había algo enterrado levemente en la nieve. Lo movió con el pie y se cayó del susto cuando vio que era un brazo desnudo de una mujer, ensangrentado y cercenado.
Natasha e Ivan vieron hacia arriba y quedaron horrorizados al ver que el cuerpo de Nozomi estaba como colgado, convulsionando y algo hacía sonidos como si estuviera masticando muy rápido. También, una especie de capa con mechones grandes de hilos finos y oscuros envolvía la parte superior desde los hombros, y entre medio de esa amorfa criatura brilló un punto azul.
Ivan se levantó tan rápido como nunca lo había hecho y corrió hacia algún lugar, tironeando a Natasha en el camino. El cuerpo de Nozomi cayó al suelo como una bolsa de entrañas; se desparramaron todas por el suelo. Entonces, luego, cayó la criatura. Natasha, de reojo, miró hacia atrás: algo más o menos del tamaño de un dwarf parecía ser peludo, con una silueta redonda, pero con múltiples puntas en el contorno. No podía distinguir su textura o relieve debido a la oscuridad, así que solo parecía una sombra que había cobrado vida y ahora los estaba persiguiendo con velocidad.
Ivan ya estaba cansado ¿Qué importaba correr ya? Había perdido a más de la mitad del grupo; uno murió por su culpa. Tantos viajes que había hecho, su vida no fue más que mediocre. Alguna vez había sido un oficial del ejército de Kiev, pero el lugar donde batallaba y sus enemigos habían sido duros, traumáticos. Siendo una bala perdida durante mucho tiempo, luego de quedar náufrago a causa de una derrota, encontró esta manera de vivir. Usando su experiencia y conocimiento sobre el área, ganaba una generosa cantidad de oro.
Lo del último grupo había sido una obra de buena acción, pensó él. No habían llegado ni a la mitad de lo que él usualmente cobraba, pero sintió pena por las víctimas de los mongoles. Él sabía muy bien con qué brutales guerreros se habían cruzado, e hizo una excepción a todas sus reglas y doctrinas que se había autoimpuesto. Es una pena que eso llevara a su fin. Pero, si esto igualmente iba a ser su fin, moriría como el gran soldado que alguna vez fue.
Se detuvo con Natasha; él estaba atento a cuánto llegaría la criatura y le dijo a ella:
– Escucha, yo lo distraeré… — Dijo con falta de aliento – Una vez vi una cabaña por este lugar, búscala y con suerte habrá alguien que te ayudé —Entonces Natasha, sin decir nada, siguió corriendo por su vida. Corrió y corrió; Ivan se desvanecía lentamente en la oscuridad. Ella lo veía de espaldas, con el cuchillo en alto y esperando a que llegara lo que tenía que llegar. Luego ya no veía nada; de no ser por la luna no sería capaz de ver más que un ciego. Ella corría con cansancio, sin saber a dónde iba; ya no tenía comida, ni agua, ni luz. Lo más seguro es que ella moriría dentro de poco por el frío.
Cayó sin energías en la nieve; no podía moverse, ya no tenía esperanzas. Luchando contra el cansancio, con fuerza levantaba el párpado del ojo que no estaba enterrado en la nieve. Entonces su pupila se ajustó. Un breve brillo emanaba desde tras un grupo de árboles. Tal vez ya se había vuelto loca, pero levantarse y seguir esa luz era mejor que esperar a morirse en la nieve. Caminó con dificultad, temblaba por el frío y había empezado a nevar. Arrastrando ya los pies, pasó los grupos de árboles y vio que delante de ella había una cabaña con luz desde dentro. Ella sonrió y lágrimas de esperanza empezaron a brotar de sus ojos. Como si fuera un milagro, recuperó toda su energía y fue trotando a la puerta. Al llegar, empezó a golpear con fuerza; siguió y siguió, hasta que la puerta se abrió y la luz iluminó su cara.
En la mañana, cuando el sol ya iluminaba todo el paisaje, por el suelo marmolado de sombras y luces cayó el pie de un hombre pálido. Éste, vestido todo de negro con ropa de grosor fino y un abrigo simple sin nada más que tela lisa, miraba con sus ojos negros el sendero de sangre que quedó anoche. El viento sopla y las hojas chocan con su oscuro cabello ondulado; con molestia las sacó, agitando la mano, procedió a caminar.
— Alguien se divirtió anoche – Murmura para sí mismo – La pregunta es ¿Qué cosa fue?... que yo sepa acá no hay ninguna criatura que cometa tal masacre además de mi – Dijo, mientras levantaba la cabeza de Natasha. Expresaba confusión, tenía ensangrentada la boca y una mirada de desentendimiento.
– A ver dime… donde estaban acampando.
Por supuesto, no hubo respuesta – Debo arreglar esa costumbre de matar primero y preguntar después – Hablaba consigo mismo, sigue caminando tranquilamente como si diera un paseo para relajarse, y mientras balancea la cabeza cercenada como si fuera una canasta para el picnic comentaba.
— No sé tú, pero para que esa cosa te hubiera hecho tocar mi puerta e ¡Interrumpir mi lectura! Debió dar mucho miedo – Alzo la cabeza a la altura de sus ojos y le dijo – Sin embargo, pendeja, en este bosque lo único que da miedo ¡SOY YO! – Y la lanzo con fuerza iracunda hasta una roca que emergía de la tierra. La cabeza se partió en dos y saltaron todos los sesos como una gota de agua provocara al caer en un charco. El hombre suspiro profundamente y luego se dio vuelta para marcharse, pero luego… escucho un ruido, una rama rompiéndose. Lentamente se dio vuelta, y vio, una cosa con mucho pelo negro estaba sobre los restos de la cabeza, masticando algunas partes.
— ¿Qué mierda? – Dijo con asco. Agarró una roca del suelo y se la lanzó. Al golpear su espalda, rápidamente la cosa giró y él entonces vio dos ojos de diferente color: azul el derecho y rojo el izquierdo. Tenía el cabello salvaje, tan largo que cubría toda su espalda y le llegaba hasta las rodillas; también se deslizaba desde su espalda y parecía que llevaba un raro abrigo de piel debajo del pelo.
Es un niño, tal vez de seis o siete años, sucio, ensangrentado, pero no… lastimado. Lo miró con interés y el hombre se le acercó sin miedo.
– ¿Puedes hablar?
— ¿что? – Pregunto el niño confundido.
— Oh cierto ¿Ты можешь говорить? Vaaa… no sé porque pregunto si ya sé que si – Dijo golpeándose la frente con la palma – Bueno, Скажи, ¿ты их убил?
— да.
El hombre le apuntó con su dedo y luego disparó una jabalina negra que atravesó el pecho del niño y lo clavó en la roca. Este, sorprendido, se retorció de dolor hasta que, lentamente, se paralizó en una pose horrorosa y quedó quieto como estatua. — ¡Bien! Como me gusta hacer el trabajo rápido, me voy a comer – Dijo felizmente, y caminando con una alegre actitud empezó a marcharse, pero luego escuchó un gemido. Se detuvo en seco, su espalda se erigió y abrió los dedos de la mano como si preparara un hechizo. Miró de reojo, estando de espaldas, y murmuró:
– Esa cosa… sigue viva.