Clases privadas

Sinopsis

Jungkook está a punto de perder su beca universitaria y su profesor de literatura tenía una solución.

Genero:
Erotica
Autor/a:
Bella dulzura
Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Chapter 1


La puerta del despacho cedió con un golpe seco que rompió la calma del mediodía.

Jungkook entró empapado, aún con el sudor fresco del entrenamiento pegado a la sudadera. La mandíbula tensa, los ojos oscuros, la desesperación escondida bajo una capa de orgullo.


Taehyung levantó la mirada del ordenador. Se quitó las gafas con un gesto lento, casi perezoso, y señaló la silla frente al escritorio sin perder la compostura.


—Siéntate, Jeon.


Jungkook no obedeció. Se quedó de pie, los brazos cruzados, respirando fuerte.


—Si suspendo Literatura me quitan la beca —dijo con voz ronca—. Y la universidad me quita la beca me echan del equipo. Así que dígame qué cojones tengo que hacer para aprobar.


Taehyung se incorporó, estirando la espalda como si despertara de una siesta larga. Rodeó el escritorio con una calma que encendía más la ansiedad de Jungkook y se detuvo a medio metro. Llevaba colonia cara; un aroma limpio, frío… y peligrosamente calculado.


—Tengo una solución —murmuró, inclinando apenas la cabeza—. Clases privadas. En mi apartamento. Dos noches por semana. Intensivo.


Jungkook soltó una risa seca que no llegó a sus ojos.


—¿Clases normales?


Taehyung dio un paso más. Lo suficiente para que Jungkook sintiera el calor de su pecho, el leve roce del perfume y la tensión eléctrica que siempre había fingido no notar.


—No exactamente normales —susurró—. Tú pones el esfuerzo. Yo pongo el método. Y si sigues cada indicación al pie de la letra, te garantizo un diez con matrícula.


Un escalofrío recorrió la espalda de Jungkook. No sabía si era miedo, rabia o… otra cosa.


—¿Qué tengo que hacer? —preguntó, tragando saliva.


Taehyung sonrió. Una sonrisa lenta, peligrosa, de alguien que siempre consigue lo que quiere.


—Piénsalo. Tienes hasta mañana a las tres. Después… bajo tu nota definitiva.


El pecho de Jungkook ardió.


—¿Me está chantajeando?


—Te estoy dando una opción —corrigió Taehyung, regresando a su silla como si la conversación hubiera terminado—. Y tú decides si la tomas.


Jungkook salió dando un portazo que vibró por todo el pasillo.


Esa noche no durmió.

Se dio tres duchas frías, maldijo su vida, se tocó con rabia apenas admitida y terminó mirando el techo oscuro hasta que amaneció.


Al día siguiente, a las 14:58, volvió a la misma puerta.


Taehyung abrió con la misma camisa impecable. Mismo perfume. Mismo control absoluto.


—¿Y bien?


Jungkook respiró hondo.


—Acepto sus clases —escupió entre dientes—. Pero solo hasta que saque el diez.


Taehyung se hizo a un lado para dejarlo pasar. Cerró con llave. El clic sonó demasiado fuerte.


—Perfecto. Empezamos esta noche a las nueve.

Trae el libro de Neruda… y ven sin ropa interior.







La noche tenía un brillo de lámparas cálidas cuando Jungkook subió al piso de Taehyung.

Había llevado el libro de Neruda bajo el brazo… y había seguido la otra instrucción con el corazón golpeándole las costillas.


Taehyung abrió sin prisa. Camisa blanca arremangada, un vaso de vino en la mano, el cabello ligeramente desordenado como si hubiera estado pensando demasiado.


—Pasa —dijo, dejando que Jungkook notara cómo lo recorría con los ojos.


El apartamento olía a madera, tinta y un perfume suave que se mezclaba con algo más íntimo. Jungkook tragó. No sabía si tenía frío o calor.


Taehyung dejó el vaso sobre la mesa y se acercó.

No tocó. Solo invadió el espacio como si fuera suyo por derecho.


—Quítate la sudadera.


Jungkook lo hizo con manos tensas. El aire del apartamento le rozó la piel como un dedo ajeno. Sentía cada latido demasiado fuerte.


—Los vaqueros también.


La orden cayó suave, pero firme.

Jungkook obedeció, bajándolos hasta las rodillas primero, luego dejándolos caer al suelo. La ausencia de ropa interior lo dejó expuesto de una forma que nunca había sentido.


Taehyung no sonrió.

Solo lo miró.


Miró de verdad.


—Bien —murmuró—. Quédate justo así.


Jungkook respiró hondo, buscando dignidad donde ya solo quedaba deseo e irritación mezclados.


Taehyung lo guió hacia el escritorio. Ese mismo escritorio donde corregía exámenes, donde impartía clases, donde fingía no notar las miradas que Jungkook le lanzaba cuando hablaba de poesía.


—Siéntate.


Jungkook se sentó sobre la madera fría. Las manos detrás apoyadas, los muslos tensos, el vientre contraído. Sentía cada centímetro de su piel como si ardiera.


Taehyung se colocó entre sus piernas, muy cerca, inclinándose solo lo suficiente para que Jungkook sintiera la respiración cálida contra el bajo vientre.


—Abrimos con Neruda.


Cogió el libro, lo abrió por una página marcada con tinta azul y lo puso en las manos de Jungkook, que apenas podía sostenerlo.


—Lee.


Jungkook bajó la mirada, los labios secos.


—«Puedo escribir los versos más tristes esta noche…»


La voz le tembló.

No por vergüenza.

Por cómo Taehyung lo estaba observando: como si lo desnudara incluso más que la falta de ropa.


Taehyung llevó una mano a su muslo, apenas un roce, un pulgar dibujando un círculo pequeño y calculado.


—Más despacio —indicó, subiendo la mano con una calma que casi lo rompió—. Y mírame cuando leas.


Jungkook levantó la vista.

Y fue ahí, en ese segundo, donde la tensión se volvió algo distinto.

No solo deseo.

No solo poder.

Una mezcla peligrosa, íntima, inevitable.


Taehyung acercó su rostro al suyo, lo suficiente para que las puntas de sus narices casi se tocaran.


—Continúa —susurró.


Jungkook tragó, abrió un poco los labios, respiró hondo.


—«Escribir, por ejemplo: la noche está estrellada…»


La mano de Taehyung ascendió, lenta, paciente, trazando la línea interior del muslo.

Un contacto suave, casi académico.

Pero que lo incendiaba más que cualquier toque explícito.


—Muy bien —murmuró el profesor—. Sigue leyendo.


Jungkook lo hizo.

Y cada verso parecía hundirlo más en esa noche que ya no tenía nada de literatura.




Taehyung bajó la cabeza despacio, sin romper el contacto visual hasta el último segundo. Cuando sus labios rozaron la punta de la polla de Jungkook, este soltó un jadeo que se le escapó sin permiso.


—Sigue leyendo —ordenó Taehyung contra la piel caliente, la voz vibrando justo ahí—. Sin parar.


Jungkook apretó el libro con dedos temblorosos.


—«…y tiritan, azules, los astros a lo lejos…»


Taehyung abrió la boca y la metió entera de una sola vez, lenta pero implacable, hasta que la punta tocó el fondo de su garganta. El calor húmedo, la presión perfecta, la lengua plana apretando por debajo… Jungkook sintió que se le aflojaban las rodillas aunque estuviera sentado.


—Joder… —se le escapó.


Taehyung se apartó al instante, dejando solo un hilo de saliva brillando entre sus labios y la punta palpitante.


—Sin tacos —susurró, con los ojos oscuros fijos en él—. Otra vez. Desde el principio del verso.


Y volvió a tragársela.


Jungkook respiró hondo, la voz rota:

—«…y tiritan, azules, los astros a lo lejos…»

Esta vez Taehyung lo recompensó: succionó fuerte al subir, lengua girando alrededor del glande, una mano bajando a masajearle las bolas con una lentitud tortuosa. Jungkook sintió que se le iba la cabeza; el libro temblaba tanto que casi se le cae.


—Sigue —ordenó Taehyung, sacándola solo para hablar, los labios hinchados y brillantes—. «El viento de la noche gira en el cielo y canta…»


Jungkook intentó concentrarse. De verdad lo intentó.


—El viento de la noche… ah, mierda… gira en el cielo y…


Taehyung paró de golpe. Se incorporó un poco, limpiándose la comisura con el pulgar.


—Error —dijo, casi divertido—. Otra vez. Y esta vez sin equivocarte, Jungkook.


Volvió a bajar. Esta vez más lento, más cruel: lengua dibujando círculos, succiones suaves, paradas justo cuando Jungkook empezaba a empujar las caderas. Cada vez que se trababa o soltaba un taco, Taehyung se apartaba y lo justo para que el aire frío le golpeara la piel mojada y Jungkook sintiera que se moría.


Quince minutos después Jungkook ya estaba llorando de pura necesidad. Tenía la camiseta pegada a la espalda por el sudor, los muslos temblando, la voz hecha pedazos.


—Última estrofa —anunció Taehyung, con la barbilla brillante y la respiración agitada—. Si la dices perfecta, te dejo correrte dentro de mi boca. ¿Entendido?


Jungkook asintió como pudo, con lágrimas de frustración y placer rodándole por las mejillas. Tenía que hacerlo bien.


—«Mi alma no se contenta con haberla perdido…» —empezó, y Taehyung la tomó hasta el fondo otra vez—. «Aunque este sea el último dolor que ella me causa… y estos sean los últimos versos que yo le escribo…»


No llegó a terminar la última palabra.

Taehyung succionó fuerte, implacable, una mano apretando la base en círculos rápidos, la otra clavada en su muslo. Jungkook se corrió con un grito ahogado que retumbó en todo el apartamento, descargando en oleadas calientes y largas que Taehyung tragó sin derramar ni una gota, gimiendo bajito como si fuera él quien estuviera recibiendo el placer.


Cuando terminó, Taehyung se levantó despacio, se limpió los labios con el dorso de la mano y miró a Jungkook, que seguía temblando encima del escritorio, el libro olvidado en el suelo.


—Diez con felicitación —susurró, voz ronca—. Pero la clase no ha terminado.


Jungkook lo agarró por la nuca antes de que pudiera alejarse y lo besó con rabia, saboreándose a sí mismo en esa boca que acababa de destrozarlo.


—Ahora quiero que me folles —dijo Taehyung contra sus labios.



Jungkook no esperó ni un segundo.

Con la mano todavía en la nuca de Taehyung, lo empujó hacia abajo hasta que su pecho quedó aplastado contra la madera del escritorio. Los papeles volaron, un bolígrafo rodó al suelo, el libro de Neruda terminó abierto boca abajo como testigo mudo.


—Las manos atrás —ordenó Jungkook, voz grave y temblorosa de deseo contenido.

Taehyung obedeció al instante. Cruzó las muñecas a la altura de la espalda baja. Jungkook usó su propia sudadera para atarlas rápido, fuerte, los nudos apretados contra la piel.


Después le bajó los pantalones y los boxers de un solo tirón hasta los tobillos. Taehyung soltó un jadeo cuando el aire frío le golpeó el culo desnudo.


Jungkook se arrodilló detrás.

Separó sus nalgas con las dos manos y hundió la lengua.


Taehyung gritó contra la madera, el cuerpo entero tensándose.


—Jungkook… mierda…


Jungkook no contestó con palabras. Contestó lamiendo despacio, profundo, entrando y saliendo, saboreando cada rincón como si quisiera borrar cualquier recuerdo de control que Taehyung hubiera tenido jamás. La lengua caliente y húmeda, los dientes rozando apenas, los bordes, los dedos clavándose en la carne para mantenerlo abierto.


Taehyung empezó a temblar, las caderas empujando hacia atrás sin permiso.


—Más… por favor…


Jungkook se levantó, escupió en la palma y se untó la polla todavía sensible y brillante de la boca de Taehyung. Apoyó la punta justo en la entrada y empujó despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo Taehyung se abría alrededor de él, caliente, apretado, perfecto.


—Joder, señor Kim está ardiendo —gruñó Jungkook, enterrándose hasta la raíz.


Taehyung soltó un gemido largo, roto, la frente apoyada en el escritorio.

Jungkook empezó a moverse.


Lento al principio, casi cruel, saliendo casi del todo y volviendo a entrar profundo, sintiendo cada vez cómo Taehyung se contraía los músculos para retenerlo dentro.


Después aceleró.

Fuerte.

Rápido.


El sonido de piel contra piel llenó la habitación junto con los jadeos entrecortados de Taehyung y los gruñidos bajos de Jungkook.


Una mano en la cadera, la otra tirando del pelo para arquearle la espalda.


—Mírate —susurró Jungkook contra su oído, inclinándose sobre él—. El profesor perfecto… doblado sobre su propio escritorio… pidiéndome que te folle más fuerte.


Taehyung lloriqueó, empujando hacia atrás para encontrarse con cada embestida.

—Jungkook… más… por favor, más fuerte…—Jungkook obedeció.


Cambió el ángulo y dio justo ahí, una y otra vez, hasta que Taehyung empezó a temblar violentamente, la polla goteando contra la madera sin que nadie la tocara.


—Córrete para mí, profesor —ordenó Jungkook, mordiéndole el hombro—. Quiero sentir cómo te corres solo con mi polla dentro.


Tres embestidas más y Taehyung se rompió: un grito ahogado, el cuerpo convulsionando, semen caliente salpicando el escritorio y sus propios muslos mientras se apretaba alrededor de Jungkook como un puño.

Jungkook lo siguió dos segundos después, enterrándose hasta el fondo y corriéndose con un gemido grave, llenándolo en pulsos largos y calientes que los dejaron a los dos temblando.


Se quedaron así un minuto eterno, pegados, sudorosos, jadeando.

Jungkook salió despacio, viendo cómo su semen chorreaba por los muslos de Taehyung. Se inclinó y lamió una línea larga, saboreando la mezcla.


—Clase aprobada, profesor —susurró contra su piel.


Taehyung, todavía atado y doblado, soltó una risa entrecortada.


—La próxima semana lubricante de fresa y una corbata roja —dijo con voz rota.


Jungkook sonrió contra su espalda.


—Trato.


Y Neruda, tirado en el suelo, siguió callado.









Jungkook llegó tres minutos tarde a propósito.

Quería que Taehyung lo castigara.


Cuando la puerta se abrió, Taehyung ya no llevaba la camisa de profesor. Solo una camiseta negra fina que se le pegaba al pecho y unos pantalones de pijama grises que marcaban todo. En la mano derecha, una corbata roja de seda. En la izquierda, un bote pequeño de lubricante de fresa recién abierto.


—Tres minutos —dijo, señalando el reloj—Desnúdate y ponte de rodillas en el salón.


Jungkook obedeció sin rechistar.

Se quitó todo menos los calcetines negros y se arrodilló en el centro de la alfombra. Taehyung se acercó despacio, enrollando la corbata entre los dedos.


—Manos atrás.


Jungkook cruzó las muñecas. Taehyung las ató con la corbata roja, apretando lo justo para que se clavara un poco en la piel. Luego lo empujó suavemente hacia adelante hasta que quedó en cuatro, el pecho casi tocando el suelo, el culo en alto.


—Cuenta —ordenó.


El primer azote cayó fuerte, abierto, justo en la nalga derecha.


Jungkook soltó un jadeo.


—Uno…


El segundo fue más bajo, casi en la cara interna del muslo.

—Dos…


El tercero fue directo en el centro, justo donde la piel es más sensible.


—Tres… joder…


Taehyung se agachó, abrió el bote y dejó caer un chorro generoso de lubricante rojo y frío directo entre las nalgas de Jungkook. El olor dulce llenó la habitación al instante.

Jungkook se estremeció entero.


—Frío…


—Espera a sentir lo caliente —susurró Taehyung.


Metió dos dedos de golpe, resbaladizos, curvándolos justo ahí. Jungkook soltó un gemido largo, las caderas empujando hacia atrás sin permiso.


—Quieto —ordenó Taehyung, y añadió un tercer dedo, estirándolo más, follándolo lento pero profundo con la mano mientras la otra acariciaba su espalda en círculos.

Jungkook temblaba, la frente apoyada en la alfombra, la respiración entrecortada.


—Profesor … por favor…


Taehyung sacó los dedos, se untó la polla entera con más lubricante hasta que brilló roja y dulce, y se colocó detrás.


—Pídemelo bonito.


Jungkook giró la cabeza, los ojos vidriosos.


—Por favor, Taehyung… métemela toda, quiero sentirte palpitar dentro.


Taehyung empujó de una sola embestida lenta pero implacable.


Jungkook gritó contra la alfombra, el placer tan intenso que le temblaron las rodillas. El lubricante hacía que cada movimiento fuera resbaladizo, obsceno, perfecto.


Taehyung empezó a moverse: primero lento, dejando que Jungkook sintiera cada centímetro, luego más rápido, más fuerte, agarrándole las caderas con tanta fuerza que quedarán marcas.


—Estás tan apretado, bebé… —gruñó, inclinándose para morderle el hombro—. Me encanta cómo me aprietas cuando te follo así.


Jungkook solo podía gemir, empujando hacia atrás para encontrarse con cada embestida. El olor a fresa lo envolvía todo, mezclado con sudor y sexo.


Taehyung cambió el ángulo y dio justo en su punto dulce.


Jungkook soltó un sollozo.


—Ahí… ahí, profesor, no pares… me voy a correr sin tocarme…


Taehyung rodeó su cintura con un brazo y empezó a masturbarlo al mismo ritmo, la mano resbaladiza por el lubricante.


—Córrete para mí, Jungkook. Quiero sentir cómo te corres con mi polla dentro.


Dos, tres embestidas más y Jungkook se corrió con un grito roto, manchando la alfombra y la mano de Taehyung en chorros calientes y largos. El orgasmo le recorrió todo el cuerpo en oleadas que lo dejaron temblando.


Taehyung lo siguió segundos después, enterrándose hasta el fondo y llenándolo con un gemido grave, pulsando dentro hasta la última gota.


Se quedaron así un rato, pegados, jadeando.


Taehyung salió despacio y vio cómo el lubricante rojo mezclado con su semen chorreaba por los muslos de Jungkook.

Se inclinó y lamió una línea larga, saboreando la mezcla.


—Definitivamente mi sabor favorito —susurró contra su piel.


Jungkook, todavía atado y temblando, giró la cabeza y sonrió débilmente.



Taehyung lo vio vestirse en silencio, todavía temblando, sin la soberbia con la que había entrado horas antes. Había algo casi poético en la forma en que Jungkook evitaba mirarlo: la mezcla de vergüenza, agotamiento y un deseo que no sabía gestionar.


El joven salió sin una palabra.

La puerta se cerró.

El pasillo quedó en calma.


Y Taehyung por fin respiró hondo.


La satisfacción le recorrió el cuerpo como un hilo caliente.

Se apoyó en el borde del escritorio, pasando una mano por el cuello de su camisa, sintiendo el leve temblor que aún quedaba en sus dedos. No de cansancio. De triunfo.


Había imaginado ese escenario demasiadas veces.

Había fantaseado con el sonido de su respiración rota, con la manera en que se rendiría cuando su orgullo cayera, con la fragilidad escondida bajo sus músculos tensos.


Y ahora lo había visto todo.

Lo había tenido todo.


Un alumno más brillante de todo la universidad, terco, peligroso.

Un desafío envuelto en sudor y determinación.

Una tentación que fingió ignorar durante meses… solo para saborearla mejor cuando finalmente cediera.


Taehyung se acomodó la corbata con una calma exquisita.


Qué fácil había sido quebrarlo.

Qué hermoso había sido verlo entregarse.

Qué delicioso sería tenerlo así cada vez que quisiera.


No necesitaba escucharlo hablar para entenderlo; Jungkook ya había dicho demasiado con su cuerpo, con su respiración, con el temblor en sus piernas.


Y Taehyung sonrió, una sonrisa lenta, peligrosa, perfectamente satisfecha.


Porque después de tanto tiempo, después de tantas noches imaginándolo…


Por fin tenía al alumno que había deseado desde el primer día.


Y lo tendría de nuevo: Eso era lo mejor de todo.