La Mentira perfecta

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Sinopsis

Brenda intenta sostener un hogar que se desmorona. Fernando, el esposo ejemplar ante el mundo, esconde un pasado capaz de destruir a cualquiera. Y Santiago, el hombre que un día la amó como nadie, vuelve con un secreto que romperá todo lo que Brenda cree conocer. En un triángulo marcado por heridas, justicia y deseo, una sola verdad puede cambiarlo todo.

Genero:
Young Adult
Autor/a:
mb_morales
Estado:
En proceso
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

¡Feliz Aniversario!

Brenda sonreía para las fotos del aniversario… pero esa mañana había llorado en el baño, antes de tapar todo rastro de tristeza con maquillaje. La fotógrafa notaba que ella no estaba radiante como una novia que renueva sus votos después de una década de amor, pero lo atribuía a la ausencia del novio en la sesión.

—No importa si su esposo no llega a tiempo. Con toda la IA al alcance de la mano, podemos hacer un álbum completo solo con su rostro. Aunque si usted prefiere, como castigo por faltar, lo ponemos de espalda en todas las fotos —bromeó Daniela. Lo cierto es que, en toda su carrera, jamás le había sucedido que en una sesión de bodas no estuviera presente alguno de los novios.

—Fernando no llegará. Su secretaria acaba de avisarme que está demorado en una reunión de trabajo —respondió Brenda, guardando el teléfono en su cartera.

Estaba acostumbrada a que Fernando no llegara a los eventos donde lo invitaba, pero esto era diferente. Era él quien había insistido en que renovaran sus votos por su década juntos. La convenció cuando le recordó que su boda había sido demasiado humilde y que esta vez podría elegir su propio vestido, y no uno prestado.

Pero lo cierto es que aquella boda había sido muy feliz. Financiada por los padres de ambos, con mucho esfuerzo habían logrado tener una fiesta bonita. Humilde, pero rodeada de familiares y amigos. Amigos que ella no volvió a ver desde ese día.

No esperaba que la renovación de votos removiera tantas emociones. Los recuerdos la invadían, se atravesaban en su mente y ella se sumergía en ellos tratando de revivir aquellos momentos felices.

Conoció a Fernando en el segundo año de la carrera. Él se salió rápido: sabía que eso no era lo suyo. Era un espíritu emprendedor con vocación de vendedor, capaz de venderle un zapato a un zapatero. Fernando no quería perder su tiempo detrás de libros ni con profesores que, según él, no entendían ni la mitad de lo que explicaban.

Pero ella disfrutaba estudiar. Vivía el presente, siguiendo la carrera que sus padres soñaban para ella. Pronto se dio cuenta de que quizás su vocación no era la contaduría, pero no quería defraudarlos. Estudiar siempre había sido su punto fuerte, así que continuó hasta recibirse años más tarde, ya en otra universidad, una privada.

Para entonces ya se había casado con Fernando, y él insistió en que su título sería más prestigioso si provenía de una institución privada.

Sin embargo, no hubo mucha diferencia, porque apenas se recibió quedó embarazada de los mellizos, y nunca pudo ejercer. Le hubiera gustado aprovechar todas las oportunidades que surgieron mientras estudiaba. Quién sabe cuántos trabajos exitosos habría tenido si hubiera podido aplicar a alguno de los puestos que le ofrecían sus profesores.

El camino de la maternidad la alejó de todas las chicas que alguna vez fueron sus amigas. Ellas se enfocaron en sus carreras y Brenda en sus hijos. Una maternidad que tanto había deseado, pero que a veces la hacía preguntarse qué habría pasado si hubiera decidido ejercer y no ser solamente “mamá”.

Fue entonces cuando Daniela le pidió una foto de su esposo para realizar el fotomontaje del aniversario.

Brenda buscó una imagen en su teléfono y se la envió. Era fácil encontrar fotos de Fernando en las redes: era un empresario conocido por haber iniciado su propia financiera de proyectos tecnológicos desde cero y alcanzar el éxito en poco tiempo. Brenda podría haberle dicho a Daniela que buscara alguna en la web, pero en cambio le envió una foto de aquel Fernando joven, el que le sonreía enamorado diez años atrás.

—Muchas gracias, señora. Ahora mismo veo el archivo y comienzo el fotomontaje para que… Daniela dejó la frase inconclusa. Al abrir la imagen, retrocedió un paso, como si algo la hubiera golpeado. Su respiración se entrecortó y por un instante pareció perder el color.

—No… no puede ser su esposo…

Brenda la miró sin comprender. Las palabras no parecían tener sentido. ¿Por qué se veía tan alterada? ¿Por sorpresa? ¿Por admiración? No… la expresión de la joven era miedo.

—Sí, él es mi esposo. Fernando Acosta.

Daniela, tratando de recomponerse, forzó una sonrisa. Brenda ya estaba impaciente por retirarse. Aquella sesión había sido incómoda y lo último que quería era permanecer más tiempo allí. Pero Daniela no podía evitar pensar que esa dulce y melancólica mujer no podía ser la esposa de aquel… monstruo.

—En cuanto esté listo, la llamaré —logró decir.

—Gracias. Me retiraré ahora. Oh, le avisaré a mi esposo que ya no es necesario que se presente por aquí. Tranquila. Y gracias por tu tiempo.

Brenda salió del estudio con una sensación extraña.

De camino a la guardería, no podía dejar de pensar en la cara de la joven al ver el rostro de Fernando. Su expresión había sido de miedo, más que de sorpresa o admiración.

¿Miedo a qué? ¿Acaso conocía a Fernando? Seguramente sí… todo el mundo lo conocía. Estaba nominado al Premio de Empresario del Año.

Al llegar, estacionó en la puerta. Sus mellizos, de cuatro años, corrían hacia ella con los brazos abiertos. Brenda era la única que se ocupaba de ellos. Nunca tuvo niñeras, no porque no pudiera permitírselo, sino porque quería ser una madre presente, ya que su padre estaba ausente la mayoría del tiempo. Aunque en ocasiones especiales, los dejaba en la guardería del centro.

Los recibió con besos, abrazos y un amor que le sanaba el alma. Con ellos se convertía en una supermamá, sin espacio para otro rol.

Cuando llegaron a casa, Fernando ya estaba ahí. Vestido impecablemente. Los mellizos corrieron hacia él y los envolvió con sus brazos… apenas unos segundos.

—Los extrañé demasiado.

Uno de los niños intentó trepar por sus piernas, y Fernando gritó:

—¡No te atrevas! ¡Todavía estoy vestido para algo importante!

El pequeño comenzó a llorar, primero bajito, y luego con toda la angustia que su cuerpito podía soportar.

—Ven aquí, pequeño —intervino Brenda—. Dejemos a papá cambiarse.

No quiso reclamarle. Apenas entró a la sala, vio al equipo de Fernando en el living.

—¿Por qué estás así vestido? ¿Hay una reunión de la que no sabía? —preguntó Brenda.

—Claro que sí. Quizás la más importante de tu vida, considerando que esta casa se paga gracias a los clientes de mi empresa. Así que te pido que te vistas bonita y te prepares para recibir a un invitado. Es muy importante. Es mi futuro cliente. No pudo llegar antes porque su vuelo se demoró, pero estará aquí en cualquier momento.

Fernando se dirigió a la vinoteca. De espaldas, agregó:

—Es mi casa, ¿verdad? Puedo traer un invitado, ¿cierto, señora?

Brenda escuchó risas en el living. Él sabía que lo escuchaban, pero no le importaba.

Con las mejillas rojas, subió a los niños a su habitación y luego se dirigió a la suya para cambiarse.

Fernando nunca llevaba clientes a su casa. La empresa era su templo. ¿Quién sería tan importante como para abrirle las puertas de su hogar?