Universo 1

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Sinopsis

Todo sucede en el 1890 en un pueblo lleno de mitos. Cuando los animales de la zona comienzan a aparecer despedazados y una figura pálida toma el control de la extracción, Pablo y un grupo de campesinos deciden investigar. Lo que encuentran en los túneles más profundos no es cobre, sino una red de jaulas, sacrificios.

Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

El origen

Año 1890:

En la casa hacienda se oyen los gritos de Amanda, a sus treinta años se convierte en madre primeriza. El rumor de su embarazo se propagó por todo el pueblo. Para muchos un misterio ya que ella no puede tener hijos. Incluso los sacerdotes locales quisieron llevarla acusándola de brujeria pero gracias a sus influencias de la familia de su esposo, no se dio. Pablo, el esposo de Amanda camina apresuradamente hacía el cuarto de Amanda. Al abrir la puerta observa, un bebé llorando a la luz de la vela y Amanda semi inconsciente que le sonríe. Las criadas quitan al bebé de los brazos de su madre para su posterior limpieza. Amanda, adolorida, siente sus párpados pesados. Los recuerdos del pasado llegan a su mente uno tras otro, hasta que finalmente se queda dormida. Mientras es lavada con paños calientes, la ropa junto con las sábanas ensangrentadas son cambiadas.

Pablo observaba a su hija dormir, piensa en el nombre que le pondría, la niña duerme en su cuna. Luego se dirige a ver a su esposa, ella dormía profundamente, le da un beso en la frente. Respira hondo, toma sus maletas y se retira. Le dice a la criada que se va de viaje a la ciudad a comprar insumos. Amanda despierta está sola, ya amaneció. observa el amplio cuarto y se dispone a levantarse, le llega un dolor agudo en su vientre sus piernas están temblorosas se mantiene quieta hasta que le pasa con un poco de dificultad llega al cuarto de la niña al abrir la puerta, despierta a la criada que levantaba la cabeza de la mesa, somnolienta solo llegar a decir señora como amenecio.

—¿Y el bebé? —pregunta Amanda —esta en la cuna responde la criada luego se retira con la cabeza agachada.

El bebé al escuchar el ruido de las voces empieza a llorar. Toma al bebé y lo mece en sus brazos luego lo amamanta hasta que esté se vuelve a dormir. El dia transcurre tranquilo acompañado con las pisadas de las criadas al hacer sus deberes.Al mediodía, Pablo llegó a la casa cargando varias bolsas repletos de verduras frescas. Llevaba también una mochila de cuero envejecido al hombro, con manchas de tierra en la parte inferior. Amanda lo recibió en la puerta de la casa,que tenía una fachada de adobe blanqueado, ventanas de madera pintadas de azul celeste y un pequeño jardín al frente donde crecían girasoles y albahaca.

Apenas lo vio, le preguntó con un tono de reproche: —Te desapareciste… ¿Dónde andabas? Pablo soltó una breve risa, cansado pero tranquilo, mientras dejaba las bolsas sobre la mesa de madera.—Fui al mercado, amor. ¿Cómo te sientes?—Estoy mejor —respondió Amanda con enojo, acomodándose el cabello detrás de la oreja.—¿Y el bebé? —preguntó él, mirando hacia el interior de la casa.—Está en el cuarto —respondió ella, señalando con la mano hacia una de las dos habitaciones que tenía la vivienda.Pablo entró con pasos silenciosos al cuarto, donde una cuna de madera ocupaba el rincón más cálido.

—He estado pensando en el nombre que le pondremos a nuestra hija —dijo él, rompiendo el silencio—. Quiero llamarla Soledad. Antes de conocerte, mi vida era así… vacía, solitaria.

—Yo también era solitaria —susurró ella—. Cuando era niña, mis padres se separaron y me dejaron con familiares. Tuve una pelea con sus hijos;y un día me echaron a la calle. Pasé un tiempo deambulando, hasta que unas señoras me llevaron a un albergue… y luego nos conocimos.

Él tomó su mano y dijo:

—El pasado nos trajo hasta aquí… lo importante es que estamos juntos hoy.

Ella lo miró —Entonces la llamaremos así, Soledad —añadió él con una sonrisa—. Nos recordará que, en nuestra soledad, nos encontramos el uno al otro. Y fruto de nuestras soledades, nació ella.

Su hija dormía plácidamente, envuelta en una manta tejida a mano. Con una expresión más serena le comentó a Amanda mientras comenzaba a guardar las compras:

—La mujer que me atendió, María, me contó algo extraño… dice que sus animales han desaparecido. No solo los de ella, sino también de los vecinos de la zona. Gallinas,perros... Incluso ovejas. Como soy el regidor del pueblo, tengo que ir mañana temprano a investigar. Me acompañarán algunos campesinos.

La tarde transcurrió tranquila. Amanda se sentó en una mecedora cerca de la ventana, con hilo entre los dedos y una aguja fina. Tejía con cuidado una pequeña manta blanca, mientras de tanto en tanto desviaba la mirada hacia la cuna donde su hija dormía, envuelta en otra manta similar.

Las criadas se movían en silencio por la cocina de ladrillos, encendiendo la leña, lavando verduras, preparando la cena con la rutina precisa que los días les habían enseñado. Afuera, Pablo cavaba huecos con una pala de mango largo. La tierra estaba dura y seca. Marcaba con estacas de madera el perímetro donde pensaba colocar un cerco de alambre para proteger el jardín trasero y los animales de cría. El sudor le bajaba por la frente, pero no se detenía. Al caer la noche, el cielo comenzó a oscurecerse, la brisa se volvió más fresca y los sonidos del campo bajaron su volumen. La casa se llenó del aroma a sopa caliente y pan recién horneado. Comieron casi en silencio.Esa noche, mientras Pablo dormía profundamente, Amanda se dirigió al almacén. Sentada frente a la lámpara de aceite, leía algunas cartas que había recibido del albergue. Las letras eran firmadas con cariño y llenas de bendiciones por el nacimiento de su hija. Una sonrisa leve se dibujaba en su rostro, aunque sus ojos se notaban cansados.

Al leer la última carta, una brisa suave se coló por la ventana entreabierta. Movió ligeramente las cortinas y las llamas de la lámpara titilaron con un sonido apenas perceptible. Amanda miró hacia la ventana, pero no vio nada extraño. Volvió a doblar la carta con delicadeza, la guardó en su caja de madera, la lámpara parpadeó, Amanda alzó la vista. Y entonces, sin previo aviso, la luz se apagó.

La oscuridad llenó la sala, espesa y callada. Amanda dio unos pasos inseguros, tropezó con una silla y cayó de rodillas. Siguió a gatas hasta dar con la mesa donde solían guardar los fósforos.

Apenas los tomó, la luz regresó sola. La llama se alzó otra vez. Amanda parpadeó, confundida. Enseguida fue al cuarto a ver a su hija, estaba durmiendo profundamente en la cuna, envuelta en una manta blanca. A su lado, sobre la almohada, brillaba una pequeña esmeralda triangular de un verde intenso.

Amanda la observó con curiosidad. No recordaba haber visto nunca esa piedra en casa. La tomó con cuidado entre los dedos, y justo entonces la puerta se abrió con un leve chirrido.

Era Pablo.

—¿Esto es tuyo? —preguntó Amanda, mostrando la esmeralda.

Él frunció el ceño.

—No… —respondió.

—La encontré en la cuna del bebé —dijo ella, con el rostro pálido.

Por un momento, el silencio llenó la habitación. Pablo miró a su esposa, notó su respiración agitada, y mintió para calmarla.

—Ah si, es mía —dijo al fin—. La estaba buscando.

Amanda lo miró en silencio, pero algo en su voz le hizo dudar. —¿Qué ocurrió? —preguntó, acercándose. Amanda lo miró.—Se apagó la lámpara de la nada —dijo con voz baja—. Y escuché algo… o tal vez fue solo mi mente.

Pablo tomó una lámpara y recorrió la sala, mirando con atención cada rincón. Luego salió al patio y caminó hasta la casa de las criadas. Tocó la puerta, y del otro lado una voz somnolienta respondió.—¿Han notado algo extraño?—No, señor —contestaron—, todo está en calma.

Regresó con Amanda. Ella seguía sentada, mirando hacia el piso, inmóvil. —No hay nada —dijo él con suavidad—. Quizás fue la madera, o el viento. Amanda asintió, aunque su mirada no se movió.

Al día siguiente, el sol apenas comenzaba a asomar cuando Pablo abrió los ojos. Amanda dormía aún, serena, abrazada a la manta. Con cuidado, se levantó para no despertarla. Bajó las escaleras y encontró a las criadas ya despiertas, con el desayuno servido en la mesa: pan, café, algo de queso fresco.

Después de comer en silencio, se colocó su sombrero y su chaqueta, y salió en dirección al punto de encuentro. Allí lo esperaban María y varios vecinos del pueblo. Algunos llevaban palos, escopetas, otros perros pastores. Todos con el rostro serio y el paso firme.

Ascendieron juntos por el sendero que los llevaba a la montaña donde solían pastorear los animales. Era un terreno rocoso, con arbustos bajos y piedras dispersas, donde el viento soplaba con fuerza.

Mientras caminaban por el sendero polvoriento, comentó lo sucedido la noche anterior: que la lámpara se había apagado sin razón y luego encendido sola. Algunos hombres asintieron con seriedad y contaron que también habían ocurrido cosas extrañas en las últimas semanas.

Uno de ellos mencionó que, en el corral de su casa, las paredes habían amanecido manchadas de sangre. Otro aseguró haber escuchado ruidos cerca del establo, como si los animales se inquietaran sin motivo.

A Pablo le llegaron recuerdos de su infancia cuando jugaba con sus vecinos y oía escuchar a sus abuelos conversar sobre la existencia de seres diminutos llamados mukis (duendes) inofensivos y traviesos que cumplían deseos. Que habitaban por las montañas y a los forasteros que pasaban si eras amables con ellos te regalaban cosas de oro y si los molestabas te absorbían tu energía vital hasta causarte la muerte.

Durante casi una hora buscaron entre matorrales, detrás de árboles y alrededor de cuevas naturales. Hasta que, detrás de unas grandes rocas grises, encontraron los primeros indicios: mechones de lana blanca pegados a la piedra, y más adelante, un charco de líquido espeso con un extraño tono verdoso.

Pablo se inclinó para observarlo con atención, mientras los perros ladraban inquietos. Sin decir palabra, los hombres continuaron siguiendo las marcas. Las huellas, disueltas entre piedras y barro, formaban un sendero irregular que bajaba por la montaña.

Cuando llegaron a la ladera de la montaña, los hombres se detuvieron ante una escena desconcertante: varias ovejas yacían muertas, destripadas, con cortes profundos en el cuerpo. Cerca, dos hombres armados con escopetas vigilaban el lugar con gesto sombrío.

Sin perder tiempo, los campesinos cargaron sus armas y se repartieron para explorar los alrededores, buscando rastros de algún animal salvaje. Las huellas los condujeron hasta una vieja mina abandonada. Allí, bajo la sombra del mediodía, encontraron a un grupo de mineros locales del pueblo trabajando entre el polvo y el ruido metálico de las herramientas.

El sol estaba en lo más alto, y el aire caliente hacía que el polvo se pegara a la piel. Pablo y los campesinos se detuvieron a cierta distancia de la entrada de la mina. El sonido de los picos y palas rebotaba en las paredes de roca, creando un eco metálico que parecía multiplicarse dentro de los túneles.