𝙻𝚘𝚟𝚎 𝙼𝚊𝚣𝚎 ♛

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Sinopsis

"Él domina el juego. Ella está a punto de dominarlo a él." ¡¡Prohibido copiar o adaptar la historia!!🚫 Respeto a la historia, si tienen sugerencias son muy bienvenidas ✌🏻 Historia 100% Original ‼️‼️ Al leer, no te olvides de votar; y recomendar a tu amigos 👐🏻🫶🏻 XOXO, Scarlett💋

Estado:
En proceso
Capítulos:
21
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5.0 1 reseña
Clasificación por edades:
18+

Ante la mirada del Rey

La campanilla sonó justo cuando Naya intentaba recuperar el aliento. Era viernes, la hora en que la cafetería se convertía en un pequeño caos de pedidos, bandejas apiladas y clientes impacientes. Llevaba las mangas arremangadas y el delantal con más manchas de café de las que podía contar. El aroma del espresso recién molido llenaba el local, mezclándose con el bullicio de la calle que entraba cada vez que la puerta se abría.

—Naya, toma este pedido —ordenó Rosa desde la máquina, sin mirarla siquiera— Y recuerda sonreír. Los clientes lo agradecen.

Naya apretó los dientes. Ojalá las sonrisas pagaran el arriendo. Se secó las manos en el delantal, tomó la bandeja y avanzó hacia el mostrador... hasta que lo vio.

Otra vez él. El hombre de la gorra negra estaba ahí, apoyado en el mostrador como si le perteneciera. No hacía nada especial: solo revisaba el menú con una calma sospechosamente segura. Y aun así, su presencia llenaba el lugar. Tenía la mandíbula marcada, la piel impecable y ese maldito piercing en la ceja que brillaba con la luz blanca de la cafetería. Sus ojos, oscuros y atentos, se elevaron en cuanto ella se acercó y Naya respiró hondo.

—¿El de siempre? —preguntó, manteniendo su voz neutral.

Él arqueó una ceja, como si la pregunta lo divirtiera.

—Así que te lo aprendiste.

—Vienes todos los días a la misma hora —respondió sin pensarlo— Sería raro no saberlo.

Él inclinó la cabeza, como si analizara algo invisible entre ellos.

—Me gusta. Kim... Nayara, ¿verdad?

El modo en que pronunció su nombre le provocó un cosquilleo incómodo en la boca del estómago y era una mala señal.

—Naya está bien. ¿Algo más?

—Sí. —Sonrió con una facilidad peligrosa— Deberías sonreír más. Te queda mejor que esa expresión de guerra.

El comentario le cayó como un balde de agua fría. ¿Quién demonios se creía?

—¿Desde cuándo les das consejos de actitud a desconocidas?

Él soltó una risa suave, casi perezosa.

—Desde que una desconocida me mira como si fuera a lanzarme una taza de café.

Naya sintió las mejillas encenderse. No porque tuviera razón, sino porque la había visto demasiado bien.

—Voy a preparar tu café —dijo, dándose vuelta antes de perder la paciencia.

Mientras avanzaba hacia la máquina, sintió su mirada siguiéndola, recorriéndola con descaro estudiado. No era una mirada lasciva, era algo peor: parecía observarla como un enigma. Ella entregó el expreso sin mirarlo directamente.

—Gracias, Naya —dijo él al tomar el vaso— Hasta mañana.

La seguridad con la que lo dijo la perturbó mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir. El resto del turno transcurrió entre charlas, pedidos y la misma rutina agotadora de siempre. Cuando por fin llegó su descanso de diez minutos, Naya caminó hacia la mesa del fondo con la sensación de que llevaba cargando un día entero sobre los hombros.

Sacó su celular, se puso los audífonos y abrió League of Legends. Nunca había tenido una PC decente en casa. Aprendió a jugar en teléfonos de segunda mano, en computadores viejos de bibliotecas públicas, en salas comunales donde la gente la veía como si no encajara. Pero ahí, entre héroes y combos, encontraba algo parecido a la paz.

La partida cargó. Sus dedos se movieron con fluidez, como si hubieran nacido sabiendo dónde ir. Minuto y medio después, una sombra cayó sobre su mesa.

—¿Entrenando? —preguntó una voz masculina.

Ella se congeló. Ya conocía esa voz. Levantó la mirada. Ahí estaba él, otra vez, con el vaso vacío que claramente había agarrado de cualquier mesa abandonada.

—¿Qué haces aquí? —preguntó, quitándose un audífono.

—Vine por otro café —mintió con absoluta descaro, levantando el vaso vacío— Pero esto es mucho más interesante.

Naya frunció el ceño.

—Estoy en mi descanso.

—Lo noté —Se inclinó un poco para ver la pantalla— ¿Estabas haciendo un combo con Yasuo?

Ella abrió los ojos. Nadie reconocía un combo tan rápido, a menos que fuera jugador de alto nivel... o muy obsesivo.

—¿Tú juegas League of Legends? —preguntó, intentando no sonar impresionada.

—Un poco —respondió él, como quien dice “toma agua de vez en cuando”.

Naya volvió a la pantalla, ignorándolo. Él no.

—Tus manos —murmuró— Son rápidas.

El comentario la atravesó. No por coqueto, sino porque sonó a constatación, no a halago.

—Es práctica —dijo, sin verlo.

—No, no lo es —Se sentó sin pedir permiso— Es talento.

Ella tragó saliva. Algo en su pecho comenzó a latir más fuerte.

—¿Y a ti qué te importa?

—Digamos que tengo buen ojo —respondió él, apoyando los brazos sobre la mesa— ¿Quieres probar algo? Abre una partida personalizada.

—¿Para qué?

—Para descifrarte —dijo, con una sonrisa que era mitad reto, mitad provocación.

La palabra le vibró en el estómago. Descifrarme.Había algo profundamente inquietante en que ese extraño lo dijera con tanta naturalidad. Aun así, abrió la partida. Él guardó silencio todo el tiempo. No intervino, no opinó, no hizo preguntas. Solo la siguió con los ojos, atento a cada mínimo gesto.

Estudiaba cómo movía la cámara, cómo reaccionaba, cómo calculaba tiempos y rutas. La intensidad de su mirada la hizo sentir expuesta, casi desnuda en términos técnicos. Cuando terminaron, él soltó un susurro que no pareció ir dirigido a ella, sino a sí mismo.

—Esto no es normal.

—¿Qué no es normal? —preguntó Naya.

Él levantó la mirada. Tenía los ojos brillantes.

—Lo que haces con los dedos —dijo— La forma en que respondes al mapa. No eres una jugadora casual. Tienes reflejos que no se entrenan. Se nacen con ellos.

Naya sintió la piel erizarse, como si alguien hubiera pronunciado un secreto que ni ella sabía.

—No lo digas como si supieras quién soy.

—No lo sé —admitió él— Por eso quiero averiguarlo.

La frase flotó entre ellos, pesada, casi peligrosa. Ella cruzó los brazos, intentando protegerse de algo que no sabía nombrar.

—No deberías coquetear conmigo. No me conoces.

—¿Y si quiero conocerte? —preguntó él, sin apartar la mirada.

—No soy como las chicas que seguramente buscas.

Él la observó en silencio, sin juicios y sin prisa.

—Eso ya lo sé.

La sinceridad del comentario le provocó un nudo en el estómago. Un silencio espeso cayó entre ellos. Ninguno apartó la mirada.

Fue él quien la rompió, inclinándose apenas. Lo suficiente para que ella se tensara. Sus ojos bajaron a los labios de Naya. Ella al darse cuenta tragó saliva.

—Si me acerco más —susurró él— no responderé por mí.

El corazón de Naya dio un salto descontrolado. Retrocedió un centímetro. Ese único movimiento lo hizo sonreír, satisfecho.

—Tengo que volver —dijo ella, levantándose con torpeza.

—Nos veremos mañana, Naya —respondió él, como si fuera un hecho inevitable.

Ella no contestó. Caminó hacia la barra sintiendo la respiración desordenada. Cuando él finalmente salió del café, Rosa se acercó con el ceño levantado.

—¿Estás bien? Te ves... roja.

—Debe ser el calor —mintió Naya.

Pero no era el calor. Era él, ese desconocido que la miraba como si estuviera a punto de desarmarla con solo observarla. Ese hombre que la descolocaba con la facilidad de alguien que sabía exactamente qué decir y cuándo decirlo.

Y aunque ella no tenía forma de saberlo todavía... Ese cliente misterioso no era un hombre cualquiera. Era el jugador más temido del circuito, el campeón invicto de los E-sports, era el rey del código. Era KINGCODE.

El peor enemigo para una novata como ella. Y tal vez el peligro más grande para un corazón que nunca había conocido el cariño.