Renacer

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Sinopsis

Una historia sobre la lucha entre la sed de poder y el amor verdadero. Un romance prohibido que une a un Vampiro y a una Armonizadora, seres destinados a desafiar las leyes de su mundo para permanecer juntos.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
Joshua Gómez
Estado:
En proceso
Capítulos:
4
Rating
5.0 1 reseña
Clasificación por edades:
16+

Renacer

Audrey despertó sobresaltada, la respiración agitada y el corazón golpeando con fuerza en su pecho. El sueño volvió a repetirse: una oscuridad inquietante, el susurro de una voz que se deslizaba entre la brisa, y unos ojos que la atravesaban con un anhelo imposible de ignorar. No recordaba un rostro, pero sí la certeza de una conexión que desafiaba toda lógica, como un hilo invisible que la mantenía unida a aquel ser.

Audrey se incorporó lentamente, la luz de la luna filtrándose a través de las cortinas con sus destellos plateados. Un sudor frío perlaba su frente y los últimos fragmentos del sueño aún cruzándose por su cabeza como sombras que se resistían a desvanecerse.

Se levantó, sus pies descalzos chocando con el suelo helado. Caminó hacia la ventana, arrastrando un poco los pies, como si cargara en ella el peso de la noche. Al llegar, su mirada se perdió en el paisaje grisáceo del exterior, donde las sombras de los árboles se alargaban y se retorcían con la brisa. Por un instante, se sintió absorbida por la quietud del mundo, pero una sensación extraña la hizo estremecerse. Era como si alguien, o algo, la estuviera observando desde la distancia.

Con un escalofrío recorriendo su espalda, se apartó de la ventana, sintiendo que el aire se volvía más denso a su alrededor. Decidió que lo mejor era regresar a la cama, envolverse en las sábanas y tratar de dormirse nuevamente.

El insomnio, disfrazado de ansiedad, era el ladrón que se robaba sus noches. Intentaba entender qué le sucedía, pero las respuestas huían de sus preguntas, dejando solo el eco de sus pensamientos. Era el mismo presagio que, en el silencio de las madrugadas, le susurraba que estaba a las puertas de la verdad más grande de su vida.

Al pasar la noche, el amanecer rompía la quietud de la ciudad de Billings con destellos de luz que se colaban entre las ventanas y las hojas de los árboles, anunciando un nuevo día cargado de esperanza. En este lugar acogedor y lleno de vida, habitado por personas de diferentes culturas, vivía Audrey. Ella se despertó como era de costumbre, pero con la diferencia de aquella sensación de días anteriores. Sintiendo que algo especial en su interior llenaba su vida con una fuerza extraordinaria; una energía que nunca antes había sentido en su ser.

Audrey se removió en la cama. Las pocas horas de sueño apenas habían logrado disipar la neblina de la noche. Al abrir los ojos, su mirada se clavó en el póster que dominaba la pared frente a ella. Las letras, impresas en un estilo llamativo, parecían animarle: “Sé lo que quieres ser, porque algún día nada serás.”

Ese recordatorio, era un regalo de su padre, él ya no estaba con ella; la muerte lo había arrancado de su vida, dejando un vacío imposible de llenar. Sin embargo, cada día sentía esas palabras como si fueran un consejo que él le susurraba desde algún lugar lejano.

Dos lágrimas, pequeñas y silenciosas, comenzaron a deslizarse por su rostro. Por un instante empañaron el verde intenso de sus ojos, ese mismo verde que había heredado de él. Y en ese reflejo, en esa chispa compartida, Audrey encontró la certeza de que su padre seguía acompañándola, aunque fuera desde su memoria.

Se incorporó, y mientras se sentaba, el recuerdo de su padre y el mensaje del póster resonaban en su mente, esto, se había vuelto un detonante de motivación para ella, impulsándola a vivir la vida a su manera, con algunos temores pero sin miedo a enfrentarlos.

Mientras se preparaba para ir al instituto, se preguntaba si aquella inusual sensación estaba conectada con las historias que su abuela Loida solía contarle sobre un linaje antiguo y seres misteriosos, aquellos que vagaban en la noche: los vampiros. Aunque siempre había considerado esos cuentos como ficción y nada de eso había sido de mucha importancia para ella, pero ahora, algo en su ser le decía que no todo en este mundo es lo que parece.

—Siento que hoy va a ser un día especial —murmuró para sí misma, mientras ataba sus zapatos deportivos y se echaba una última mirada al espejo, para terminar de acomodarse su cabello, que era de un rojo cobrizo intenso y caía como una cascada sobre su espalda.

Al llegar al instituto, el ambiente estaba lleno de murmullos, risas y conversaciones que giraban alrededor de las últimas tendencias en redes sociales. La escuela era un lugar demasiado bullicioso, un ambiente muy distinto al silencio que ella tanto adoraba. En una de las aulas, un grupo de amigos se reunía para compartir. Entre ellos estaba Danna, su mejor amiga, con una sonrisa radiante. Danna era un torbellino de energía y optimismo, con el cabello corto y liso de un tono rubio vibrante. Tras notar la mirada distante de Audrey, Danna se acercó con voz amable:

—¿Todo bien, Audrey? —preguntó Danna, esbozando una sutil sonrisa—. Te veo pensativa hoy, como si algo te tuviera preocupada.

Audrey suspiró suavemente y ofreció una media sonrisa, intentando ocultar la tormenta que había en su interior.

—Sí, es que... me desperté con la extraña sensación de que algo grande está por suceder —mientras hablaba, la mirada de Audrey se perdió en la distancia, como si estuviera atrapada en sus propias palabras.

—Que extraño, amiga —respondió Danna observando a Audrey con una mezcla de preocupación y curiosidad, fijando sus ojos azules en ella—. ¿Y por qué tienes esos pensamientos tan particulares?

—Ni yo misma lo sé con certeza... Pero, ¿Alguna vez has considerado que no estamos solos en el universo y que las viejas historias sobre vampiros, magos y otras criaturas sombrías podrían tener un trasfondo verdadero?

—Uummhh no, jamás he pensado en eso —dijo Danna, su voz teñida de desconcierto—. Solo he visto ese tipo de cosas en películas y series, no creo que sean reales en nuestro mundo y si así fuera que terrible sería.

El murmullo de la conversación se deslizó entre opiniones del tema. Mientras los demás compañeros se unían a la charla, Audrey sentía que cada palabra revelaba una nueva parte de sí misma, haciéndola más consciente de la fuerza que habitaba en su interior. En ese instante, entre chistes y bromas, ella comprendió, que lo que sentía no eran simples cambios hormonales, que algo muy diferente a eso estaba ocurriendo en su ser. Esto era el fuego del renacer, el primer paso hacia el descubrimiento de su verdadera naturaleza.

Al sonar el timbre para el comienzo de la primera hora de clases, Audrey, Danna y el resto se dispersaron a sus respectivas aulas. Audrey se dirigió a la clase de historia de la profesora Omaira Gómez. Al cruzar la puerta de aquel salón, se encontró con un ambiente cargado de murmullos y miradas de complicidad, que le causaron mucha intriga, como si algo nuevo e interesante estuviera pasando. Al recorrer el salón con su mirada, sus ojos se posaron en un nuevo estudiante sentado al final del aula, que ya la estaba mirando fijamente, sus ojos negros profundos, le transmitían una presencia inusual, casi magnética, que la atrajo completamente.

El corazón de Audrey se aceleró ante la mirada de él, como un cordero que se rinde ante su depredador, una mezcla de desconcierto y una atracción inexplicable la invadía mientras buscaba asiento. Finalmente llegó a su silla y ocupó su lugar, pero incapaz de resistir, giró la cabeza sutilmente. Sus ojos se encontraron de nuevo, y la sonrisa enigmática de él, cargada de un misterio seductor, la dejó sin aliento.

La luz del sol se filtraba a través de las ventanas del aula, iluminando los rostros de los estudiantes, que parecían más interesados en sus teléfonos que en la historia. La profesora Omaira, con su cabello recogido y gafas sobre la nariz, se plantó frente a la clase, lista para desafiar a sus alumnos.

—Hoy vamos a hablar sobre las épocas que marcaron el mundo. ¿Alguien puede mencionar un evento significativo de la Edad Media? —preguntó, mirando a su alrededor.

El silencio era abrumador. Miradas vacías y cabezas gacha. Nadie parecía dispuesto a participar. Unos segundos de tensión se alargaron, y la profesora Omaira suspiró, lista para pasar a la siguiente pregunta.

Pero entonces, desde la parte trasera del aula, una voz clara y segura interrumpió el silencio. —La caída de Constantinopla en 1453. Fue un punto de inflexión en la historia, marcando el final de la Edad Media y el comienzo de la Edad Moderna.

La profesora Omaira se volvió, sorprendida. —¿Quién ha hablado? —preguntó, escaneando el aula.

Él estaba allí, con una expresión tranquila y decidida, como si nada le causara incomodidad o susto. Los ojos de sus compañeros se abrieron en asombro, algunos murmurando entre sí.

—Esa es una respuesta excelente -dijo la profesora Omaira, sonriendo. Luego, con curiosidad, añadió—: ¿Y cómo te llamas?

Sintiendo todas las miradas clavadas en él, apoyó los brazos sobre el pupitre. Dio un respiro profundo, levantó la vista, sus ojos fríos y seguros primero buscaron a la profesora Omaira, pero luego desviaron su rumbo para fijarse en Audrey. Con una voz firme y clara, dijo: —Mi nombre es Kilian. Kilian Visconti.

Un murmullo recorrió la clase, y algunos se miraron entre sí, intrigados. La profesora Omaira sonrió, satisfecha con la respuesta y el nuevo interés que Kilian había despertado.

—Bienvenido, Kilian. Espero escuchar más de ti en las próximas clases.

El timbre sonó, resonando por el aula y marcando el fin de la clase de historia. Los estudiantes comenzaron a levantarse, recogiendo sus cosas y charlando animadamente.

El sonido de los pasos de la profesora Omaira se fue alejando por el pasillo, dejando el aula casi en silencio. La mayoría de los estudiantes ya se habían ido, pero Audrey se quedó un momento más, recogiendo sus libros con calma. Todavía recordaba la mirada de Kilian, ese cruce de ojos que habían tenido al final de la clase, y se preguntaba quién era realmente y qué estaba pasando con él.

Fue entonces cuando lo vio.

Kilian Visconti estaba parado en el marco de la puerta, como si estuviera esperando a alguien.

Audrey terminó de recoger sus cosas para salir del salón, y el sonido de sus pasos rompió el silencio. Kilian se enderezó al verla venir, y su mirada se fijó en ella, sin ninguna distracción.

Salió a su encuentro para acercarse a ella, con paso seguro, pero sin ninguna prisa. Cuando estuvo a unos pasos, se detuvo.

—Audrey —dijo su voz, un murmullo que sonó claro en el aula casi vacía. Era una voz profunda, con un tono que Audrey no lograba definir del todo.

—¿Cómo sabes mi nombre? —tartamudeó Audrey, su voz baja y nerviosa.

Kilian soltó una risa suave, un sonido seductor que pareció envolverla. —Creo que todos aquí conocen quién eres. Eres bastante popular en este instituto.

Audrey frunció el ceño, para intentar ocultar su desconcierto.

—Aún así, me parece extraño que, llegando hoy, ya sepas quién soy —insistió ella, intentando mantener la compostura.

La mirada de Kilian se intensificó, volviéndose aún más penetrante. Parecía que no solo veía lo que tenía delante, sino que era capaz de desnudar cada pensamiento de ella, dejándola completamente expuesta. Audrey no pudo soportar aquella mirada y desvió los ojos rápidamente. Justo en ese momento, la profesora Janire llamó a Audrey para hablarle de un compromiso pendiente. Cuando Audrey se disponía a marcharse, vio a Kilian sonreír.

—Te conozco tanto —murmuró Kilian, con su voz baja rozando la piel de su oído—, que si alguna vez olvidas quien eres, seré yo quién te lo recuerde.

Audrey mantuvo el rostro inclinado hacia el suelo, y lo miró de reojo a través de sus pestañas, marchándose más confundida de lo que jamás hubiera imaginado.

La conversación, llena de un lenguaje seductor y misterioso, se sintió como una confesión: como si sus vidas estuvieran entrelazadas en un destino mayor que ellos mismos. En ese instante, en medio del bullicio del instituto, la chispa de lo inexplicable se encendió en Audrey. Estaba segura que aquella mezcla de nerviosismo, asombro y la aparición de ese chico misterioso no era fruto del azar, sino la respuesta a sus preguntas, y el comienzo de un pasado que había llegado para reclamar su presente y su futuro.

El sol comenzaba a descender, tiñendo el cielo de un tono rojizo. El autobús escolar rugía suavemente mientras se alejaba del instituto, serpenteando por la carretera. Audrey, sentada junto a la ventana, apoyaba la frente en el cristal, con los auriculares puestos y la mirada perdida en el paisaje que se deslizaba como una acuarela viva.

En una curva del camino, justo antes del cruce hacia la colina, el autobús redujo la velocidad. Allí, bajo la sombra de un árbol solitario, estaba Kilian. Apoyado contra su moto negra, con el casco colgando de una mano y la chaqueta de cuero abierta, como si el viento le perteneciera. No estaba allí por casualidad.

Audrey lo vio. Él la vio.

Sus miradas se encontraron a través del cristal. Ella, con los ojos aún llenos de preguntas, de curiosidad, de esa chispa que solo se enciende cuando algo nuevo y peligroso aparece. Él, con la intensidad de quien no suele mirar dos veces, pero esta vez lo hace. Y lo hace lento. Como si quisiera memorizar cada trazo de su rostro.

El autobús volvió a acelerar. Audrey giró la cabeza, intentando mantener el contacto visual un segundo más. Kilian no se movió. Solo una leve sonrisa, apenas perceptible, se dibujó en sus labios. No era arrogancia. Sino el aviso de que ese primer encuentro no sería el último.

Tras un día cargado de emociones y con los ecos de diálogos resonando en su mente como un coro, Audrey buscó refugio en su habitación. Este espacio, un santuario personal adornado con pósters de bandas alternativas y el resplandor futurista de luces LED, era su particular isla de calma.

Encendió su laptop. Quería poner en orden sus pensamientos, quizás escribir algo para descargar la extraña energía que sentía. Abrió un documento en blanco, el cursor parpadeando en la pantalla, invitándola a escribir.

—¿Qué pasó hoy? —pensó—. La clase de historia, la presentación de la profesora Omaira... y luego él.

Al pensar en Kilian, una imagen extraña se le vino a la mente: la de un vampiro. Se sacudió la cabeza, negándolo mentalmente —Qué tontería, Solo es un chico con una mirada intensa—. Pero era innegable que todo lo que tenía que ver con él se sentía… diferente. Había algo en su forma de hablar, en su presencia, que la hacía sentir como si estuviera frente a una leyenda de épocas pasadas.

Intentó concentrarse en la rutina del día, en las conversaciones triviales con sus amigas, en el almuerzo. Pero su mente volvía una y otra vez a Kilian. Recordó cómo la miró cuando dijo su nombre, como si estuviera descifrando algo en su rostro. Y esa sonrisa casi indescriptible que le dedicó al despedirse.

—Es ridículo —pensó de nuevo—, imaginar cosas así —Pero la sensación persistía. Era como si hubiera un hilo invisible conectándola a él.

Decidió empezar a escribir, a ver si las palabras podían darle un poco de claridad a todo esto. Tecleó, con el ritmo de sus dedos sobre el teclado acompañando el latido de su corazón:

El día comenzaba en el instituto, y con el, la normalidad de un día cualquiera. Pero entonces, él apareció. Kilian Visconti. No es solo su nombre, es la forma en que la luz parece esquivarlo, la profundidad cautivadora de su mirada, que te atrapa y te hace olvidar dónde estás. Hoy, después de clase, nuestros caminos se cruzaron. Una conversación breve, casi insignificante para cualquiera, pero para mí… fue como si el aire se cargara de electricidad. Hay algo en él, algo que me atrae y a la vez me inquieta, algo que me hace pensar locuras. Y no puedo evitar preguntarme qué es lo que realmente esconde detrás de esa calma aparente, y por qué, de repente, todo lo que veo a mi alrededor parece un poco más… gris, cuando él no está a la vista.

Al terminar de escribir, Audrey se recostó en la silla, mirando la pantalla. Las palabras fluían, y aunque intentara evitarlo, la fascinación por Kilian se colaba en cada frase.

Con el silencio de la noche como testigo, Audrey tomó una decisión firme: abrazaría este renacer, incluso si significaba desenterrar los temores y secretos más profundos de su alma... Lo que aún no comprendía era cuánto de sí misma tendría que arriesgar para descubrirlo.