PRÓLOGO + CAPÍTULO 1
Hay momentos en los qué me arrepiento de tantas cosas, pero no puedo borrar el pasado y tengo qué aprender a vivir con ello por el resto de mi vida. Cometí error tras error y por más que trataba de aprender no podía, en este poco tiempo la vida me ha dejado una enseñanza la cual estoy tratando de aprender, necesito valorarme más.
¿Por qué me humillo tanto cuando estoy enamorada?
Me rebajo tanto por alguien que no vale absolutamente nada, hago de todo y soporto tanto para qué no se vaya.

CAPÍTULO 1
LUNA
Disfruto tanto estar al aire libre, sentada frente a una fogata, sintiendo el calor del fuego y la brisa fresca de la madrugada. Contemplar las estrellas, los árboles, escuchar los sonidos de los animales en la noche… pero, sobre todo, disfruto la compañía de mis amigos. O, mejor dicho, mi familia.
Todos estamos aquí, compartiendo momentos, riendo, bailando, cantando, jugando, olvidando por unas horas el caos de nuestras vidas. Son lo más preciado para mí y siempre lo serán. No importa lo que pase, ellos saben cómo hacerme sentir mejor.
Los pequeños viajes que hacemos juntos son lo que más amo en la vida. Porque durante esos días, nos olvidamos del desastre que nos rodea.

—Ya levántate, corazón —dijo Isabella moviéndome suavemente.
—Ya estoy despierta —murmuré con voz adormilada.
—Claro, claro —rio—. ¿Por qué tu casa está tan fría en la mañana?
—Porque es invierno —respondí, incorporándome con esfuerzo.
—Obvio lo sé, pero está helada.
—¿Quieres hot cakes? —la miré.
—Sí —se levantó de un salto y me siguió a la cocina.
Isabella y yo hemos sido mejores amigas desde la secundaria, aunque parece que llevamos juntas toda la vida. Me alegra tenerla en mi vida. Se quedó a dormir en mi casa porque vive más lejos y la universidad me queda más cerca a mí. Además, no me molesta; vamos a la misma universidad, aunque estudiamos carreras diferentes.
—Aún no se me quitan las ronchas de los piquetes de los malditos mosquitos —se quejó, mostrando sus brazos enrojecidos.
—Eso te pasa por no hacerme caso y no ponerte repelente. No porque haga frío significa que no habrá mosquitos.
—No me regañes —hizo un puchero, y yo me reí.
El ambiente era relajado hasta que Isabella cambió de tema.
—Qué mal que Christopher no pudo ir al viaje. Ya casi ni nos habla. ¿Tanto te odia?
Christopher es… era mi mejor amigo desde la secundaria. La mayoría de nosotros nos conocimos ahí.
Siempre fuimos inseparables, pero cuando empecé a salir con
Dylan, todo cambió. Dylan lo odia sin razón aparente… o quizás sí tiene una razón, una que no conozco. Lo cierto es que el odio entre ellos es mutuo.
—Creo que odia más a Dylan que a mí —respondí con una pequeña sonrisa amarga.
—Pues tú también te pasaste de lanza, Luna —me miró con seriedad—. Lo trataste de la peor manera posible. ¿Recuerdas cuando le dijiste que dejara de joderte la vida? Que ya no querías verlo nunca más, que lo odiabas por meterse en tu relación… cuando en realidad solo intentaba abrirte los ojos sobre Dylan. Solo quería que te dieras cuenta de lo que te estaba haciendo.
Sentí un nudo en la garganta.
Había dicho cosas horribles, cosas que no sentía, solo por complacer a Dylan. Solo para que no lastimara a Christopher.
Lo traté tan mal… lo hice sentir
Y eso nunca me lo perdonaré.

El aire frío de la noche me cortaba la piel, pero ni siquiera lo sentía. Caminaba rápido, con la mirada fija en el suelo y las manos temblando, no sabía si
de rabia o de angustia. Solo quería llegar a casa, meterme en mi cuarto y olvidar esta conversación, olvidar todo.
Pero Chris no me dejaba.
—¡Luna, espera! —gritó detrás de mí.
Apreté los dientes. Ignorarlo no servía de nada. Sabía que no se rendiría hasta decir lo que tenía que decir.
—¡Luna, por favor, escúchame!
Sentí su mano en mi brazo y me detuve en seco.
La rabia explotó en mi pecho y me zafé de un tirón.
—¡Suéltame!
Chris levantó las manos en señal de paz, pero su expresión estaba llena de frustración.
—No puedo seguir viéndote así. No puedo quedarme callado mientras te destruyes por alguien que no te merece.
Rodé los ojos y solté una risa amarga.
—No tienes idea de lo que hablas.
—¡Sí la tengo! —explotó él—. Dylan no es bueno para ti, Luna. Te está manipulando, te está alejando de todos los que te queremos.
Sentí una punzada en el pecho, pero la ignoré.
—Tú no entiendes nada.
—¡Sí entiendo! ¡Lo veo todos los días! ¿Acaso crees que no noto que has cambiado? Antes eras feliz, Luna. Antes sonreías sin miedo. Antes no estabas siempre preocupada por si él se enoja, por si él te dice algo, por si él te controla.
Las palabras se clavaron en mí como cuchillos.
No quería escucharlo. No podía escucharlo.
—Déjalo en paz, Chris.
—¡No puedo! ¡Porque sé que te hace daño!
Sus ojos estaban llenos de preocupación, de desesperación… y yo no podía soportarlo.
—¿Sabes lo que me dijo hoy? —continuó, con la voz más dura—. Me dijo que no te mereces nada bueno, que solo sirves para seguirle la corriente y hacer lo que él quiera.
Mi estómago se revolvió.
—No es cierto —murmuré, sin atreverme a mirarlo.
—¡Sí lo es! ¡Dylan te está rompiendo en pedazos y ni siquiera lo ves!
No.
No podía ser verdad.
—¡Basta! —grité, sintiendo cómo la presión en mi pecho crecía y crecía, ahogándome.
—¡No puedo parar, Luna! ¡No cuando sé que puedes terminar peor!
—¿Y qué esperas que haga? ¿Que lo deje solo porque tú lo dices?
—¡Espero que abras los ojos!
Mi corazón latía con fuerza. Sentía que iba a explotar.
—¡No te metas en mi vida, Chris!
—¡Eres mi mejor amiga, maldita sea! ¡No voy a quedarme de brazos cruzados mientras él te destruye!
Y entonces… todo explotó dentro de mí.
No podía con esto. No podía con Dylan, no podía con Chris, no podía con esta maldita presión.
—¡Déjame en paz! ¡Deja de joderme la vida, Chris!
Chris se quedó inmóvil.
Su expresión cambió en un instante.
Donde antes había frustración, ahora solo había dolor.
—¿Qué…?
—¡No quiero verte más! —mi voz se quebró, pero no me detuve.
---¡Te odio por estar siempre metiéndote en mi relación! ¡No quiero saber nada más de ti!
El silencio cayó sobre nosotros como una tormenta.
Me costaba respirar.
Chris me miró durante unos segundos que parecieron eternos. Su mandíbula se tensó, pero en sus ojos solo había una tristeza infinita.
Asintió lentamente.
—Si eso es lo que quieres… Está bien.
Y sin decir nada más, se giró y comenzó a caminar.
No miró atrás.
Y yo me quedé ahí, con el corazón hecho pedazos y la horrible sensación de que acababa de perder a la única persona que realmente veía lo que estaba pasando.
Y lo peor de todo es que yo misma lo había alejado.
—Lo sé… y no sabes cuánto me arrepiento —murmuré con tristeza.
—Te diría que intentaras buscarlo, pero… Dylan —hizo una mueca—. Espero que salgas de ahí lo más pronto posible, antes de que todo empeore.
Ojalá fuera tan fácil.
Isabella y Melissa son las únicas que saben que mi relación con Dylan es… abusiva. Creo que Anthony también lo sospecha.
—Todo está yendo bien ahorita, no creo que pueda empeorar.
—No va a durar mucho, Luna. La gente como él no cambia. Nunca lo hará. No me gusta verte así.
—Lo sé… pero por más que quiera dejarlo, no puedo… Aparte lo… quiero.
Isabella me miró con decepción y suspiró profundamente.
—Entiendo. Sé que no vas a cambiar de opinión ahora, pero voy a estar aquí para apoyarte. Solo recuerda que te está arrastrando demasiado y alejándote de nosotros. Y por favor… si te llega a golpear, dímelo. No dudes en dejarlo.
—Él va a cambiar. Jamás me lastimaría… físicamente.
—Eso dijiste la última vez, y él te insultó hasta dejarte llorando.
No respondí. Porque, en el fondo, sabía que tenía razón.
La universidad estaba llena de rostros nuevos y conocidos. Después de las vacaciones de invierno, todo se sentía un poco diferente.
Fui a recepción a recoger unos papeles. Mientras esperaba, miré hacia la entrada y vi a Christopher entrando junto con Anthony.
Mi pecho se encogió.
Tuve la necesidad de correr hacia él, abrazarlo, pedirle perdón, llorarle, arreglar las cosas. Pero él… me odia.
Cuando me vio, su expresión cambió al instante. Su mirada se transformó en una de puro desagrado.
Y algo dentro de mí se rompió. Otra vez.
—Hola, Anderson —saludó Anthony con su típica energía.
—Hola, Tony —respondí con una pequeña sonrisa—. Hola… —miré a Christopher con algo de esperanza.
—Hola —dijo sin mirarme.
El golpe fue directo al corazón.
—Necesitamos hacer otro viaje —dijo Anthony, intentando animar el ambiente.
—Acabamos de hacer uno —respondí.
—Lo sé, pero no es suficiente, Anderson.
—Ya sé… deberíamos hacer un road trip en verano —propuse.
—Habrá que planearlo bien con los demás.
—Sí.
—Pero esta vez sí ve, Chris —dijo Anthony, dándole un codazo discreto.
Christopher no respondió. Y entonces, llegó Dylan.
—Hola, amor —dijo abrazándome.
—Hola —sonreí, intentando actuar normal.
Christopher desvió la mirada con evidente fastidio.
—Bueno, nos vamos. Hasta luego, Anderson.
—Bye, Gómez.
Ya tenía mis papeles en la mano cuando Dylan me los arrebató bruscamente.
—¿Para qué pides esto?
—¿Qué tiene de malo que pida mis constancias?
—Estos papeles son para cambiarte de salón—sus ojos se afilaron.
—Claro que no.
—Ajá… —respondió con evidente desconfianza.
Me devolvió los papeles con desgana, pero su rostro seguía reflejando enojo.
—Ajá… —respondió con evidente desconfianza.
Me devolvió los papeles con desgana, pero su rostro seguía reflejando enojo.
—¿Qué hacías hablando con Christopher?
—Llegó con Tony —respondí mientras caminaba hacia mi auto para guardarlos.
Sentí su mano aferrarse a mi muñeca con fuerza.
Me estremecí.
Era la misma muñeca en la que tenía un moretón por una vez que me sujetó con demasiada fuerza. Intenté zafarme, pero él volvió a tomarla.
—¿Me estás ocultando algo?
—No.
—Entonces, ¿qué tienes?
—Nada.
—¡Más te vale que no hayas hablado con Christopher! Te lo advierto.
—¡Que no hablo con él! ¿Cuántas veces tengo que decirte que me odia?
—Pueden ser excusas tuyas para irte de arrimada con él.
—¡Oye, bájale!
Y entonces, lo hizo.
Una cachetada. Mi mundo se detuvo. Me quedé paralizada, incapaz de reaccionar.
Nos miramos en silencio. El coraje y la decepción me invadieron.
—¡No me vuelvas a golpear! —exclamé, empujándolo.
Me giré para abrir la puerta del auto, pero su voz me detuvo.
—Perdón… no quise hacerlo —susurró, intentando abrazarme.
—Pero lo hiciste.
—No volverá a pasar, te lo juro.
No le respondí. Solo subí al auto y me fui. Más adelante, me orillé y me derrumbé. Me miré en el
retrovisor. Mi mejilla estaba roja, al igual que mis ojos por las lágrimas.
¿Por qué sigo tolerando esto?
¿Por qué aguanto tanto por amor?