Dos lobos

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Sinopsis

El Reino no es un lugar seguro para David. Su cuerpo no es el de un humano normal, y su mente está dividida en dos. Ha conseguido mantenerse oculto durante treinta años, pero todo cambia cuando un dragón ataca su ciudad y se ve obligado a liberar a su otra personalidad y a revelar sus habilidades. A partir de entonces, su vida se convierte en una carrera para intentar escapar del inevitable destino que le espera si la Reina consigue atraparlo: la muerte.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
Alis Andel
Estado:
Completado
Capítulos:
62
Rating
4.0 1 reseña
Clasificación por edades:
16+

Prólogo

Los dedos de Magdeline temblaban mientras sujetaban la tela aterciopelada de la cortina, como lo hacían cada vez que llegaba la medianoche y se daba cuenta de que le quedaba un día menos para ayudar a su hijo. La intensa luz de la luna llena iluminó su sencilla habitación con un brillo tenue y frío. Podía considerarse afortunada, su celda estaba en lo más alto de la torre y era una de las únicas que tenía ventanas. 

Se asomó para ver el exterior y acarició la húmeda y porosa piedra del alféizar. Durante sus dos meses de encierro, había pensado varias veces en escapar, en arriesgarse a trepar por aquella irregular y resbaladiza superficie y correr hasta que sus piernas aguantaran con la esperanza de que nadie fuera más rápido que ella. Bajó la mirada hacia su abultado abdomen y suspiró. Aquello ya no era una opción. Su embarazo estaba demasiado avanzado y, por mucho que su fuerza y su agilidad fueran muy superiores a las de los humanos, no quería arriesgarse a que le pasara nada al bebé.

Colocó sus manos sobre su barriga y se estremeció.

—Por favor, sé humano —le susurró a su hijo como había hecho muchas otras veces, sabiendo que esa era la única oportunidad que tendría de evitar ser asesinado cuando naciera.

La puerta se abrió de golpe, sobresaltándola. Se volvió dejando volar su larga caballera, y se encontró cara a cara con un hombre alto y fuerte con el pelo plateado, que se acercaba hacia ella a paso rápido y con el rostro compungido.

—¿Papá? —preguntó Magdeline, desconcertada.

—Vámonos de aquí, Mag —gruñó él mientras la agarraba de la muñeca y la arrastraba hacia la puerta de metal destrozada.

—Pero los Caballeros… —murmuró ella, dejándose arrastrar hacia el exterior de la estancia.

—Mi yerno nos ha dejado un par de cosas para ayudarnos a sacarte de aquí —contestó su padre saltando sobre un par de hombres vestidos de azul que se encontraban tendidos en el largo pasillo de la prisión.

—¿Nos? —preguntó Magdeline empezando a bajar los escalones. Les quedaban más de cien plantas para llegar a la salida de la torre, pero los dos eran muy rápidos.

—Anya nos espera abajo. No te preocupes, Mag, vamos a sacarte de aquí. A ti, y a mi futuro nieto —respondió el hombre con seguridad.

—¿Madre está aquí? —replicó ella con incredulidad sin dejar de bajar los escalones.

Magdeline no se llevaba bien con su madre. Nunca lo había hecho. Ni siquiera vivían en la misma torre. Su concepción había sido fruto de un encuentro concertado de ante mano entre ella y su padre, George Silver, y en cuanto dio a luz, Anya se desentendió casi por completo del asunto. Su madre era una guerrera; adoraba la batalla y los duros entrenamientos, y no tenía tiempo para criar a un bebé. George, en cambio, adoraba a su hija desde el primer momento en el que la sujetó entre sus brazos, y se hizo cargo de ella durante diecinueve años, hasta que la Reina descubrió su embarazo imposible fruto del amor y la encerró en la torre.

Llegaron a la planta baja, donde encontraron a más Caballeros de la Corona inconscientes, y corrieron hacia la salida. Allí les esperaba Anya, con su larga cabellera rubia recogida en dos trenzas y un gesto rudo en el rostro.

—¡Rápido! —les apuró la guerrera con voz grave mientras se giraba.

—Gracias por venir a ayudarme —murmuró Magdeline mientras corrían a toda prisa hacia el kilométrico muro que bordeaba las Fortalezas.

—No os voy a acompañar —soltó su madre con sequedad—. George me rogó que hiciera guardia y os escoltara hasta el muro, y eso es lo único que voy a hacer por ti. No te debo nada más.

Magdeline tragó saliva y siguió corriendo hacia el muro en silencio. Los tres eran rápidos y sigilosos, aunque a esas horas de la noche no había ninguna criatura rondando por los alrededores, y no tenían problemas para esquivar a los Caballeros del Palacio Real que se encontraban haciendo rondas.

Cuando alcanzaron la inmensa estructura cubierta de enredaderas y flores, George sacó una caja de madera del interior de una bolsa que llevaba colgada al hombro. La colocó sobre la base del muro, y la vegetación empezó a revolverse y estrangularse hasta formar una escalera.

—¡Vamos! —dijo su padre, haciéndole un gesto con la mano para que subiera por ellas.

Magdeline obedeció y empezó a escalar. Las escaleras eran firmes y cómodas, y no tuvo demasiado problemas para llegar a lo más alto. Al otro lado, unas escaleras similares bajaban hacia su libertad. Aunque todavía les quedaban unos pocos kilómetros para llegar al bosque y alejarse por completo de los dominios personales de la Reina, Magdeline se permitió el lujo de respirar aliviada cuando volvió a pisar tierra. Fue un error.

—Siempre me ha sorprendido lo estúpidos que sois los Lobos —se burló una voz que Magdeline conocía muy bien.

Un joven de rostro atractivo y prepotente llamado Samuel Herrero los observaba con los brazos cruzados sobre el pecho, vestido con una túnica morada que parecía haber sido fabricada especialmente para resaltar su físico atlético.

—¡Corre! —le gritó George a Magdeline con la voz cargada de terror.

Magdeline se quedó congelada. Era imposible que pudieran enfrentarse a Samuel. Él era un Mago y era demasiado poderoso para ellos dos. Ni siquiera una manada entera podría acabar con él si se enfrentaban directamente.

Una patada proveniente del interior de su abdomen la hizo reaccionar. Su hijo le estaba pidiendo que lo salvara. Las probabilidades de que naciera humano eran altas, pero quedaba una posibilidad de que fuera otra cosa, y entonces la Reina no dudaría en acabar con él.

Magdeline comenzó a correr con tal velocidad que le ardieron las piernas. No tardó en adelantar a su padre. Él era mucho más lento que ella. El Mago, tras soltar una larga carcajada, hizo un gesto pomposo con la mano. Unas raíces surgieron del suelo y se enredaron entre los tobillos de George, haciéndolo caer al suelo. Magdeline se detuvo y se volvió para ayudarlo, pero estaba demasiado lejos.

—La Reina me ha dado carta blanca para hacer lo que quiera con los traidores, siempre y cuando te lleve de vuelta a tu habitación sana y salva —dijo el Mago, sabiendo que Magdeline podía oírlo perfectamente—. Y mira por donde, hoy me siento creativo

Una ráfaga de viento, más afilada que cualquier cuchilla, pasó a través del cuello de George. Magdeline todavía se estaba acercando a él cuando su cabeza se separó del resto de su cuerpo y cayó rodando hasta sus pies.

La Loba gritó. Los ojos de su padre la miraban fijamente, todavía con la expresión suplicante con la que la había mirado para rogarle silenciosamente que siguiera corriendo y lo dejara atrás.

El grito que se formó en la garganta de Magdeline fue largo y agonizante, y terminó en un aullido que reverberó a través de las Fortalezas.

—Esto es lo que pasa cuando desobedeces a la Reina, Loba —dijo Samuel, remangándose la túnica.

Magdeline seguía con la mirada fija en la cabeza de su padre con las mejillas húmedas por las lágrimas.

Escuchó un gruñido, un golpe y, finalmente, un cuerpo que se desplomaba. Alzó la vista y se encontró con su madre. Anya estaba detrás del Mago, que ahora se encontraba inconsciente sobre el suelo. Sus ojos estaban temblando ante la visión del cuerpo sin vida del que una vez había sido su amante obligado.

—Estúpido —fue lo único que dijo antes de levantar la vista y empujar a su hija por los hombros para sacarla de su ensimismamiento.

Las Lobas retomaron la carrera hacia la libertad: Magdeline con los ojos llenos de unas lágrimas que volaban a su alrededor por la fuerza del viento, y Anya con la mandíbula tensa y la mirada nublada por la rabia.

No tardaron en oler a los Caballeros que les esperaban en la entrada del bosque, pero no se detuvieron.

—Madre… —empezó a decir Magdeline.

—No hay otro camino —la interrumpió ella, y aceleró el paso hasta quedar fuera del alcance de la vista de su hija.

Magdeline escuchó gritos y el metal de las espadas atravesando el aire. Cuando alcanzó a Anya, se encontró con una decena de Caballeros con el cuello desgarrado, y otros tantos con la piel despellejada a zarpazos. Todavía quedaban demasiados en pie, pero Anya luchaba con los colmillos y las garras expuestos, sin mostrar ningún signo de fatiga.

—¡Súbete a un caballo! —le gritó sin mirarla.

Magdeline obedeció y eligió a un corcel blanco cubierto de sangre que había perdido a su jinete. La altura haría que fuera más difícil alcanzarla. Trotó hacia su madre y le extendió el brazo para que se subiera junto a ella. Anya sacó sus garras del corazón que acababa de atravesar y, sin apenas esfuerzo, cogió el brazo de su hija y saltó hacia la silla de montar. El resto de Caballeros que todavía seguían sobre sus caballos las persiguieron, pero Anya no dudó en saltar hacia sus monturas para acabar con ellos.

Tardaron varias horas en despistarlos por completo y, cuando por fin lo hicieron, Anya solo le dejó a Magdeline diez minutos para cazar y beber agua.

—Necesito dormir un poco —le pidió ella—. Estoy embarazada y el bebé puede sufrir si no lo hago.

—Lo mejor que te podría pasar es que perdieras a ese engendro que crece en tu interior —rugió su madre.

Magdeline la miró con el rostro lleno de dolor. Los ojos todavía le ardían de las lágrimas que había derramado por la muerte de su padre.

—¿Por qué me has ayudado? —preguntó casi sin voz.

Anya le enseñó los colmillos y volvió a rugir.

—No te he ayudado a ti —dijo con voz grave—. George era un gran Lobo y guerrero y no podía permitir que su muerte fuera en vano. Su debilidad siempre fuiste tú, niña ingrata, y eso le ha costado la vida. —Hizo una breve pausa mientras Magdeline apartaba la mirada y aguantaba las lágrimas—. Tenemos que irnos. Haré que el caballo cabalgue en otra dirección para despistarlos. Tendremos que seguir corriendo hasta que encontremos un lugar seguro.

Magdeline asintió, perfectamente consciente de que no había ningún lugar seguro para una Loba de cabello plateado como ella. Se acarició la barriga mientras veía como su madre desaparecía en el bosque con el caballo y, antes de que regresara, le murmuró a su bebé:

—No te preocupes, cariño. Todo va a ir bien, ya lo verás. Lo único que tienes que hacer es nacer humano para que la Reina nunca te encuentre.

Por desgracia para Magdeline, el bebé no la escuchó y nació como una criatura que distaba mucho de ser humana.