Capítulo I
Capítulo I
Una tragedia desleal. Una lágrima seca de hermandad. Un último suspiro antes de entrar en un sueño temporal sin respuesta al qué dirán en el más allá.
THEO
—¡NOOOOO! Otra vez no… ¿Por qué siempre recuerdo ese día?
El día en que esas dos gemelas ingresaron gravemente heridas por la puerta de urgencias, a la madrugada. Ese día que no logro olvidar.
NUEVE MESES ATRÁS
—Ufff… esta noche ha sido difícil —murmuré mientras caminaba hacia el cuarto donde los internos descansábamos.
Apenas iba a recostarme cuando escuché sirenas afuera y la puerta de urgencias golpeando contra las paredes—. ¿Dos adolescentes? Seguro estaban bebiendo —pensé al escuchar el reporte—.
Accidente automovilístico en el centro.
La del volante salió volando varios metros… Me acerqué de inmediato.
Si estoy de guardia, mínimo debo ayudar a una de las dos. —Ish, qué fastidio… —susurré. Pero en cuanto vi sus rostros, me arrepentí al instante de haber pensado eso.
Yo amo lo que hago. Y ver a alguien tan joven sufrir así… jode el alma. La sala estaba caótica: gritos, pasos acelerados, metal chocando, sangre en pisos y camillas. —¡Algún doctor! —grité. De inmediato entraron colegas con una camilla móvil, recogieron a la chica que había salido despedida del auto y la llevaron directo al quirófano. Perdió demasiada sangre.
Sin intervención inmediata, moriría. Yo y varias enfermeras nos quedamos con la otra chica, que parecía menos grave. —Joven desconocida, golpes fuertes en cabeza, tórax y extremidades. Fractura en tibia izquierda —informó el camillero mientras avanzábamos hacia una habitación.
Mientras el doctor la examinaba, yo canalice vías, tomé signos vitales y limpié parte de la sangre. Su rostro estaba inflamado en el lado derecho.
Difícil reconocerla… y la otra chica menos. —¡Necesita oxígeno! —ordenó el doctor.
Mientras la enfermera cumplía la orden, yo intentaba concentrarme, pero la agitación alrededor me nublaba. Corrían buscando sangre para la otra gemela, que estaba en quirófano.
Escuché al paramédico: —La del volante es la más afectada. La encontramos varios metros fuera del automóvil. Cara deformada por los golpes, contusión severa en la cabeza… Sentí un escalofrío.
Esa sensación… como si las conociera. Pero no sabía de dónde. Y entre sangre y ruido, me desmayé. Minutos después… —¡THEO! ¡Theo, despierta! —abrí los ojos lentamente—. ¡Vamos, reacciona! Era Mía. —¿Qué…? ¿Qué pasó con las chicas? —pregunté desorientado, sentándome de golpe.
—Theo, solo han pasado trece minutos. La del volante sigue en quirófano. No sabemos qué pasará. La otra está estable, pero… está en coma. Apenas escuché eso, me levanté de la camilla. Tenía que ver algo, sentir algo, estar seguro de que seguían vivas. —¡THEO! ¿A dónde vas? ¡No puedes entrar al quirófano, sigues siendo estudiante! No me importó.
Subí las escaleras y entré. La vi. La pelinegra. Y algo dentro de mí se partió. Era como si el mundo se hubiera detenido. Sentí ganas de vomitar, de llorar, de correr. Salí del quirófano temblando, deseando que no muriera. Fui a la habitación de la otra chica.
Ya estaba estable. Menos ensangrentada. Más tranquila.
Gracias a Dios.