Eldravia

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Sinopsis

Los viajes de Ethan en el fantástico y peligroso mundo de Eldravia.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
Cesar
Estado:
En proceso
Capítulos:
3
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1: El Amanecer de Eldravia

El mundo despertaba bajo un cielo cargado de cenizas y brumas. Las montañas distantes se recortaban contra el horizonte, oscuras y silenciosas, como si guardaran secretos de tiempos que nadie recordaba con claridad. El viento recorría los valles y acariciaba los bosques, arrancando hojas secas de los árboles y llevando consigo el olor metálico de la tierra húmeda. El mundo no era amable, pero estaba vivo, y quienes lo habitaban lo sabían.

Las ciudades, unas aún reconstruidas con esfuerzo y otras completamente nuevas, bullían de actividad. Caravanas cruzaban caminos de piedra y barro, mercaderes negociaban bajo toldos coloridos, y niños corrían entre callejuelas, ajenos a los murmullos de guerra que todavía flotaban en las fronteras lejanas. La vida seguía, constante y ruidosa, como un río que arrastra ramas y hojas sin detenerse a mirar atrás.

En Eldravia existían muchos reinos, cada uno con su carácter, sus leyes y su ambición. Asterfall se destacaba por su comercio, siempre en movimiento, sus mercados llenos de voces y de mercancías traídas de todos los rincones conocidos. Tharion, con sus murallas y sus soldados en formación, imponía respeto con la sola presencia de sus estandartes. Vaelor, fragmentado y complicado, era un lugar donde el debate nunca terminaba, donde las decisiones se tomaban en consejo y se deshacían con la misma facilidad. Sylvarin permanecía oculto entre bosques antiguos, silencioso y distante, con sus torres apenas visibles entre los árboles. Lumeria, resplandeciente y ceremonial, hacía que la fe dictara cada gesto, cada ley, cada mirada. Y Krothar, al margen de todos, caminaba con cautela entre los demás reinos, sus habitantes híbridos observando y siendo observados con recelo.

Los gremios también poblaban Eldravia. Había aventureros que exploraban ruinas y bosques, que cazaban bestias y buscaban artefactos olvidados. Comerciantes organizaban caravanas que atravesaban caminos inseguros, arriesgando oro y vida por cada contrato. Los magos trabajaban en torres y laboratorios, practicando hechizos que pocos podían entender y menos aún controlar. Los científicos estudiaban las tierras, los cielos y la magia residual, tratando de encontrar patrones en un mundo que se resistía a la previsión. Cada gremio tenía su lugar, su propósito, y todos coexistían en un delicado equilibrio, a veces violento, a veces silencioso.

En los caminos, en los bosques y en los ríos, la presencia de Krothar era evidente. Sus habitantes, de aspecto híbrido, caminaban erguidos y alertas, con colas, garras y ojos que reflejaban instintos animales. Los demás reinos los miraban con desconfianza y, en ocasiones, con miedo. Los krotharianos aprendían desde jóvenes a medir palabras, a medir gestos y a medir la fuerza, porque el respeto no se otorgaba, se ganaba, y la supervivencia dependía de ello.

La guerra que había marcado generaciones aún resonaba en cada piedra y en cada recuerdo. Los tratados se rompían y se firmaban de nuevo, las fronteras se redibujaban con tinta y sangre, y la memoria de lo que había sucedido todavía llenaba conversaciones y silencios por igual. La vida no se detenía; incluso los más humildes continuaban con su rutina, arando la tierra, cuidando animales, fabricando herramientas y defendiendo a sus familias de lo inesperado.

En una aldea remota, perdida entre colinas suaves y bosques no explorados, la vida transcurría con la misma humildad que en cualquier otro lugar del mundo. Los campos de cultivo eran verdes, la madera de las casas olía a humo y resina, y el viento llevaba consigo el murmullo de los animales y el crujir de la hierba bajo los pies de quienes caminaban con prisa o cuidado. Allí, el amanecer llegó con un aire frío que cortaba la piel, pero también con un susurro de promesas que nadie podía comprender del todo.

Dentro de una pequeña cabaña de madera y paja, una mujer yacía agotada, respirando con dificultad, mientras su esposo la sostenía con manos firmes y temblorosas. Entre ellos, un llanto tímido y persistente se elevaba por primera vez al mundo. Un niño había nacido, y aunque nadie fuera consciente todavía, su existencia era una chispa de continuidad en un mundo que había conocido demasiada ruptura. Nadie podía predecir su futuro, ni qué caminos recorrería, ni qué fuerzas intentarían guiarlo o detenerlo.

El viento agitaba las hojas de los árboles cercanos, y los primeros rayos de sol acariciaban los tejados de paja de la aldea. La vida seguía su curso, implacable y obstinada. Los gremios seguían con sus negocios, los reinos con sus intrigas, y Krothar con sus ojos atentos sobre las fronteras y los viajeros. Pero en aquella cabaña modesta, un recién nacido dormía envuelto en mantas, ignorante del peso del mundo, mientras Eldravia despertaba otra vez, entre sombras y promesas.

El sol se alzaba sobre Eldravia como un faro cálido que acariciaba los campos de la aldea. Seis años habían pasado desde aquel amanecer que había traído al mundo al niño de ojos curiosos y cabello oscuro. Ahora, su risa llenaba los prados que rodeaban la cabaña de madera y paja donde vivía con sus padres.

El pequeño corría entre surcos recién arados y montículos de tierra, sus manos tocando el pasto húmedo mientras perseguía a unas criaturas que parecían conejos, pero con pelaje iridiscente y orejas alargadas que vibraban suavemente al moverse. Saltaban, se escondían entre las zanjas y luego reaparecían con agilidad asombrosa, provocando que el niño gritara de alegría, tropezando varias veces y levantándose con rapidez para continuar la persecución.

"¡Mira, mamá, mira!" gritó mientras uno de los conejos mágicos se impulsaba por el aire y aterrizaba sobre su hombro.

"¡Eso es increíble, Ethan!" respondió su madre, limpiándose las manos del barro mientras se inclinaba hacia la ventana de la cabaña. Su cabello castaño caía en suaves ondas sobre sus hombros, y sus ojos brillaban con una mezcla de ternura y esperanza.

Dentro de la cabaña, junto a la chimenea donde el fuego todavía mantenía las paredes tibias, su madre, Alina, hablaba en voz baja con su esposo, Martin, mientras observaban a su hijo desde la ventana.

"No puedo evitarlo...", dijo Alina, con la mirada fija en Ethan. "Es demasiado curioso, demasiado vivo. No quiero que su vida se limite a la granja. Debería aprender magia, descubrir el mundo... imagina lo que podría lograr en la escuela de magos de Sylvarin."

Martin suspiró, apoyando su espalda contra el marco de la puerta y cruzando los brazos. Su rostro curtido por el sol y el trabajo tenía un aire de determinación. "No digo que no... pero no solo de magia vive un hombre. Quiero que crezca fuerte, que aprenda a defenderse, que pueda caminar por el mundo sin depender de nadie. Una academia de aventureros le daría disciplina, fuerza, honor... incluso podría llegar a ser un caballero, si los dioses lo permiten."

Alina sonrió, una mezcla de ilusión y preocupación. "Sé que sueñas con que sea fuerte, y lo será... pero también puede ser algo más, algo que inspire. No quiero que desperdicie su vida aquí, entre surcos y animales. Tiene algo especial."

Martin la miró con suavidad, reconociendo la pasión de su esposa. "Lo sé. Solo... quiero que sobreviva primero. El mundo allá fuera no es como nuestra aldea. Aquí es tranquilo, aquí somos felices. Pero allá... allá hay peligros que ni siquiera podemos imaginar."

Mientras ellos hablaban, Ethan se tambaleaba al perseguir a los conejos mágicos, su risa resonando por todo el valle. Uno de los conejos saltó sobre una piedra, y él intentó imitarlo, cayendo de bruces sobre la hierba húmeda. Se levantó con rapidez, sacudiéndose el barro de las rodillas y riendo aún más fuerte, decidido a alcanzarlos.

Alina observó, y un hilo de orgullo y ansiedad la recorrió. "Mira cómo juega... cómo se mueve... ¿Sabes? Tal vez sea demasiado inquieto para la granja, demasiado grande para estas colinas."

Martin negó con la cabeza, aunque su sonrisa se suavizó. "Quizá... pero es nuestro mundo, y este es su comienzo. Solo tenemos que guiarlo un poco, darle herramientas, mostrarle opciones. El resto... el resto será cosa de él."

Ethan ahora se sentaba entre los surcos, acariciando a un conejo de pelaje brillante que había logrado atrapar suavemente. Sus ojos reflejaban la fascinación por cada pequeño detalle: las flores que crecían al borde del campo, la tierra húmeda que se pegaba a sus manos, la manera en que los animales mágicos parecían entender su alegría. Para él, el mundo era un juego interminable de descubrimiento.

Alina se acercó a la puerta y llamó con suavidad. "Ethan, ven a lavarte antes del desayuno."

Ethan se volvió, todavía sosteniendo al pequeño conejo en sus manos. "¡Ya voy, mamá!" respondió, corriendo hacia la cabaña mientras los otros conejos desaparecían entre los surcos y los arbustos.

Martin observó a su hijo, pensando en lo que había dicho Alina. "Magia, fuerza... ambas cosas podrían forjar su camino. Solo espero que tome la decisión correcta cuando llegue el momento."

Alina tomó la mano de su esposo mientras ambos miraban cómo Ethan desaparecía por el sendero hacia la casa. "Lo hará... él siempre encuentra la manera de sorprendernos."

Y mientras la luz del sol iluminaba los campos de Eldravia, la aldea seguía con su rutina tranquila: el canto de los gallos, el mugido de las vacas, el crujido de la madera bajo los pasos de los aldeanos. La vida transcurría, sencilla y feliz, ajena a los conflictos, las intrigas y los peligros que aguardaban más allá de los límites de aquel valle. Pero en medio de esa paz, en los ojos de un niño que jugaba con criaturas mágicas y la mirada esperanzada de sus padres, ya se podía vislumbrar que su destino no se limitaría a la cabaña ni a los surcos de la granja.

El mundo de Eldravia continuaba extendiéndose más allá del horizonte, y un niño de seis años comenzaba a tejer su propio lugar entre sus sombras y luces, entre los surcos de la tierra y los secretos que los años le revelarían.