Capítulo 1
Las luces rojas y azules destellaban sobre el pavimento mojado, teñían la noche de caos. La sirena de la patrulla perforaba el aire y opacaba la música atronadora del bar.
Teo Colby se quedó inmóvil en medio de la calle, con la respiración entrecortada y los nudillos ensangrentados. En su mano aún temblaba la navaja que no llegó a usar contra Barry Romer quien, a unos pasos de él, se llevó la mano al pómulo, donde un golpe le había dejado la piel caliente y palpitante.
—Mierda… —susurró alguien entre la multitud.
Los espectadores, que minutos atrás estaban eufóricos, retrocedieron. Conocían ese número de placa. Todos sabían que aquello no acabaría bien ni para los Romer ni para los Colby.
Y todo había empezado unas horas antes, con una noche que prometía ser divertida.
El frío mecía las ramas desnudas mientras las hojas secas danzaban sobre las aceras. En una de las calles principales, las luces de neón titilaban al ritmo de una canción de rock, y la expectativa de una noche de fiesta flotaba en el ambiente.
Un auto descapotable se detuvo de forma brusca frente a La Casa de Willy; uno de los pocos lugares para beber y bailar en todo Nueva Verona. La pintura metálica en rojo encendido del auto relucía bajo las farolas, imposible de confundir. Ese rojo era la evidente marca de los Romer.
Barry bajó del auto sin apuro, empujando la puerta con el dorso de la mano. Se acomodó las solapas de la chaqueta, caminó como si la acera le perteneciera. No miró a nadie, pero eso no evitó que todos lo miraran. A su lado, Sam no tardó en soltar una carcajada.
—Te lo digo en serio, Barry. A tu primo solo le hace falta una chica con iniciativa para dejar de ser un mártir. Déjame presentarle a Trina Cooper, te aseguro que…
—No está interesado en esas cosas —lo cortó al salir de su auto para luego echarse con los dedos el cabello hacia atrás—. Ya lo sabes. Ben es más de encerrarse en su mundo.
Asintieron tanto Sam como su amigo delgado y muy alto que no había dicho ni una palabra desde que fueron a por él a su casa.
—Bueno, pues tendremos que aprovechar el mundo real en su nombre —Sam hizo una mueca, pero no insistió. Con un empujón juguetón, lo obligó a avanzar hacia la entrada.
No llegaron muy lejos..
Desde un callejón oscuro, cinco figuras emergieron determinados a iniciar una confrontación. No hizo falta intercambiar palabras para reconocerlos. Alineados como en formación de guerra, con los hombros erguidos y la mirada filosa. Todos llevaban chaquetas negras, pero no eran iguales: una tenía las mangas desgastadas, otra estaba cubierta de parches. Detalles mínimos, pero que los hacía imposibles de confundir.
Al frente iba Teo Colby, el mayor, con el mentón levantado y los ojos oscuros como si el odio le ardiera detrás de las pestañas. Tenía la ceja rota en una vieja cicatriz y un crucifijo en el pecho que tintineaba con cada paso. A su lado, un chico pateaba una piedra con una sonrisa torcida, como si todo fuera un juego. Detrás, dos más fumaban como si no hubiera un mañana. Todos llevaban un anillo de plata en el dedo medio. Eran el clan de los Colby. Y su sola presencia era suficiente para tensar el aire.
—Mira nada más. La realeza del sur —dijo de forma irónica uno de ellos, un tipo fornido que nos les quitaba la vista encima—. Veo que hoy es noche de sacar a pasear a los perros.
Barry no se molestó en responder, no quería volver a caer en provocaciones, pero Sam, siempre con la lengua más afilada que navaja, escupió:
—¿Los Colby ya reclutan principiantes? Porque el nuevo se ve como un pésimo reemplazo.
La sonrisa de Teo se dibujó con la lentitud de alguien que disfruta ser desafiado. Sus ojos, oscuros y astutos, se enfocaron en Barry, el chico que, con solo verlo, le despertaba el deseo de estrellarle el rostro contra el concreto hasta dejarlo inconsciente.
—¿Así que quieren jugar esta noche? —murmuró, con esa voz rasposa, que tantas chicas encontraban atractiva, mientras daba un último paso hacia el frente—. Pensé que les había quedado claro que nosotros no perdemos el tiempo con jalones de pelo y empujones.
Teo tronó los nudillos de su mano sin quitarle la mirada a Barry, que igualmente lo veía a los ojos.
—No estamos buscando problemas, Teo —Barry metía sus manos a las bolsas de su chaqueta, trataba de restarle fuerza a todo, aunque su mandíbula se tensaba—. Solo queremos disfrutar la noche, igual que ustedes.
Pero Teo ya había tomado su decisión. Con un leve movimiento de cabeza, sus compañeros se desplegaron, rodearon a Barry y sus amigos.
—¿No buscan problemas? —su tono era casi divertido—. Porque parece que los problemas los han encontrado.
Sam resopló, llevándose la mano al bolsillo donde guardaba su navaja.
—¿Seguro que quieres hacer esto aquí, Teo?
—Lo que yo quiero es romperte el hocico, pendejo —terminó su respuesta mientras remarcaba esa última palabra en español que estaba seguro de que el chico frente a él conocía.
Aquello fue suficiente para que la chispa prendiera.
Los empujones dieron paso a los puñetazos. Los insultos se convirtieron en gruñidos ahogados entre golpes. Teo fue el primero en lanzar el suyo, su puño impactó de lleno en la nariz de Sam con un sonido seco que partió la noche en dos. Vio como sus nudillos se habían manchado de un par de gotas de sangre, que hicieron que una sonrisa empezará a formarse en su rostro.
Y después, todo se descontroló.
Barry avanzó, sus cabellos rubios ondeaban bajo el resplandor de los letreros neón. Su chaqueta de cuero se estiró al lanzar su primer golpe. Era un patrón que conocían bien, que habían repetido en el instituto, en el parque, incluso en la iglesia del centro. Un eterno juego de estira y afloja.
La multitud que salía de La Casa de Willy los rodeó, algunos animaban, otros simplemente observaban, hasta que el inconfundible sonido de la sirena atravesó la algarabía.
Y entonces, antes de que Barry terminara de retorcer el brazo derecho de Teo, la pelea murió en seco.
Teo y Barry se quedaron de pie, jadeantes, con la adrenalina aún quemándoles la piel. Pero la navaja seguía en la mano izquierda de Teo. Y la patrulla ya estaba demasiado cerca.
La noche apenas había iniciado.








