Chapter 1
EL LLAMADO DE EFRAÍN
PRÓLOGO
Hay momentos en la vida en los que Dios parece guardar silencio. Momentos en los
que la oración pesa, la fe se desgasta y el corazón se siente como una lámpara sin
aceite. Pero también existen instantes—breves, casi imperceptibles—en los que una
chispa divina toca el alma y la despierta.
Ese instante le llegó a Efraín en el momento menos esperado.
No estaba en un templo, ni en una montaña sagrada, ni rodeado de milagros. Estaba
simplemente en su casa, solo, convencido de que Dios ya no lo escuchaba. Fue ahí
cuando encontró un sobre sin nombre debajo de su puerta.
Dentro, solo había una frase escrita a mano:
“Cuando la fe de muchos se apaga, yo enciendo a uno.”
Esa sola frase cambió todo.
Porque, aunque él aún no lo sabía, Efraín estaba a punto de descubrir que cuando Dios
llama, ninguna vida vuelve a ser la misma.
CAPÍTULO 1 — La Voz en la Mañana
Efraín despertó antes de que el sol asomara sobre la ciudad. No fue una alarma, ni un
sueño, ni un ruido externo. Fue algo más profundo, algo que sintió en el pecho, como
una pulsación suave que lo obligó a abrir los ojos.
Se quedó acostado por unos segundos, respirando en silencio, tratando de identificar
aquella sensación. No era ansiedad. Tampoco miedo. Parecía una mezcla de inquietud
y expectativa, como si su alma supiera que ese día no sería como los otros.
Se levantó despacio, frotándose los ojos, y caminó hacia la pequeña mesa donde
siempre dejaba su Biblia. La había leído tantas veces, pero hacía meses que las
palabras parecían no tener sabor, como si fueran hojas secas. Aun así, la abrió. Era su
costumbre, su refugio, su disciplina.
Las páginas se detuvieron en Isaías. Su mirada cayó sobre un versículo subrayado
años atrás:
“No temas, porque yo estoy contigo.”Efraín cerró los ojos.
Las palabras golpearon su espíritu con una fuerza inesperada.
¿Y si Dios realmente estaba ahí? ¿Y si no había estado tan lejos como él pensaba?
Sacudió la cabeza, tratando de no hacerse falsas ilusiones. Había tenido demasiados
días grises últimamente. Días en los que la oración se sentía vacía, y las
responsabilidades lo abrumaban, y el futuro se veía borroso.
Pero ese versículo…
Ese versículo ardía.
Preparó café y se asomó por la ventana. La calle estaba tranquila, y el cielo, aunque
aún oscuro, mostraba una línea tenue de luz.
Respiró profundo.
—Señor… —susurró— si de verdad quieres decirme algo, yo… estoy escuchando.
No hubo respuesta. Solo silencio.
Sin embargo, algo en su interior pareció asentir.
La iglesia quedaba a diez minutos a pie, subiendo una colina que siempre lo hacía
sudar un poco. Era un templo pequeño, con paredes blancas y un techo antiguo que
necesitaba reparación, pero para Efraín era un lugar sagrado. Desde niño había asistido
a aquel templo, había crecido entre sus bancas, aprendido entre sus himnos, llorado y
reído bajo su techo.
Al llegar, vio al pastor Samuel sentado en el porche. El anciano tenía el rostro
preocupado, algo que Efraín no estaba acostumbrado a ver.
—Buenos días, pastor —saludó, inclinando la cabeza.
—Efraín —respondió Samuel—. Qué temprano llegas hoy.
El joven se sentó a su lado.
—Desperté antes de lo usual.
—A veces Dios despierta temprano a los que quiere usar —dijo Samuel, sin mirarlo
directamente.
Efraín sintió un pequeño estremecimiento.
—Pastor, ¿pasa algo? Lo noto… cargado.
Samuel dejó escapar un suspiro lento.
—Nuestra comunidad está cansada, hijo. Las pruebas, las dificultades, la falta de
unidad… Las personas están perdiendo algo vital: esperanza.Efraín bajó la mirada.
Él mismo había sentido esa falta de esperanza.
—Lo sé —admitió—. Yo mismo he sentido que… que mi fe está débil.
Samuel sonrió suavemente.
—Dios no necesita gigantes espirituales, Efraín. Necesita corazones dispuestos. Y el
tuyo, aunque cansado, sigue dispuesto.
Las palabras lo atravesaron como una flecha dulce y dolorosa a la vez.
Más tarde, los niños comenzaron a llegar para sus actividades. Entre ellos estaba
Luciana, la pequeña de ojos grandes y cuaderno lleno de dibujos.
—¡Efraín! —corrió hacia él— ¡Mire, mire! Hice un dibujo.
El dibujo mostraba una montaña con una luz en la cima. Debajo, personas caminando
hacia esa luz. Y en la parte superior, escrito con plumón azul:
“Dios guía a quienes escuchan Su voz.”
Efraín sintió que le faltaba el aire.
—Está precioso, Lucy —dijo con voz suave—. ¿Por qué dibujaste eso?
Ella se encogió de hombros.
—No sé. Sentí que Dios quería que dibujara una montaña con luz. Como cuando Él nos
llama a subir.
Las palabras se le incrustaron en el pecho como una confirmación.
Esa tarde hubo una reunión breve. El pastor Samuel habló sobre mantener la fe durante
las pruebas, pero lo que más impactó a Efraín fue un testimonio inesperado.
Una mujer mayor, con manos temblorosas, se levantó y dijo:
—Iba a dejar de venir. Me sentía sola. Pensé que Dios ya no me escuchaba. Pero hace
unos días, mientras oraba llorando, sentí que Él me decía: “Permanece”. Y aquí estoy.
Efraín sintió un nudo en la garganta.
Permanece.
Estoy contigo.
Dios guía a quienes escuchan Su voz.
Era como si todo estuviera conectado. Como si el cielo estuviera hablando en
fragmentos.Al terminar la reunión, salió al aire frío de la noche. Miró el cielo oscuro y murmuró sin
pensarlo:
—Señor… ¿qué esperas de mí?
Un viento suave recorrió la colina.
No fue respuesta, pero tampoco fue silencio.
Cuando regresó a su casa, vio algo extraño debajo de su puerta: un sobre blanco, sin
remitente.
Se agachó, lo tomó y lo abrió lentamente.
Dentro había una sola frase escrita a mano:
“Cuando la fe de muchos se apaga, yo enciendo a uno.”
Efraín sintió que su corazón se detenía por un instante.
¿Quién dejó el sobre?
¿Quién sabía lo que él estaba viviendo?
¿Quién conocía las palabras exactas que él necesitaba?
Tembló levemente.
Aquella frase no era solo un mensaje. Era un llamado.
Uno que no podría ignorar.
Porque cuando Dios llama, la vida cambia.
Y aunque Efraín aún no entendía el camino, sabía una cosa con certeza:
Él había sido encendido.