Capitulo 1
No sé cuánto tiempo me quedé ahí, inmóvil, con la vista perdida en algún punto inexistente. El aire pesaba, como si cada segundo me hundiera un poco más en mi propia miseria. Y aun así, la única certeza que tenía era que todo esto... todo esto había sido un impulso de mis celos, de ese dolor que venía acumulando desde hacía meses y del que nunca quise hacerme cargo.
Cuando mi respiración empezó a calmarse fue que entendí lo que había hecho. Él estaba debajo de mí, quieto, demasiado quieto, con esa mirada apagada que me hacía sentir juzgada incluso después de muerto.
Pero yo seguía hablándole, como si pudiera responderme, como si pudiera escucharme por primera vez en su vida.
-¿Por qué no fui yo? -susurré, sintiendo cómo se me quebraba la voz-. ¿Qué más querías que hiciera? ¿Qué más tenía que mostrarte?
Siempre le di señales, indirectas, momentos en los que prácticamente me abrí el pecho frente a él, y aun así eligió a otra. Una que no era mejor que yo, que no lo conocía como yo. Nadie lo quiso como yo, ni antes, ni ahora, ni nunca.
Me di cuenta de que estaba apretando las manos con tanta fuerza que mis uñas se clavaron en mi carne. Me ardía, pero no pude notar ese dolor; todo estaba manchado de ese rojo carmesí tan espeso que no quería mirar y que, aun así, no podía ignorar. Sentí un hormigueo extraño en los dedos que fue recorriendo cada centímetro de mi cuerpo, y recién ahí caí en lo irreversible de mis actos.
Bajé la mirada hacia él. Su expresión no era de miedo, tampoco de odio. Era algo mucho peor. Una decepción profunda, como si me estuviera condenando sin decir una sola palabra.
Y eso fue lo que terminó de romperme.
-¡¿Por qué no fui suficiente para vos?! -grité, golpeándole el pecho con ambas manos, sin fuerza, como una nena perdida-. ¡Siempre estuve! Siempre, siempre... ¡pero nunca me miraste como yo quería!
Las lágrimas me salieron sin control, cayendo tibias sobre su piel que ya empezaba a enfriarse. Todo se sentía irreal, como si el silencio de la habitación nos hubiera encerrado para siempre. Lloré hasta que me dolió respirar, hasta que ya no supe si lloraba por haberlo perdido... o por el alivio de saber que, finalmente, nadie más podría tenerlo.
Porque la verdad, aunque sea mi propia condena, es que lo amaba con un hambre que nunca pude saciar. Era algo enfermo, algo que me quemaba por dentro y me nublaba la cabeza. Y aunque ahora solo queden cenizas de lo que fuimos, aunque este vacío me carcoma por dentro, sé que lo voy a seguir amando igual.
Incluso ahora.
Incluso así.
Incluso con sus manos frias y su corazón mudo.
Deslicé mis dedos por su mejilla con cuidado. No hubo respuesta. Ya no estaba ese calor que tanto busqué y que el siempre se lo dio a la otra. Ese frío me atravesó por completo, mezclándose con la locura de pensar que, al final, sí... me pertenecía.
-Yo era tu mejor opción... -murmuré, apoyando los labios en su frente fría-. Era la única que estaba dispuesta a llegar hasta el final por vos. Y nunca quisiste verlo.
Me incliné sobre él, escondiendo el rostro en su cuello, buscando algo de su aroma entre el olor metálico de la sangre. Era como abrazar a alguien que ya no estaba. Solo me quedaba este hueco en el pecho y una soledad enorme que yo misma había construido, pedazo por pedazo, para que solo estuviéramos nosotros dos.
Entonces, un ruido. Afuera. Voces. Desconocidas. Voces que no deberían estar ahí.
Mi cuerpo reaccionó solo. Me enderecé de golpe, el corazón golpeándome las costillas como si quisiera salirse. Un frío me recorrió la espalda y me dejó congelada.
La calle sonaba distinta: pasos apurados, un auto frenando, ese maldito sonido.
Una sirena.
bastante cercana, imposible de confundirla.
Me quedé quieta. Sentada junto a él, con las manos inmóviles sobre su pecho. No sentía nada. Ni calor ni frío. Solo una calma rara, pesada. Demasiada calma para todo lo que había pasado.
Lo supe. Iba a pasar. Lo supe desde el momento en que no me eligió. Mi condena no era la cárcel: era esto. Haberlo amado así.
La puerta. Un golpe seco. Madera rompiéndose. Luces fuertes que me encandilaron. Gritos, órdenes, palabras que no terminé de entender; solo un zumbido constante. Levanté la vista despacio hacia la luz. Sonreí apenas, sin ganas. El juego se había terminado.
Pero él seguía ahí.
Conmigo.
-¡Manos arriba! ¡Al suelo! -gritó alguien.
Yo no me moví. Seguí mirando la luz. Ya no me importaba nada de eso. Nada de lo que viniera después.
Y mi mente... mi mente se fue.
Se perdió en los recuerdos de cuando nos conocimos.La primera vez en que hablamos y conectamos.