1. Libertad en el Escenario
-Clara POV-
El primer acorde llena la sala vacía y, por unos segundos, todo lo demás deja de existir. Las butacas rotas, las cortinas viejas, el olor a humedad del teatro… todo se desvanece. Solo quedo yo. Mis pies sobre la madera gastada y el sonido de mi respiración siguiendo el ritmo de la música.
Empiezo a moverme y algo dentro de mí se acomoda. Giro, me elevo, bajo en un plié profundo. El piso cruje bajo mi peso, pero no me importa. Aquí no pienso en nada más. No en el dinero que falta, ni en el alquiler atrasado, ni en lo que voy a cenar esta noche. En este espacio pequeño, lleno de polvo y sombras, no soy un problema para nadie.
Aquí solo soy una bailarina.
La danza siempre me ha dado eso: silencio. Un silencio que calma, que ordena, que me permite respirar sin miedo.
Repito la secuencia una vez más. Cuento mentalmente cada paso, cada giro. Me concentro en no fallar, en mantener el equilibrio aunque las piernas ya empiezan a temblar. El sudor me corre por la espalda, los músculos arden, pero sigo. Siempre sigo un poco más.
Cuando la música termina, el golpe es inmediato. El sonido desaparece y el vacío se instala de nuevo. Las luces se apagan y la penumbra me envuelve. Me quedo quieta unos segundos, con las manos apoyadas sobre los muslos, tratando de alargar la sensación. Como si pudiera guardarla para después. Después respiro hondo y camino hacia el borde del escenario.
El teatro está en silencio. Demasiado. Solo se escucha el eco de mis pasos y algún goteo lejano. Bajo del escenario y voy al vestuario.
Recojo mis cosas sin prisa. La mochila, la botella de agua casi vacía, las zapatillas gastadas que ya deberían haberse roto hace tiempo, pero siguen ahí. Como yo. Frente al espejo deshago el moño con cuidado. El cabello cae pesado sobre mis hombros. Estoy sudada, cansada, con el maquillaje corrido, pero mis ojos siguen brillando. No de felicidad. De resistencia.
Desde que era niña, bailar fue mi forma de escapar. La primera vez que subí a un escenario tenía ocho años. El tutú era prestado y me quedaba grande. Me temblaban las piernas y quería salir corriendo. Pero cuando empezó la música, algo cambió. Algo se encendió dentro de mí.
Todavía lo busco. Aunque ahora sea más difícil encontrarlo.
Entreno todos los días. Haga frío, calor o cansancio. A veces me pregunto si realmente vale la pena. Los grandes teatros parecen reservados para otros. Las becas nunca llevan mi nombre. Las audiciones terminan siempre con un “te llamamos”.
Nunca llaman.
Me cambio despacio, estiro un poco las piernas y guardo todo en la mochila. Apago la luz del vestuario y cierro la puerta del teatro con cuidado, como si fuera algo frágil.
Salgo del teatro y el frío de la noche me golpea la cara. El barrio me recibe igual que siempre: fachadas agrietadas, ropa colgada entre ventanas rotas, vecinos apoyados en las esquinas fumando en silencio. El olor a aceite viejo de la tienda de la esquina se mezcla con la humedad del pavimento. Todo es familiar.
Camino rápido, con el abrigo bien cerrado, esquivando charcos y miradas curiosas. Las luces amarillas de la calle parpadean sobre el asfalto. Pienso en mi cama, en una ducha caliente, en descansar las piernas… aunque sé que mañana volveré a estar aquí.
Porque este sueño duele. Pero es mío.