✧prologo✧
El reino brillaba como oro bajo la niebla.
Desde las colinas, las torres parecían surgir de la tierra misma, altas y antiguas, coronadas por estandartes que apenas se movían con el viento. A los ojos de los extranjeros, aquel lugar era símbolo de poder, estabilidad y promesas eternas. Pero quienes vivían entre sus muros sabían la verdad: el oro no siempre relucía, y el silencio podía ser más peligroso que cualquier grito.
Las piedras del castillo habían visto juramentos nacer y romperse. Habían escuchado plegarias susurradas en la madrugada y confesiones que jamás encontraron respuesta. Allí, el deber se heredaba como una carga, y el amor era una debilidad que no podía permitirse.
El príncipe caminaba solo por los pasillos largos, acompañado únicamente por el eco de sus propios pasos. Desde niño le habían enseñado a mirar al frente, a no vacilar, a cargar el peso de una corona que aún no tocaba su cabeza. Sonreía cuando debía. Callaba cuando era necesario. Y aprendía, día tras día, a esconder el miedo donde nadie pudiera verlo.
Dos pasos detrás de él caminaba siempre la misma sombra.
El caballero no hablaba si no se le ordenaba. Su armadura resonaba suavemente al andar, como un recordatorio constante de su juramento. Proteger al heredero. Defender el reino. Cumplir la orden, incluso si el precio era el alma. Había sido entrenado para eso desde joven, pero nadie le había enseñado qué hacer cuando el peligro no venía del acero, sino del afecto.
En aquel reino, nada era lo que parecía.
Las sonrisas ocultaban intenciones.Los muros escuchaban.Y la traición no siempre cruzaba la puerta con un arma en la mano.
Muy pronto, la corona sería puesta a prueba.Muy pronto, un juramento tendría que romperse.
Porque cuando el reino de oro comenzara a arder, solo una verdad permanecería intacta:
A veces, salvar la corona significa perder al hombre.
Y a veces... salvar al hombre significa condenar al reino. escribir.
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