Ecos de Xenohdia

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Sinopsis

La luz de los Astrales aún arde. Pero bajo tierra... sus ecos tiemblan. Eira Caverhost, criada como heredera de una casa noble en decadencia, descubre que su linaje esconde secretos que podrían reescribir la historia de Xenohdia. Junto a Vesper Aschroft, líder de una revolución dividida, Eira intentará unir a pueblos enfrentados por generaciones, enfrentando traiciones, espíritus y los oscuros designios de Vortex Vérite, una organización que renace con un nuevo y peligroso propósito. Mientras el conflicto entre Neonara y Grimhold amenaza con desatar una guerra total, visiones del cosmos comienzan a perturbar el mundo físico. Los Astrales miran. Las antiguas runas se despiertan. Y el nombre Caverhost vuelve a resonar... como una promesa. O como una condena.

Estado:
En proceso
Capítulos:
32
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n/a
Clasificación por edades:
18+

Prólogo y Mapa

Cuando el Cosmos era solo oscuridad, dos entidades surgieron de la memoria de la materia:Pah, Madre del Destino, yNuf, Padre del Olvido. Unidos en un plano donde nada tenía forma, entrelazaron sus esencias. De ese lazo nacieron los primeros hijos:Hamsar, portadora del Poder y el Orden;Amael, guardián del Vínculo y la Promesa;Kasdej, dueño del Pensamiento; yAgiel, la que todo lo observa.

Las seis entidades pusieron rumbo vagando por el vacío hacia un lugar oscuro que Agiel había vislumbrado. Un lugar oscuro vagaba en el vacío. Amael y Hamsar se divertían mirando desde diferentes ángulos aquella esfera, ilusionados por lo que podrían construir juntos.

Pah y Nuf encargaron a sus hijos a buscar dos juguetes con los que divertirse mientras planeaban qué hacer con aquel lugar. Kasdej acercó a sus progenitores dos lunas, que agitaron y dotaron de la capacidad de flota. Tras el parpadeo de Agiel y un chasquido de Pah, una ardiente y calurosa esfera blanca apareció.El Sol y las dos Lunas acababan de nacer.

Acariciando el cielo de aquel planeta nacióTarana, de la brisa y la tranquilidad; de las lágrimas del nacimiento del viento, se formaron los lagos, arroyos, ríos y mares, y de estos salió un huevo, del que nacióDorisa, de las aguas y el renacer; los gritos durante el nacimiento de Dorisa molestaron a Tarana, que intentó matar a su hermana. El cielo se encendió. Un fulgor plagó el vacío y la oscuridad, y del rayo que cayó en el mar, nacióRantani, de las tormentas y el fuego; durante una pelea entre Rantani y Dorisa, un rayo alcanzó a Nuf y lo asesinó en el acto. Su cuerpo cayó sobre el mar, tragado por las agua. Su cuerpo, ahora tierra, creó plantas de todo tipo y colores y del interior de un tronco que apareció en la columna de Nuf, nacióTureo, el único varón, encargado de la tierra y las cosechas.

Pah se retiró al vacío, mientras sus hijos intentaban restaurar el equilibrio. Kasdej, ambicioso, manipuló a su madre y engendró tres vástagos:Ish’Ratt, del pensamiento lógico;Rielaph, de la razón; yAtaphos, de las ideas. Su nacimiento quebró la unidad de los Astrales, y plantó la semilla de la discordia. Una única ley impuesta por Hamsar sería preservada:Lo creado debe ser preservado, solo es inevitable la muerte que les forja el Destino a las criaturas.Intervendremos solo por órdenes del Destino.

Los Astrales crearon criaturas para poblar el mundo. Cuatro fueron creados y nombrados:Kael, Ginode, Xin y Dolis. De ellos nacieron nuevos Astrales:Jundej, de la voluntad e identidad;Okom, de los Velados y el más allá;Gwaanga, de la duda y el error; yAtin, del arrepentimiento y la vergüenza. Los Astrales se encargaron de elegir a humanos con los que eran compatibles en comportamiento, y enlazándose a estos, Jundej se nombró elGuardiánde Kael; Okom de Xin; Gwaanga de Ginode y Atin de Dolis

Pero la humanidad no tardó en dividirse. Kasdej susurró ideas extremas a Kael, quien declaró la guerra a sus creadores y, raptando a Xin quien intentaba dar esperanza a los descendientes, y escondiéndose al Este, fundóXenohdia. Ginode, temeroso de posibles represalias, pidió levantar tierras seguras para él, alejándose a un archipiélago levantado por Gwaanga. Dolis viajó al norte y fundóDolias.

La tensión entre Astrales creció. Kasdej fue desterrado, y de la rabia de sus hermanos y del odio humano nacieron tres nuevos seres:Abam’Sadya, del deseo y la obsesión;Erith, del precio y la traición; yOx’Bog, de la guerra y el terror. La existencia de todos ellos fue condenada.

Agiel, cansada del caos, descendió al mundo y amó a un humano,Tonavak. De esa unión prohibida nacieron tres hijos:Styrna, Nonvelk y Eilrog, pero solo este sobrevivió. Dotado de visiones y poder, vagó por Astrial durante siglos, sembrando su linaje y dando origen a laEidomancia.

Cuando la corrupción de Kasdej se extendió entre los humanos, los Astrales rompieron sus propias reglas y descendieron para advertir a dos líderes:Iuras y Lýwen, elegidos como Guardianes de Hamsar y Amael. La guerra era inevitable. Kasdej y su séquito reunían un ejército en el cráneo de Nuf, mientras los Astrales fieles a Pah convocaban a la humanidad.

La Gran Guerra duró diez Soles. Murieron miles. Lýwen y su hijoHálvikcayeron en un ataque devastador. Atin se escondió de vergüenza. Y los Cuatro Primeros Humanos —Kael, Ginode, Xin y Dolis— perecieron en el asalto final.

Pah descendió, tomó la jabalina de Iuras y atravesó el pecho de su hijo rebelde. Selló las almas de los caídos en una cueva profunda. Del último esfuerzo realizado por Pah, nacieron dos pequeñas volutas, una de cada una de sus manos.Peniel, el Astral Consecuente de los buenos actos, yPyriel, el Astral Consecuente de los malos actos.

El lugar pasó a llamarse elCementerio de los Astrales, un recordatorio eterno de la soberbia de los Astrales y de la oscuridad que habita en los humanos.

Varias generaciones pasaron, y Neonara, capital del Continente de Xenohdia, creyó haber dejado atrás las sombras del pasado.Las historias de guerras antiguas, de Astrales y de coronas extinguidas, se habían convertido en murmullos que solo los ancianos recordaban.

Pero la calma rara vez perdura en Astrial...

Un día el cielo sobre Neonara se abrió con un estruendo. No fue una tormenta, ni un accidente. Fue un ataque calculado devastador. Los vigías apenas pudieron describirlo: un joven de cabellos ondulados y platinos, de mirada tan fría como el acero, lideraba un asalto imposible para alguien de su edad. Sus fuerzas se movían con una precisión que ningún ejército había mostrado desde tiempos antiguos.

No dejó un mensaje. No reclamó vidas. No pidió rendición. Tomó como suyas gemas extraídas en las minas de la ciudad y, con esto, dejó un nombre, pronunciado con una seguridad que heló la sangre de quienes lo escucharon:Aschroft.

Sonaba antiguo, prohibido, como un eco de algo que el mundo había decidido olvidar. Los eruditos no encontraron registros fiables, y los ancianos temblaron sin saber por qué.

El ataque desató el pánico. Las murallas se reforzaron. La milicia se triplicó. Los ciudadanos hablaban en susurros, temiendo que nombrarlo en voz alta pudiera atraerlo.

Con cada Sol que pasaba, el poder del misterioso atacante crecía. Sus movimientos eran impredecibles, su fuerza inhumana, su estrategia tan afilada que parecía anticiparse a cada respuesta de Neonara. Los pocos que realmente se atrevían a nombrarlo, o que no les quedaba otra que pisar el campo de batalla, lo llamabanEl Ominoso. Unos pocos, los más supersticiosos, aseguraban que no era un hombre, sino un castigo.

Nadie sabía quién era. Nadie sabía qué quería. Pero todos comprendieron lo mismo: La paz había terminado.

Y algo antiguo, algo que jamás debió despertar, caminaba de nuevo por Astrial.