Amanecer
“El sol se asomó sobre el horizonte y, con su luz, disipó la niebla de mis pensamientos más profundos.”
No sé en qué momento exacto ocurrió, pero un día me descubrí incapaz de sentir. Ninguna emoción. Ningún dolor. Nada. Era como si mi interior se hubiera vaciado por completo, como si la muerte me hubiera rozado... pero se negará a llevarme consigo. Condenado a vagar sin rumbo, obligado a recorrer el mismo camino una y otra vez, día tras día, sin un final a la vista.
Tal vez todo comenzó cuando creí haber encontrado el verdadero rumbo: ese sendero que tantas veces imaginé, por el que caminaría hasta alcanzar mi destino. Pero estaba equivocado. Muy equivocado. Lo supe gracias al peso insoportable del sufrimiento impuesto por aquel entrenamiento sin tregua.
Las palabras de mi maestro aún arden grabadas a fuego en mi mente: “Recuerda, tú serás mi mejor creación.” Irónico, ¿no? En aquel entonces no entendía su significado. No era ingenuidad... o tal vez sí. Era simplemente que, en mi juventud, buscaba con desesperación la aprobación de alguien. Y él lo sabía. Sabía cómo alimentar esa necesidad y moldearme a su antojo.
No me culpo, pero tampoco me justifico. No logro comprender cómo no vi las señales. Quizá fui un tonto. Las jornadas agotadoras, el aislamiento forzado, “porque yo era especial”, la avalancha interminable de técnicas, teorías y estilos de combate que debía memorizar, ejecutar y perfeccionar... Todo aquello debió abrirme los ojos.
Recuerdo las mañanas en que todos los estudiantes se reunían para aprender, y yo me quedaba aparte, atrapado en mi silencio. Las noches en que era el último en salir, arrastrando un cuerpo roto y huesos resentidos, caminando hacia casa mientras el amanecer teñía el cielo... solo para dormir unas horas y repetir la rutina, una y otra vez.
Pero bueno, todo eso ya es pasado, y me cuesta traerlo a la superficie mientras batallo por mi vida en este preciso instante. Fue extraño, casi doloroso, repasar un poco de mi infancia, pero ahora debo abrir los ojos de nuevo.
Y sé lo que estás pensando ahora mismo: ¿Acaso me estás hablando a mí? Sí. Eres la voz en mi cabeza, esa voz que irrumpió de la nada cuando salí disparado por aquella ventana, arrastrado por esa explosión. Tuve que ingeniármelas para sobrevivir a la caída, solo con mi fuerza y mi katana como única compañía.
Gracias a que estás aquí, la soledad pesa menos. Pero no soy ingenuo; ya te lo dije antes, quizá de niño lo fui, pero ahora soy otro. Más duro. Más consciente. Sé que tu voz es la consecuencia de algún daño en mi cerebro, y no me importa. Solo quiero alguien que me escuche sin juzgar, sin llamarme loco o demente.
No te preocupes. Tenemos tiempo. Tiempo suficiente para hablar... hasta que llegue el trompeteo final y el último acto de esta historia humana termine, para dar paso a un nuevo amanecer.