Él y yo

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

«Siempre consigo lo que quiero». Una declaración audaz de parte del señor Thee, un empresario de ascendencia rusa, atractivo, adinerado y salido directamente de una novela romántica de ensueño. Es suficiente para hacer que Peach, una fotógrafa sencilla y despreocupada, grite internamente: «¡Contrólate, señor Thee!». Ser la consultora involuntaria de un heredero de la mafia no es nada fácil. Pero, en algún punto del camino, entre tantos consejos y discusiones de ida y vuelta, ¿por qué siente que se ha convertido en el objeto de interés del señor Thee?

Genero:
Humor/Lgbtq
Autor/a:
☁️
Estado:
Completado
Capítulos:
50
Rating
4.8 12 reseñas
Clasificación por edades:
18+

CAPÍTULO 1

El flash parpadeaba al ritmo del clic del obturador, mientras el modelo frente al fondo cambiaba de pose con total naturalidad. Era un hombre pequeño de rasgos delicados, casi femeninos; un famoso modelo unisex que derrochaba encanto posando con un perfume caro. Representaba a la perfección la imagen de una fragancia para todos los géneros.

—Dame una mirada un poco más segura... Eso es, perfecto —instruyó una voz profunda y suave, sin apartar los ojos de la cámara. Tras unos cuantos clics más, la esbelta figura bajó por fin la cámara. Anunció un breve descanso para preparar la siguiente escena.

—Oye, Peach, ¿cómo me veo? ¿La estoy rompiendo o qué? —El modelo prácticamente se acercó dando saltitos de emoción. Su entusiasmo exagerado hizo que Peach soltara una risita mientras giraba la pantalla de la cámara para que pudiera verse.

—¿A poco no confías en mi talento, Ran? —bromeó Peach mientras se descolgaba la cámara del cuello. Se sentó en una silla cercana y dejó que su joven colega revisara las fotos.

Mientras tanto, él volvió a revisar las imágenes en su propio dispositivo.

Aran sonreía de oreja a oreja hasta que se le inflaron las mejillas, con los ojos brillantes pegados a la pantalla. —¡Claro que confío en ti, Peach! Ya sabía que las fotos quedarían increíbles, ¡por eso me urgía verlas!

Y Aran no exageraba. Peach, o Peachayarat Janekit, era uno de los mejores fotógrafos del país. Su talento era extraordinario. Incluso los modelos que no eran tan guapos o famosos lograban llamar la atención tras pasar por su lente. Muchos actores y celebridades le debían su éxito a un puñado de las impresionantes fotografías de Peach.

Además de su talento excepcional, Peach tenía una reputación impecable en la industria. Era conocido por su profesionalismo, sus modales perfectos y su calma. Nunca se había visto envuelto en un escándalo ni en chismes, ni una sola vez.

Sin embargo, aunque le iba de maravilla en su carrera, su vida amorosa era un completo desastre, casi para llorar de risa. Después de que su tercera novia lo dejara por la misma razón que las dos anteriores, Peach se había resignado. Pensó que el amor simplemente no era para él.

—¡Peach, Peach! ¿Vas a venir a la fiesta de cierre esta noche? —preguntó Aran, satisfecho por fin con las fotos. Se giró hacia él con ojos grandes e inocentes y una mirada de ruego que hizo sonreír a Peach.

El deslumbrante modelo era cercano a Peach desde sus inicios en la industria. Algunos incluso decían que Peach fue quien lo ayudó a saltar a la fama. Aun así, su vínculo siempre había sido superficial; una relación profesional a lo mucho. Para Peach, Aran no era más que un hermano menor al que le tenía cariño.

¿El único problema? La personalidad de Aran era molestamente posesiva y exagerada, de esas que hacen que cualquiera ponga los ojos en blanco.

—¿Ya se lo dijiste a Tawan? Si empiezan a pelear en la fiesta, los corro a los dos —advirtió Peach cruzándose de brazos. El pequeño modelo puso cara de culpa de inmediato. Se movió incómodo antes de admitir con timidez que aún no le había dicho nada. Sin decir más, salió corriendo hacia su camerino, probablemente para llamar a su pareja antes de la siguiente sesión.

Peach soltó un largo suspiro antes de levantarse a revisar el siguiente escenario. Sacó su teléfono, revisó sus mensajes y echó un vistazo a su agenda. Después de un momento, abrió la aplicación del pajarito azul para ver las noticias mientras esperaba.

Dejó de bajar cuando un titular le llamó la atención. Era el último chisme sobre un joven empresario, mitad tailandés y mitad ruso, que estaba causando sensación en la industria del perfume y las joyas. No solo era famoso por su colmillo para los negocios. Su aspecto físico y sus romances pasajeros con varias actrices habían llevado a Theerakit Kian Arseny a la cima de la fama.

Peach miró el frasco de perfume colocado con cuidado en el set. Luego volvió a mirar su teléfono y sacudió la cabeza con una leve sonrisa. Su jefe era realmente un tipo astuto.

Este pensamiento cruzó brevemente su mente antes de volver al trabajo.

Aunque técnicamente era su "jefe", el término solo aplicaba porque el hombre era el CEO de la empresa para la que Peach hacía los anuncios. La probabilidad de que sus caminos se cruzaran era prácticamente nula.

Lo que realmente le preocupaba era que su joven colega no lo metiera en algún drama esa noche.

Con pasos largos, Peach caminó hacia su coche pequeño. Decidió pasar primero por su departamento antes de reunirse con los demás en un restaurante-bar de moda en el centro de la ciudad.

Una vez en el edificio, estacionó en el garaje subterráneo. Cerró el coche, agarró sus cosas y se dirigió a la entrada.

Pasó su tarjeta de acceso por el panel de seguridad, entró al elevador y marcó su piso.

El espejo reflejaba a un hombre joven de rasgos marcados y figura delgada. Medía poco más de un metro setenta y cinco, quizá llegando al metro ochenta. Su complexión era magra pero firme, con el aspecto de alguien que se cuida.

No era alguien deslumbrante ni extraordinariamente guapo, pero tenía ese tipo de rostro que nunca te cansas de mirar.

El elevador sonó suavemente al llegar a su piso. Peach caminó hacia su unidad, pasó su tarjeta por la cerradura electrónica y empujó la puerta al oír el clic.

Su departamento era un estudio estándar. No era muy grande, pero era justo para una persona. El espacio se dividía en una estancia y un dormitorio, con una cocina pequeña a un lado y el baño al otro. Al fondo había un balcón diminuto, con espacio apenas para la lavadora, un tendedero y unas cuantas plantas que daban un toque verde.

El cuarto de Peach era sencillo y discreto, justo como él. Peach organizó sus cosas; se sentía orgulloso de ser bastante ordenado, aunque su versión de "orden" a veces solo tenía sentido para él. Después de acomodar todo, regar sus plantas y comer algo rápido del refri para que no le rugiera la tripa más tarde, fue al clóset a elegir su ropa.

Al abrir el clóset, se encontró con su colección de siempre: playeras lisas de colores oscuros y una fila de jeans que le quedaban muy bien. Decidió quedarse con los mismos jeans que ya traía y cambió su playera informal por una camisa de manga corta. Dejó dos o tres botones de arriba sin abrochar, lo suficiente para mostrar un poco de su pecho claro. Tras un poco de loción, estaba listo para salir.

A decir verdad, a Peach no le sorprendió mucho cuando su última novia lo dejó hace dos meses. Su vida era simple, quizá demasiado, al igual que su personalidad. No era de grandes gestos ni de presumir. Lo que él ofrecía era estabilidad; era alguien que apreciaba los detalles y cuidaba la vida diaria.

La mayoría de la gente lo describía como el confidente perfecto. Alguien que daba buenos consejos, hacía sentir cómodos a los demás y transmitía calidez.

Confiable, seguro… pero nunca alguien de quien enamorarse.

Ese pensamiento le hizo soltar una risita, recordando las palabras exactas que usó su ex para cortar con él. La frase casi hizo que le soltara una respuesta sarcástica:

"¿Ah, sí? ¿O sea que quieres a alguien que no sea de fiar? ¿Tengo que ser un mantenido para que me elijas?".

Por supuesto, no dijo nada de eso en su momento. Al final, lo único que pudo hacer fue poner una sonrisa triste mientras la veía alejarse de la mano de su nuevo novio.

Ah, la trágica vida amorosa de Peachayarat.

Pensó en eso mientras dejaba atrás la frustración y se subía a su coche. Dos meses después de la ruptura, Peach ya se sentía más o menos normal. No es que le urgiera encontrarse a su ex, pero al menos ya podía pensar en ello sin sentir pena ajena.

Al meterse de nuevo en el tráfico pesado de la ciudad, recordó por qué los viernes por la noche eran un caos total. Era como si toda la ciudad se hubiera puesto de acuerdo para salir de fiesta tras una semana agotadora.

Las calles estaban a reventar, sin un centímetro de espacio entre los coches. Tras casi una hora de avanzar a paso de tortuga, Peach llegó por fin al restaurante. Entró para buscar a sus amigos en su mesa, listo para que la noche fluyera.

El lugar era un restaurante-bar con música en vivo, no de esos antros atascados y caóticos. Tenía el ambiente suficiente para sentirse animado, lo que hacía que encontrar la mesa de sus amigos fuera una experiencia agradable.

La reunión de esa noche era la fiesta de cierre de la sesión fotográfica de la colección de otoño. Habían trabajado con una serie de perfumes y accesorios a juego, casi diez looks completos. El rodaje había tomado casi una semana, combinando comerciales de video y fotografía fija. Claro, todavía quedaba una montaña de edición por delante, pero celebrar lo avanzado era bueno para el ánimo del equipo.

Llevaron a Peach a un asiento cerca de la cabecera de la mesa. Él ofreció una sonrisa amable y discreta y se sentó en silencio. Frente a él estaba Aran, el modelo estrella de la campaña, que lo saludó con entusiasmo, como un perrito emocionado al ver a su dueño.

Por desgracia, Aran no pareció notar la mirada fulminante que Peach estaba recibiendo de Tawan, el novio del modelo, que estaba sentado justo a su lado.

—Si me sigues mirando así de fuerte, Tawan, voy a terminar embarazado —bromeó Peach con una sonrisa mientras agarraba los ingredientes para prepararse su propio trago. Ni loco iba a confiar en su equipo para eso; siempre andaban planeando cargarle las bebidas para divertirse.

Tawan respondió con una mirada exagerada, entrecerrando sus ojos en una advertencia de juego. Apoyó un brazo en el respaldo de la silla de Aran para dejar claro a quién le pertenecía el modelo. Peach se rió para sus adentros, guardándose sus pensamientos esta vez.

No era de extrañar, la verdad; Aran era deslumbrante. Su belleza tenía algo suave, con unos ojos grandes de gacela que brillaban con calidez y encanto. Sin embargo, lo marcado de su mandíbula le daba una masculinidad innegable. Era una combinación irresistible que atraía las miradas de todos los presentes, tanto de mujeres como de hombres.

Peach miró a Tawan, un hombre que personificaba la masculinidad más tradicional. Sus rasgos afilados y angulosos, sus músculos tonificados y su imponente altura de 1,83 metros gritaban a los cuatro vientos que era un "macho alfa". Había cierta intensidad en su comportamiento, un temperamento de mil demonios que Peach había tenido que frenar más de una vez para que la cosa no pasara a mayores.

Es un protagonista, no cabe duda.

Peach, que hace poco se había enviciado con una serie nueva, sacudió levemente la cabeza. Si tuviera que evaluarlos, esos dos estaban destinados a ser el centro de atención; los papeles principales de principio a fin. Mientras tanto, él era más como el elenco de reparto: el mejor amigo que da consejos sabios, que guía al héroe o que a veces arma un poco de jaleo solo por diversión.

No le importaba interpretar ese papel, pero de vez en cuando se sentía un poco solo.

Después de hartarse de comer y saciar el hambre, se quedó un rato con una copa. Pero pronto decidió que ya era suficiente por esa noche. Había venido conduciendo y todavía tenía trabajo pendiente. Emborracharse no era una opción.

Al ponerse de pie, Peach se dirigió al baño con la idea de echarse un poco de agua en la cara y refrescarse antes de irse. Pero en cuanto abrió la puerta, se topó con una escena inesperada: Aran, el modelo menudo, estaba acorralado por tres hombres vestidos de negro. ¿Qué carajo es este lío ahora?

Peach maldijo para sus adentros, pero intervino rápidamente; sus largas piernas acortaron la distancia en segundos. En el fondo de su mente, soltó un insulto contra el novio amargado de Aran, ese que era tan rápido para mirarlo con desprecio, pero que al parecer no aparecía por ningún lado en una situación como esta.

Por fuera, sin embargo, Peach mantuvo la compostura. Forzó una ligera sonrisa mientras intentaba calmar los ánimos en el lugar.

—Oye, Ran, ¿por qué has tardado tanto? —llamó con naturalidad, aunque no tenía ni idea de cuándo se había levantado Aran de la mesa. Con destreza, agarró el brazo del más joven y lo puso detrás de él de la forma más normal posible—. ¿Estás borracho? ¿Te encuentras bien? No habrás molestado a estos caballeros, ¿verdad?

Peach siguió hablando, haciendo como si no hubiera notado que Aran intentaba abrir la boca. Antes de que el joven pudiera decir ni una palabra, Peach le apretó el brazo con fuerza como una advertencia silenciosa. Sabía lo afilada que podía ser la lengua de Aran. Si lo dejaba hablar, la situación se saldría de control.

Al girarse hacia los hombres que los rodeaban, Peach les dedicó una sonrisa educada, esperando rebajar la tensión. Fue entonces cuando finalmente notó a la figura que descansaba relajadamente contra el lavabo al fondo de la habitación.

El hombre parecía mestizo, con el cabello negro y lacio peinado hacia atrás, dejando ver una frente amplia. Bajo las luces de neón, su pelo brillaba con matices castaños. Sus ojos, afilados y autoritarios, tenían el color de las nubes de tormenta, y su mandíbula esculpida solo aumentaba su presencia intimidante. Llevaba una camisa de manga larga con los tres primeros botones desabrochados y las mangas remangadas hasta los codos, revelando músculos firmes y un vistazo de sus tatuajes. Flanqueado por dos hombres corpulentos de traje negro, emanaba un aire de autoridad que hacía que el pequeño baño se sintiera aún más estrecho.

La escena gritaba peligro por todos lados, tanto que Peach sintió unas ganas locas de salir corriendo de allí mismo.

—Parece que mi amigo les ha causado molestias. Lo siento mucho. Por favor, no se lo tomen a mal —dijo Peach, apretando más el brazo del otro hombre e inclinando la cabeza con cortesía.

Peach no era de los que buscaban pelea, y menos cuando el otro bando irradiaba esa clase de amenaza. Si una disculpa rápida servía para calmar las aguas o le daba una oportunidad de escapar, la aprovecharía con gusto.

—Bueno, si nos disculpan... —añadió con una sonrisa forzada. Se dio media vuelta y sacó a Aran del baño sin esperar permiso. Arrastró al modelo más pequeño con él y no lo soltó hasta que estuvieron a salvo del peligro.

De poco sirvió lo de refrescarse antes de conducir a casa. Ese pequeño susto lo había despejado más que cualquier chorro de agua fría.

Una vez que llegaron a un lugar tranquilo, Peach finalmente se giró hacia el joven con un montón de preguntas acumuladas.

—¿Qué demonios ha pasado ahí dentro, Ran? ¿Quiénes eran esos tipos?

—¡No tengo ni idea! ¡Yo no hice nada! —bufó Aran indignado, con las mejillas rojas, en parte por la rabia y en parte por el alcohol que corría por sus venas—. ¡Ese tipo con cara de mafioso intentó tocarme! Así que me defendí. Luego llamó a sus gorilas para asustarme. ¡Qué idiota!

Peach se aguantó las ganas de llevarse las manos a la cara. Sabía que el chico era guapo, lo suficiente como para atraer a tipos babosos que solo pensaban con el ego y las hormonas. Pero estaba claro que Aran necesitaba mejorar su forma de resolver conflictos.

No era más grande que un grano de arroz, estaba solo en una habitación llena de hombres peligrosos, ¿y aun así se ponía a contestar? Era un milagro que no hubiera terminado muerto o algo peor. ¿Es que este chico no tenía instinto de supervivencia?

Estaba a punto de decir algo para calmar los ánimos cuando, de repente, alguien lo tiró hacia atrás. Una mano fuerte le agarró el hombro con tanta fuerza que le dolió, antes de empujarlo a un lado sin la menor compasión. Por suerte, logró mantener el equilibrio, pero no antes de que la barandilla a la que se aferró para apoyarse le raspara la palma, dejándole un

corte que le ardía. El brazo le punzaba por el golpe contra el borde.

Peach se dio la vuelta, con el corazón en un puño pensando que el hombre peligroso de antes los había seguido. Pero para su sorpresa, quien lo miraba con furia, como si quisiera despedazarlo, no era otro que la severa celebridad.

Tawan estaba allí, sujetando al menudo modelo contra su pecho. Su tono áspero y cortante no encajaba con el gesto protector.

—¿Qué carajo está pasando aquí? —gruñó Tawan, con una voz que sonaba como un latigazo. Apretó su agarre sobre Aran como para evitar que se escapara.

—Llevas siglos fuera... y resulta que estabas por ahí tonteando con este maldito fotógrafo, ¿eh?

—¡Tawan, escúchame! —Aran forcejeaba en aquel agarre de hierro, intentando en vano soltarse—. ¡No es lo que piensas! ¡Peach me ayudó, eso es todo!

La protesta de Aran solo pareció echar más leña al fuego. La frustración de Tawan creció mientras respondía y, luego, sin decir más, se llevó al hombre más bajo con él, rodeándolo con el brazo como si fuera de su propiedad. Antes de desaparecer, Tawan le lanzó a Peach una mirada tan afilada que se sintió como una puñalada en el estómago; una advertencia clara para que se mantuviera alejado.

Peach se quedó paralizado, intentando asimilar el torbellino de caos que acababa de estallar. ¡¿Acaso sus pensamientos iban más lentos que la tormenta de emociones que acababa de ocurrir?! Una parte de él quería gritar por el desastre infernal que acababa de pasar por el lugar. Pero lo único que hizo fue dejar que las páginas amarillentas y desgastadas pasaran entre sus manos. Una parte de él quería expresar lo que sentía, pero no lo hizo.

Al salir, empezó a preguntarse si tal vez debería aceptar menos trabajos relacionados con Aran. No quería ser el motivo de más malentendidos o tensiones entre ellos. Además, quería dejarle claro a Tawan que no tenía ningún interés en meterse en sus dramas.

El problema era que Aran acababa de convertirse en el embajador de la marca Arseny. Con un contrato completo que lo vinculaba a toda la colección de otoño, evitar a la pareja iba a ser casi imposible.

Peach suspiró de nuevo, con un "qué más da" resignado instalándose en su pecho. Él no había hecho nada malo, pero los problemas no paraban de buscarlo. A estas alturas, lo único que podía hacer era restarle importancia y centrarse en el trabajo. ¿Lo demás? Eso ya no era problema suyo.

Caminó hacia su coche y se detuvo a su lado. Justo cuando iba a subir, un dolor agudo en el brazo le recordó el corte. Cambiando de opinión, rebuscó en el maletero una botella de agua, pensando que sería buena idea enjuagar la herida. También pensó que tal vez tendría que pasar por algún sitio para ponerse la vacuna del tétanos. Estaba demasiado oscuro para ver con qué se había cortado, y si había sido metal oxidado, eso podría ser un problema serio.

Peach agarró la botella de agua e intentó desenroscar el tapón con torpeza sin usar la mano herida. Sus torpes forcejeos le hicieron pensar en el hombre que se había encontrado antes en el baño, aquel que emanaba una vibra tan peligrosa.

Tenía que admitir que el tipo era guapo a rabiar, de eso no había duda. Pero ese aire de peligro que lo rodeaba era difícil de ignorar. Aun así, lo que más había impresionado a Peach no fue el físico del hombre, sino sus ojos de color gris humo.

Eran impresionantes, casi hipnóticos; el tipo de ojos que te hacían detenerte en seco. Incluso se sorprendió deseando tener una cámara para retratarlos. También tenían algo extrañamente familiar, como si los hubiera visto en algún lugar antes. Su belleza, casi como humo en movimiento, era lo bastante rara como para encender su chispa de fotógrafo.

—¿Necesitas ayuda con eso?

La voz profunda sobresaltó a Peach. Levantó la vista y se estremeció un poco al encontrarse cara a cara con esos mismos ojos gris humo en los que acababa de pensar.

Genial. Parecía que ese novato problemático le estaba trayendo un nuevo lío directo hacia él.