My hero academia: "Corazón Valiente".

Sinopsis

💥❤️💥 Akane Kishindo es un joven de secundaria marcado por la soledad. Desde que emigró del extranjero, al país del sol naciente, su vida se ha vuelto una sucesión de despedidas, adaptaciones forzadas y silencios dolorosos. Ha perdido amistades, raíces y, con el tiempo, hasta su propio rumbo. Sin un lugar donde sentirse en casa, comienza a creer que ya no tiene nada por lo que valga la pena seguir luchando. Pero entre esquinas desconocidas y calles ajenas, una chispa olvidada comienza a encenderse de nuevo: el sueño de convertirse en un héroe. No uno perfecto, ni el más fuerte. Sino uno capaz de dejar una huella real, de tocar corazones y cambiar vidas con actos pequeños, pero genuinos. En su camino, Akane conocerá personas extraordinarias, vínculos inesperados y momentos que lo confrontarán con su pasado, sus miedos... y su verdadero valor. Porque ser un héroe no siempre significa vencer al mal con poder, sino mantenerse firme incluso cuando se siente que todo está perdido. Y a veces, basta un solo corazón valiente para iluminar la oscuridad. ¡Vamos más allá!

Genero:
Adventure
Autor/a:
Abrajam
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
4.0 1 reseña
Clasificación por edades:
18+

Akane Kishindō: Origen. Parte 1.

Escupo sangre.

Espesa y cobriza. Gotea en mis manos y tiñe la tierra bajo mis rodillas, que parece ondular por sí sola. Mi vista se desenfoca. Todo se convierte en un borrón carmesí.

—¡¿Con qué derecho me diriges la palabra con tanta confianza, desgraciado?!

Apenas logro pescar las palabras del chico frente a mí. Ya he memorizado varios de sus insultos de tanto machacarlos en mi cabeza. Aunque los diga en japonés, es como si los escuchara en mi idioma natal.

—¡Responde!

Su zapato se entierra en mi pecho. El impacto estrella mi espalda contra la pared fría y el aire se estrangula en mi garganta. No puedo ni toser, no al principio, pero cuando finalmente lo hago, el sabor metálico se adhiere a mi paladar.

El ruido de más zapatos retumba a mi alrededor.

—Vamos, solo respóndele, ya queremos irnos.

—Eso te pasa por querer saludar a Ishikawa cuando estaba molesto. Ahora solo va a desquitarse contigo.

«Yo solo intentaba ser amable». El pensamiento atraviesa mi mente, una verdad inútil. Sé que las palabras no servirán, pero aún así, digo lo primero que sale de mis labios partidos:

—Perdón, digo... —Tropiezo con mis palabras. El reflejo es más rápido, y termino escupiendo las disculpas en español—. Espera... eh... ¿cómo se di-?

Ese simple error me otorga el cupón para un tirón tan fuerte que me estampa la cabeza contra el muro de concreto. El impacto me taladra los tímpanos. La sensación es como un latigazo, un shock eléctrico disparándose desde mi cráneo hasta los dedos de los pies.

No escucho. No veo. Todo es... borroso.

Entonces, el ruido vuelve, distorsionado en forma de risas.

—Ohhh. ¿No te habrás pasado al usar tu kosei en él, Ishikawa? Lo vas a dejar más idiota de lo que es.

—Eso le pasa por hablar en su estúpido idioma. ¡Aquí se habla como se debe!

La nariz me cosquillea, acompañada de una sensación de mareo. Tengo... sueño. Los párpados me pesan...

Un golpe en la mejilla me espabila, abruptamente. Una fuerza invisible se enreda en mi cabello y tira de mi cabeza hacia atrás con saña. Ishikawa tiene las manos a la espalda y sus amigos lo flanquean. Supongo que estará usando su "Kosei".

—Qué pérdida de tiempo —brama, cerca de mi rostro. Casi puedo oler su aliento con sabor a desprecio—. Qué desagradable que hayan permitido que alguien como tú ingresara a esta escuela. ¡Regresa de donde viniste, idiota!

No respondo. Ni siquiera podría hacerlo.

Al soltarme, uno de sus amigos me estrella mi mochila contra el pecho. Está cubierta de tierra y pequeñas piedras después de haberla revolcado por el suelo.

Escucho cómo las carcajadas se disuelven en ecos. Los pasos se alejan, uno a uno, hasta perderse detrás de la esquina.

Silencio... otra vez.

Respiro. Lo intento. Me quedo allí, sintiendo el frío de la pared resquebrajada que muerde mi nuca. Mis dedos tiemblan al buscar apoyo en el concreto.

Sé que está mal decirlo, pero esto ya se ha vuelto una costumbre para mí. He aprendido a levantarme, aunque cada célula me grite que no lo haga. Apretar la mandíbula hasta que truene, sabiendo que después vendrá la jaqueca. A no esperar ayuda. Porque ya me lo han dicho hasta el hartazgo:

"No perteneces aquí".

Lo sé.

Ni allá.

Ni aquí.

Ni en ninguna otra parte.

Y supongo que tienen razón.

Desde niño fue igual. Allá era "raro" por ser hijo de un japonés, por mi nombre y mi rasgos tan distintos. Aquí, porque soy "el extranjero", el que todavía no se adapta y al que hay que evitar solo por no ser de aquí. Siempre la misma sensación: estar fuera de lugar, incluso en medio de la gente.

Si así son las cosas... si no tengo un lugar... entonces...

—¿Por qué sigo aquí?

La pregunta flota, atrapada entre los espasmos de mi pecho adolorido.

A veces pienso que, tal vez merezco todo esto. Que tal vez... este sea mi castigo por lo que hice.

Mis párpados amenazan con cerrarse. El dolor es punzante en las sienes. Me arrastro fuera de este rincón. Nadie me espera. A nadie le importa. Y así está bien.

Yo... estoy bien así.

{ ♡ }

«A veces, el mundo hace tanto ruido que uno acaba volviéndose invisible entre todo ese caos».

El suelo vibra bajo mis pies. Un temblor apenas perceptible que logra ponerme alerta. El cruce de peatones está a punto de soltar a su jauría de gente, y yo estoy justo en el medio, como sardina en una lata mal sellada. Entre el mar de personas, el semáforo parpadea intermitente hasta que decide detenerse en el verde, y es entonces que la avalancha comienza. Cuerpos, mochilas, maletines de cuero, pasos rápidos y apurados por todos lados. Navego entre esta marea humana, buscando una salida que se desvanece. Solo queda dejarse arrastrar por esa corriente.

Todos parecen saber exactamente a donde ir. A sus hogares, a sus trabajos o simplemente a divertirse con sus amigos en algún karaoke o restaurante de "Yakiniku".

Ojalá yo también tuviera esa certeza. Saber a donde realmente quiero ir. Pero arrastro los pies con la mirada clavada en el pavimento, un pie siguiendo al otro, en automático, en la misma ruta ya memorizada y que no ha cambiado desde los dos últimos meses que llevo en esta "nueva vida".

Mi mochila cuelga floja de un hombro, golpeando mi cadera con la inercia de mis pasos. Acompañada de una migraña insoportable e incómoda que corona mi cabeza. Me entorpece el andar y martillea mi cerebro con cada vez más fuerza.

—¡Ah!

Al cerrar los ojos -solo un segundo- para intentar soportar el dolor, un choque inoportuno empuja mi hombro. Un oficinista apurado que ni siquiera se inmuta y sigue negociando por teléfono, pero su mirada me escanea al pasar de largo; descarga su molestia en un ceño fruncido.

—L-lo siento —me disculpo con una pequeña reverencia, aunque las palabras parecen perderse antes de llegar a su destinatario.

El viento apenas me roza al levantar el rostro. Una brisa débil, una caricia sin intención que aviva el ardor en la herida del labio. Por reflejo, paso la lengua por el corte –aún abierto–, saboreando ese rastro tenue de hierro que se niega a desaparecer, como quien limpia una mancha de comida.

Intento ignorar el dolor admirando los enormes edificios que se elevan sobre mí, gigantes de vidrio y acero capaces de eclipsar el sol sin problemas. Compiten entre ellos por ver cuál alcanza primero el cielo. Y yo... solo puedo imaginarme como soy apenas una sombra diminuta más a sus pies.

Vuelvo a alcanzar otro semáforo y, al detenerme, me fijo en las pantallas LED que chispean sin descanso, resplandeciendo con anuncios de productos con el tema de siempre: héroes. Temporadas de moda "heroica" presentadas por la heroina Uwabami y transmisiones de combates de héroes en su auge. En una de ellas –la más grande– seguía mostrándose el combate del héroe Spin Crusader, enfrentando a un villano monstruoso con apariencia de tiburón, girando entre ataques y esquivos muy caóticos. Era un combate que sucedió hace dos días, pero que volvía a tomar relevancia debido a la popularidad en ascenso del héroe (incluso se menciona que estará en un evento benéfico pronto).

Aquella pelea televisada parecía ajena, cotidiana, una escena coreografiada para un público distraído, o más bien, acostumbrado a lo increíble.

Pero, al parecer, no lo era para todos.

—¡Mira, mamá! ¡Están peleando en la pantalla gigante! ¡Miralos!

—Sí, los veo, pero ten cuidado Seita. Recuerda que no puedes usar tu kosei en plena calle.

A mi lado, un niño flota a unos pocos centímetros del suelo, sostenido por el zumbido de unos propulsores que sobresalen de las suelas de sus tenis. Tiene el cabello castaño claro, revuelto por el viento, y unas mejillas redondas llenas de pecas que brillan con un tenue rosa. Lleva puesta una chaqueta amarilla cubierta de parches de héroes populares –All Might, Edgeshot, Endeavor– como si tenerlos encima lo acercara un poco más a ese mundo. Y si su fanatismo por los héroes no fuera más evidente, en su mano sostiene un globo con la cara de All Might, tan inflado que su sonrisa parece estar a punto de reventar.

Ahí, su madre está también, sujetándolo de la mano. Con ese cuidado casi palpable con el que alguien sostiene su propio mundo. Posee un rostro sereno, de rasgos suaves, y unos ojos celestes -iguales a los del niño- que se detienen un segundo más de lo necesario en él, comprobando constantemente que no corra peligro, que todo esté bien.

—¡Tú puedes, Spin Crusader! —grita el niño, embobado con la pantalla mientras da puñetazos al aire. Pero... un tirón mal dado, y el cordel resbala de entre sus dedos—. ¿Eh...? ¡Ah! ¡Mi globo!

El globo asciende de golpe, zarandeado por el viento, girando como si no supiera a dónde ir. El niño extiende los brazos, desesperado. Suplicando ayuda con la mirada.

Pasa rozando mi hombro. Tan cerca que mis talones se tensan. Los dedos se flexionan. El cuerpo se inclina apenas hacia adelante.

Y ahí está la oportunidad. Un instante suspendido. Un reflejo que quiere explotar.

Pero... no lo hago.

El impulso se congela. Como si algo me ordenara no intervenir. Es una sensación espesa. Anclada en mi estómago. No sé de dónde viene, pero pesa. Y mucho.

El globo sigue subiendo.

Entonces, el cielo ruge. Mi corazón se agita. Un estruendo metálico rompe con la quietud junto a un haz de luz que corta el aire y bloquea el sol. La silueta deslumbrante se manifiesta entre la sombra de los edificios y una mano enguantada atrapa el globo en pleno vuelo.

—¡Whoa! Si que es raro lo que uno se encuentra en las alturas.

La voz desciende desde lo alto, cargada de una energía que parece encender el aire. Los destellos del sol dibujan su silueta, pero cuando sus botas rozan el suelo, deja ver su apariencia.

Un héroe.

Su armadura azul cian refleja la luz, al igual que una superficie de agua agitada. El casco le cubre media cara, pero deja ver lo que más importa: esa sonrisa de dientes perfectos, segura y hecha para ser vista desde cualquier ángulo, sobretodo con una buena cámara de tv apuntandole directamente.

—¡White Jacket! —grita él niño, sus ojos brillan y se vuelven más grandes por la emoción.

Aterriza con elegancia. El jetpack en su espalda se pliega con un suave chasquido metálico. Luego, se inclina y le ofrece el globo al niño.

—Creo que esto es tuyo, ¿verdad?

—¡M-muchas gracias, de verdad! ¡Perdone las molestias! ¡En serio! —dice la madre, con una par de reverencias apuradas.

—Descuide ciudadana. Solo fue un pequeño accidente que fue resuelto a tiempo —responde él con voz heroica, alzando el pulgar, para luego girar hacia el niño con esa misma seguridad—. Un globo así de increíble merece ser sostenido con mucha fuerza. ¿Tienes la fuerza suficiente para sujetarlo con seguridad, pequeño?

El niño lo mira con ojos de centellas, como si acabara de recibir una misión sagrada.

—¡Sí! ¡Puedo hacerlo!

—¡Eso es! —El héroe asiente y ríe, revolviendo el cabello del niño con suavidad—. Bueno, es hora de regresar al deber. ¡Nos vemos entre las nubes!

El rugido de su jetpack me inunda los oídos en un impulso poderoso. Una estela azul se dibuja sobre el cielo y se extienden alrededor. Todos los presentes se quedan boquiabiertos. Yo solo sacudo la mano, apartando el humo azul que cae y me cubre el rostro, haciéndome toser.

—¡Que increíble! —murmura el niño, dando saltitos impulsados de sus pies.

—¡Seita! De verdad, debes tener más cuidado —le dice su madre, pero la voz le tiembla.

—¡Mamá, mamá! ¿Crees que yo también pueda ser un héroe que pueda volar tan alto como él?

La repentina pregunta parece tomarla por sorpresa. Pero enseguida se inclina hacia él, acaricia su cabello con ternura y le dedica una sonrisa cálida, de esas que que solo una madre es capaz de ofrecer y que tienen el poder de calmar cualquier corazón.

—¡Claro que sí! Algún día, tú también volarás. Quizás incluso mucho más alto que cualquier otro en este mundo.

Lo alza en brazos, y se van. Riéndo. Compartiendo un momento bastante... lindo, supongo. Uno de esos instantes que se quedan clavados en algún rincón del pecho al presenciarlos.

Los observo desde la otra acera. No me muevo. Solo me pongo a pensar.

«Pude haber atrapado el globo».

Lo pensé. Lo sentí. Pero no hice nada.

Aunque... pienso que fue mejor así.

Ese niño necesitaba ver a ese héroe. Necesitaba ese instante para soñar, para emocionarse. Si yo hubiera intervenido, solo lo hubiera perjudicado y todo lo demás se habría perdido: la magia, la emoción, la alegría.

—Sí... así tenía que ser. Así fue mejor.

Me lo repito. Una y otra vez. Con cada paso que doy hacia adelante.

Hasta que lo termino creyendo.

♡♡♡

El tren arriba con una ráfaga helada. Puntual, pulcro, ordenado. Completamente distinto a lo que he estado acostumbrado. Es muy extraño. Subo con los demás, sin cruzar miradas mientras una voz amable anuncia la siguiente estación antes de que las puertas se cierren.

Ayer no fue así de tranquilo.

De camino a la escuela, el servicio se retrasó por un ataque en las vías: un villano enorme obstruyendo el paso y que obligó a evacuar la zona. Alcancé a verlo solo unos segundos peleando contra un héroe, hasta que una heroina de igual o más tamaño, salió de la nada y noqueo al villano con una sola patada voladora. Al final, por quedarme de mirón todo ese rato, terminé llegando tarde a clases.

Aunque mi suerte no acabó ahí, ya que al salir de la escuela, un villano de apariencia viscosa casi me golpea al huir después de robar una tienda. Pero -y aún sigo sin creerlo- fui salvado por el mismísimo All Might, que me puso en un lugar seguro en apenas un pestañeo para seguir con su persecución, desapareciendo por la alcantarilla por donde el villano escapó.

Aunque fue por menos de un segundo... fue increíble verlo en persona.

Esa misma tarde, al caminar de regreso vi una explosión en la distancia y, poco después, un estruendo que levantó un tornado tan grande que oscureció el cielo, lo que hizo que lloviera por un rato. Casi se me cae la boca al suelo al descubrir en las noticias que había sido obra del propio All Might al detener al villano y salvar a dos adolescentes.

Japón es una locura.

En fin, lo único que me queda por pensar es en como no quedarme dormido durante el trayecto. Me acomodo en el asiento y me enfoco en el exterior. Al otro lado del cristal, en como los edificios altos se deslizan con rapidez y como las luces se difuminan hasta que todo queda más a nivel de suelo.

Al bajar, el paisaje cambia en un respiro. Se deshace el ruido, se apaga los colores encandilantes de la ciudad, dando paso a caminos más tranquilos y apretados, árboles que ofrecen pequeñas sombras, cantos de aves sobre antenas y farolas que empiezan a encenderse junto a los ligeros zumbidos de las cigarras. Realmente se siente que se puede respirar calma por aquí.

Sin darme cuenta... ya estoy aquí.

"Bienvenidos al callejón Kyber."

Eso dice el arco de la entrada, aunque apenas. Las letras están agrietadas y descoloridas, se aferran a la madera con la obstinación de lo que se niega a desaparecer del todo.

Aquí es donde vivo... o algo así.

A veces, cuando tengo que ponerlo en palabras, uso "hogar", pero nunca termina de asentarse en mi boca. Suena prestada, como ropa que no me queda y que en algún momento tendré que devolver. Para mí, este lugar es un paréntesis: un refugio, sí, pero de esos en los que uno no termina de deshacer la maleta.

Cierro los ojos e inhalo el aire espeso y tibio del callejón, con cada paso adentrándome más a este apretado rincón. Los aromas del incienso y de ramen hirviendo desde hace horas forma una mezcla extraña que debería sentirse reconfortante, pero que en mí despierta algo más difícil de nombrar. Como si este tipo de "Yokocho" intentara disimular el paso del tiempo con esa fragancia familiar: un velo de normalidad sobre su desgaste.

Las tiendas se alinean estrechas, apretadas como si compitieran por un poco de espacio. Muchas ya no abren. Casi todos los dueños viven arriba, en el segundo piso de sus tiendas. Es algo común en este tipo de callejones: estructuras delgadas, de dos o tres plantas, donde el negocio queda abajo y la vida arriba.

Algunos vecinos -muy pocos- cruzan miradas fugaces conmigo. Uno apenas asiente con el mentón; otra esboza una sonrisa que ni llega a formarse. La mayoría simplemente sigue su rutina, encerrados en su propio mundo, como si el menor gesto pudiera quebrar un equilibrio frágil y antiguo que nadie se atreve a tocar.

Y no veo porque yo sería quien hiciera eso.

Pero, aún así, después de pasar por esa -tan común- indiferencia, llego al final del callejón.

Ahí me espera mi refugio. Discreto, casi camuflado entre las demás estructuras. No es una casa, es más un típico departamento cuatro por cuatro para un estudiante. La fachada es sencilla: un gris desteñido por los años, agrietado en algunas esquinas, señales de una falta de mantenimiento. La puerta conserva apenas un eco de aquel color; un marrón que ahora es más recuerdo que pigmento. Algo normal después de escuchar que desde hace más de veinticinco años que no se usa esta parte tan escondida.

No es que este en ruinas; simplemente ha perdido toda pretensión de juventud.

La puerta se abre, y una silueta aparece detrás de ella. Es Nozomi Aihara. De pie en el umbral con una blusa violeta con flores diminutas y un delantal que le cubre hasta las rodillas.

Su cabello corto, de un plateado apagado, cruzado por vetas magentas que se mecen con suavidad y alborotan el moño torcido que parece haberse atado con prisa, seguramente entre una tarea y otra. El paso de los años la ha alcanzado, pero no logrado opacar ese brillo sereno en su rostro que vive en ella desde siempre. Su sola presencia parece suavizar los bordes del mundo, irradiando una calidez hogareña y sencilla.

—Has vuelto temprano, Akane-kun —dice con esa voz suya, armoniosa y clara como el sonido de una taza colocada con cuidado sobre la mesa-. ¿Cómo fue tu día?

La miro apenas un segundo antes de bajar la vista. Como siempre, no sé bien que responderle.

—Fue... bueno, Aihara-san. C-con su permiso. Voy a pasar.

Con un click y una leve inclinación de mi cabeza, paso al interior, me quito los zapatos y dejo la puerta entreabierta. No me siento con ánimos para hablar realmente, pero cerrarle la puerta en la cara sería muy descortés y grosero. Ella no se merece un trato así.

—Oh, ya veo... —susurra desde la puerta, asomando la cabeza por el marco—. Es que, verás, te preparé algo, una sorpresa "deliciosa" que quizás te pueda dar ánimos.

Frunzo el ceño, confundido. No alcanzo a entender a qué se refiere. Pero, de pronto, un olor denso y tibio se desliza por el aire, directo a mi nariz. Tiene un filo leve, picante, raspa apenas la garganta al inhalarlo. Es extraño, aunque también hay algo conocido en él que mi memoria ya intenta reconocer.

—Ese olor... es...

La señora Aihara me guía hasta el comedor, donde un plato humeante con tortillas rellenas de pollo, enrolladas y bañadas en una salsa anaranjada espesa me esperan. El aroma es más profundo de cerca.

—Oh, son... ¿enchiladas...?

Me observa con una ilusión callada, las manos entrelazadas delante del delantal.

—Tus abuelos me dieron la receta de tu comida favorita. Aunque las instrucciones estaban en español y, bueno... la verdad entendí solo una pequeña parte. Fue complicado.

La señora Aihara ríe con un tono nervioso, para luego suspirar y llevarse una mano a la mejilla.

—Ay, vaya que cocinar así es tan distinto a lo que estoy acostumbrada. ¡Pero hice lo mejor que pude! Creo. Sé que si practico un poco más, podré acercarme a ese sazón mexicano al que estás acostumbrado, ¿no lo crees?

Ríe de nuevo, suave, con un brillo propio que parece encender la habitación entera. Mi cabeza da vueltas entre pensamientos. No tanto por la comida, sino por lo que acaba de decir. Ese deseo de alcanzar algo tan específico: ¿"Sazón mexicano"?

—N-no hace falta que cocine por mí, Aihara-san —digo al fin, bajando la mirada hacia el plato y luego volviendo a ella—. Yo puedo hacerlo por mi cuenta. Papá me enseñó como hacerlo desde pequeño.

—Lo sé —responde enseguida—, pero no lo hago porque crea que no puedes.

Lo hago porque... sé que estar aquí, tan lejos de lo que conoces, no debe ser fácil. Extrañar puede doler, incluso cuando uno no lo dice en voz alta.

Hace una pausa, como si estuviera buscando las palabras justas antes de hablar.

—Es por eso que, si con una comida, por más torpe que sea el intento de imitarla, puede hacerte sentir un poco más cómodo aquí... entonces vale la pena intentarlo.

Esa sonrisa de nuevo en su rostro. De esas que no esperan nada a cambio, muy similar a la de la madre de aquel niño. Suave y cálida, como una manta tibia en invierno.

Asiento apenas, un intento de reverencia acompañada una sonrisa medio forzada torciendo mis labios.

—Gracias, Aihara-san. Lo... lo aprecio mucho.

Es lo único que le digo. No tengo palabras mejores para expresárselo. No las encontraría.

Ella no es de mi familia.

Y aun así, me cuida como si lo fuera.

La señora Aihara es la mujer que me ofreció este pequeño refugio cuando todo lo demás se había desmoronado. Fue una amiga cercana de papá durante su juventud viviendo en Japón. En su testamento dejó por escrito que, si algo le llegaba a ocurrir, ella sería la persona encargada de mí. No era una obligación legal, pero bastó para que el pesado y extenso trámite fuera aceptado... y para que –según sus palabras– ella cumpliera la "promesa" que le hizo a mi padre.

Yo nunca llegué a conocerla, pero papá y ella mantenían su contacto, aunque con una menor frecuencia atraves de un método de correspondencia anticuado, ya que a ninguno de los dos se adaptaba bien a la tecnología actual. Sin embargo, hubo un tiempo que las cartas tardaban en llegar más de lo normal; días que se convirtieron en meses y luego pasaron a años. Se perdieron la pista durante mucho tiempo. Hasta que la noticia llegó a ella atraves de un contacto cercano. Noticia que ella misma decía no poder aceptar al momento de leerla.

El fallecimiento de mi padre.

Yo tenía casi diez años cuando pasó. Y la noticia llegó a ella un par de años después, cuando ya vivía con mis abuelos maternos. Para ese entonces, ellos ya eran muy mayores. Y después de... "aquel" incidente en mi anterior escuela, quedó claro que no podían seguir cuidando de mí.

No era justo para ellos. Aunque nunca me lo dijeron, sé que los decepcioné.

Ahí, fue donde apareció la señora Aihara. Tomó la responsabilidad de alguien que apenas conocía por descripciones y fotografías. Me ofreció un lugar, sin condiciones, sin necesidad de explicaciones. Me permitió comenzar de nuevo.

Ella no estaba obligada, y aún así lo hizo.

—¡Ah, el agua del té! —exclama la señora Aihara. Apurada.

—¿Té?

Se pone de pie con una rapidez inesperada cuando el chirrido de la tetera silbando en la estufa interrumpe la calma. Regresa al poco rato, portando una bandeja de madera entre las manos. La coloca sobre la mesa con un cuidado casi ceremonial. Encima descansan una pequeña tetera de porcelana blanca -kyūsu-, tres tazas sin asa y una jarra intermedia. Después de servir, se sienta frente a mí, con esa calma tibia y constante que parece no alterarse nunca.

—¿No te molesta que me quede un rato más, Akane-kun? —pregunta de pronto, con una mirada que busca permiso—. Solo quería conversar un poco... pero si te incomoda, puedo dejarlo para otro momento.

—N-no, está bien —respondo rápido, casi atropellado. Me siento, esforzándome por parecer relajado, aunque sé que no lo consigo del todo—. Gracias por el té.

Tomo la taza entre las manos. El calor se filtra por mis dedos, sube por los brazos, como si intentara convencerme de que puedo bajar la guardia. Le doy un sorbo leve y—

—¡Ay!

Me quemé.

—Ah, lo siento. Debí advertirte que aún estaba caliente.

—No, fue mi culpa. Tendría que haber tenido más cuidado.

La señora Aihara hace una pausa y luego sonríe.

—Veo que ya puedes hablar con más fluidez. ¡Me alegra mucho!

—Solo un poco —respondo rozando el borde de la taza con el pulgar—. Mi padre fue el que me enseñó lo importante del idioma cuando era niño, es lo suficiente como para mantener una conversación decente o al menos entender lo que otros dicen. Aunque sigue siendo difícil acostumbrarme a todo lo demás, como la escritura y lectura.

—Pues a mi me parece que vas mejorando muy rápido —expresa ella, sin perder su serenidad—. A tu edad y casi puedes hablar tres idiomas. ¡Eso es algo impresionante!

—Sí... supongo.

Doy otro sorbo, esta vez con más cuidado, aunque vuelve a arder. El sabor es fresco y suave, con un dejo dulce que se queda en la lengua y el paladar. Pero es entonces que noto su mirada. No me observa a los ojos, sino a un punto más bajo de mi rostro. Su expresión cambia muy sutilmente y el tono en su voz baja una octava.

—¿Te duele?

—¿Mmm? Ah, no, solo me quemé un poco. No es nada.

—No, no es eso. Me refiero a tu labio. Tienes una herida.

Inmediatamente, paso el dedo índice por la comisura. Ya se ha formado una pequeña costra dura y áspera. Había olvidado por completo que eso estaba ahí.

—Ah, sí... f-fue de esta mañana —respondo, desviando la mirada—. Me golpeé con la puerta del casillero en la escuela. No estoy acostumbrado a esas cosas, en la anterior no teníamos eso y acabé chocando con ella cuando la abrí. Debí tener más cuidado.

Intento sonar casual. Natural. Pero la frase se quiebra a medio camino. Mi manejo del idioma no ayuda y la mentira tampoco.

—Akane-kun... ¿de verdad estás bien? —su voz apenas roza el aire con la pregunta—. ¿Todavía te pesa lo que ocurrió?

Mi estómago se encoge. La garganta se cierra y el aire se me queda atrapado en el pecho. Me aferro a la taza con más fuerza de la necesaria. No quema, pero me sirve como excusa para no levantar la vista.

—Estoy bien —respondo al fin, sin darme cuenta que estoy apretando la mandíbula de más—. Ya han pasado más de tres meses desde eso. Estoy bien...

—B-bueno, es solo que, últimamente te noto más callado. Más lejos. Como si no estuvieras aquí realmente, y no puedo evitar preocuparme por cómo te sientes.

—Le dije que estoy bien —repito. Más seco de lo que quisiera—. Eso ya no importa.

El silencio se instala entre nosotros. Uno espeso, incómodo, tan denso que puedo sentir como me aplasta. Aprieto los labios. No levanto la mirada. Me siento horrible por haber sido así de brusco en mis palabras. Me cuesta mucho explicar lo que ni yo mismo entiendo, pero también sé que eso no es excusa para comportarme como un completo idiota.

—¿Sabes? —comienza ella, con una paciencia que parece venir desde muy adentro—. Cuando era joven, conocí a un muchacho, casi de tu misma edad. Él creía que los errores eran como heridas que dejaban cicatrices con el tiempo. Que una vez que dejaban esas marcas, se volvían imposibles de borrar, como si esa versión lastimada y "rota" de ti fuera la única que podía definir quien eres a ojos de los demás, incluso de ti mismo. Tú crees eso también, ¿verdad?

—No es tan simple... —murmuro, casi sin voz.

—Nunca lo es —añade ella—. Pero se nota en tus ojos. En la forma en que te esfuerzas por pasar desapercibido. La forma que ocultas las cosas que te pasan. Como si cargar en silencio tu pesar y tu dolor fuera la forma de castigarte cada día, incluso de pedir perdón cuando nadie te lo exige.

No puedo levantar la vista. No me atrevo. Me mantengo fijo en mi reflejo difuso en el té. Se mueve con cada temblor leve de mis manos. Apenas me reconozco en él. Trago saliva. Mis palabras no quieren salir. Pero aún así, lo intento:

—Yo... no sé cómo sentirme —digo al fin, tragándome un poco el orgullo—. Lo que hice ese día. "¿Fue correcto?" "¿Fue justo?" "¿Fue lo que tenía que hacer?" Cada noche lo he pensado desde que pasó. Lo único que sé... es que perdí el control. Me dejé cegar por la rabia, el enojo, y eso provocó consecuencias. No solo para mí, también... para otros que no lo merecían.

Mis dedos se enredan en el borde de mi camiseta. Un ancla pequeña y torpe para no quebrarme. Aprieto los ojos. Aprieto la mandíbula. Pero no sirve. La tensión tiembla en mi quijada. Arde en mis párpados.

¡Maldición!

Ella no responde de inmediato. Deja un momento breve para que pueda recuperarme. Puedo escuchar como toma aire antes de hablar, una gesto que también trato de imitar para calmarme.

—A veces... uno actúa siguiendo lo que dicta su corazón. Suena noble, incluso justo, pero el corazón también se quiebra, se agrieta con cada decisión difícil que tomamos con ese impulso. No existe una forma perfecta de hacer las cosas, solo el camino que creemos correcto en ese momento, aunque después descubramos que estaba lleno de errores. Al final, lo único que nos queda son esas decisiones... y la carga de vivir con ellas. Nadie puede escapar de eso.

«Lo sé... lo sé mejor que nadie», pienso, aunque no me atreva a decirlo en voz alta.

—No voy a justificar lo que hiciste, porque sé que no buscas eso. Pero quiero que sepas que... te entiendo. Quizá más de lo que imaginas.

—Creo que es muy difícil que lo entienda... —mi voz se vuelve de cristal, tan frágil que me enferma—... porque lo que hice... lastimó a varias personas y alejó a quiénes más quería.

—Tienes razón. El dolor que cada uno experimenta es distinto. Vivir con una duda que te carcome día a día y te lastima por el pensamiento de: "¿qué hubiera pasado si mejor hacia esto en vez de lo otro?" Como si ese solo error bastara para determinar quién eres, y quién no tienes derecho a ser. Nuestras acciones siempre tendrán una consecuencia, aún si nuestra intención fuera buena o mala. Pero tienes que tener en claro algo muy importante...

Levanto la vista. Solo un poco.

Y ahí está. La misma sonrisa capaz de calmar cualquier situación.

—No eres tu pasado. Ni tus errores. Tampoco las palabras que alguna vez usaron para definirte o para lastimarte. Eres la siguiente elección que tomes, el siguiente paso hacia adelante. Y eso... hará un cambio. Uno que solo dependerá de ti.

Quiero decir algo. Lo intento. Pero no confío en mi voz. Solo puedo verla, irradiando esa calidez tan natural y gentil que, hace que algo en mí se sienta... distinto.

Justo cuando mi voz esta a punto de nacer, el teléfono suena.

Ella se levanta con rapidez, como si hubiera estado esperando esa llamada todo el día. Su expresión cambia apenas, una sombra leve en la comisura de sus labios, un pliegue sutil en la frente, suficiente para que note que algo la inquieta.

—Ya veo. Está bien. Sí, muchas gracias por su trabajo. Iré enseguida —dice con calma, antes de colgar. Luego se vuelve hacia mí—. Discúlpame, Akane-kun. Tengo que salir. Es un asunto del hospital.

—¿Pasa algo malo?

—Solo son los resultados de mis estudios rutinarios. Ya sabes, una empieza a hacerse mayor y hay que revisar que todas las piezas sigan funcionando. Es fastidioso, pero necesario.

—¿Q-quiere que la acompañe?

Apenas empiezo a levantarme, ella posa una mano en mi hombro. El gesto suave me devuelve al asiento sin siquiera darme cuenta.

—Te lo agradezco, pero está bien, Akane-kun. Puedo ser vieja, pero sigo siendo fuerte, ¿sabes? —ríe con esa naturalidad suya que consigue aflojar los nudos de la garganta—. Volveré un poco más tarde de lo normal, así que no te preocupes.

Camina hasta la entrada. Ya casi cruza la puerta, pero se detiene. Se queda ahí, en el umbral, como si algo la llamara a voltear.

—Me alegra que al fin pudiéramos hablar. Sé que tal vez no sea mucho, pero espero que te haya ayudado.

Asiento, incapaz de poder decir algo.

—Si algún día quieres volver a hablar, solo dímelo. Prepararé más té y quizás hasta hornee algunas galletas.

Intento devolverle la sonrisa, me cuesta. Pero algo se siente diferente dentro de mí cuando la veo cruzar el marco de la puerta. Un impulso que no puedo detener.

—¡Aihara-san!

—¿Mmm? ¿Sí? —se gira con curiosidad.

—Y-yo... s-solo quería decir que... usted no es para nada "vieja". De hecho, se ve bastante joven y fuerte... c-como una muchacha de preparatoria.

Aprieto los ojos, no soy capaz de atreverme a ver su expresión. No sé de dónde salió este sentimiento, fue como si no pensara antes de hablar, dejar que otra parte de mí fuera la que controlara mi cuerpo.

¡Que vergüenza!

—¡Oh...! —ella ríe con dulzura, soltando una carcajada sorprendida—. ¡Nunca me habían dicho algo tan lindo, Akane-kun! Gracias por eso. Nos vemos.

Mi corazón se acelera y la cara me arde.

—Ah, s-sí, hasta luego.

Y así... ella se marcha.

Ahora el espacio se siente más pequeño.

Me quedo observando el plato de comida, aún tibio sobre la mesa. Un tenue hilo de vapor se eleva, escapando como un suspiro entre los bordes. Pienso en la señora Aihara preparándolo, siguiendo instrucciones, esforzándose por entenderlas, con ingredientes y preparaciones que no conoce y, aún así, lo hizo. Lo intentó. Por mí.

—Gracias por la comida —murmuro, juntando las palmas frente al pecho.

Al probarlo, no se parece a la comida que preparaba mi abuela, o incluso al que cocinaba yo mismo con papá. Y sin embargo, hay algo en esto que se aferra a mí. Un sabor difícil de nombrar. Algo que no proviene de los ingredientes, ni de la técnica. Es... algo especial. Tal vez sea el esfuerzo. Tal vez de la honesta acción y esperanza suya de acercarse a un mundo que desea ser capaz de alcanzar.

Eso... es más que suficiente para mi.

Cuando termino, llevo el plato al pequeño lavadero y lo limpio junto a los otros utensilios. Siempre intentando mantener el orden y los modales que me enseñaron papá y mi abuela. Es lo menos que puedo hacer por este pequeño espacio que, si tuviera que describirlo, diría que todo el cuarto cabe en una sola mirada. No hay lujos, ni nada pretencioso que parezca sacado de una revista de casas de ensueño.

"Humilde y sencilla" son las palabras más adecuadas.

Pero lo más importante para mí en este pequeño espacio está en una de las esquinas.

Bruno. Mi tortuga de orejas rojas.

Descansa en su enorme acuario, que ocupa casi todo el mueble bajo la ventanilla por donde entra la luz. Está sobre su roca favorita, estirando las patas con la calma de quien no le debe nada al mundo. El sol del atardecer –como siempre– lo encuentra desde el ángulo exacto que él elige. Me acerco despacio, sin romper su pequeño ritual matutino. (Aunque sea casi de noche.)

—Hoy madrugaste -le susurro en broma.

Me agacho frente al vidrio. El agua apenas vibra con su nado. Su caparazón está surcado de líneas doradas, como ríos de oro trazados a mano. Las franjas rojas junto a sus ojos lo hacen parecer un enmascarado.

Bruno ha estado conmigo desde que tengo memoria. Literalmente crecimos juntos. Tenía cuatro años cuando llegó a casa: del tamaño de la tapa de una botella, ojos saltones, caparazón brillante como el de porcelana manchada de verde. Papá lo trajo un día antes de mi cumpleaños, dentro de una pecera diminuta nadando sobre piedritas de colores que parecían dulces.

Nunca imaginé que un ser tan diminuto se volvería uno de los pilares más importantes de mi vida. Fue... demasiado difícil para ambos este cambio. Pero aquí estamos. Juntos.

—Supongo que ya tienes hambre, ¿no?

Él alza el cuello hacia mí al escucharme. Tomo y abro el frasco de la repisa, dejando caer unos cuantos camarones secos. Sus favoritos. Flotan unos segundos antes de hundirse; él los caza uno por uno, certero y paciente, muy rápido como para ser realmente una tortuga.

Cuando termina, acerco un dedo al agua. Bruno, como si me entendiera, lo roza con su pata, se sujeta apenas con sus garritas como si también me saludara.

Sin darme cuenta, suspiro.

—A veces te envidio, Bruno —le digo, aunque se que no me entiende—. Tú forma simple de estar en el mundo. Comes, duermes, flotas. Nada te preocupa. Solo... existes. Pero eso de ti me da calma. Me haces sentir que no todo esta perdido.

Bruno alza su cuello como si quisiera alcanzarme mientras yo le acaricio el mentón. Podría jurar que, por un instante, me sonrío.

—Sé que tal vez no me puedas entender, pero... gracias por existir, amigo.

Cuando él regresa a nadar, dejo el frasco de camarones en la repisa, mis dedos rozan ese "otro" objeto.

El marco.

Boca abajo, con el soporte ligeramente vencido hacia la pared. Lleva así desde el primer día y nunca lo he volteado, nunca he tenido el valor de hacerlo. Lo absurdo es que sé perfectamente qué imagen guarda; las caras, los colores, incluso el desgaste del papel. Todo está grabado en mí memoria con una nitidez cruel. Y, sin embargo, no puedo, no puedo siquiera tocarlo. Lo dejo tal y como está antes de que me empiecen a arder los ojos.

—Buenas noches, Bruno. Aunque de seguro seguirás despierto un buen rato, ¿verdad?

Apago las luces. Solo dejo la tenue luz del acuario de Bruno. Preparo el futón y me dejo caer, sintiendo cómo el cansancio me hunde poco a poco en el tatami. La habitación queda sumida en sombras suaves. El filtro del acuario sigue zumbando, constante, como un reloj que se niega a detenerse.

Mis ojos se adaptan a la oscuridad. Clavados en el techo, en sus formas que empiezan a volverse abstractas y en la lámpara del techo, que parece moverse por si sola.

En ese espeso silencio que se queda y que lo envuelve todo, el sueño llega... lento, tibio, con la forma de una pregunta que me hago cada noche:

«¿Mañana... será distinto?»

( ♡ )

Hace... frío.

Mucho frío.

Uno que se asienta hasta calar en los huesos y que se escurre por la médula como hielo en piel desnuda.

No hay viento.

No hay suelo.

No hay luz.

No hay forma.

No hay nada.

Solo existe la sensación de estar cayendo hacia un pozo sin fondo. Respiro. O eso creo. Cada intento es como tragar agujas que se incrustan en el pecho.

—Oyeee... despiertaaa...

La voz de alguien se cuela entre la nada. Es suave, tintineante, y aunque llega desde algún lugar imposible de ver, algo en mi se agita. La conozco. Sé de quien es.

—¿Qué...? —carraspeo con esfuerzo, y me sorprendo de que mí voz suene más aguda, más liviana. Algo en ella me resulta ajeno.

—¡Hasta que te despertastes, Akanelito! ¡Apúrateee! ¡Prometimos que iríamos a casa de Aidarita para desayunar! ¡Muevelas!

La segunda llamada es como un tamborazo de energía pura. Aguda. Cantarina.

Al abrir los ojos, veo a una niña saltando a mí alrededor como si estuviera en un trampolín. Su risa es contagiosa, desbordante, y parece que no es capaz de detenerse ni un segundo. Apenas aterriza, vuelve a dar otro salto. Solo me basta un instante para reconocerla.

Alitzel.

Su cabello es un estallido de amarillo brillante y revuelto, con una flor blanca adornando su cabeza. Lleva una camiseta con una calavera dibujada en el pecho y pantalones de mezclilla rasgados de las rodillas. Sus ojos verdes se mueven de un lado a otro, impacientes a que yo haga algo.

—¡Vamoos! No seas flojo, Akanelito. Una promesa es una promesa.

—¿Alitzel? ¿Qué...? ¿Cómo es que estás aq...?

Antes de poder terminar de hablar, una suave, pero poderosa almohada me impacta en la cara con tal fuerza que me regresa la cabeza al colchón.

—¡Dime Ali! ¡Soy Ali! ¿No me reconoces o qué te pasa? ¡Despiértate bien!

El golpe si que me despierta y aturde al mismo tiempo. Sí, lo recuerdo. A ella no le gusta que la llamen por su nombre completo; prefiere los que son más cortos o que suenen "bonitos".

¡Espera! ¡¿Pero qué esta pasando?!

Me levantó con cautela y con un mareo horrible.

—P-perdón A-Ali, es que... ¿cómo...? ¿cuándo...? ¿Qué día es hoy?

Ella me observa con la cabeza ladeada, igual que un cachorrito que intenta entender una palabra. Entrecierra los ojos y me mira como si la respuesta fuera demasiado obvia para ella.

—Oye... sí que te afectó el trancazo que te diste cuando te caístes del árbol de tu abuelita, ¿verdad?

—Eh, bueno... creo que... ¿sí? —le respondo, inseguro de que sea lo más adecuado.

—¡Serás menso! ¡Lo prometiste! —exclama, arrugando la nariz y pegándome varias veces en combo con la misma almohada—. ¡Íbamos a desayunar y a jugar en casa de Aidarita! ¡Tú y yo lo planeamos! ¡¿A poco se te olvidó?!

—B-bueno...

Ali bufa, comienza a dar pequeños saltitos en el mismo lugar, apretando y aflojando las manos.

—¡Aish! ¡Ya no te tardes y levantate por favoor! ¡Te espero afuera, ¿eh?!

Y se va, sin esperar respuesta, como si la energía no le cupiera en los pies y tuviera que liberarla de inmediato.

Cuando me siento, por fin puedo respirar, analizar mi entorno. Lo primero que noto diferente son mis piernas, más cortas y cubiertas por cobijas con dibujos de cocodrilos y nenúfares. Luego, mis manos, más chicas, con dedos más pequeños y sin los callos en mis nudillos. Puedo moverlos, pero no siento que realmente lo esté haciendo. Giro la cabeza por todo el cuarto; las paredes con dibujos hechos con crayones, el ventilador girando entre zumbidos en otra habitación y el olor a café recién hecho.

Estoy... en casa. Mi antigua casa.

Pero, ¿cómo?

—¿Esto es...?

—Vaya, esa niña sí que es muy determinada —dice alguien, acercándose a la puerta—. No le gusta que le cambien las cosas a último minuto, tiene su rutina muy bien planificada. Pero es de esperarse, esta muy emocionada por pasar el día que tanto planeo con ustedes.

Esa voz. La podría reconocer en cualquier lugar. La voz que me sería imposible de olvidar aunque lo deseara o me obligaran. La puerta medio abierta es empujada, abriéndose hasta mostrar al dueño de la voz de hace rato.

No... no puede ser...

—¿Pa... papá...? —susurro, con la voz a punto de quebrarse por completo.

—Buenos días, hijo. ¿Dormiste bien? Creo que tuviste un "despertador" bastante brusco, ¿no? —ríe por lo bajo, y su voz llena el cuarto como una canción que creía perdida.

No puedo responder. Un nudo se forma en mi garganta. Me hace imposible decir algo, lo que sea.

Está ahí, apoyado en el marco, con la camisa remangada y el cabello aún revuelto con restos del sueño encima. Sus ojos, azules claros y algo cansados, siguen siendo los mismos que recuerdo, al igual que su sonrisa serena.

Camina despacio, con ese paso suyo que se había vuelto más habitual. Luego su mano -grande, cálida, inconfundible- se posa en mi cabeza y me despeina con esa suavidad, ese cariño que puedo recordar. Que ahora... vuelvo a sentir.

—Oye, no te vayas a enojar conmigo, ¿si? Sé que querías ayudarme en la mañana con la preparación y eso, pero como vi que estabas tan cómodo, me adelante un poco. Perdóname —me explica, con esa voz que siempre suena a domingo—. Ya les preparé los hot cakes que se llevarán con la señorita Aidara para que los compartan y desayunen los tres juntos.

No puedo hablar. Algo se aprieta con fuerza en mi pecho, tanto que mis ojos empiezan a arder. Quiero llorar... pero tampoco puedo. Mi cara debe de estar hecha un desastre ahora; los labios temblando, los ojos abiertos de más, las cejas intentando decidir si suben por la alegría o se fruncen por la tristeza.

—O-oye, ¿estás enojado conmigo o por qué tienes esa cara tan rara? —pregunta papá con una risilla nerviosa.

¡No puedo más!

Me lanzo hacia él y lo abrazo. Fuerte. Muy, muy fuerte. Lo rodeo con mis pequeños brazos -o lo intento-, presionando mi cara contra su pecho. Necesito saberlo. Necesito sentir que es real. Que de verdad es él.

Por favor. Por favor. Por favor.

—Oh, que bueno que no estás enojado. Creo que prepararé hot cakes más seguido si me lo agradeces así —bromea, riendo bajito.

Yo... apenas puedo aguantar las lágrimas. Quiero hablar, pero no encuentro mí voz. Siempre pensé en las palabras que le diría si tuviera la oportunidad de verlo otra vez, si el cielo me diera la bendición de tenerlo frente a mí una vez más... pero ahora, me quedo en blanco.

Hay tantas... tantas cosas... y yo... yo...

—¿Mmm? ¿Qué tienes, hijo? ¿Estás bien?

Puedo oír su corazón. Puedo oler su aroma dulce, a el azúcar y café en los plieges de su ropa.

Puedo escuchar sus latidos.

Puedo sentirlo.

Es él.

Está aquí.

—¡Te extrañe mucho, papá!

—¿Eh? Pero si no me ido a ningún lado.

De pronto, las palabras salen de mí, como si ya supiera lo que tengo que decirle.

—Y-ya sé, es que... soñé algo muy feo.

—Otra pesadilla, ¿eh? Si quieres, puedes contármela. Yo te escucho.

—Soñé... soñé... —mi voz no deja de temblar, me aferro más a su camisa para ya nunca soltarlo—. ¡Soñé que ya no estabas conmigo! Que me quedaba solo. ¡Por favor, quédate un poquito más conmigo!

Ya no puedo detener el llanto, ahogo mis sollozos en la tela de su camisa, entierro mis uñas y me aferró a ella. Las lágrimas la empapan. Tengo miedo que desaparezca. Abrir los ojos y que ya no esté aquí.

Dios... te lo suplico... déjame quedarme un poco más con él.

No... no quiero estar solo otra vez.

Papá se queda callado. Solo me envuelve con sus brazos y me aprieta un poquito más a él. Ese simple gesto, me hace poder respirar tranquilo otra vez, sentir su calidez que tanto he extrañado.

—Ya veo -susurra con voz rasposa pero dulce—. Todo esta bien. Solo fue un mal sueño, Akane. Aquí estoy. Aunque a veces no me puedas ver.

Deseo que el tiempo se detenga. Aquí, en donde todo está bien. Solo nosotros dos. Como antes. Como siempre.

—¿Y sabes con qué se aleja un mal sueño? —me pregunta con cara muy seria.

Niego con la cabeza, esperando su respuesta con curiosidad.

—Con una dosis moderada de... ¡cosquillas!

Me ataca de repente, haciéndome cosquillas en el cuello, barriga y pies. Las carcajadas salen y explotan solas mientras trato de detenerlo sin éxito. Cuando se detiene, ya puedo recuperar el aliento. Mi pecho se siente más liviano y el nudo en la garganta a disminuido.

—Ja, ja, ¿lo ves? ¡La risa siempre espanta todo lo malo! ¡Un trucazo que nunca falla!

Sostengo su mano y lo vuelvo a abrazar. No quiero soltarlo. Quiero que el abrazo dure más. Un rato más. Pero él se separa con cuidado. Me mira con esos ojos tan serenos que siempre me tranquilizan.

—Voy a ponerles el desayuno en uno de esos... eh... ¿cómo se llamaban...? "Tóper", sí, esos mismos que me vendió doña Ana la semana pasada. También les pondré chocolate caliente en un termo, vasitos y tenedores de plástico. Oye, será algo casi parecido a un "picnic de desayuno", ¿no lo crees? —ríe, pero también tose un poco después-. Cuando estés listo, baja por ellos. Sino la joven Alitzel se pondrá más impaciente.

—¡Sí, ya voy! —le respondo con la enorme emoción que no puedo contener. Mi voz sale sola.

—Oh, espera, no te lo he dicho hoy, ¿verdad?

Hace una pausa en el umbral, con la mano aún en el picaporte. El pasillo lo espera, pero algo lo hace girar sobre los talones. Me mira con esa expresión tan suave, tan suya, como si el mundo se detuviera un segundo, solo para escuchar sus palabras.

—Te quiero, Akane.

Mi pecho se llena de golpe, como si esas palabras hubieran empujado el aire con fuerza dentro de mí.

—¡Yo te quiero de aquí hasta el cielo! —respondo en un impulso, un reflejo, una necesidad.

Papá sonríe.

—¡Oh! ¿En serio? ¡Entonces, yo construiré un cohete para quererte de aquí hasta el espacio! ¡Ja, ja, ja!

Me tapo la boca con ambas manos para esconder la risilla que se me escapa. Él también ríe, como si se la alegría se resbalara por la comisura de sus labios. Al final, sale del cuarto y la luz cálida del amanecer entra por la ventana. Me encandiló al voltear. Afuera, el pueblo brilla: cada color más vivo, más cálido.

Todo está donde debe estar.

Y yo también.

Regresé a casa.

Siempre lo he estado.

Tal vez papá tenía razón...

"Solo... fue un mal sueño".

—¡Agh! ¿Qué...?

Sin aviso, un zumbido me atraviesa la cabeza. Es tan agudo que siento que el mundo se parte en dos. No viene de afuera. Está dentro de mí. Vibra entre mis pensamientos, como si alguien arrastrara un cuchillo por el interior de mi cráneo.

«¿Estás seguro de tus palabras?»

La voz resuena en todas partes. No sabría decir si es de un hombre o de una mujer. Suena como ambos. Es un murmullo deformado, buscando forma en medio del ruido.

«Son unos lindos recuerdos... debes atesorarlos mucho, ¿no es así? Es una lástima que, más temprano que tarde, siempre terminen acompañados por la tragedia».

Mi cuerpo se niega a responder. El aire se vuelve denso, pastoso, imposible de respirar. Un escalofrío punzante sube por mi espalda, como un insecto que me recorre la piel buscando un lugar donde clavar su aguijón.

No entiendo nada. "¡Déjame!", quiero gritar, pero mi voz se quiebra antes de salir.

«Por eso intentas convencerte de que está es tu realidad, ¿cierto? Que todo fue un sueño. Te mientes. Te mientes para no recordar lo que fuiste... lo que hiciste. Pero no te preocupes. Para eso... yo estoy aquí».

Un crujido rompe el silencio. En una de las esquinas, la pintura comienza a agrietarse. Se despega como piel vieja hasta dejar ver una sustancia negra que brota de la pared. Es espesa, pegajosa, como brea caliente. Cae con lentitud, arrastrando un olor metálico que se extiende por el suelo.

Las voces suspiran, sueltan palabras venenosas que arden en todo mi cráneo:

«Déjame mostrarte esa realidad de la que huyes con tanta desesperación. A cambio, tú me mostrarás lo que oculta tu corazón».

El líquido cubre el suelo. Inunda todo. Se traga las paredes, los muebles, la luz. Hasta el aire desaparece, tragado por ese vacío oscuro que parece no tener fondo.

Nada queda.

Solo vacío.

Solo... una puerta.

Su contorno brilla con un débil azul. De su interior brota un chirrido, como si algo respirara detrás. Me acerco. La puerta se acerca a mí. No siento mis pies moverse, solo un impulso que me empuja hacia adelante.

Extiendo la mano. El pomo está frío. Lo giro. El destello azulado me golpea de lleno. Me ciega, me arranca de la oscuridad.

Y entonces, ya no siento nada.

O no...

Siento calor.

Un calor que empieza en la piel y se hunde hasta los huesos, que quema y cosquillea al mismo tiempo. El aire huele a plástico quemado, a madera partiéndose entre las brasas. Me arde la garganta con cada respiración.

Abro los ojos, pero todo está borroso. Me laten los laterales de la cabeza con fuerza y el cuerpo me pesa como si hubiera caído desde muy alto.

—¿Q-qué? ¿Dónde...?

Parpadeo, una, dos veces, hasta que todo empieza a aclararse. Y ahí, en las palmas de mis manos, está Bruno. Mi tortuguita. Sus patitas se mueven despacio, como si quisiera alcanzar mi cara o buscará sujetarse de mis dedos.

—¡¿Eh?! ¿Qué haces aquí, Bruno? —le susurro, temblando—. O más bien... ¿q-qué hacemos aquí?

Cierro las dos manos alrededor de él para que no se caiga. Miro alrededor. Nada. Solo un vacío gris, silencioso, como si el mundo se hubiera olvidado de nosotros.

—¿Hola?

Nadie responde.

—¡Ayuda! ¡Papá! ¡¿Dónde estás?!

Un frío me congela desde adentro del pecho, escalofríos suben por mi espalda, espinas invisibles que se clavan por todo mí cuerpo.

El viento sopla más recio, y por encima de mí, pequeñas partículas empiezan a caer a mi alrededor, pétalos de rosas brillantes, desapareciendo sin llegar a tocar el suelo.

Me quedo quieto, sin atreverme a respirar. A voltear de donde provie-

¡¡¡CRASH!!!

El sonido retumba a mi espalda, seco, brutal, como si algo enorme se hubiera quebrado en dos.

La garganta se me cierra de golpe. Trago saliva y siento que se queda atascada. Las manos no dejan de sudar frío, tiemblan tanto que pierdo fuerza y casi dejo caer a Bruno. La aprieto contra mi pecho, buscando fuerza para poder sostenerlo, protegerlo de lo que este detrás de mí.

No quiero voltear.

No quiero saber que hay atrás. Pero, el silencio se estira tanto que duele en los tímpanos. Mis pies se mueven solos. Me obligan a ver.

Mi casa... quemándose.

Las llamas son azules, tanto que parecen frías, se enroscan en las paredes al igual que serpientes, suben, muerden el techo hasta hacerlo crujir.

Las ventanas revientan y fragmentos chocan contra el suelo. Mi boca se abre, pero no sale sonido. El calor no tarda en llegar a mi cara. Sabe a humo y ceniza. Arde al tragarlo.

Todo... arde.

Mis piernas... se doblan.

Caigo de rodillas.

Quiero correr.

Quiero hacer algo. Pero no me muevo.

¿Qué hago?

¡¿Qué hago?!

—Aka... ne...

Esa voz...

—¿¡Papá!? -grito.

Giro la cabeza en todas direcciones. No lo veo. ¿Dónde...?

—Akane...

Otra vez. Más cerca. Más débil.

¡Está dentro de la casa!

Trato de ponerme de pie, de correr hacia él. Quiero sacarlo. ¡Tengo que sacarlo!

Pero... no me muevo. Mis piernas no me responden.

—¡Muévete! ¡Muévete, por favor! —imploro, lloro, apretando la mandíbula.

Nada.

¡No hago nada!

—¡PAPÁÁÁÁÁÁÁÁÁ!

La garganta me quema. Mis gritos no sirven para nada. Golpeo mis piernas con los puños, una y otra vez. Tengo que hacer que reaccionen.

—¡MUÉVANSE! ¡POR FAVOR! —grito con el nudo en la garganta—. ¡No seas un cobarde ahora!

Las lágrimas me ciegan. Mi nariz se tapa por el humo. No pedo respirar.

—¡¡AYUDAAAA!!

—No llores, pequeño... aunque lo intentaras... nunca podrías haber cambiado nada.

Me congelo. Esa voz... viene de la casa. El fuego... me habló... ríe. Un eco que retumba dentro de mi cabeza.

Una sombra se manifiesta en el fuego. Alta. Delgada. Con la forma de una mujer, pero no lo es. No puede serlo. Está hecha de una oscuridad líquida que se retuerce como si respirara por su piel. Su cabello flota, moviéndose despacio, igual que algas bajo el agua.

De repente, dos puntos amarillos, intensos, brillan entre la oscuridad de su cabeza. ¿Sus ojos? No lo sé, pero me está mirando.

Su brazo se mueve por su espalda. Sostiene algo. No lo distingo hasta que un trozo de techo cae y la luz de las llamas lo ilumina.

Mi corazón se detiene.

—Papá...

Es él, colgando de la mano de esa criatura. Su cuerpo... quemado, herido, cubierto de... de... sangre.

—No... no. ¡NO!

Quiero ir con él. Quiero ayudarlo. Pero ya no puedo sentir nada en mi cuerpo.

—Tranquilo... ven a mí -dice aquel monstruo, con voz suave-. Así... la familia estará reunida... por fin.

Extiende la mano. La sombra que proyecta en el suelo se arrastra... deslizándose hacia mí. Retrocedo. Me arrastro con los brazos, jadeando.

Aprieto los ojos. Algo me agarra. Pero, es alguien más. Me sujeta fuerte por el estómago, me envuelve el pecho y me jala hacia atrás. No sé quién es. No lo veo.

—¡NOOOO! —le grito con toda mi fuerza. —¡MI PAPÁ ESTÁ ALLÁ! ¡AYÚDALO A ÉL! ¡POR FAVOR!

Pataleo. Araño el aire. Intento zafarme para que vuelva por él. Pero no me escucha. Papá sigue ahí. Su cara ennegrecida. Sus ojos... se abren.

—Akane... está...

Estiro el brazo. Mi cuerpo se quiebra por dentro. Siento que me rompo.

El calor me devora. El dolor me tritura.

—¡¡Papá!!

El mundo se deforma.

El aire se rompe.

¡No por favor!

¡No lo quiero perder otra vez!

—¡PAPÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁ!

—¡No mires atrás! —me ordena el desconocido, apretándome más fuerte y corriendo más rápido—. ¡Tenemos que alejarnos de aquí antes de qu—!

¡PLASH!

Un chasquido líquido. Algo caliente me salpica la cara. La persona que me sostiene tambalea, casi cae, pero el suelo se agrieta a su siguiente paso.

Me suelta.

Y caigo.

De nuevo, estoy suspendido en la oscuridad. No puedo percibir nada, ni dirección, ni sentido. Solo frío. Un frío del infierno que congela desde mis venas hasta calar los huesos.

«Culpa».

Susurra la voz, resurgiendo entre la oscuridad.

«La sientes por no haber sido lo bastante fuerte. Por no salvar a tu propio padre. Por dejarte paralizar por el miedo. Por ser un cobarde. Inútil».

Aprieto los ojos. Me cubro los oídos. No quiero seguir escuchándolo, pero su voz taladra mi cabeza como si mi sufrimiento solo fuera solo un chiste para "eso".

«No es la primera vez, ¿no es así? Muéstrame... que más oculta tu corazón».

De pronto, una bocanada de aire me inunda los pulmones, escuece, me fuerza a abrir los ojos.

Estoy... mirando el cielo. Me cubre con un tenue destello en medio de las sombras que se desvanecen a su alrededor, salpicado de diminutas luces que parpadean, eclipsadas por el brillo tan bello y resplandeciente de la luna. Es enorme. Tan cercana. Me sumerjo en sus detalles como si el mundo estuviera en pausa.

Me enderezo, logrando percibir mi cuerpo por fin. Estoy posado sobre las tejas frías y ásperas de una casa. No me atrevo a mirar en donde termina, pero al notar como las copas de los árboles se mecen muy cerca, supongo que estoy en un tercer piso.

Por alguna razón, estar aquí me infunde una extraña calma, como si disipara toda la desesperación de hace unos momentos.

Este pequeño descanso me permite hacer memoria, esta casa, este tejado, le pertenece a...

—La luna se ve hermosa esta noche, ¿no crees?

Una voz suave se manifiesta detrás mío. Es cálida y dulce como una campanilla. Al girarme, mi respiración se atasca en mi pecho, un suspiro que cuesta mucho exhalar.

Aidara.

—Aquí arriba es muy tranquilo, pero también muy frío —afirma mientras agita sus alas, tan suaves que el viento se arremolina a su alrededor—. Traje unas cobijas y chocolate caliente para apreciar la luna como se debe.

Sus cuernos se perfilan por su cabello corto, con reflejos violetas que danzan al ritmo de la brisa. Sus ojos del mismo color que una aurora me observan con una calma que me estremece. Viste una sudadera negra con un corazón a la altura del pecho y unos shorts violeta. Trae consigo dos cobijas de tigre color café que, manteniendo su sonrisa, me arroja una a la cara.

—Hasta que llegas —replico—, un minuto más y ya sería un cubito de hielo.

Espera. Aunque esas palabras brotaron de mis labios, no son las que realmente quería decir. Es como si mi voz estuviera en piloto automático, como si no fuera capaz de modificar nada de este... ¿recuerdo?

¿Qué...?

—No te hagas menso —ríe ella, frunciendo la nariz, agitando sus alas a mi lado—. Tu don puede hacer que tu cuerpo se caliente mucho. Hasta te sale vaporsito y todo.

—No es tan fácil, Aida —mi voz vuelve a emerger sin permiso. Es extraño—. Todavía me cuesta activar por mi mismo el "bombeo sanguíneo". Según el doctor, al ser un don del tipo Emisor, puedo activarlo de manera consciente, pero al estar ligado a mi estado físico y/o emocional, puede reaccionar bajo ciertos estímulos.

Aida ladea la cabeza, con los ojos bien abiertos y una ceja levantada.

—No te entendí nadota.

—¡Ya sé, ni yo me entendí!

Me desplomo de espaldas contra las tejas, soltando un suspiro tan profundo que parece que estoy expulsando mi propia alma. Me cubro con la cobija hasta la boca. El calor se propaga, devolviéndome la sensibilidad en los dedos congelados.

Aida desciende con delicadeza, sus alas se hacen más pequeñas y se repliegan a sus espaldas para después acomodarse a mi lado.

—Bueno, desde que lo manifestaste se te ha complicado mucho activarlo por tu cuenta —murmura.

—¿Te refieres al día que casi me muero ahogado en el lago cuando tenía cinco?

—Bueno... cuando lo dices así, hasta da miedo.

—Ahora ya lo tengo más claro —aseguro, apretando los puños—. Esa sensación para forzar a que mi sangre fluya por mis venas, obtener más fuerza y resistencia, pero solo surge cuando entreno, muy pocas veces lo he logrado por mi cuenta. ¡Todavía no encuentro ese dichoso "interruptor" del que habla mi abuelo!

Ella también se tumba. Se pone la cobija en su abdomen y entrelaza los brazos detrás de su nuca mientras mis labios no dejan de moverse.

—No sé si realmente estoy progresando o si estoy estancado. Me han dicho que, mientras mi estado físico se mantenga a un ritmo estable en su desarrollo, será muy difícil establecer un veredicto del alcance y potencia de mi don.

—¿Y eso es algo bueno o algo malo? —pregunta Aidara, de verdad intrigada.

—Creo que ambos. Mientras lo siga entrenando, seré más fuerte, capaz de dominarlo, pero también podría tener riesgos a futuro si lo usó demasiado. Si voy más allá de mis límites o si pierdo el control... mi corazón podría dañarse con el tiempo.

Aida baja la vista. No sabe como responder.

—Hay muchas cosas extrañas con tu don —señala Aida, elevando una ceja—. Mi don es de mutación, así que no entiendo mucho de eso. No te puedo brindar mucha ayuda.

—¿Es más fácil para ti?

—Supongo que, para mí, mover mis alas o mi cola es como para ti mover tus dedos o cualquier otra parte de tu cuerpo. Lo mío es de nacimiento.

Desvío mi cabeza para no verla, no me siento realmente así, pero me irrito un poco adoptando el papel de gruñón.

—Pues yo puedo "mover la cola" mejor que tú y no lo ando presumiendo.

—Me refiero a esta, baboso.

Utilizando la punta afilada de su delgada cola en forma de aguijón, me pica la mejilla casi incrustándola.

—¡Ay! ¡Ya, ahí muere! ¡Ah!

—De todos modos —susurra, con la vista en la luna—, sabes que para mí, vivir con esta apariencia... no ha sido nada fácil.

Me quedo callado.

Es verdad.

Aidara siempre fue distinta. A simple vista parece una chica normal, pero los cuernos que despuntan entre su cabello, las alas que se pliegan a su espalda y esa delgada cola rematada en punta bastan para que la gente la observe como si fuera un error de la naturaleza. La llaman "demonio" por su aspecto y la historia de su madre.

Yo también he experimentado ese rechazo, aunque de manera distinta.

Mi nombre extranjero, mis rasgos más inusuales –mi cabello y ojos rojos–, el hecho de que mi padre sea japonés. Eso fue suficiente para que los prejuicios de varias personas salieran a la luz. Dejándote muy claro que no perteneces a ningún lado.

A otros, sus familias se trasladan a ciudades lejanas; los obligan a ocultarse o a vivir encerrados. Los esconden de la vista pública como si su sola presencia fuera una vergüenza. Permiten que esta discriminación camuflada en "reglas" y "tradiciones" que se mantuvieron desde la era de lo paranormal persista.

El pueblo entero es así. El rechazo se hereda, se asimila, se camufla. Y aunque todos lo saben, nadie interviene. O peor: no quieren hacerlo.

—Perdón —murmuro, girándome hacia ella, incapaz de mirarla al rostro—. No quería decirlo de esa forma.

—Está bien —sonríe y la luz de luna que ilumina su rostro hace que mi corazón me golpee las costillas—. Eso es algo que me gusta mucho de ti, ¿sabes? Que tú no tienes esa maldad ni malas intenciones que los demás ni se molestan por ocultar. Eso lo pude notar... desde el día que te conocí.

El calor asciende del pecho al rostro. Hasta abrasarme las mejillas y toda la cabeza. Siento como mi cabello se humedece. Esa sensación ya me advierte que el vapor que genera mi don se está fugando sin permiso.

Aida pestañea. Se mantiene observando mi rostro unos eternos segundos, es ahí que sus mejillas se tiñen de un rosa tenue, y tanto sus alas como sus cuernos se encienden de un rosa claro. Se cubre el rostro con las manos, niega una y otra vez con la cabeza, muy nerviosa.

—¡Ay, no! ¡O-osea...! ¡N-no pienses cosas raras! ¡L-lo que quería decir de verdad es que... ah! ¡"M-me caes bien"! ¡Sí! ¡"Eso es algo por lo que me caes bien"! ¡Eso, eso era!

Su voz no deja de tropezar en cada explicación forzada que intenta articular. Pero mi vista se dirige a su cuello, donde veo el collar con la piedra verde esmeralda. Verlo me hace contener el aliento al recordarlo.

—Oye... Aida, ¿aún... lo llevas contigo? —inquiero, y esta vez, sí siento que hablo yo.

—Ah, el collar. Pues claro que sí, menso. Una "joya" así debe resplandecer a la vista de todos —presume, levantando su rostro para que la luz de la luna ilumine el collar —. Tú también tienes el tuyo, ¿no?

Los ojos me empiezan a escocer. La garganta se me cierra y me muerdo el interior de la mejilla. Esta imagen de ella, de su sonrisa, de la última que pude ver.

—Te dije que yo siempre la tendría conmigo. Después de todo, es el regalo más preciado que tengo de ti, Akane.

La mandíbula no me deja de temblar, mis dientes castañean y las lágrimas amenazan con salir, desesperadas. Quiero decirle muchas cosas, pedirle perdón, darle ese abrazo que nunca pude darle, pero mi cuerpo me vuelve a traicionar.

Ella me levanta el meñique y sonríe.

—Además, ¿no recuerdas nuestra "pinky promise"? Que nos cuidaríamos el uno al otro por siempre. Aunque nos separemos. Ahora que yo y Ali entraremos a la prepa y tu a tercero de secu, bueno, hay que actualizar el contrato, ¿no?

Extiendo mi mano, mi meñique se alza e intenta alcanzar el suyo. Cuando están a punto de tocarse... mi dedo atraviesa su mano.

El frío del infierno vuelve a quemar mis pulmones. Un fuerte y poderosa brisa que me arrastra hacia atrás.

Intento gritar, patalear, arrastrarme, pero sigo alejándome más y más de ella hasta que la luz de Aidara se vuelve una estrella más en el cielo nocturno... que termina apagándose.

«Arrepentimiento».

La maldita voz aparece de nuevo.

«Deseas nunca haber hecho esa promesa, porque... no fuiste capaz de cumplirla, ¿no es así?»

"Ya basta. Basta. Déjame en paz."

«Estamos cerca del final pequeño, donde finalmente tu corazón... mostró su verdadera naturaleza».

El impulso de detiene.

Mis botas se estrellan contra suelo firme. El impacto vibra hasta los dientes, sacudiendo mis huesos, pero el dolor no llega. Solo queda un eco tembloroso en mis piernas que se diluye en la negrura.

Inhalo. El aire es denso, casi líquido, como respirar bajo el agua. No veo nada, pero el instinto toma el control, impulsa mis músculos.

Corro.

Cada zancada suena distinta: primero un clac hueco, luego un chapoteo húmedo... hasta que escucho el crujido de grava bajo mis suelas.

Bajo la mirada. La oscuridad se resquebraja, salpica y se convierte en polvo y barro. Un sendero brota bajo mis pies, flanqueado por árboles que surgen de la nada, devorando el vacío con su verde marchito. Pero algo va mal.

Ya no soy yo quien avanza.

Mis piernas se mueven con voluntad propia, cada paso más rápido, más violento. El corazón me martillea las costillas y la sangre me hierve en las venas. Siento el calor. Esa presión volcánica que escala desde el pecho hasta las puntas de mis dedos.

Mi don. Se esta desbordando. No me obedece; me somete. Solo responde a la furia que burbujea en mi interior, una rabia que me roba el oxígeno y me obliga a apretar la mandíbula hasta que siento que va a desencajarse.

Mi mente se nubla. La visión se tiñe de escarlata mientras que cada músculo se tensa, se desgarra desde adentro.

Y a través de ese filtro rojo... la escena que juré enterrar se materializa.

Lo que sucedió hace tres meses.

—Aidara...

Su nombre se me escapa en un suspiro frío y doloroso.

Su cuerpo está encorvado, tirado en el barro. La respiración le raspa la garganta. Hay sangre en sus labios, manchando el borde de sus alas, cubriendo la tierra y las piedras afiladas que usaron para lapidarla.

Las nubes cubren la luz de la luna. Solo deja sombras. Siluetas humanas sin rostro a su alrededor, recortadas contra la noche.

La insultan.

La escupen.

La palabra demonio sale de sus bocas como veneno. Una y otra vez.

—¡¡¡GROAAAARGH!!!

Un grito se me desgarra en la garganta.

El pulso se dispara.

Mis piernas explotan en un movimiento.

Corto el aire al atravesarlo, sintiendo como se parte ante mí.

Mis pies machacan el suelo, haciendo temblar la tierra con cada impacto.

La rabia me arranca la piel a tiras, me calcina los nervios.

Ya no queda espacio para nada más.

Ni miedo.

Ni lógica.

Solo esa necesidad primitiva, animal, de hacerlos pagar.

Todo se vuelve ruido blanco.

No veo personas.

Veo monstruos.

No oigo voces.

Solo aullidos mezclados con mis propios gruñidos.

El fuego en mi pecho se precipita hacia mis puños y se libera en una ráfaga que lo arrasa todo.

Mis nudillos impactan.

Una vez. Otra. Otra más.

La carne cede bajo mi fuerza.

La piel de mis nudillos se abre a tiras que arden y escuecen.

Recibo golpes.

Algunos queman como brasas.

Otros se clavan como fríos cuchillos.

Siento mi propia sangre correr, caliente y espesa, trazando mapas en mi piel y ropa.

No me importa.

Incluso... creo que me nutre.

Las sombras se desploman, una tras otra. Chillan. Se retuercen.

El aire vibra con cada estallido de poder, con cada conexión entre mis manos y su carne invisible.

La mandíbula me tiembla.

Los músculos de mi cara se tensan en una mueca dolorosa. Mis labios se curvan. No sé si es una sonrisa o un espasmo. Pero no puedo frenarla.

Ellos también se reían, ¿verdad?

Cuando la golpeaban.

Cuando se mofaban.

Cuando ella ya no podía ni arrastrarse.

¿No era divertido?

¿Por qué no puedo parar?

La verdad es que no quiero.

Porque ahora lo entiendo.

Ellos ahora sienten lo mismo que ella sintió.

Ellos, por primera vez, conocen el miedo, el sufrimiento, el dolor que nos obligaron a tragar durante años y años.

Y eso... eso se siente bien.

¡Se siente increíble!

—¡¡¡AKANE!!!

Un destello rebana la oscuridad. El rojo se disuelve en gris. Y, por fin, mis pulmones se llenan de aire.

Cae agua. ¿Estaba lloviendo?

Las gotas me azotan la piel, el rostro, los labios. Sabe a óxido.

Todo se detiene. Un silencio absoluto.

Mi pecho sube y baja en espasmos dolorosos. Cada bocanada es una aguja en los pulmones. Los oídos me zumban. La cabeza me palpita.

Intento hablar, pero de mi garganta solo sale un gemido roto.

—Akane...

La voz me atraviesa de nuevo. Es frágil. Vidriosa. Giro la cabeza hacia el sonido. El vapor que emana de mi cuerpo apenas me deja distinguir una silueta.

Aidara.

Está de rodillas. La lluvia le pega el cabello a la frente. En sus ojos no hay alivio. Hay terror. Terror... de mí.

Esa mirada me parte en dos.

El aire se escapa. El frío me muerde las entrañas. Bajo la vista. Mis manos tiemblan. El temblor se vuelve convulsión.

Están cubiertas de... sangre.

No solo mis manos. El suelo. Todo es un lienzo carmesí.

Los cuerpos -o lo que se distingue de ellos- se funden con el lodo y la lluvia en una masa irreconocible.

El olor a hierro inunda mis fosas nasales. Me provoca náuseas.

Me llevo las manos a la cara, manchándome más.

Me rasguño la piel.

Me tironéo el cabello.

¿Qué hice?

¡¿QUÉ HICE?!

El silencio se espesa, se vuelve pesado. Y dentro de él, una palabra resuena. Suave. Ponzoñosa.

«Ira».

La voz regresa.

«Ese fue tu límite. El instante en que tu corazón se rindió y abrazó su propia oscuridad. Ese fue el verdadero tú».

—No... no...

«¿De verdad creías que alguien como tú podía jugar al héroe? Mírate. Solo eres un monstruo».

La carcajada se mezcla con el rugido del vendaval. Y el mundo deja de existir.

Frente a mí solo queda un espejo.

Un reflejo me devuelve la mirada. No soy yo quien está ahí. O tal vez sí.

Mis ojos... no los reconozco. Pupilas rojas, esclerótica negra. La sangre gotea desde mi frente, espesa, caliente, resbalando por mi rostro hasta cubrirme por completo.

Una mueca de terror que se convierte en una sonrisa macabra.

No soy yo quien sonríe.

Es él. El reflejo.

Sin previo aviso, sus (mis) brazos se abalanzan y se cierran sobre su propio cuello.

Mi cuerpo copia sus movimientos.

Me estrangulo a mí mismo.

Siento como mis... sus... nuestras uñas se hunden en la carne. La presión es inmediata. El aire se niega a entrar. Y "él" sonríe. Disfruta viéndome sufrir.

El silencio se quiebra con un trueno de voces lejanas, ecos que revientan dentro de mi cabeza:

-(Habla, niño. Esto solo será más difícil si no haces.)

No puedo respirar. El corazón golpea tan fuerte que amenaza con romperme el pecho.

Las imágenes me golpean en flashes:

Luces blancas. Un cuarto metálico. Frío. Tres hombres uniformados. Sus voces rebotan en las paredes.

—(Fueron cinco estudiantes de preparatoria) —dice uno—. (Cuatro en el hospital y ninguno de gravedad. Todos golpeados brutalmente por un niño de apenas trece años. Vaya noche.)

—(Él asegura que fue en defensa de un tercero, su amiga.)

—(Aun así, el uso su don, se debe considerar como agresión mayor.)

Intento soltarme, pero mis manos no se mueven. El reflejo aprieta más fuerte. Caigo al suelo.

Las luces del interrogatorio parpadean sobre mí.

Blanco. Rojo. Blanco otra vez.

—(Su expediente médico indica que su don está vinculado a su ritmo cardíaco, ósea físico y emocional) —continúa otro oficial—. (Si el estado emocional supera el umbral físico, la energía se libera de forma involuntaria.)

—(Entonces... no fue premeditado.)

—(Pero tampoco controlado.)

Es cierto.

No lo controlé.

No quería que pasara todo esto.

Lo siento.

—(Los testigos afirman que defendió a la víctima, a la chica de cuernos) —dice una voz joven—. (Los agresores lo atacaron primero haciendo uso de sus dones, también lastimaron a la chica con los mismos, además de lapidarla.)

—(Todos cuentan con antecedentes por agresiones a heteromorfos. Fácilmente podría considerarse un crimen de odio.)

—(Entonces, de no ser por él, la chica habría muerto por sus heridas.)

Muerto. Aidara habría muerto. Pero... ¿dónde está? Lo hice para protegerla, pero llegué demasiado tarde.

Lo siento.

—(Por su edad no habrá juicio penal) —dice otra voz, casi distante—. (Sin embargo, la familia de uno de los agresor exige justicia.)

Esa palabra me corta la respiración.

"Justicia".

—(No puedo creer que sigan defendiéndolo después de toda la evidencia en su contra) —añade alguien más—. (Y aun así tienen los huevos de llamar "monstruo" a este niño.)

"Monstruo".

La palabra se repite.

Se clava en mis oídos.

«Monstruo».

El agarre se cierra aún más.

El aire se vuelve vidrio dentro de mis pulmones.

El corazón late desbocado, intentando escapar.

—¿Lo fui...? —susurro.

Nadie responde. Pero... ese silencio... lo dice todo:

«Sí».

Ahora suenan papeles siendo firmados. Sellos húmedos caen sobre documentos manchados de lágrimas ajenas. Veo que mi abuela es quien llora. Su rostro está difuminado, pero su decepción pesa más que cualquier palabra. La siento filtrarse entre mis costillas, clavarse en el corazón.

Todo por mi culpa.

—(Se encontró el testamento) —dice una voz distante, un hombre trajeado sin rostro—. (El documento que se creía perdido desde el incendio.)

—(¿Cómo lo consiguieron?) —pregunta otra, grave, temblorosa. La de mi abuelo.

—(No fue fácil, es lo único que les puedo decir) —responde el hombre—. (Pero la señorita Aihara movió cielo y tierra para encontrar al joven Akane desde Japón, después de confirmar el fallecimiento de Kenzo Kishindō.)

—(¿Japón?) —repiten ambos, incrédulos.

—(Es correcto. Nozomi Aihara, residente en Japón, se ha convertido en la tutora legal designada del joven Akane Kishindō Montero. Será transferido bajo supervisión especial y...)

"Supervisión."

"Tutora."

Palabras huecas que se disuelven antes de alcanzarme. Como si cada sílaba se hundiera en el agua espesa de mi mente.

Me pregunto si realmente tiene sentido. Si hay algo que aún me queda.

Ni siquiera pude despedirme de Aidara y de Ali.

Abandoné a mis amigas.

Abandoné a mí familia.

Abandoné todo lo que conocía.

Rompí promesas y les fallé a todos.

Decían que esta nueva vida en Japón era una "segunda oportunidad". "Un nuevo comienzo". Pero yo nunca la sentí así.

Las segundas oportunidades son para los que las aprovechan, quienes realmente quieren hacerlo y los que aún tienen fuerzas para nadar hasta la orilla.

Y yo... yo solté la orilla hace mucho.

Ya no puedo. Y la verdad, ya ni siquiera quiero poder. Es más fácil así. Sentir el alivio dejar de luchar contra la corriente.

«Al fin lo entendiste».

Caigo de rodillas. Las palmas golpean el suelo. No sé si estoy sobre lodo, agua o otra cosa... no importa. No siento nada. Solo este frío líquido espeso que se arrastra por mis brazos.

Sí... creo que ya lo entiendo.

Quizás por eso ya no me resisto. Porque en el fondo, este frío, este vacío... es lo único que merezco.

La oscuridad sigue trepando por mi cuello, aferrándose a mi piel, estrangulando cada músculo. Se cuela por mi nariz, por mi boca, por mis ojos, quemando todo a su paso.

Duele.

Siento que el pecho me estalla. Cada respiración es una tortura. Un filo punzante que se hunde más profundo con cada intento de tomar aire.

La luz no solo se apaga "un poco más"... la estoy cerrando yo. Como quien cierra los ojos para dormir, sabiendo que no va a despertar.

Tal vez sí soy el monstruo que ellos dicen.

Y los monstruos no pertenecen a la luz.

Pertenecen a lo más profundo de la oscuridad.

No merecen seguir soñando.

No merecen seguir respirando.

No merecen seguir... existiendo.

Un último sonido escapa de mi boca, ni grito ni suspiro, solo un gemido miserable que se ahoga antes de nacer.

«Yo... no merezco... seguir existiendo».

—No es verdad.

Una palabra rompe la oscuridad, un susurro en mitad de una tormenta.

No es la misma de antes. Es una voz más... amable.

—¿Qué...?

—No te rindas.

—¿Por qué dices eso? ¿No sabes lo que he hecho? ¿Quién eres...?

—Quien te recordará lo que siempre fuiste y lo que siempre has sido.

La voz no me envuelve. Me sostiene. Me impide seguir cayendo. El frío que me entumecía los huesos empieza a desaparecer.

Y por primera vez -en lo que se sintio una eternidad- tomo una bocanada de aire.

Duele. Arde. Pero es aire.

Entonces, veo luz. Un destello frágil. Ahora estoy en una habitación blanca y cálida. El sol entra por una ventana, bañando todo con un resplandor dorado que ya casi había olvidado.

Frente a mí... está papá, sentado al borde de su cama, las manos cubriéndose el rostro. Tose, y su cuerpo se sacude.

«Siempre te sentías así de cansado, ¿verdad, papá?»

La puerta se abre. Y yo entro... mi yo niño, pequeño, despeinado, con curitas de colores pegadas en brazos, rodillas y cara, la mejilla inflamada pero la sonrisa intacta.

—¡¿Akane?! ¡¿Y esas heridas?! —Papá se levanta alarmado y me... lo examina con rapidez.

—¡Protegí a mi nueva amiga! —dice el niño con orgullo—. Se llama Aidara. Estaba llorando porque unos niños la molestaban, así que la ayudé y después le puse mis curitas para que se sintiera mejor. ¡Y funcionó! ¡Ella sonrió!

El niño trepa a sus rodillas. Papá ríe. Le duele hacerlo -ahora puedo verlo-, pero ríe de verdad. Esa risa que tanto extraño.

—Ya veo... protegiste a alguien que lo necesitaba sin pensarlo dos veces —dice, acariciando la mejilla inflamada—. Aunque mira como terminaste. ¿Te duele?

—Un poquito... ¡pero me aguanté, como los hombres! ¡Fui valiente!

Papá niega suavemente.

—No es necesario "aguantar el dolor" para ser valiente, hijo. Pero fue muy noble que ayudaras a esa niña.

Hace una pausa y lo mira con atención, como si analizará cada gesto magullado pero risueño de su hijo.

—Akane... ¿por qué crees que lo hiciste? ¿Qué sentiste cuando decidiste proteger a tu nueva amiga?

El niño frunce el ceño.

—No sé... Cuando la vi llorar, algo aquí en mi pecho hizo ¡PUM! —golpea su pequeño pecho—. Y supe que tenía que ir. No pude quedarme quieto. No quería verla triste.

Papá sonríe con orgullo y le revuelve el cabello. Ese gesto... puedo sentirlo incluso ahora.

—Eso significa que tienes un corazón enorme, Akane. Uno que no soporta quedarse de brazos cruzados mientras alguien sufre. ¡Tienes el corazón de un héroe!

—¿De verdad? —pregunta el niño, los ojos brillando de ilusión.

—Por supuesto que sí.

Mi respiración se agita.

¿Por qué veo esto ahora?

¿Esto es parte de la tortura de aquella voz?

—Papá... ¿puedo preguntarte algo? —pregunto... o más bien, mi pequeño yo lo hace, con la mirada perdida en las agujetas de sus tenis.

—¿Mmmm? Claro, hijo.

—Cuando conocí a Aidara, ella me preguntó si no le tenía miedo. No lo entendí. Pero luego recordé lo que esos niños le decían, cosas muy feas. Le gritaban "niña demonio" porque tiene alas y cuernos. —Hace una pausa, buscando las palabras—. ¿Por qué la gente odia a los que son diferentes?

Papá se queda en silencio. Al suspirar, una pequeña tos se le escapa, pero que logra cubrir con su mano.

—A veces, lo diferente puede asustar, Akane. Yo mismo he sentido eso alguna vez. Cuando estos "poderes" aparecieron, todo cambio, solo había miedo y odio en el mundo. Y eso provocó que hubiera quienes que, en lugar de intentar comprender, se encerraron en si mismos, incapaces de aceptar ese cambio y prefieren atacarlo... porque es más fácil tenerle miedo a lo diferente y desconocido, que tener valor para acercarte e intentar entenderlo.

—Yo sí quisiera entenderlo, papá. Es muy feo que alguien te quiera lastimar por ser diferente a los demás.

Papá tose al intentar sonreír.

—Puede que sea algo muy tonto, o bueno, eso era lo que me decían a aquellos que les contaba esto. Pero, de niño, yo soñaba con un mundo donde nadie tuviera que esconderse. Donde todos pudieran ser ellos mismos, sin miedo, sin prejuicios, sin ataduras. Un mundo libre. De verdad libre. Aunque... tal vez era un sueño demasiado fantasioso para mí.

—¿"Fantasioso"?

—Es... algo difícil de lograr, como un sueño mágico. Porque para hacerlo realidad... el mundo entero tendría que cambiar por completo.

El pequeño se endereza de golpe, se pone de pie frente a su padre, con los puños apretados y la mirada firme.

—¡Entonces yo lo cambiaré!

Papá parpadea, sorprendido por el grito.

—¿Tú?

—¡Sí! —exclama—. Tú dijiste que era difícil, no imposible. ¡Yo mismo crearé un mundo donde todos, toditos, seamos libres para poder sonreír! ¡Quiero que tú y Aidara sean felices por siempre!

Alza el puño al cielo con determinación.

—¡Cuando sea un gran héroe, voy a cambiar el mundo! ¡Protegeré las sonrisas y sueños de todos por igual!

Papá ríe. Esa risa débil... y a la vez tan fuerte.

—Eres igual a tu madre, Akane. Ese espíritu positivo, ese corazón tan puro y esa voluntad tan poderosa, me recuerdan tanto a ella. Estoy seguro de que serás capaz de lograrlo.

Mi pequeño yo salta a sus brazos, rodea su cuello y le dan un abrazo tan cálido que lo siento mío también.

«Es cierto... ese era mi sueño... ¿en qué momento... lo perdí?»

«Perdóname, papá. No pude cumplirlo. Te... fallé...»

—No digas eso.

La escena se congela. Papá levanta la vista, aún con su hijo en brazos. Sus ojos me atraviesan, me encuentran, al espectro que observa desde la oscuridad... hasta que ya no lo hace.

Puedo respirar.

Puedo moverme.

La oscuridad se ha ido por completo.

Un calor indescriptible se extiende por todo mi cuerpo al ver a papá frente a mí. Su esencia. Su mano roza mi cabello, y lo revuelve con ese cariño tan suyo.

—No me has fallado. Eso nunca.

—Pero... me rendí. Ya no soy el mismo de antes.

—No, no lo eres, pero eso no tiene porque ser algo malo.

Las lágrimas queman al resbalar por mis mejillas, un ardor que aparta el frío. El llanto me desgarra, soltando un dolor que ahora... ya no me asfixia.

«No mereces recibir esta calidez. Esta supuesta esperanza... es un error».

La voz regresa. Y es verdad. No lo merezco.

Pero mi corazón, por primera vez, no le hace caso. Potque él me ofreciendo lo que más deseaba desde hace tanto.

Esperanza.

—Papá... ¿Cómo puedo recuperar mi sueño... si el cambio me asusta tanto? ¿Y si vuelvo a fallar? ¿Aún... aún merezco empezar de nuevo?

Luego de un largo silencio, una ligera presión en mi pecho hace que mi cuerpo entero se vuelva más ligero.

—Esa es una decisión que depende de ti, hijo. El siguiente paso hacia delante. El cambio que buscas, empezará desde aquí. Porque ese "¡PUM!" que hace tu corazón sigue existiendo en tu pecho, aunque te sea muy difícil verlo ahora...

La calidez de sus brazos me rodean el cuerpo. Me hacen soltar mi último suspiro.

—Escúchalo. Sigue avanzando... y sonríe. Lo harás bien...

«Ya está amaneciendo otra vez».

La luz estalla, cegadora, incluso a través de mis párpados.

Mi corazón salta en respuesta, un puñetazo feroz que retumba contra mi pecho. Ese latido se desborda.

Ya no es solo un sonido, es una vibración que sacude mis hombros y crispa mis manos contra las sábanas.

¡¿Sábanas?!

El sudor me pega la ropa a la piel, pegajoso, sofocante. Cada bocanada de aire quema. Mis pulmones se sienten como de papel, a punto de romperse. El techo sobre mí se distorsiona, borroso, envuelto en una neblina que cubre cada rincón de la habitación.

Me incorporo de golpe. El mundo se inclina, se retuerce, se burla de mi equilibrio. Apoyo la mano en el colchón antes de que todo se vaya al demonio. La tela está húmeda y fría bajo mis dedos.

El vapor de mi cuerpo crea una niebla sofocante que lo cubre todo. Se desliza por las paredes, se cuela entre los muebles, devora las formas hasta volverlas irreconocibles.

La pecera de Bruno se reduce a una sombra distorsionada detrás del cristal empañado. La lámpara parpadea al fondo, fragmentando la luz en destellos trémulos.

Mi corazón late tan fuerte que siento el eco en la garganta.

Camino a la ventana a trompicones. La abro con ambas manos, casi de un golpe. El aire frío me congela la piel, me hace jadear, pero es mejor que el calor sofocante que me estaba ahogando.

La niebla se retrae lentamente. No desaparece de inmediato, se aferra a las esquinas, resbalándose por la habitación. Hasta que, poco a poco, se rinde y se disuelve en la luz de la mañana.

Respiro profundo. Duele al intentar. Cada músculo de mi cuerpo se siente como un cable tenso a punto de reventar. La piel me punza, como si miles de agujas estuvieran enterradas en ella.

—¿Qué fue... todo eso?

Mi voz suena ajena, ronca, como si no me perteneciera. Un deja vú.

Y entonces, un cosquilleo baja por la nariz. Algo cálido deslizándose hasta caer por mis labios, goteando hasta el mentón. Me limpio con el dorso de la mano. El sabor metálico me golpea de inmediato.

Sangre.

Camino al baño. O más bien, tropiezo de camino a el. Cada paso es torpe, doloroso, como caminar con huesos rotos. La luz del baño me golpea en los ojos apenas la enciendo. Me deja ciego por un segundo.

Cuando la vista vuelve... el espejo me devuelve la imagen de alguien que no conozco. Cabello hecho un desastre, empapado y enmarañado, oscuro como una rosa marchita. Ojeras profundas, ojos apagados, vacíos. La piel tan pálida que parece hecha de la misma niebla que me rodeaba hace rato.

Un espectro.

Soy yo.

Me aferro al lavabo. Mis manos tiemblan sobre la cerámica fría. El agua helada sale con poca potencia por el grifo, me la estampo en la la cara. La sensación me sacude por completo, me obliga a sentirme presente aunque sea por un instante. La sangre se disuelve en el agua. Se enrosca en espirales rojas que giran antes de desaparecer por el desagüe.

Me quedo allí, inclinado, quieto. Mirando el remolino, deseando que ojalá pudiera tragarse algo más que el agua o la sangre.

—Hace mucho... que no me pasaba esto.

No sé si lo dije en voz alta o si solo lo pensé. Todo esta en silencio, pero incluso mis propios pensamientos suenan como truenos en mi cabeza.

Intento ordenar mis pensamientos, pero entonces... escucho el recuerdo de esa voz. Tan lejana. Tan clara.

«Escúchalo. Sigue avanzando... y sonríe. Lo harás bien...».

La frase queda flotando en el aire, perdida.

Mi pecho se contrae, duele, como si esas palabras hubieran empujado algo dentro de mí.

—¿Qué... significan? —pregunto al vacío.

No espero respuesta.

Pero, en el fondo, deseo que alguien conteste.