IMPERFECTA

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Sinopsis

Cada noche, en su sueño más profundo, León Pigma veía el mismo rostro. Era el de una mujer de cabello rubio y ojos grandes y expresivos, portadora de una belleza que él nunca antes había atestiguado; una belleza imposible en la vida real. Tanto así, que León estaba seguro de que aquel rostro no le pertenecía a ninguna mujer que hubiese conocido previamente, lo que hacía aún más perturbador el hecho de que se repitiera en sus sueños con tanta nitidez.

Genero:
Horror
Autor/a:
Corr Cosette
Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
13+

IMPERFECTA

IMPERFECTA

Cada noche, en su sueño más profundo, León Pigma veía el mismo rostro. Era el de una mujer de cabello rubio y ojos grandes y expresivos, portadora de una belleza que él nunca antes había atestiguado; una belleza imposible en la vida real. Tanto así, que León estaba seguro de que aquel rostro no le pertenecía a ninguna mujer que hubiese conocido previamente, lo que hacía aún más perturbador el hecho de que se repitiera en sus sueños con tanta nitidez.

Con el paso de los días, levantarse de la cama se fue transformando en un acto cada vez más trabajoso, ya que el peso de su confusión crecía con cada sueño y con cada encuentro.

León, que al principio tenía la sospecha de que debía existir una razón para que aquel rostro lo persiguiese, pronto comenzó a obsesionarse con esa idea al punto de necesitar que, en realidad, así fuese.

No soportaba la idea de que ese rostro no fuese más que una invención casual de su cerebro, ya que eso significaría que, efectivamente, la mujer existía solo en sus sueños y en ningún otro sitio. No obstante, él necesitaba verla: no con los ojos cerrados, sino con los ojos abiertos. León la necesitaba con urgencia en el mundo real.

Con una misión clara y fija en su mente, León lanzó sobre la mesa todas las revistas, diarios, folletos, pósteres y fotos familiares que encontró en su apartamento, y se sentó frente a ellos con unas tijeras y pegamento; creía haber leído, o escuchado, que los rostros que uno ve en sueños suelen ser combinaciones o variaciones de características faciales que uno ha visto anteriormente. Si su cerebro había dado vida a aquel Frankenstein facial, partiendo de la mezcla de los rasgos de varias personas, entonces él debería ser capaz de repetir aquel proceso.

Después de muchas horas de cortar y pegar, con la esperanza moribunda al ver que eso no funcionaba, el elevado nivel de frustración que manejaba lo llevó a voltear la mesa en un arrebato de furia.

¿Cómo era posible que no lograra recrearlo, sin importar cuántas veces lo intentara?

León miró la hora y descubrió que ya casi daban las tres de la madrugada. De repente lo asaltó la desesperación. ¿Qué tal si, por acostarse demasiado exhausto, no lograba descansar correctamente y esa noche no veía el rostro? ¿Qué tal si lo veía, pero, contaminado por todos los rasgos que había manipulado ese día, el rostro se le presentaba desfigurado, lleno de cicatrices gruesas como lombrices y protuberancias duras y abultadas como tumores?

El terror ante las posibles consecuencias de aquel exceso fue realmente intenso. Sin embargo, esa noche León volvió a ver el rostro, y este se le apareció impoluto y sin fisuras, tan nítido y perfecto como siempre.

La mañana del lunes siguiente, se despertó en un estado de absoluta euforia y supo que no podía rendirse. Quería sentirse así todo el tiempo, pero no quería tener que esperar hasta la noche.

León condujo hasta la universidad con ese pensamiento revoloteando en su mente. No pudo concentrarse en las clases ni interactuó con sus amigos. Necesitaba con urgencia hallar la forma de traer aquel rostro a la luz del día.

Entonces el timbre de una notificación lo trajo de regreso: algo había llegado al grupo familiar. León tomó su celular y se topó con una imagen de su rostro intervenido para lucir como el de un payaso de circo. «Mira lo que puedo hacer gracias a la última actualización», se escuchó al reproducir el audio enviado junto con la imagen. De pronto supo que ya había encontrado la manera.

León comenzó eligiendo al azar una de las tantas aplicaciones de inteligencia artificial disponibles en ese momento. Describió cada detalle que recordaba: la forma de su rostro, el aspecto de su piel, sus ojos, su nariz, sus labios, su cabello y su peinado. Pero cada vez que la IA generaba una imagen, algo estaba mal. La nariz no salía recta y proporcional al rostro, o los labios no aparecían llenos y bien definidos. Nunca era ella.

Los intentos fallidos se acumulaban, y León pasaba horas frente a la pantalla, ajustando descripciones, cambiando parámetros, buscando una perfección que fuera fiel a la del rostro de la mujer de sus sueños.

Sus días se volvieron una constante búsqueda de aquella cálida mirada que lo eludía. Dejó de asistir a la universidad, evitó por completo a sus amigos, y finalmente, se distanció de su familia y del grupo que tenían para comunicarse. Todo lo que le importaba era que su propio Frankenstein cobrara vida con el solo movimiento de su dedo golpeando una tecla con la misma energía que un rayo golpea la tierra; incluso, estaba dispuesto a prometerle su alma a la diosa Afrodita a cambio de que esta le diera vida a su onírica Galatea.

León ya no podía pensar en nada más. La euforia que lo electrificaba al ver el rostro por la noche se volvía insignificante en comparación con el terrible dolor que le generaba la abstinencia de no verlo durante el día.

Comenzó a gastar sus ahorros en software más avanzado, en cursos de diseño gráfico, incluso en contratar a artistas para que intentaran capturar la imagen de sus sueños. Pero cada intento, por muy prometedor que pareciera, acababa en fracaso. No podían recrear aquella ligera curvatura en su nariz que le añadía un toque refinado a sus facciones. Tampoco aquel arco de Cupido marcado sobre su labio superior.

Los días dedicados a esa labor se convirtieron en semanas, y las semanas en meses. Su salud se deterioró, perdió peso, y el suelo de su apartamento se llenó de papeles con bocetos fallidos.

Su vida social se volvió nula, ya que los únicos rostros que veía eran esos que le recordaban su incapacidad para recrear el único que le interesaba.

Finalmente, una noche, al borde de la desesperación, miró una vez más la última imagen generada por el I-Creator en la pantalla parpadeante. Se le antojó cercana, terriblemente cercana, pero todavía desgarradoramente imperfecta.

León supo en ese momento que no quería volver a ver otro rostro imperfecto en su vida. Ya nunca conseguiría soportar el sufrimiento que eso le causaba, no después de haber atestiguado la sublime perfección en todo su esplendor.

Esa noche, León arribó a su sueño más pronto de lo habitual, y, como siempre, allí estaba ella: una mujer de una belleza imposible, con un rostro de piel clara que recordaba a la porcelana más fina, y una estructura ósea impecable de pómulos prominentes que le conferían una apariencia esculpida. Con grandes y expresivos ojos color avellana, que tenían una forma almendrada que resaltaba su mirada y la dotaba de calidez e intensidad. Con una nariz recta y perfectamente proporcionada, que presentaba una sutil curvatura que añadía un toque de refinamiento a sus facciones. Con labios llenos y bien definidos, y un arco de Cupido marcado. Todo ello cobijado por su cabello rubio, dorado y luminoso, cayendo en suaves ondas ligeramente despeinadas que le daban un aire casual y natural.

León solo esperaba que la cantidad de somníferos haya sido suficiente y definitiva; es decir… Perfecta.