Capítulo 1
|Encanto Absoluto|
La primera sensación fue calor.No el calor incómodo del sol o del verano, sino uno suave, como el de una cobija recién salida de la secadora. Luego, una voz dulce rompió el silencio:
—Miyuki... mi pequeña, ¿ya despertaste?
Miyuki no abrió los ojos de inmediato.La última vez que respiró conscientemente estaba en un hospital de México, rodeada de luces blancas, olor a medicina y lágrimas desesperadas. La muerte había llegado como una ráfaga: injusta, confusa, demasiado rápida.
Y sin embargo, al abrir los ojos... estaba en un lugar completamente diferente.
El cuarto era amplio, en tonos rosados y blancos, decorado con juguetes suaves, flores, un móvil en el techo y una ventana que dejaba pasar la luz del sol. La mujer frente a ella era joven, hermosa, con cabello rosado y ojos igual de rosados, brillante como si fuera de fantasía.
Miyuki abrió la boca para preguntar dónde estaba, pero la voz que salió era pequeña y aguda, como la de una niña de tres años.
—¿Dónde estoy...?
La mujer sonrió con alivio y la abrazó fuerte.
—Ay, amor, me asustaste. Mamá está aquí. Soy Airi Sato.
Mamá.
La palabra cayó pesada.
Esa no era su madre.Su verdadera mamá estaba enterrada en México.Su familia, sus amigos, su vida completa... todo había quedado atrás.
Y sin embargo, algo en su mente empezó a ordenarse solo, como si recuerdos nuevos estuvieran conectándose con los viejos.
Recordó su nombre nuevo: Miyuki Sato.Recordó que ese cuerpo era suyo desde bebé.Recordó cosas que no vivió, pero estaban ahí, claras, como si pertenecieran a otra versión de ella.
Reencarnación.Era la única explicación.
Su alma había vuelto, en otro cuerpo, en otro país, en otra familia.
La abrazaron, la cargaron, le ofrecieron leche tibia... y por primera vez, lloró. No de tristeza, sino de puro shock.
Los primeros años fueron una extraña combinación de mente adulta encerrada en cuerpo pequeño. Su madre, Airi Sato, era una mujer hermosa, alegre, carismática... casi perfecta. Su padre, Itsuki Sato, era serio, de mirada dorada y porte elegante, pero en cuanto Airi hablaba, él obedecía.Miyuki lo encontraba hilarante.
La casa era enorme, moderna, con jardín, terraza y muebles caros. Su cuarto parecía de catálogo, lleno de peluches, cortinas suaves y juguetes elegantes.
Y ella, una mexicana reencarnada, aprendiendo a caminar otra vez.
No tardó en hablar, leer, ni en adaptarse al japonés. Su familia pensaba que era una niña prodigio.
—¡Qué vocabulario tan bonito tiene! —comentaban las maestras.—Miyuki es especial —respondía Airi con orgullo.
Y aunque al principio le dolía recordar su vida anterior, con el tiempo aceptó algo:
Tenía una nueva oportunidad.
Sin embargo, a los siete años, algo empezó a inquietarla.
Una mañana, mientras desayunaban, su padre dejó el periódico sobre la mesa. Miyuki, por costumbre, empezó a leer los titulares.
“Pandillas juveniles causan disturbios en Tokio.”
No era tan extraño.La delincuencia existía en todos lados.
Pero una frase más abajo hizo que se le erizara la piel:
“El grupo conocido como Black Dragon fue visto en motocicletas cerca del distrito industrial.”
Black Dragon.Ese nombre no debía existir fuera de la ficción.
Parpadeó, tragó saliva, y decidió no decir nada.
Semanas después, en la televisión, un reportero habló del tema:
—La pandilla juvenil Black Dragon se vio involucrada en una pelea con estudiantes de secundaria...
Se le cayó la cuchara.
No podía ser coincidencia.
A los ocho años, escuchó a un vecino mencionar rumores sobre “esos chicos con motos negras”.A los nueve, una maestra regañó a unos alumnos y dijo: “¿Qué creen que son, Black Dragons?”
Miyuki empezó a sospechar.
A los diez, encontró el periódico de su padre con una foto en la sección de noticias: motocicletas en fila, muchachos con chaquetas negras, y debajo, un nombre escrito claramente:
“Shinichiro Sano, fundador de Black Dragon.”
Shinichiro Sano.El hermano mayor de Mikey.
Sintió que el corazón se congelaba.
Porque si Shinichiro existía... entonces Mikey también.Entonces Draken también.Entonces este no era solo Japón.
Era Japón...de Tokyo Revengers.
Pero lo mantuvo en secreto.No podía decirle a nadie que sabía nombres, historias y destinos de personas que aún no conocía.
Solo guardó silencio y observó.
Crecer en ese mundo no era difícil... pero sí aterrador.A pesar de vivir en un barrio bueno, la sensación de peligro estaba ahí, escondida en rumores y noticias.Chicos mayores hablando de peleas, motos rugiendo en la noche, adultos preocupados, tiendas que cerraban más temprano.
Y mientras tanto, Miyuki crecía con una belleza imposible de ignorar.
A los trece, su rostro parecía de muñeca.A los catorce, ya nadie podía enojarse con ella, aunque quisiera.Y a los quince... era el centro de toda mirada donde pasaba.
SuEncanto Absolutoera algo real.
Empujaba a alguien por accidente:—No pasa nada, seguro fue para evitar algo peor.
Perdía paciencia:—Qué linda, está preocupada.
Hablaba con franqueza mexicana:—¡No manches, ten cuidado!Pero todo el mundo lo escuchaba como:—Qué dulce, está asustada.
La querían, la respetaban, la protegían.Y eso la hacía sentir culpable, pero también segura.
Ella solo quería vivir tranquila.Comer pasteles.Ser feliz.
Ese día, como siempre, salió sola a su pastelería favorita. Tenía una caja con sus postres preferidos y caminaba tarareando bajito. El cielo estaba despejado, el verano cálido, y por un momento... la vida parecía perfecta.
Dobló la esquina sin mirar.
Y chocó con alguien.
El impacto la hizo retroceder un paso.La caja tembló en sus manos.Miyuki levantó la vista para disculparse...
...y el aire le salió del cuerpo.
Cabello rubio casi blanco.Ojos oscuros, profundos, tranquilos.Expresión serena, pero peligrosa.Aura de liderazgo sin intentarlo.
Manjiro Sano.
Mikey.
El futuro líder de Toman.El niño que podía reír con dulces y matar con una sola patada.
Su sangre se heló.
—¿Te lastimé? —preguntó él, inclinando un poco la cabeza.
Miyuki apenas pudo hablar.—N-no. Yo... iba distraída. Perdón.
Mikey bajó la mirada hacia la caja en sus manos.
—¿Qué es eso?
—Pasteles —respondió ella casi sin aire.
Los ojos de Mikey brillaron como si hubiera visto oro.
—¿Me das uno?
La pregunta no era realmente una pregunta.Nadie le decía que no a Mikey.
Temblando, abrió la caja y se la acercó.Mikey tomó uno, lo mordió, y su expresión cambió de seria a feliz en un segundo.
—¡Está buenísimo!
Sonrió.Esa sonrisa dulce, infantil, peligrosa.La misma sonrisa que en el futuro causaría miedo y lealtad en miles de personas.
—Eres un ángel —dijo él, como si la declaración fuera obvia.
Miyuki sintió un escalofrío.Encanto Absolutohabía hecho efecto.
—¿Cómo te llamas? —preguntó él.
Ella quiso correr.Quiso desaparecer.Quiso cambiar de ciudad.
Pero su cuerpo respondió solo:
—Miyuki. Miyuki Sato.
Mikey repitió su nombre en voz baja, saboreándolo, guardándolo.
—Miyuki... me gusta.
Guardó sus manos en los bolsillos, se inclinó un poco hacia ella y dijo con una tranquilidad que no admitía negativas:
—¿Quieres venir mañana? Te voy a invitar yo. Hay más pasteles que quiero probar.
Ella abrió la boca para negarse, pero no salió sonido alguno.
Mikey sonrió de nuevo y comenzó a irse.Pero antes de doblar la esquina, se detuvo y la miró por encima del hombro.
—No faltes.
Y se fue.
Miyuki sintió las piernas temblar.Las manos sudaron.El estómago se revolvió.
Había intentado vivir una vida normal.Ser invisible.Pasar desapercibida.
Pero el destino no se lo permitió.
Esa había sido la primera vez que miró a Mikey a los ojos.
Y en ese instante supo algo con absoluta claridad:
El destino había empezado a moverse.