La ciudad despierta
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Capítulo 1
La alarma no era un sonido como tal. Era una serie de chirridos cortos que subían de tono, como si alguien estuviera soplando por un silbato roto. Alice abrió un ojo. El otro tardó un segundo más, atrapado entre sueño y pereza.
Su robotsito personal estaba sobre su pecho. Vibraba con energía, orgulloso de haberla despertado a la primera. Medía lo mismo que su mano y tenía un cuerpo ovalado donde destacaban varias pegatinas de bandas de rock viejas, la mayoría rayadas. En contraste, él era lo más dulce que existía. Sus manitas anchas flotaban apenas por encima de su cuerpo, sostenidas por pequeños estabilizadores magnéticos que hacían que los dedos se movieran con mucha suavidad.
—Ok, ok, ya estoy despierta —murmuró Alice, con la voz ronca.
El robotsito soltó dos pitidos cortos, satisfecho.
Alice se sentó. Su melena leonina estaba toda aplastada hacia un lado y su brazo derecho robótico hizo un chasquido suave al activarse. Las luces internas recorrieron el metal hasta la garra, que se abrió y cerró un par de veces como un estiramiento.
El robotsito la siguió saltando con pequeños impulsos de aire. Subió a su hombro y se acomodó ahí, como si fuera un guardián diminuto con gustos musicales dudosos.
Alice salió de su cuarto. El pasillo de su edificio se encendió con sensores que reconocían su paso. Las paredes metálicas cambiaron de un gris apagado a un azul suave. Afuera, la ciudad ya hacía ruido. Era una mezcla de motores, ruedas, voces digitales y risas sintéticas.
Bajó por las escaleras, que estaban llenas de símbolos luminosos que parpadeaban para indicar direcciones o anuncios municipales. En el primer piso, abrió la puerta principal y el aire frío de la mañana le golpeó el rostro. Siempre le gustaba ese momento. La ciudad robot tenía olor a metal recién calentado y a polvo suspendido, pero para ella era el olor de casa.
—Buenos días, Alice —dijo un robot alto que barría la acera con tres escobas a la vez. Sus ojos eran dos pantallas rectangulares que mostraban expresiones simples. Esta vez tenía un par de cejas digitales levantadas, muy animadas.
—Buen día, Bar-12 —respondió ella.
El robotsito saludó con un chillido agudo. Bar-12 inclinó la cabeza, como si entendiera cada detalle.
Alice caminó hacia la plaza central. En el camino saludó a otros vecinos: un robot de reparto que lanzaba paquetes con demasiada confianza, un grupo de drones escolares que seguían una fila ordenada y un viejo androide que intentaba arreglar su antena, torciendo el cuello como si fuera una rama seca.
—¿Otra vez con lo mismo, Don Roto? —preguntó Alice.
Él soltó un gruñido estático.
—Si esta antena funcionara, podría oír las noticias de la zona norte. Ya nadie me quiere ayudar. Dicen que estoy “anticuado”.
Alice levantó su brazo robótico.
—Puedo intentarlo luego. Si te parece.
Don Roto emitió un sonido que se parecía a un suspiro.
El robotsito dio dos golpecitos suaves en la mejilla de Alice, como recordándole que debía desayunar antes de empezar a ofrecer arreglos.
En la plaza central, la luz se reflejaba en todas direcciones. El suelo era un mosaico de placas movibles que formaban cuadros de colores según la hora. Grupos de robots conversaban, intercambiaban piezas, o simplemente cargaban sus baterías en estaciones públicas.
Alice se sentó en su banco habitual, uno que tenía marcas de garra porque lo usaba desde niña. El robotsito saltó a la mesa y empezó a mover sus deditos flotantes, ansioso por revisar el bolso de Alice.
—Está bien, solo uno —dijo ella.
Le dio una pequeña batería de repuesto. No la necesitaba, pero al robotsito le encantaba jugar con ellas como si fueran dulces.
Mientras calentaba un panecillo en una máquina automática, Alice dejó la vista perderse en la ciudad. Ese lugar siempre estaba cambiando. Plataformas nuevas. Señales nuevas. Robots nuevos. Sin embargo, todos la conocían. Y ella los conocía a ellos. Era extraño sentirse parte de un sitio donde casi nadie respiraba, pero nunca se había sentido sola.
El robotsito trepó a su hombro otra vez y se quedó muy quieto. Eso siempre significaba que estaba “pensando”, aunque no hablara. Alice le acarició suavemente el cuerpo ovalado.
—Sí —susurró—. Hoy será un día tranquilo.
Y por un breve instante lo creyó.
No sabía que, muy lejos, en la torre administrativa, Opal empezaba a revisar archivos que llevaban años apagados. No sabía que un simple error estaba por despertar algo que alteraría toda su rutina.
Por ahora, Alice solo sabía que el panecillo estaba caliente, el robotsito estaba feliz y la ciudad seguía viva a su manera.
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