Capítulo 1
La caída de Aion y nacimiento de Kael
El universo no es más que un lienzo interminable de luces y sombras, de energía y vacío. En ese vasto tejido cósmico, Aion existía como un susurro perpetuo entre el caos y el orden. No era humano ni demonio, ni siquiera un simple espíritu: era el guardián del equilibrio, la línea que separaba lo imposible de lo inevitable.
No tenía género ni forma fija, aunque quienes lo veían —pocos y en ocasiones muy fugaces— sentían en su presencia un magnetismo ineludible, una mezcla sutil de dulzura y poder que desarmaba incluso a los seres más oscuros. Aion era un enigma vivo, una fuerza natural que no pretendía dominar sino mantener el balance.
Pero incluso el balance puede romperse.
La fractura comenzó como un leve temblor en la trama misma de la realidad. Aion sintió que algo le consumía desde dentro, un vacío que crecía como una mancha negra sobre su esencia luminosa. Intentó resistir, desplegando su poder ancestral, tejiendo barreras invisibles para contener esa amenaza, pero fue en vano. El tejido del universo empezó a desgarrarse a su alrededor, y el vacío dentro de él se convirtió en abismo.
El guardián comprendió que estaba perdiendo. Que estaba cayendo.
En sus últimos instantes de conciencia, antes de que la oscuridad lo engullera, Aion tomó una decisión desesperada: sellar su poder, esconderlo detrás de un velo que nadie podría romper. Dejando solo dos fragmentos inofensivos pero poderosos en apariencia: la suerte y el encanto. Un escudo frágil para mantener viva la chispa que aún quedaba.
Su forma se desvaneció entre el crepitar de estrellas moribundas, y su alma quedó a la deriva, vulnerable y perdida en el vacío.
La niebla cubría Reverse Falls aquella noche como un manto frío y húmedo. El bosque parecía susurrar secretos antiguos, y las sombras danzaban entre los árboles con movimientos inquietantes.
Un llanto suave rompía el silencio. No era cualquier llanto: era el de un bebé que abría sus ojos por primera vez. Pero esos ojos no eran los de un niño cualquiera; eran ojos grandes, profundos, que parecían saber más de lo que un recién nacido debería.
—Ok, primer problema del día —pensó Kael en voz alta, aunque nadie lo escuchó—. ¿Por qué estoy llorando si ni siquiera sé qué me duele? En serio, esto no me lo enseñaron en el manual de bebé.
Justo entonces, una familia común —un hombre, una mujer y su hija pequeña— caminaba por el borde del bosque. No buscaban un bebé, ni tenían idea de que alguien los estaba observando desde la niebla. Pero, por suerte o destino (más suerte, para ser honestos), encontraron a Kael.
La mujer se agachó, tomó al bebé envuelto en la manta y exclamó:
—¡Ay, mira qué cosita más adorable!
Kael parpadeó y pensó:
—¿Ya? ¿Así de fácil? Ni siquiera terminé de ponerme los zapatos y ya me adoptaron como si fuera un Pokémon shiny o algo así... Pues bueno, ni modo, toca ser adoptado.
El hombre sonrió y dijo:
—No podemos dejar a este pequeño solo aquí. Se ve que tiene suerte... ¡y mira esos ojazos!
Kael sonrió con orgullo interno y dijo (mentalmente):
“Claro que tengo suerte, ¿recuerdan? Soy literalmente la suerte caminando.”
Mientras lo llevaban a casa, Kael no pudo evitar pensar:
—“Ok, nueva vida, nuevo cuerpo, familia random, ¿qué sigue? ¿Una escuela? ¿Hacer amigos? Esto se va a poner bueno.”
La niña de la familia, una pequeña con ojos curiosos y sonrisa traviesa, miró a Kael con ternura.
—¿Quieres ser mi hermano? —preguntó.
Kael le devolvió una sonrisa encantadora y pensó:“Listo, ya me ganó con esa pregunta.”
Los días siguientes, Kael descubrió rápidamente dos cosas:
Tenía una suerte ridícula. Apostaba en juegos infantiles y ganaba siempre, haciendo que otros niños fruncieran el ceño.
Tenía un encanto natural que hacía que casi todo el mundo quisiera protegerlo y quererlo... incluso cuando él solo quería hacer travesuras.
Una tarde, Kael intentó hacer una broma con sus nuevos amigos.
—Oigan, ¿qué pasa si mezclamos jugo de naranja con jugo de manzana? —preguntó.
—No sé —respondieron los niños—, ¿qué?
—¡Un jugo de... naranja manzana! —exclamó Kael con una sonrisa orgullosa.
Los niños rieron, y aunque el chiste era un poco tonto, Kael sintió que encajaba.
Una noche, mientras cenaban, Kael pensaba para sí:
—O sea, ¿qué onda? Ni un segundo estuve solo y ya me adopté. Esto es como cuando te desbloquean rápido en un videojuego y te dan poderes extra sin aviso.
En voz alta dijo:
—¿Oigan, ustedes qué tan normales son? Porque esto de adoptar bebés en medio del bosque me suena a cliché de serie de televisión barata.
La mamá se rió:
—Bueno, cariño, a veces las mejores historias empiezan así.
Kael sonrió y pensó:
“Ok, tal vez no sea tan cliché cuando la historia eres tú.”
A medida que Kael crecía, se daba cuenta de que Reverse Falls era un lugar lleno de misterios, pero también de gente rara, como él.
Un día, mientras caminaba por el pueblo, vio a un par de chicos que no reconocía: Gideon y Pacifica.
—¿Eh? ¿Quiénes son estos? —pensó—. No son los gemelos que esperaba... ¿Dónde están Dipper y Mabel?
Kael quiso gritar de emoción, pero se contuvo.
—No puedo ser ese niño raro que grita “¡Estoy en un universo paralelo!” como si fuera un spoiler de película —se dijo con una sonrisa—. Mejor me lo guardo y sigo explorando.
Antes de dormir, Kael reflexionaba sobre su vida:
—Bueno, soy un bebé abandonado (bueno, no tanto), adoptado sin preguntar mucho, con suerte loca y encanto de sobra. Pero ¿saben qué? Me encanta. Voy a vivir esta vida con toda la emoción, risas y locura que pueda.
Con una sonrisa, Kael cerró los ojos y soñó con aventuras, su antigua vida, aquella adolecente de 20 años, sip todavia adolecente apenas media 1.50 facilmente se podria hacerse pasar por una niña, no extrañaa su antiguia vida pero si lamentaba no gastarse su dinero.
Nombre actual: Kael
Edad física: 13 años
Edad mental: 20 años
Nombre pasado: Alondra
Genero: Masculino