UNICO:
La biblioteca de la mansión Jeon, en pleno diciembre, era un santuario de silencio y poder. Las paredes de roble antiguo albergaban volúmenes encuadernados en piel y primeras ediciones que valían fortunas, pero la verdadera riqueza de la habitación estaba en los dos hombres que la ocupaban.
Jeon Namjoon, el Alfa patriarca, observaba por la ventana de cristal grueso cómo la nieve cubría los jardines inmaculados. Su postura era la de un general en tiempos de paz, relajada, pero con una tensión latente, una fuerza contenida en la anchura de sus hombros y en la línea firme de su mandíbula.
Junto a la chimenea, en un sofá de terciopelo, su consorte, Jeon Seokjin, hojeaba un catálogo de antigüedades. Su belleza era legendaria, una delicadeza de rasgos y una gracia Omega que había sido, en su momento, la obsesión de medio Seul y el trofeo más preciado de Namjoon.
Aún lo era.
El aire entre ellos, incluso después de décadas, olía a roble y orquídea, a dominio y entrega perfectamente equilibrados.
La puerta de la biblioteca se abrió sin que llamaran, solo dos personas en el mundo tenían ese privilegio.
Los gemelos Jeon.
Jungkook y Jeongguk entraron juntos, pero no en sintonía, se sentía la vibración de una discusión reciente, de una energía contenida que necesitaba salida.
Jungkook, con su chaqueta de cuero negro sobre un suéter gris, sus tatuajes asomando en el cuello y sus manos metidas en los bolsillos, irradiaba rebeldía, su cabello negro azabache caía sobre sus ojos, pero no podía ocultar la intensidad de su mirada.
Jeongguk, impecable en un suéter de cachemira beige y pantalones de lino oscuro, complamente diferente, sin una pizca de tinta o perforaciones, parecía la imagen de la compostura, pero sus ojos, idénticos a los de su hermano, tenían el brillo frío y calculador.
— Padres. — Les saludó Jeongguk, con una inclinación de cabeza.
Jungkook solo murmuró un “Hola”, su mirada buscando la de su padre Omega, Seokjin, como si en él encontrara un refugio comprensivo.
Namjoon giró lentamente.
Conocía a sus hijos.
Sabía que cuando aparecían así, juntos pero cargados de electricidad estática, era porque querían algo.
Algo grande.
— La paz navideña no parece haberlos alcanzado. — Observó Namjoon, acercándose a su escritorio, su voz, profunda y calmada, llenaba por completo la habitación.
— Tenemos un deseo. — Murmuró Jungkook, adelantándose antes de que su gemelo pudiera hablar, su voz era más áspera de lo normal. — Para Navidad.
Seokjin dejó el catálogo a un lado, sus ojos sabios, percibiendo matices donde otros solo veían superficie, estudiaron a sus hijos. Vio la agitación en Jungkook, el anhelo convertido en desesperación y vio el propósito frío en Jeongguk, la certeza de quien sabe cómo conseguir lo que quiere.
— Los establos tienen dos nuevos potros — Espetó Namjoon, tomando asiento. — O hay un yate nuevo en Busan o lo que sea. — Movio la mano restandole importancia. — Ustedes saben que…
— No queremos cosas. — Lo interrumpió Jeongguk, y esa interrupción en sí misma era significativa, él nunca interrumpía, asi que era un mensaje de: esto es serio. — Queremos a una persona.
Un silencio denso cayó en la biblioteca.
El crepitar del fuego en la chimenea pareció volverse más fuerte.
Namjoon no se inmutó.
Seokjin tensó levemente los dedos sobre el terciopelo del sofá.
— Explíquense... — Le ordenó su padre Alfa.
Fue Jungkook quien habló, las palabras saliendo de él en un torrente contenido, como si las hubiera ensayado y a la vez le costara pronunciarlas. — Park Jimin. — Se relamio los labios saboreando el nombre. — El Omega que estudia Bellas Artes, el de la familia Park, los que tienen la galería en el centro.
— Lo conocemos. — Asintió Seokjin suavemente, recordaba a un joven exquisitamente hermoso, con una elegancia natural y una sonrisa que iluminaba las habitaciones. Un Omega de buena familia, pero de una fortuna menguante y una influencia insignificante comparada con el imperio Jeon.
— Lo queremos. — Mascullo Jeongguk, sin titubeos, complementando a su hermano. — Para nosotros, por una noche. — Sonrió. — La víspera de Navidad.
La crudeza de la petición, dicha con tanta claridad, hizo que hasta Namjoon arqueara una ceja.
Seokjin contuvo el aliento, incrédulo.
— ¿Están hablando de un cortejo? — Preguntó el Omega, buscando una salida honorable, humana.
— No. — Jungkook negó con la cabeza, su voz quebrándose por un instante. — No… no nos recibe. — Bajo la mirada. — Es educado, pero distante. — Su voz sonando desesperada. — No ve… no ve lo que hay en mí, en nosotros. — Corrigió, su mirada era de angustia, a pesar de su apariencia, él era el gemelo sentimental, el que sentía las emociones a flor de piel y su deseo por Jimin había cruzado hace tiempo la línea de la atracción para convertirse en una obsesión romántica y dolorosa.
Jeongguk, al ver la lucha de su hermano, tomó el mando de la explicación. — Nuestros instintos Alfa lo reclaman. — Complemento. — Su esencia, su presencia… es la única cosa en la que coincidimos absolutamente, sin discusión. — Miro de reojo a su hermanos. — Ambos lo deseamos, Jungkook lo quiere para acariciarlo y escribirle poemas de amor — Dijo, sin ironía, solo constatando un hecho. — Yo lo quiero para poseerlo, para sentir su sumisión, para probarlo. — De cruzó de brazos. — Es el mismo objeto de deseo, con distinto propósito.
Namjoon los observaba, procesando sus palabras.
No era la primera vez que un deseo carnal se expresaba en esos términos en su mundo.
Pero venía de sus hijos, y eso le daba otro peso.
Además, el dolor genuino en los ojos de Jungkook no podía ser ignorado, su hijo rebelde, el que desafiaba todo, estaba de rodillas emocionales por un Omega.
— ¿Y qué proponen? ¿Que lo secuestremos? — Preguntó Namjoon, probando los límites de su petición.
— ¡No! — Respondió rápidamente el castaño. — Eso sería… vulgar y dejaría secuelas. — Suspiró. — No queremos un juguete roto, queremos un acuerdo. — Se encogió de hombros. — Los Park tienen deudas con nosotro y con otros, además su galería está al borde del colapso. — Jungkook asintió de acuerdo. — Podemos hacer una oferta al padre, una transacción por una noche. — Namjoon se mordió el labio, saboreando la propuesta. — Una suma que salve su negocio, a cambio de que su hijo nos acompañe, voluntariamente, en la Nochebuena. — Titubeo. — Con todos los… arreglos necesarios.
Seokjin cerró los ojos por un momento.
Lo entendía.
En el mundo donde vivían, el poder se ejercía así, las personas eran activos, los deseos se cumplían mediante transacciones. Él mismo había sido parte de un arreglo similar, aunque con un final opuesto: El amor verdadero.
Pero no todos los arreglos terminaban así.
— Es mi deseo más profundo... — Susurró el pelinegro, mirando a Seokjin, apelando al Omega que lo había criado, sabiendo la conexión que tenia con su padre y que entendía de anhelos del corazón. — Papá, no puedo… no puedo pensar en otra cosa. — Explicó. — Lo he intentado, pero es como si mi alma supiera que es él y él ni siquiera me mira.
Había tanta vulnerabilidad cruda en su voz que Seokjin sintió un pellizco en el corazón. Jungkook era su hijo salvaje, tierno y consentido, verlo sufrir así era insoportable.
Namjoon intercambió una mirada con su consorte. Una larga y compleja mirada que recorrió años de complicidad, de entendimiento de las reglas de su mundo y de las necesidades de su familia.
— Una noche. — Espetó Namjoon al fin, su voz recuperando su tono de decisión inquebrantable. — Solo la víspera. — Ordenó. — Debe haber discreción absoluta y con las garantías de que no habrá daño físico permanente. — Suspiró. — El chico es de buena cuna, no un juguete desechable.
Jeongguk asintió, una chispa de triunfo en sus ojos. — Por supuesto, ya sabemos su valor.
— Pero, Jungkook... — Intervino Seokjin con suavidad. — Una noche no te dará su corazón. — Le recordó. — Puede que solo le cause dolor, y te cause más dolor a ti después.
Jungkook bajó la mirada, sus puños apretados, hasta que sus nudillos se volvieron blancos. — Lo sé. — Murmuró, en sus suspiro. — Pero es mejor que nada. — Miro a su padre a los ojos. — Es… tenerlo, aunque sea una vez, sentir que es nuestro. — Se relamió los labios. — Mío, aunque después me odie. — Se mordió el labios inferior. — Al menos habré tenido eso.
Esa resignación, ese amor torcido y desesperado, selló el asunto para Seokjin que asintió lentamente, dando su consentimiento silencioso. Era el lado oscuro de su papel como consorte y padre Omega, asegurar la felicidad de su familia, incluso si los medios eran grises.
— Háganlo. — Ordenó Namjoon. — Jeongguk, tú te encargas de la negociación con el padre Park, con discreción y elegancia. — Miro a su gemelo menor. — Jungkook… prepárate. — Luego Corrigió. — Prepárense y que sea un regalo digno de ustedes, y de él.
Los gemelos asintieron.
Jungkook parecía aliviado y aterrado al mismo tiempo.
Jeongguk lucía satisfecho, como un estratega cuyo plan ha sido aprobado.
Cuando salieron de la biblioteca, el silencio volvió a llenar la habitación, pero ahora era un silencio cargado.
— ¿Hicimos lo correcto? —preguntó el omega, mirando las llamas.
El alfa se acercó, colocando una mano firme y reconfortante en su hombro. —Les dimos lo que pidieron. — Murmuró. — Es nuestro deber como padres satisfacer sus deseos, dentro de nuestro poder. — Inclinó la cabeza. — El mundo es así, Jin. — Se encogió de hombros. — Ellos aprenden a tomar lo que quieren, pero ojalá… para el menor, eso sea suficiente. — Dijo, refiriéndose a Jungkook. — Ojalá esa noche le dé paz o lo libere de su obsesión.
— ¿Y para el mayor? — Preguntó Seokjin, pensando en la mirada calculadora de Jeongguk.
— Para él será una lección. — Suspiró. — Una lección sobre el sabor de la posesión y quizás, solo quizás, descubra que hay cosas que no se pueden comprar, ni siquiera por una noche.
Fuera, en el corredor, Jungkook se detuvo, apoyando la frente contra la ventana fría. — Lo vamos a tener. — Susurró, emocionado.
Jeongguk se detuvo a su lado, mirando la misma nieve pero viendo un tablero de ajedrez. — Sí y será perfecto. — Mascullo, confiado. — Yo me aseguraré de eso. — Miro al menor por el borde de los ojos.. — Tú… solo asegúrate de no arruinarlo con sentimentalismos.
— No lo arruinaré.. — Murmuró Jungkook, y en sus ojos había una determinación nueva, nacida del dolor y del consentimiento paterno. — Lo haré sentir… querido, aunque sea por una noche.
Y así, con una mezcla de anhelo romántico, fría lógica y el poder ilimitado de su apellido, los gemelos Jeon pusieron en movimiento la maquinaria que entregaría a Park Jimin, envuelto como el regalo más preciado y prohibido, a sus pies en la mágica, oscura y posesiva Nochebuena.
La seda era fría contra su piel, pero no tanto como el vacío que se expandía en su pecho. Jimin abrió los ojos a un techo abovedado, decorado con frescos de ángeles barrocos que parecían observar su desgracia con indiferencia, el dolor en su nuca palpitaba al ritmo de su corazón acelerado, movió las manos y el suave roce del terciopelo rojo le confirmó lo que ya intuía.
Estaba atado.
No con fuerza, no con crudeza.
Sus muñecas reposaban sobre almohadones de satín, sujetas por lazos anchos de terciopelo que más parecían adornos que restricciones.
Pero lo eran.
Todo en aquella habitación era una paradoja, la cálida luz de la chimenea reflejándose en los adornos navideños de plata, el aroma a pino y galletas de especias que se colaba por la puerta entreabierta, y el frío terror que se instalaba en sus huesos.
La habitación era enorme, una suite que superaba en tamaño todo su apartamento.
A un lado, un árbol de Navidad de más de tres metros brillaba con luces blancas y ornamentos de cristal soplado, era una escena de postal, si no fuera porque él era el regalo debajo.
La puerta principal se abrió sin ruido.
Y entraron ellos.
Y el aire, de repente, se volvió espeso, difícil de respirar.
No era solo el miedo.
Era su biología, su naturaleza de Omega, reaccionando ante la presencia abrumadora de dos Alfas en la plenitud de su poder, sin máscaras ni restricciones sociales.
Jungkook entró primero, su cabello negro como el azabache caía sobre sus ojos oscuros, que encontraron los de Jimin inmediatamente, llevaba una camisa de seda negra abierta en el cuello, donde asomaban los bordes de unos tatuajes, y en sus orejas brillaban varios aros de plata. Su esencia era densa, caliente, como un bosque después de la lluvia, pero con un borde eléctrico, una intensidad que siempre había confundido al rubio,, había una chispa en su mirada que no era solo posesión, era algo más profundo, más vulnerable, que Jimin nunca había sabido nombrar.
Justo detrás, su gemelo, Jeongguk, su cabello castaño claro estaba perfectamente peinado, su rostro limpio de perforaciones, su ropa impecable y cara, pero si Jungkook era fuego cubierto de cenizas, Jeongguk era hielo afilado, su esencia Alfa era más fría, más metálica, un dominio calculado que no pedía, si no que exigía. Sus ojos, del mismo tono oscuro que los de su hermano, recorrían a Jimin como un casador examina una adquisición, no había rastro de esa chispa extraña, solo hambre, pura y simple.
— Mira, hermano. — Murmuró Jungkook en un ronroneo que hizo estremecer a Jimin. — Está despierto y es aún más hermoso de lo que recordaba.
Jeongguk se acercó, sus zapatos de cuero italiano sin hacer ruido sobre la alfombra persa. — El empaque es excelente. — Murmuró, viendo la bata de seda y la visible lencería debajo. —Papá tiene buen gusto, incluso para esto.
El rubio intentó sentarse, pero un leve tirón de las ataduras le recordó su lugar. — ¿Qué… qué es esto? — Logró articular, con voz ronca y desesperada. — ¿Dónde estoy?
— En tu hogar por esta noche... — Respondió el pelinegro, acercándose al lado de la cama.
Se inclinó y Jimin pudo oler su colonia mezclada con su esencia natural, era embriagador, traicionero, su instinto Omega quería inclinar la cabeza, exponer la garganta, pero su mente humana se resistía, aterrorizada.
— No. — Añadió Jeongguk desde el otro lado, su voz más clara, más analítica. — Nuestro padre nos dio el regalo que pedimos y ya esta. — Se encogió de hombros. — Y eres tú Jimin, por esta noche.
Las palabras, dichas con tanta frialdad, calaron hondo.
Un regalo.
Un objeto.
Jimin sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas de humillación y rabia. —No soy… no se puede comprar a las personas.
Jeongguk sonrió, una curva de labios que no llegaba a sus ojos. — Claro que se puede. — Aseguró. — Todo tiene un precio y el tuyo por veinticuatro horas fue muy específico.
Fue Jungkook quien, con un movimiento sorprendentemente suave, extendió la mano y enjugó una lágrima que había logrado escapar por la mejilla de Jimin.
El contacto fue eléctrico.
Cálido.
Casi tierno.
— No llores... — Murmuró el azabache, su voz tenía un tono que Jimin no había escuchado antes, era casi una súplica. — No te haremos daño. — Aseguró. —Solo… queremos estar contigo, de esta manera.
— Es nuestro deseo. — Confirmó el castaño y su mano, en contraste, tomó la de Jimin atada, no para consolar, si no para examinar. Sus dedos largos y fuertes trazaron las líneas de su palma, los nudillos, las muñecas. — Y en esta familia, los deseos de los gemelos Jeon se cumplen. — Sonrió. — Especialmente en Navidad.
Luego de eso no hubo necesidad de más palabras, por que Jimin ya sabia cual seria su destino en los brazos de ambos Alfas, así que simplemente se dejo hacer, con manos e ploratorias, ambos hermanos comenzaron a soltar las prendas de seda, Jeongguk comenzó con sus muñecas, mientras dejaba suaves besos en las preciosas manos del rubio que siempre le habían ocasionado morbo.
Jungkook comenzó en sus pies, soltandolos y liberando sus tobillos, verdaderamente lo habían envuelto como a un regalo de navidad, pero el pelinegro no pudo perder más el tiempo y con devoción controlada lamió cada parte de sus pies, desde el talón hasta la punta de sus dedos.
Luego de dejar sus miembros sueltos, el omega con la respiración acelerada se dejo desnudar, primero la suave bata de seda se deslizo por cuerpo siendo quitada por el castaño y posteriormente, sus bragas rojas de encaje, por las manos temblorosas de Jungkook.
El aire estaba tan cargado a feromonas que hacían a Jimin sentirse drogado y por puro instinto abrió sus piernas. Su mente jugando una mala pasada, diciendole que se dejara someter, cuidar, profanar.
"Ellos son fuertes, tu le gustas, déjate llevar y déjate poseer, de todas las formas, yo lo necesito y tu también". Le decía su lobo una y otra vez.
La habitación era un altar de contrastes.
La luz dorada de la chimenea bailaba sobre los adornos de plata del árbol navideño, proyectando sombras que se movían al ritmo de las llamas. El aire olía a pino, a cera de abejas de las velas, y debajo, cada vez más intenso, a esencia del Omega: vainilla y campanilla de invierno, dulce y desesperadamente excitante.
Jimin yacía entre las sábanas de seda negra, su piel pálida brillando bajo la tenue iluminación.
Los lazos de terciopelo rojo ya no lo sujetaban; ahora yacían desatados sobre las almohadas, meros testigos de una rendición ya consumada. Su respiración era entrecortada, sus labios entreabiertos, sus ojos vidriosos mientras miraba a Jungkook, que se arrodillaba entre sus muslos abiertos.
— Shhh, mi amor... — Susurró el pelinegro, en un ronroneo cargado de una emoción que hacía temblar a Jimin por razones que ya no eran solo miedo. — Te voy a cuidar, lo prometo.
Sus manos, adornadas con anillos de plata que se sentían fríos contra la piel caliente de Jimin, acariciaron los muslos temblorosos del Omega.
Jungkook se inclinó y capturó sus labios en un beso que no era de dominio, si no de entrega, un beso lento, profundo, que saboreaba cada rincón de su boca como si fuera la última vez. El rubio gimió, sus dedos enredándose en el cabello negro del Alfa, tirando de él con una necesidad que ya no podía ocultar.
— Jungkook... — Murmuró, rompiendo el beso, su nombre en sus labios.
El pelinegro sonrió, una expresión frágil y hermosa. —Te he soñado así. — Confesó. — Tan abierto para mí, tan hermoso.
Con una paciencia infinita, Jungkook tomó el frasco de aceite que Jeongguk, observando desde el sillón con ojos de halcón, había colocado en la mesita de noche. Lo calentó entre sus palmas antes de llevar sus dedos a la entrada de Jimin.
El contacto fue suave, explorador.
— Relájate... — Murmuró, besando su clavícula, luego el pecho, mientras un dedo entraba con una presión cuidadosa. — Eres perfecto. — Le halago. — Todo en ti es perfecto.
Jimin arqueó la espalda, un jadeo escapando de sus labios.
No era dolor.
Era una sensación de plenitud, de ser abierto con una devoción que le partía el alma. Jungkook trabajó con una delicadeza exquisita, primero un dedo, luego otro, estirando, preparando, encontrando ese punto dentro de él que hizo que el rubio gritara, sus dedos clavándose en los hombros del Alfa.
— Ahí… Por favor… — Gimió, su mente nublada por el deseo y por la abrumadora conexión que fluía entre ellos de forma repentina.
— Lo sé, lo sé... — Respondió, con su respiración acelerada contra el cuello del rubio. — Todo para ti. — Le aseguró. — Todo para hacerte sentir bien.
Cuando estuvo seguro de que estaba listo, Jungkook se posicionó sobre él. Sus ojos, negros y profundos como la noche, no se separaron de los de Jimin, en ese momento, no existía nadie más en la habitación.
Ni el árbol de Navidad, ni el fuego, ni siquiera Jeongguk, cuya presencia cargada se sentía como una segunda luna gravitando alrededor de ellos.
— Mío... — Susurró Jungkook, pero era una afirmación temblorosa, una pregunta.
— Tuyo... — Respondió Jimin, pero esa declaración venía desde adentro, de su lobo, reclamado al pelinegro como Alfa.
La entrada fue lenta, una invasión de ternura devastadora.
Jungkook se hundió en él centímetro a centímetro, deteniéndose cada vez para dejar que Jimin se adaptara, para besarlo, para murmurar palabras dulces y rotas sobre sus labios.
Cuando estuvo completamente dentro, ambos jadearon, unidos en un suspiro compartido. Para el rubio era como si una parte perdida de sí mismo hubiera encajado finalmente. El cuerpo de Jungkook lo llenaba, el aroma a bosque lluvioso de su Alfa lo envolvía, sellando una conexión que trascendía lo físico.
— Te amo. — Le confesó Jungkook contra su boca, moviéndose con un ritmo lento, profundo, que hacía que Jimin viera estrellas. — Te he amado siempre.
El rubio no respondió, los empujes contra su próstata lo debatan sin voz, no podía controlar su cuerpo, era como si le perteneciera al pelinegro que estaba sobre él.
El movimiento no era salvaje, si no una ola constante y poderosa. Jungkook lo poseía con una pasión romántica, cada empuje una promesa, cada retirada una caricia.
Sus manos no se aferraban, si no que acariciaban: el costado de Jimin, su mejilla, su cabello, besaba cada lágrima que brotaba de los ojos de Jimin, lágrimas de placer abrumador y de una emoción que no podía nombrar.
— ¡Ah, ah, ah! — Gimoteo, arqueando su espalda el rubio.
Jimin se aferró a él, sus piernas enlazadas alrededor de su cintura, sus talones presionando la espalda baja de Jungkook, animándolo, pidiéndole más. El placer se acumulaba en su interior, una espiral dorada y caliente que se estrechaba con cada movimiento.
Sintió cómo el cuerpo de Jungkook se tensaba, cómo su respiración se hacía más irregular.
— Ju-Jungkook…— Tartamudeó, pero las palabras se perdieron en un gemido cuando Jungkook cambió el ángulo, alcanzando ese punto una y otra vez. — Me... me voy a... ¡Joder! — Sollozo, apretando las mantas debajo de él, era demasiado para su corazón Omega.
—Juntos. — Le ordenó, con su frente apoyada en la de Jimin, los ojos de ambos llenos de lágrimas. — Vamos a acabar juntos, mi amor.
Y así fue.
La ola los arrastró simultáneamente.
El cuerpo de Jungkook se estremeció, un gruñido ronco y hermoso saliendo de su garganta mientras se derramaba dentro de Jimin, caliente y posesivo.
La sensación de ser llenado así, de ser reclamado desde el interior por el Alfa cuyos ojos lo miraban con adoración, hizo que Jimin se deshiciera en un gruñido largo.
— Dioooooos. — Chilló el rubio. — ¡Mmmmgh!
Su climax lo sacudió con una intensidad silenciosa y profunda, un éxtasis que le arrancó un sollozo entrecortado mientras su cuerpo se contraía alrededor de Jungkook, extrayendo hasta última gota de su placer, derramándose a si mismo sobre su propia abdomen.
Permanecieron así, entrelazados, jadeando, mientras el mundo a su alrededor volvía poco a poco. El pelinegro seguía dentro de él, besando suavemente sus párpados cerrados, sus mejillas húmedas.
Desde el sillón, un aplauso lento, deliberado, cortó el hechizo del momento.
Jeongguk se levantó.
Se había quitado el suéter y la camisa, revelando un torso musculado y pálido, sin una sola marca de tinta, solo piel y poder.
Su esencia Alfa, que se había contenido mientras observaba, ahora estallaba en la habitación: afilada, metálica, implacable.
— Un espectáculo conmovedor... — Espetó, con su voz fría como el acero. — Pero la noche es larga, y mi turno apenas comienza.
Jungkook, con una mirada de advertencia hacía su hermano, se separó de Jimin, saliendo de él con suavidad, dejándolo sensible y vulnerable en la cama. Jimin sintió la pérdida inmediatamente, un vacío físico y emocional.
Jeongguk no perdió tiempo en rituales.
Con un movimiento fluido, tomó al Omega por la cintura y lo volteó, colocándolo a cuatro patas sobre las sábanas arrugadas. La posición era de sumisión total, y una nueva oleada de excitación, más oscura, más animal, recorrió la espalda de Jimin.
— Mira qué bonito. — Musitó el castaño, pasando una mano posesiva por la curva de su espalda, sobre las marcas que los besos de su hermano habían dejado. — Ya está listo. — Metió dos dedos en la entrada dilatada, moviendo los de forma rápida, para usar el semen de su gemelo como lubricante. — Abierto y caliente.
No hubo más preparación.
No la necesitaba.
Con un gruñido bajo, Jeongguk se bajo los pantalones y el bóxer, liberando su erección, luego se alineó y entró en un solo empuje brutal, dentro del rubio, llenando el espacio que Jungkook había ocupado momentos antes, pero de una manera completamente distinta.
Donde Jungkook había sido una inundación, Jeongguk fue un terremoto.
Jimin gritó, no de dolor, si no del shock del placer inmediato y repentino, su cuerpo reaccionando al salvajismo, un morbo recorriendolo al saber que su Alfa veria como lo poseían, un calor subiendo por su pecho.
Jeongguk no buscó un ritmo; lo impuso, eran empujes rápidos, duros, que hacían que Jimin se tambaleara hacía adelante sobre sus manos y rodillas.
— ¡Así! — Le ordenó Jeongguk, una mano férrea en su cadera, la otra elevándose para caer con un sonido seco y claro sobre una nalga de Jimin, que lo hizo jadear.
— ¡Ah, mmmhg! — Gimoteo, mordiendose el labio inferior.
La sensación de calor y de leve dolor hizo que Jimin gimiera más fuerte, enterrando su rostro en las sábanas.
Era posesión pura, sin adornos, sin disculpas.
— ¿Ves? Esto es lo que eres... — Gruñó Jeongguk, inclinándose sobre su espalda, su aliento caliente choco en su oído. — Nuestro juguete. — Le volvió a navegar. — Mío para usarte cuando quiera. — El rubio gimoteo, al sentir su próstata siendo estimulada. — Para tomarte, eres mío, Jimin. — Ronroneo. — ¡Dilo!
— ¡Tuyo! — Jadeo, el placer acumulándose de nuevo, más rápido, más sucio, alimentado por la crudeza del acto, su Omega ronroneaba satisfecho dentro de su pecho, pero no era suficiente. — ¡Más, por favor, más! — Rogó.
Jeongguk soltó una risa ronca y satisfecha, aumentando el ritmo hasta que los golpes de sus caderas contra las nalgas de Jimin resonaban en la habitación.
No hubo besos, ni palabras dulces.
Solo jadeos, gruñidos y el sonido de piel contra piel.
— ¿Mi juguete quiere más de su dueño? — Se burló, llevando una mano a la nuca de Jimin para enterrarle la cara contra el colchón. — Tu dueño te dará más... — Gruñó, aumentando el ritmo y ajustando el ángulo.
— ¡Oh mi Dios! — Un sollozo rincón salio de los labios del rubio, cerrando sus ojos por los duros impacto.
y fue ahí cuando Jeongguk llegó al clímax, que lo hizo con un rugido ahogado, sus dedos hundiéndose en la carne de las caderas de Jimin con la fuerza suficiente para dejar moretones, derramándose dentro de él con una posesividad territorial.
El rubio acabó de nuevo, oleadas de semen caliente y espeso, cayendo sobre la cama, su cuerpo sacudido por un orgasmo más corto, más eléctrico, gritando su placer en las sábanas.
Antes de que pudiera recuperar el aliento, lo estaban moviendo de nuevo.
Jungkook estaba sentado contra el cabecero, sus ojos suplicantes, lo jalaron hacía su regazo. Jimin se hundió contra él, buscando su calidez, su seguridad, pero entonces sintió a Jeongguk acercarse por detrás de él y sabía que no iba a descansar.
— Ahora juntos. — Les ordenó el castaño, su voz áspera por el uso. — El regalo completo.
El pelinegro asintió y entró primero, desde el frente, con la misma ternura desgarradora, levantando las piernas de Jimin sobre sus brazos. El rubio lo abrazó, enterrando su rostro en su cuello, oliendo su sudor y su esencia.
Estaba lleno, tan lleno… y entonces Jeongguk se alineó detrás.
La entrada del segundo Alfa fue una experiencia abrumadora, una presión extrema, un estiramiento al límite que hizo que Jimin gritara, pero no para que pararan.
Para que continuaran.
Jungkook lo besó profundamente, tragándose sus gritos, sus manos acariciando su espalda con dulzura para calmar al Omega tembloroso.
— Mi amor, shhh... — Murmuraba Jungkook entre beso y beso, asegurándose que se sintiera bien. — Aguanta, eres fuerte, eres perfecto para nosotros.
Jeongguk, una vez dentro, no esperó y comenzó a moverse, el movimiento hizo que Jimin se impulsara contra Jungkook, creando una fricción doble, un punto de presión indescriptible. El castaño rodeó el cuello del rubio con un brazo, no para lastimar, si no para poseer, para marcar, mientras su otro brazo rodeaba su cintura, apretándolo contra su propio cuerpo.
— Los dos te poseemos. — Gruñó Jeongguk en su oído. — Eres nuestro. — Murmuró. — Nuestro jueguete.
Jimin estaba perdido en un torbellino de sensaciones.
La delicadeza de Jungkook frente a él, besándolo, acariciándolo, susurrándole palabras de amor. La rudeza de Jeongguk detrás, moviéndose con fuerza, marcando su piel con sus manos, su esencia fría envolviéndolo, su propio cuerpo, respondiendo a ambos, su instinto Omega en éxtasis al ser reclamado por dos Alfas tan poderosos y diferentes.
— ¡Oh por Dios! — Sollozo, cuando las manos de Jungkook subieron a estimular sus pezones y Jeongguk le soltó 3 azotes en el culo con fuerza. — ¡Que rico! — Gimoteo.
— ¿Te gusta bebé? — Pregunto el azabache, lamiendole el rostro, quitando las lágrimas de sus mejillas.
— ¡Le encanta! — Gruño el castaño. — ¿Verdad que si? ¡Perra! — Le abofeteo, haciendo a Jimin sollozar de nuevo.
— ¡Oh, si, sí! — Asintió de forma frenetica. — Más, más rápido por favor... — Suplicó.
Lloraba sin control, lágrimas de placer puro y de una rendición total.
Se aferró a Jungkook como a un salvavidas, sus uñas clavándose en la piel sudorosa de su espalda, marcándolo a él también, reclamándolo como suyo en medio del caos.
— ¡No me sueltes! — Le rogó Jimin contra la boca de Jungkook. — ¡Eres mío! — Sollozo. — ¡Oh por Dios! ¡Mi Alfa!
La declaración, nacida del instinto más primitivo, hizo que Jungkook gimiera y se hundiera más profundamente en él.
Los ritmos de los gemelos, al principio desincronizados, encontraron una cadencia perversa. Jeongguk empujaba, impulsando a Jimin contra Jungkook, y Jungkook lo recibía, fundiéndose con él en cada embestida.
La tensión se volvió insoportable, un cable a punto de romperse en tres direcciones. El nudo en el bajo vientre de Jimin se tensó hasta el doloroso placer.
—¡Voy a…! — Gritó.
—¡Juntos! — Rugió Jeongguk.
—¡Conmigo, amor! — Gimoteo Jungkook.
El clímax los golpeó a los tres en una cascada imperfecta pero devastadora.
Jungkook fue el primero, con un grito ahogado contra el cuello de Jimin, su cuerpo convulsionándose, la sensación de sentirlo acabar dentro de él fue el detonante para el rubio, que se deshizo en un llanto de éxtasis, su cuerpo contrayéndose alrededor de ambos Alfas con una fuerza que le arrancó un grito a Jeongguk, que les siguió segundos después, con un gruñido animal, llenándolo por segunda vez, su agarre en el cuello de Jimin apretándose por un segundo antes de aflojarse.
El silencio que siguió solo fue roto por el jadeo de los trez, el crepitar del fuego y el tictac del reloj.
El rubio colapsó contra el pelinegro completamente drenado, sensible, lleno, el castaño se desplomó sobre su espalda por un momento, antes de rodar a un lado.
Ninguno habló.
Jimin, con los ojos cerrados, sintió las lágrimas secarse en sus mejillas. Sentía a Jungkook temblando ligeramente bajo él, sus labios aún presionados contra su frente y sentía la presencia caliente y sólida de Jeongguk a su espalda, su mano todavía poseyendo su cadera.
El árbol de Navidad seguía brillando, indiferente.
La nieve seguía cayendo fuera.
Y Park Jimin, el regalo, había sido desempaquetado, probado y poseído por completo.
Su cuerpo era un mapa de la noche, marcado por la ternura y la crudeza.
Y en algún lugar, bajo el agotamiento y el confuso placer, su instinto Omega ronroneaba satisfecho, incluso si su corazón humano estaba perdido en un laberinto sin salida.
Fue en ese momento de quietud, donde el alba rayaba en la plenitud, subiendo por las cortinas de las ventanas que el gemelo mayor se levantó de la cama, en silenció, recogiendo la ropa para vestirse.
Luego, volviéndose hacía su hermano y el Omega que se suponía era un obsequio, que soltó las palabras sin más:
— Ya yo obtuve mi parte del regalo. — Murmuró. — Y tú también Jungkook, conoces las reglas, así que deja que el Omega se lave y levántate.
El pelinegro iba a negarse, aferrándose al cuerpo de Jimin, que aún se encontraba en una especie de trance por lo sucedido, pero sus palabras se vieron interrumpidas por el sonido de la puerta.
El mayordomo entro en silencio con la cabeza gacha. — Señoritos Jeon, sus padres los esperando en el comedor y también a su... acompañante. — Espetó.
— Diles que ya vamos. — Le ordenó Jeongguk y el hombro solo salio haciendo una reverencia. Se relamió los labios y con un suspiro pesado, emboso una suave sonrisa. — Feliz Navidad, Park Jimin. — Murmuró. — Espero hayas disfrutado tu estancia.
Y sin más, salió, dejando a ambos amantes de conexión especial dentro de la habitación.
Ninguno dijo nada, no era necesario.
En la mirada de ambos, estaban todas las palabras que sus bocas no podían decir, los lobos en sus pechos rugian al mismo compás, ambos reconociendo a su destino delante de ellos.
Y fue así, como luego de esa entrega, esa posesión, ese encuentro, ese momento y ese obsequio, donde los astros se alinearon dejando marcas en dos corazones que supieron reconocerse como "Nuestros".
Fin.