Todo lo que nos juramos

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Sinopsis

¿Cuánto dura una promesa de adolescencia cuando el mundo real interviene? Esta es la historia de un amor que lo dio todo en una despedida, sin sospechar que el regreso traería a una persona distinta y que los juramentos hechos en el bosque serían lo único que quedaría de la persona que alguna vez amó.

Genero:
Romance
Autor/a:
Sae
Estado:
En proceso
Capítulos:
5
Rating
5.0 1 reseña
Clasificación por edades:
16+

La despedida y las promesas

Todo comenzó aquella tarde, la última antes de que la distancia se interpusiera entre nosotros. Él se iba a la ciudad a estudiar y tras años de estando juntos, el tiempo se nos agotaba. La tristeza nos pesaba en los hombros, pero no queríamos que el adiós fuera solo tristeza; queríamos sellar lo nuestro con algo que la memoria no pudiera borrar.

Decidimos casarnos. O al menos intentarlo a nuestra manera, como dos niños que juegan a ser eternos.

En la calidez de su casa, buscamos una hoja de papel en blanco y con una gran seriedad casi sagrada, redactamos nuestro compromiso. No había jueces ni iglesias, solo nosotros dos y su gata, a quien tomamos como testigo oficial. Entre risas melancólicas, tomamos su pequeña pata y la presionamos contra el papel, dejando una mancha de tinta que servía como el sello más honesto del mundo a nuestro compromiso.

Luego, caminamos hacia un el pequeño bosque cerca de su casa, nuestro refugio de siempre. El plan era leer nuestros votos, pero los nervios le ganaron.

—Me olvidé de escribir lo mío —susurró él, con esa mirada empapada de sentimiento.

Le alcancé mi libreta y un lápiz. Me senté en un viejo tronco caído mientras lo observaba escribir a toda prisa, con el ceño fruncido por la concentración. Cuando terminó, levantó la vista. Sus ojos brillaban con una mezcla de nerviosismo y una felicidad purísima. Se arrodilló frente a mí, ignorando la tierra y las hojas secas.

—Mi vida, todo este tiempo ha sido maravilloso a tu lado —comenzó a leer, y su voz ya temblaba—. Cada momento que compartimos es un tesoro para mí, llenas de color y alegría mi vida, no sé qué haría sin ti... me has enseñado lo que es el amor.

Se detuvo. Las lágrimas ganaron la carrera y rodaron por sus mejillas. Se las limpió rápidamente, soltando una risa nerviosa mientras decía que estaba muy feliz.

—¡Te amo, te amo y quiero pasar mi vida contigo! —concluyó, tomando mi mano para deslizar un anillo en mi dedo.

Lo abracé con todas mis fuerzas antes de leer mi parte.

—¿Recuerdas cuando éramos mejores amigos? —le dije, sintiendo cómo mi propia voz se quebraba—Un día yo estaba triste y tú me consolaste diciendo que algún día encontraría a una persona que me haría muy feliz y estaría conmigo siempre. Quién diría que esa misma persona era la que tenía frente a mí. No sabes cuánto te adoro; amo que seas mi mejor amigo y mi novio a la vez.

Mis sollozos interrumpieron la lectura. Él, con una ternura infinita, me limpió las lágrimas antes de que yo pudiera colocarle su anillo. Nos besamos mientras el sol se hundía en el horizonte, dando paso a las primeras estrellas. En medio de ese abrazo, él me susurró una promesa: que esos anillos eran el comienzo; que al terminar sus estudios, nos casaríamos frente a todos y viviríamos juntos, sin más distancias.

Yo le creí. En ese momento, bajo el cielo rosado, no había razones para dudar.

Poco después, la realidad nos alcanzó. Regresamos en silencio y él me dejó en mi casa. Verlo alejarse fue como sentir que me arrancaban una parte del cuerpo. Entré, perdida en un mar de emociones, hasta que el vibrar de mi teléfono me sacó del trance. Era un mensaje suyo: <Me olvidé algo importante, estoy volviendo>.

Salí a la calle justo cuando el auto que se lo llevaría lejos se estacionaba frente a mi puerta. Era como si el mismo universo nos diera la oportunidad de volver a despedirnos. Yo tenía lo que buscaba en el bolsillo de mi abrigo. Se lo entregué, pero antes de que pudiera decir nada, me rodeó con sus brazos otra vez.

—Te voy a extrañar muchísimo —me dijo al oído.

Dentro del auto, las personas que lo acompañaban daban muestras de impaciencia, pero para nosotros el tiempo se detuvo. Ese abrazo, aunque duró apenas unos segundos, se sintió como una vida entera en la que solo existíamos él y yo. Finalmente me soltó, me dio un último beso que sabía a despedida y subió al carro.

Me quedé allí, de pie en la acera, viendo cómo las luces traseras se hacían pequeñas en la oscuridad. Amé el momento y lo que sentía, sin saber si sus promesas serían ciertas o lo que el destino nos tenía preparado después de ese día.