Wonderlands

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Sinopsis

En un mundo fracturado y corrupto, donde la naturaleza se retuerce y un misterioso líquido dorado emana de la tierra, Itzy lucha por sobrevivir. Como soldado curtida, se adentra en el enigmático “Bosque de los Mil Bosques” con una misión, pero lo que encuentra va más allá de cualquier protocolo militar. Enfrentando criaturas aberrantes y una realidad que se desmorona, Itzy deberá confiar en su instinto y su brazo mecánico para descubrir la verdad detrás de la corrupción divina que amenaza con consumirlo todo. ¿Podrá una guerrera solitaria desafiar el destino de un mundo en ruinas?

Genero:
Scifi/Action
Autor/a:
NotRalag
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Chapter 1

Una brisa fresca rozó el metal expuesto de su brazo izquierdo. Itzy avanzaba con una cadencia mecánica, mientras las suelas de sus botas trituraban un tapiz imposible: agujas de pino entremezcladas con frondas tropicales en descomposición. La diversidad botánica hacía del lugar un sitio enigmático, ligeramente perturbador. Tétrico, si uno se detenía a pensarlo demasiado. Aunque el Bosque de los Mil Bosques era un caos geográfico, emanaba una armonía extraña, una paz falsa acompañada de un caleidoscopio de olores que cambiaba según dónde apuntara la nariz: ozono, tierra mojada y flores muertas.

Su llegada a aquel laberinto no era fortuita. Tenía un principio, un porqué y un hacia dónde. Y aunque Itzy demostraba una firmeza marcial, la soledad se filtraba en el peso de sus pisadas y en los suspiros largos que la vegetación absorbía.

Llevó la mano al bolsillo y sacó un dispositivo rectangular, con el plástico amarillento por el roce de tres décadas.

—Bitácora C-1. Ya me estoy acercando al objetivo —dictó a la grabadora, un modelo datado en 2019. Una reliquia de antes de que todo se fuera al carajo.

Guardó el aparato rápidamente. Pensar en fechas era peligroso; hacía que su mente cayera en una espiral de pensamientos inútiles. Se enfocaba en el entorno: un paisaje melancólico que, sin embargo, no le despertaba nostalgia. Más bien le traía un recuerdo bizarro de su propia juventud, de esa niña ingenua que alguna vez anheló ver un mundo mejor, antes de comprender que el planeta no quería ser salvado, solo quería sobrevivir a su manera retorcida.

Aun así, no perdió tiempo. Siguió adelante hasta percatarse de una estructura al fondo de la espesura: una pequeña puerta reforzada que conducía a una antigua mina. Por su aspecto, podría denominarse abandonada, desprovista de cualquier consciencia humana. Quienes alguna vez residieron o trabajaron allí habían dejado atrás un sitio que carecía de sentido lógico; una entrada industrial en medio de un bosque donde un cocotero tropical crecía raquítico a la sombra del pino más alto del mundo.

Las paredes exteriores estaban infestadas de hongos. Irónicamente, estos también eran diferentes entre sí, mantenidos vivos solo por la física rota de aquella tierra fragmentada. De ellos supuraba ese tormentoso líquido putrefacto y dorado.

Itzy sintió una repulsión instintiva en la garganta. Aquel brillo no era riqueza; era la personificación de su pasado, de la muerte y del cosmos indiferente. Un dorado que escondía, como un lobo con piel de cordero, una maldad primigenia. Y aun así, era la misma sustancia que los humanos usaban ahora para regocijarse en su poder, para dominar lo poco que quedaba del sistema.

Aunque el asco era fuerte, abrió la puerta lentamente. Desenfundo con la diestra. Se preparó y entró.

Golpeó su antebrazo izquierdo y los focos tácticos parpadearon antes de estabilizarse, cortando la negrura. La oscuridad no la perturbó; la alentó a entrar. Con seguridad, guardó el arma en su cinturón.

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Lentamente, sus ojos barrieron cada esquina de la caverna. Una iluminación tenue persistía en el ambiente, acompañada del goteo rítmico de agua que se filtraba a través de las vigas podridas del techo. Hacía calor, un bochorno ligero pero pegajoso. Caminó apartando con la bota los escombros del suelo: antiguos artilugios de minería mezclados con diamantes en bruto y pepitas de oro. Riquezas que alguien había dejado caer en su huida desesperada y que ahora, para Itzy, valían menos que el polvo que cubría sus botas.

A medida que avanzaba con paso férreo, la textura de la cueva cambió. La roca gris dio paso a manchas de sangre petrificada acumulada en las paredes, vetas oscuras que brillaban con ese inquietante tono dorado.

El ambiente le pedía a gritos que se marchara, pero el cansancio ganó la partida. Se detuvo y soltó el pequeño bolso táctico que cargaba al hombro. Justo entonces, un sonido la desconcertó. Alzó el brazo, iluminando hasta el fondo del túnel. La luz reveló el final abrupto del suelo: un barranco que marcaba el término del pasillo infernal y el inicio de una caída hacia la negrura absoluta.

No había nada más allí —solo una gran caída y el sonido del agua impactando contra las rocas en un ciclo eterno—, pero el instinto le advirtió que no era un lugar seguro para descansar tan cerca del borde.

Regresó hacia la zona de la entrada a paso ligero, afinando el oído como todo buen soldado. Una vez segura, se sentó y acercó el brazo izquierdo a la luz. El diagnóstico fue rápido: mal estado. Las juntas rechinaban. Sin más demora, sacó las herramientas de mantenimiento y organizó un pequeño campamento improvisado.

El hambre apretaba. Rebuscó en su bolsa hasta dar con una pequeña lata abollada. La etiqueta contaba una historia ridícula: fabricada en 2032 por una compañía fundada en los muelles secos de Mongolia... una ciudad que, tras el Colapso, había terminado incrustada sobre una montaña en algún lugar de Samoa.

—Información innecesaria —murmuró.

Con un movimiento seco, clavó el pulgar de su brazo mecánico en la tapa de metal y la rasgó. Comió el contenido frío y pastoso sin remordimiento, alimentando la máquina biológica que era su cuerpo antes de permitirse cerrar los ojos.

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El despertar fue brutal.

El calor se había intensificado, volviéndose sofocante. Desde el fondo de la cueva, algo acechaba. El sonido era inconfundible y aterrador: un rugido mecánico que recordaba a la turbina de un avión o a una ambulancia acercándose a toda velocidad en sentido contrario por una autopista. No era un ruido natural; era la antesala de un movimiento de ajedrez, calculado y preciso. Y al moverse, desprendía partes del precipicio.

Itzy reaccionó por instinto. Intentó desenfundar, pero el percutor se enganchó en la correa del cinto. Maldijo entre dientes. Para cuando logró liberarla, lo que acechaba en las sombras ya atacaba. Sintió el impacto, un golpe rápido que le dejó cortes superficiales pero profundos, arrancándole un quejido que resonó en la piedra.

—Estúpido ser desagradable —gruñó ella, ignorando el dolor y apuntando con firmeza al vacío—. Ven acá, desgraciado.

Apretó el gatillo. Los disparos estallaron, iluminando la cueva con destellos estroboscópicos. Los casquillos repiquetearon contra el suelo mientras, por fracciones de segundo, la luz de la pólvora revelaba la silueta de la criatura. Una bala impactó, pero la bestia no cayó. Chilló y se replegó hacia la oscuridad con la velocidad de una cucaracha gigante.

Itzy no bajó la guardia. Conocía lo impredecible de estas bestias. Con un movimiento fluido, sacó el destornillador de punta fina y comenzó a desarmar la placa superior de su brazo metálico. Era un riesgo calculado, pero necesario. Sostenía las balas de recarga apretadas entre los dientes mientras, con la mano sana, organizaba los cartuchos. De las juntas abiertas goteaba aquel líquido amarillo que tanto detestaba, brillando con intensidad sobre el suelo sucio.

La resolución era inminente. Lo que tenía que pasar, pasaría.

Justo cuando logró atornillar la última placa, sosteniendo el destornillador con la boca para empuñar el arma, el ataque llegó. Las criaturas emergieron de las sombras en manada. Eran seres aberrantes, abstractos, inútiles e inservibles bajo cualquier ley natural, pero letales. La embistieron en masa, arrastrándola con fuerza irresistible hacia el precipicio.

Con una calma glacial, Itzy logró dispararle en la cabeza a uno de los que la sujetaban, pero fue un esfuerzo inútil ante la marea de garras.

El suelo se acabó.

Itzy cayó hacia el vacío profundo de la cueva. Lentamente, o eso pareció. Sintió el frío del abismo abrazarla y el viento rasgando sus huesos cansados. Y aun así, en esa caída libre hacia la oscuridad, la desesperación no fue una opción. No estaba contemplada en sus protocolos. La calma era el santo grial de una caída inminente hacia un vacío inconmensurable.

A fin de cuentas, cayó.