spring in winter ✧ heejake (ov)

Sinopsis

Envalon 1515. Bajo el yugo brutal de la guerra y un sistema despiadado que separa a alfas, betas y omegas por ideologías. En medio del horror, un alfa imponente y frío, y un omega marcado por la persecución, se cruzan. Sus miradas revelan una chispa inesperada, una conexión profunda que busca romper el ciclo de violencia y odio en un mundo donde el amor es el sentimiento más peligroso. ╰►heeseung + jaeyun ❥ ╰►romance ; guerra ; angst ; ficción ╰►omegaverse ╰►historia completamente mía © angehee

Estado:
En proceso
Capítulos:
5
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Clasificación por edades:
18+

PRÓLOGO

Invierno de 1515. El viento era un murmullo a través de las ruinas de ciudades que en algún momento habían sido vibrantes, ahora reducidas a escombros bajo un cielo plomizo que parecía llorar lágrimas de nieve. La guerra, esa gran devoradora de almas, había estallado con fuerza, y su presencia resonaba en cada calle, en cada hogar profanado, en cada corazón que latía con el pavor de lo inevitable.

Bajo la sombra imponente de las ideologías, Envalon se había transformado en un sistema de exterminio masivo, pavor y fuego donde la humanidad se doblegaba ante el yugo de las creencias. Pero en este nuevo orden, no solo la raza o la política dictaban el destino de los hombres y mujeres, porque el segundo género, se entretejía en la tela del horror: alfas, betas y omegas, clasificados como piezas en un tablero de ajedrez. Los alfas, —aquellos que no tuvieran esa raza superior— eran ascendidos en las jerarquías militares, para combatir en las fronteras e incluso, también significaba trabajo forzado hasta morir. Los betas, eran los más adaptables a formar parte de la mano obrera en fábricas y construcciones; o los dejaban a servicio —oficiales— de los comandantes. Y los omegas, eran los más vulnerables, relegados en la base de la pirámide, vistos como cargas emocionales, débiles ante sus instintos, y por ende, los primeros en ser aplastados bajo la bota del régimen. Exprimiendo sus propios cuerpos en múltiples tareas.

En el campo de exterminio de Synla, un vasto laberinto de alambre de púas, barracones desolados y chimeneas que escupían humo negro hacia el cielo. El aire estaba impregnado de un hedor asfixiante. El olor del miedo, el sudor de los cuerpos exhaustos y la putrefacción de algunos cuerpos. La nieve cubría el suelo, mezclada con barro y cenizas, y el frío penetraba demasiado, un recordatorio constante de que la vida aquí era un privilegio efímero.

En este invierno, Lee Heeseung, un alfa de sangre pura y de alto rango ejercía su poder. Su figura imponente cortaba el paisaje desolado. Alto, con hombros anchos que soportaban el peso de un uniforme negro adornado con insignias plateadas que brillaban con un fulgor bajo la luz mortecina del amanecer. Su cabellera oscura, cortada, enmarcaba un rostro esculpido en líneas duras, pómulos altos, mandíbula firme y ojos negros como pozos sin fondo, capaces de congelar la sangre con una sola mirada.

Heeseung era el epítome del alfa puro, forjado en el crisol de la disciplina férrea que lo había impulsado a ascender rápidamente en las filas del ejército. Para sus superiores, representaba el ideal inquebrantable, un lobo alfa que comandaba con instinto primal, sin piedad ni vacilación. Para sus subordinados, era un enigma, demasiado rígido para inspirar lealtad, pero con fugaces destellos que lo hacían impredecible, como un depredador que ocasionalmente mostraba sus colmillos en una sonrisa sardónica.

Aquella mañana, el alfa patrullaba los perímetros del campo, su aliento formando nubes blancas en el aire frío. El sonido de sus botas resonaba contra el suelo congelado. A su alrededor, los prisioneros demacrados se movían, envueltos en harapos que apenas protegían sus cuerpos esqueléticos del viento cortante. Algunos arrastraban carretas cargadas de piedras, otros cavaban fosas en la tierra endurecida —con nieve—, sus manos agrietadas y sangrantes testimoniando el tormento interminable. El alfa observaba todo con frialdad, su lobo interior rugiendo y gruñendo, satisfecho por el dominio.

—¡Más rápido! —bramó de forma autoritaria, dirigiéndose a un grupo de omegas que luchaban por erigir una nueva sección de alambrada. Su orden cortó el aire como un látigo y los hombres aceleraron el paso, sus rostros pálidos por el agotamiento y el miedo. Uno de ellos, un omega de mediana edad con ojos hundidos, tropezó bajo el peso de un poste, derramando herramientas en la nieve. El alfa se acercó con enojo, su presencia eclipsando al omega—. Levántate —gruñó. El omega se incorporó temblando, murmurando disculpas con una voz entrecortada, pero Heeseung no se inmutó. En sus creencias, estos prisioneros no merecían piedad.

Satisfecho con la sumisión, se alejó, su mente ya vagando hacia las rutinas del día, inspecciones, interrogatorios y el incesante flujo de nuevos prisioneros que alimentaban el campo.

Lejos de allí, en las calles empedradas de Namboo, la guerra se manifestaba en redadas nocturnas y el terror se filtraba por las rendijas de las puertas cerradas. Shim Jaeyun, un omega de diecinueve años, se acurrucaba en el rincón más oscuro de su hogar, un modesto apartamento donde el aire estaba cargado de rezos y el aroma a pan recién horneado que su madre preparaba con las escasas raciones. Su cabellera rubia, como hilos de oro tejidos por el sol, caía en ondas suaves sobre su frente, contrastando con sus ojos expresivos, que oscilaban entre la dulzura y el miedo que la persecución había grabado en ellos.

Jaeyun había crecido rodeado de libros antiguos, de las historias de sus antepasados y de la fe que su familia profesaba. Pero ahora, esa fe no era nada. La luna cosida en su abrigo lo marcaba, aquello solo significaba muerte. Los omegas como él eran vistos como inferiores, propensos a ciclos de calor que los volvían vulnerables, y en este régimen, esa vulnerabilidad se traducía en explotación, trabajos forzados, humillaciones públicas o, peor aún, experimentos.

La noche anterior, los rumores habían circulado como veneno, una nueva redada se avecinaba, dirigida a clasificar a los habitantes de esa zona. La invasión había llegado. El omega se había despertado con el corazón latiendo como un tambor, abrazando a su hermano menor, Jungwon, el único otro omega en su familia, con dieciséis años de cabello castaño y ojos que brillaban con una inocencia que el mundo aún no había eliminado por completo.

Sus padres, ambos betas, y su hermano mayor, un alfa que había sido alejado forzosamente por los militares semanas atrás —no habían vuelto a saber de él—, completaban su núcleo familiar.

—No pasará nada —había susurrado su madre, una mujer de manos callosas y voz suave, mientras preparaba una sopa aguada con las últimas verduras. Pero Jaeyun sabía la verdad, su instinto omega, captaba el peligro en el aire.

El estruendo llegó al amanecer, golpes violentos en la puerta, seguidos de fuertes gritos—. ¡Abran la puerta! —El padre de Jaeyun, un hombre delgado con gafas empañadas por el miedo, abrió con manos temblorosas. Una docena de soldados irrumpieron como una avalancha, sus uniformes grises y botas relucientes llenaron el apartamento. Rifles en mano, registraron cada rincón, volcando muebles y pisoteando los libros sagrados que Jaeyun atesoraba—. ¡Fuera! ¡Todos fuera! —ordenó el oficial al mando, con rostro marcado por cicatrices y ojos fríos.

La familia fue arrastrada a la calle, donde la nieve caía en copos pesados, cubriendo el empedrado. Jaeyun sintió el frío calar sus huesos a través de su abrigo, su cuerpo temblando no solo por el invierno, sino por el terror que le atenazaba el pecho. Jungwon se aferraba a su mano, sus dedos pequeños y helados entrelazados con los suyos, mientras sus padres eran empujados hacia un grupo creciente de vecinos aterrorizados.

La clasificación se llevó a cabo en la plaza central del lugar, un espacio abierto rodeado de edificios destruidos por bombardeos previos. Cientos de personas se apiñaban bajo la vigilancia de soldados armados y focos de luz cortando el amanecer que se avecinaba.

Los soldados, eficientes en su crueldad, habían erigido puestos improvisados donde médicos y oficiales evaluaban a los prisioneros—. ¡Alfas a la izquierda! ¡Betas al centro! ¡Omegas a la derecha! —vociferaba un altavoz distorsionado, repitiendo la orden.

Jaeyun sintió un nudo en la garganta cuando un médico, un alfa con guantes blancos y expresión impasible, lo examinó, olfateó su leve aroma, palpó su cuello en busca de sus glándulas y escrutó sus ojos. Corroborando todo.

—Omega —dictaminó con desdén, empujándolo hacia el grupo de la derecha. Su hermano sufrió la misma situación, sus lágrimas silenciosas rodando por sus mejillas mientras eran separados de sus padres. Los betas, como sus progenitores, fueron dirigidos al centro, destinados a trabajos forzados en fábricas cercanas. Los alfas, los pocos y raros del lugar, eran enviados a frentes de batalla. Listo para morir.

El llanto de Jaeyun y Jungwon estalló cuando comprendieron la situación—. ¡No! ¡Por favor, déjenos quedarnos juntos! —suplicó Jaeyun, su voz quebrada por sollozos, aferrándose a su madre en un abrazo desesperado. Jungwon lloraba abiertamente, sus hombros temblando mientras abrazaba a su padre. Pero los soldados no vacilaron, los golpearon y a fuerzas los separaron, y la resignación se instaló como un peso muerto en sus pechos—. Tenemos que estar juntos, wonie —murmuró a su hermano, secando sus lágrimas con el dorso de la mano. Jungwon asintió, su rostro pálido y ojos enrojecidos.

Los omegas, un grupo de unas cincuenta personas mayoritariamente mujeres y hombres jóvenes, fueron cargados en camiones, sus cuerpos apiñados como ganado. El viaje hacia Synla duró horas interminables, el motor rugía sobre caminos helados, el frío intensificándose con cada kilómetro. Jaeyun sostenía a su hermano en sus brazos, susurrándole historias para calmarlo, mientras su mente giraba en espirales de miedo. El aroma de su hermano, dulce y reconfortante manzana y canela, le recordaba su hogar perdido, pero en lo profundo de su ser, su lobo omega sollozaba por el gran vacío que sentía.

Al llegar al lugar, el caos los envolvió. Los camiones se detuvieron con un chirrido, y los prisioneros fueron obligados a descender bajo los gritos de oficiales.

—¡Muevan, malditas alimañas! —los gritos los envolvieron, empujándolos a salir a la tierra helada.

Jaeyun bajó con dificultad, sus piernas entumecidas, y ayudó a su hermano a hacer lo mismo. El frío le caló los huesos al instante. A su alrededor, el panorama era una pesadilla. Torres de vigilancia coronadas por ametralladoras, barracones grises alineados en filas, y el humo perpetuo elevándose de las chimeneas lejanas. Todo era abrumador, muerte, excrementos y desesperación en el aire. Los prisioneros esqueléticos bajo vestimenta de rayas arrastraban sus pies, sus ojos vacíos. El sonido de fondo era un zumbido de desesperación, llantos ahogados, toses secas y el omnipresente ladrido de los perros.

—¡Formen aquí! ¡Silencio! —un oficial los dirigió hacia una zona abierta donde otros recién llegados intentaban formar filas bajo la mirada vigilante de los soldados.

Jaeyun se colocó en la fila, manteniendo a Jungwon cerca. Su corazón latía con un ritmo desbocado, como un pájaro aterrorizado golpeando los barrotes de su jaula. Intentó no mirar a su alrededor, no absorber el horror que lo rodeaba, y se concentró en su hermano.

—Todo estará bien, wonie —murmuró, acariciando su brazo—. Nos mantendremos juntos. Pase lo que pase.

Su hermano asintió, tragando saliva, sus ojos brillantes de lágrimas contenidas. Se aferraban el uno al otro.

Fue en ese preciso instante, a unos metros de distancia, que el mundo se detuvo para Heeseung. El alfa estaba dando la espalda a la nueva remesa, dictando una orden a un oficial sobre la asignación de trabajos, cuando una brisa, cargada de los olores habituales, trajo consigo algo completamente distinto. Un aroma floral. Increíblemente embriagador, una mezcla perfecta entre lavanda y jazmín, que suele colarse bajo el sol en primavera. Era un olor demasiado cautivante y puro. Un aroma de un omega, pero no cualquier aroma. Era el aroma.

El lobo interior del alfa, esa bestia que mantenía encadenada bajo toneladas de disciplina y doctrina, se agitó con una violencia que le hizo contener la respiración. Una oleada de calor, primitiva y abrumadora, le recorrió las venas, exigiendo, reclamando. Su mandíbula se tensó hasta doler. Sus puños, enfundados en guantes de cuero, se cerraron con fuerza. Con un esfuerzo sobrehumano, no se volvió de inmediato. Terminó su frase con el oficial con una voz que, para su sorpresa, sonó ligeramente ronca.

Luego, lentamente, giró la cabeza. Sus ojos fríos barrieron la masa de prisioneros hasta que se posaron en él. En el joven de cabello sucio pero de un rubio inconfundible, que intentaba consolar a otro chico más joven. No sabía quién era, pero su instinto le gritaba que era él. La fuente de ese aroma que le desgarraba las entrañas.

Sin pensar, sus pies comenzaron a moverse. Sus botas, brillantes y negras, crujieron sobre la nieve mientras se acercaba a los soldados, desde donde podía observar sin ser el centro de atención directa. Su presencia, sin embargo, era como un iceberg en el mar. Todos la sentían. Los prisioneros bajaban aún más la cabeza y los guardias se ponían más tensos.

Un oficial beta dirigía a los prisioneros, gritando órdenes para alinearlos. Jaeyun, quien por un momento le hablaba a su hermano, no distinguió la persona que se aproximó a él.

—¡Tú! —exclamó el oficial, avanzando con pasos pesados hacia ellos—. ¡He dicho silencio!

Jaeyun se sobresaltó, separándose de su hermano. El miedo lo paralizó. Antes de que pudiera articular una palabra, la mano enguantada del oficial se cerró sobre la tela delgada de su abrigo y tiró de él con fuerza.

—¡Sucias alimañas, creen que pueden hacer lo que quieran! —escupió, su rostro enrojecido por la rabia.

El omega cayó al suelo con un golpe sordo que le sacó el aire. La grava helada le arañó las palmas de las manos a través de los guantes rotos y su rostro, ahora manchado de barro y nieve, se alzó con una mezcla de miedo y defiance, sus ojos encontrando brevemente los de un alfa. En ese momento, mientras yacía en el suelo, un imponente aroma lo envolvió, tan poderoso como el golpe que había recibido. Era intenso, profundo, demasiado dominante. Chocolate amargo, mezclado con la complejidad embriagadora del vino. Era el aroma de su alfa.

El alfa lo observaba sin intervenir, cautivado por la belleza etérea del omega, labios rosados que temblaban por el frío, piel pálida como porcelana, y ese aroma que lo inundaba todo. Su lobo alfa aullaba de felicidad, reconociendo a su pareja. Ver a su omega, tirado en el suelo, vulnerable y herido, despertó en él un instinto de protección tan feroz que por un segundo vio rojo. Quería arrancarle la cabeza a ese beta. Quería levantar a su omega, limpiar la suciedad de su rostro, acercar su nariz a su cuello para embriagarse de su aroma y llevarlo lejos de allí. Pero Heeseung reprimió el impulso.

Con un último vistazo al rostro del omega —a esos ojos que, incluso en el miedo, guardaban un destello puro—, giró sobre sus talones. Su espalda, recta y rígida, se convirtió en un muro de rechazo. Caminó alejándose del lugar rumbo al bloque administrativo. Entró con pasos firmes por el pasillo y luego se adentró en su oficina. Cerró la puerta de un golpe, mismo que resonó en el silencio de la habitación. Solo entonces, en la privacidad de ese espacio, permitió que su semblante se resquebrajara. Apoyó las manos con fuerza sobre su escritorio, inclinando la cabeza, respirando profundamente. Ese aroma todavía estaba enganchado en su olfato, una tortura deliciosa y atroz. Su lobo gruñía —inquieto y enfurecido—, por haber abandonado a su pareja.

—Maldita sea —maldijo entre dientes, apretando los puños hasta que los nudillos palidecieron.

En el patio, Jaeyun se incorporaba tembloroso, ayudado por su hermano quien sollozaba. La humillación ardía en sus mejillas, pero era nada comparado con el torbellino de emociones que el aroma de ese alfa había desatado en él. Lo sabía. Lo sabía con una certeza que trascendía su razón. Aquel hombre, aquel oficial temido y poderoso, era su pareja.

Mientras el oficial beta seguía gritando y los empujaba con fuerza hacia un bloque, el omega lanzó una última mirada hacia el lugar donde el alfa había desaparecido. El miedo y la confusión se mezclaban con un destello de algo más, algo prohibido y peligroso.