Capítulo 1
Martha Saunders-Witt, a quien todos sus compañeros de facultad llaman Luna, aparca el ciclomotor frente a la casa de los Castillo y pulsa el timbre, que imita una melodía del Big Ben. Una mujer de mediana edad que conserva todo su estilo y buena parte de su belleza, franquea la puerta y con una sonrisa elegante la invita a pasar.
–Martha, que alegría verte –canturrea la señora Castillo dejando que la novia de su hijo le roce levemente cada mejilla con las suyas.
–¿Está Jimi?
–Arriba, encerrado en su cuarto –informa con desaliento Amanda Castillo–. A ver si tú lo convences para que se venga a visitar a tío Humberto. Hace siglos que no lo ve y ya está muy mayor.
–Haré lo que pueda, Amanda, pero desde que le conté lo de mi curso de verano en Brasil Jimi no está muy receptivo a mis consejos…
–Lo que Jimi necesita son buenas influencias como tú, hija mía, a ver si te imita y mejora en los estudios. Que te vayas a Brasil es peor noticia para mí que para él.
Luna sube los escalones de dos en dos y golpea en la puerta de la habitación de su novio, justo debajo de la señal de no trespassing con el símbolo internacional de residuos radiactivos. Al abrirse una rendija el volumen atronador del televisor la hace saltar hacia atrás. Del interior surge una mano que le aferra la muñeca y tira de ella con fuerza, cerrando la puerta con el pasador.
–Justo a tiempo, van a conectar, pensé que no llegarías.
Luna, entre molesta y divertida, se encara a su novio. Está en ropa interior y su calzón es incapaz de disimular su excitación. De un empujón lo tumba de espaldas sobre la cama y sonríe malévolamente.
–¿Estás seguro de que no prefieres ir a visitar a tío Humberto?
La habitación de Jimi era pequeña y desordenada, con la cama encajada por tres de sus lados, una mesa de trabajo en el lado libre y encima unos estantes con el equipo de música, la mesa de video y una enorme pantalla de televisión semienterrada bajo papeles y ropa usada. En la tele, sintonizada en el canal de pago de Bizarre Sports, había comenzado la retransmisión de la final del campeonato del mundo amateur de Sumo femenino donde las participantes competían con las manos atadas a la espalda por expulsar a barrigazos a la rival de una cancha de arena de 5 m de diámetro.
–¿Has estado calentando? –sonrió Luna haciendo sitio en el estante para su bolso y apuntando con la barbilla a su entrepierna– ¡Me lo pones fácil!
En efecto, las repeticiones en alta definición de combates previos habían hecho efecto sobre Jimi. La cadena hacía un seguimiento de Tarja, la jovencísima finlandesa de 105 kilos que había dado la sorpresa alcanzando la final frente a la favorita, una experimentada ex-lanzadora de peso de la antigua Unión Soviética que la superaba en unos 30 kilos. En Europa rusas y nórdicas dominaban una modalidad donde no había controles antidoping y las participantes recurrían a todo tipo de técnicas para esculpir gigantescas montañas de grasa y músculo. Competían descalzas embistiéndose de frente o con los hombros y, como en el sumo profesional los combates no solían durar más de unos segundos, pero los prolegómenos incluían la pesada de las luchadoras sobre una balanza electrónica y los minuciosos masajes que hasta tres asistentes aplicaban a la vez sobre los enormes cuerpazos, lo que aprovechaba el realizador para intercalar repeticiones de los momentos cruciales de anteriores combates o minuciosos perfiles biográficos.
–Esa chica finlandesa desayuna una docena de huevos duros y medio paquete de copos de avena en agua, ya que tiene prohibido el café. ¿Qué me dices? ¿Cuántos huevos cocidos serías capaz de tragarte tú de una tacada?
Ante la ansiosa mirada de Jimi, la atlética Luna se desprendió de la cazadora y se sentó en el borde de la cama, a su lado.
–El doble que tú sin problema. Te lo demuestro cuando quieras, pero hoy habíamos quedado en que te daba una oportunidad para lo de Brasil.
Girando hacia él, colocó las manos sobre sus hombros y lo invitó a que le desabotonara la blusa. La cosa pintaba bien… o mal, según se mire, pues se había puesto la lencería favorita de Jimi. Un sujetador sin tirantes con las copas caprichosamente recortadas que le mordían los pechos estrujándolos uno contra otro.
–Si ganas renuncio al curso de verano.
Martha Saunders-Witt era una alumna brillante, la líder del equipo de hokey, pero sobre todo una persona metódica y tenaz, que no soportaba dejar nada al azar. El curso de verano era crucial en el plan de formación que ella misma se había diseñado cuidadosamente, así que si había aceptado el reto era porque la probabilidad de que su novio ganase la apuesta su mente analítica la juzgaba despreciable.
Inclinándose sobre las sábanas revueltas, comenzó a luchar para desprenderse de sus vaqueros, deformados como guantes por su espléndida fisonomía.
–¿Me recuerdas las reglas? No quiero malentendidos.
–Es un 10:10 a una sola mano. No valen cosas dolorosas. Yo gano si consigo aguantar duro diez minutos. Tengo diez intentos. Yo digo cuando empieza cada intento. Tu ganas si me tumbas en los diez intentos.
Triunfante de su lucha contra el vaquero, Luna hace saltar el broche del sostén y se contorsiona ante él con una minúscula braguita de encaje que sus nalgas y muslos devoran con cada movimiento. Por un momento Jimi se olvida del televisor.
–No debería decírtelo, creída, pero estás tan buena que no acabo de entender cómo puedes estar conmigo.
Su chica se echa contra la pared, riendo por la nariz, y palmeando los muslos invita a Jimi a sentarse sobre ella, colocados ambos frente a la pantalla gigante. Aquellos arranques de sinceridad eran lo que hacía que estuviese loca por aquel chaval flaco dos años más joven que ella. Luna era de la altura de su chico, pero el deporte y una buena genética la habían modelado considerablemente más robusta. Lo acomoda en su regazo y enlaza sus piernas con las de él, colocando las rodillas por dentro. Con un leve esfuerzo de sus trabajados muslos obliga a Jimi a separar las piernas. El chico forcejea brevemente, pero sabiéndose inferior finalmente se dejó hacer. Reposa su espalda pálida y huesuda sobre el opulento pecho de ella y apoya la nuca sobre su hombro, cerrando los ojos. Ella le besó el cuello.
–Nada de besitos, va contra las normas.
–Relájate, pequeñajo. Este fin de semana vas a necesitar toda tu energía.
Luna se prendió el pelo con una horquilla que mantuvo entre los dientes mientras ponía orden en su melena caoba, se ciñó una gruesa muñequera de tenista y se apretó los puños haciendo estallar las articulaciones.
La pantalla ha dejado de emitir repeticiones de los triunfos de Tarja y explora la tensión en los rostros de las contendientes a ambos lados del círculo de arena. Los asistentes revolotean alrededor de sus campeonas dando los últimos retoques a sus enormes cuerpos. La finlandesa aspira algo de manos de su manager, ruge y agita sus enormes brazos en aspas antes de juntar las muñecas a la espalda para ser atadas en posición de embestida. La imponente rusa espera inmóvil. Ambas visten coulottes negros y cinturones de halterofilia ocultos bajo sus prominentes vientres.
Jimi tantea uno de los cuatro o cinco mandos a distancia esparcidos sobre la cama y oprime el botón de reset.
–¿Preparado?
–Cuando quieras, preciosa –contesta él, socarrón.
Un cronómetro digital colgado de la pared emitió un beep ajustándose a 00:00.
Ella sacó el miembro ya tieso de su chico por un lateral del calzón, colocó el pulgar arqueado como un yugo sobre el cuello de su sexo y lo estrechó con los otros cuatro dedos ligeramente separados, apretando concienzudamente uno por uno hasta exprimir la sangre de debajo de las uñas.
–Mmm, estás muy fuerte. ¿Sigues trabajando con el gripper? –interroga Jimi frunciendo el ceño pero sin abrir los ojos.
–El más grande de la sección de chicas puedo cerrarlo con 3 dedos– contesta Luna corrigiendo minuciosamente el agarre para poder hacer la mayor fuerza posible sin lastimarlo.
–Ayer fui a comprar un 18 a una tienda para culturistas. Les dije que era un regalo para mi padre.
Apretando el puño hasta obligarle a boquear espera tensa a que Jimi arranque el cronómetro y de inmediato comienza a trabajarlo desde la base hasta la punta, tirando de él para separarlo del cuerpo en el movimiento de bajada y apretándolo contra la barriga en el de subida, de modo que al bombeo se añadía un estimulante movimiento de vaivén.
En la retransmisión, Tarja embiste primero. La rusa la recibe gracias a sus 30 kilos de ventaja y la rechaza con un tremendo barrigazo. Tarja maniobra con increíble rapidez para su volumen, golpeando desde los lados, pero la enorme siberiana reina poderosa, en el centro de la arena.
Jimi disfruta el espectáculo con los ojos entornados. Luna envuelve una perla de pre-corrida con su palma y la extiende a lo largo del tallo. El aguante de Jimi la excita enormemente. Cuando otros chicos comenzaban a perder el control Jimi se ponía grande, duro y arqueado, y le susurraba, ‘sigue... más fuerte, más fuerte... no siento nada’.
Luna lo machaca tan duro como es capaz hasta que sus atléticos antebrazos arden por debajo de la piel, cambiando de mano cuando sus dedos se agarrotan.
–Eres muy buena –reconoce Jimi. Chus no podría aguantarte más de 30 segundos. Y eso que ahora practica mucho con su nueva novia, una negrita de primer curso que está en el equipo de atletismo. Tal vez podríamos hacerles una apuesta y sacar para un viaje de fin de semana.
–No sé cómo te duran los amigos, solo piensas en desplumarlos.
–Creo que podrías hacerlo escupir tres veces mientras yo aguanto a la negrita. ¿Hace?
–¿A ese salido? puedo mojarle los pantalones cinco veces antes de que su novia pueda contigo, pero olvídalo. No se debe hacer negocio con los amigos.
–Quizá no sea por dinero sino por probar esos deditos chocolate por arriba y lechosos por abajo.
–¡Cerdo! –Replica Luna hincándole los dientes en la oreja –, yo soy mejor que ella.
El cuerpo de Jimi se calienta en su regazo, los omóplatos le aplastan sus esbeltas y duras tetas, la estimulación sobre el sexo de Jimi se transmite piel contra piel, como si fuese la verga acerada de Jimi la que estuviese penetrando furiosamente su puño. Cuanto más duro lo apretase más real era la sensación, más adentro y más fuerte sentía que él la estaba penetrando. Él deja la cabeza muerta sobre su hombro y controla la respiración expirando por la boca. El cronometro marca 4:29.
Se oyen unos golpes en la puerta y la voz de la madre de Jimi llega lejana.
–Nos vamos, cariño. ¿Seguro que no quieres venir con nosotros?
Jimi abre un ojo. Su cabeza rebota sobre el hombro de Luna, cuyo relampagueante brazo, hinchado como el de un boxeador, no ceja. La muñequera blanca vibra sobre su cadera. Le está dando tan duro que los estantes tiemblan y las pilas de libros y cintas de video amenazan con desprenderse.
–No mamá –responde alzando la voz–. Me quedo. Dale un beso a tío Humberto de mi parte.
–... Está bien. Un besito. Hasta luego Martha.
Parece que va a irse pero se detiene aguardando contestación. La trepidación de los estantes tiene que sentirse fuera, piensa Luna, pero continúa bombeando a Jimi con ímpetu redoblado.
–A... Adios Amanda.
–Cuida de él, cocínale algo decente, que sólo come basura.
–Uh... lo haré, descuide!
–No te preocupes mamá, encargaremos unas pizzas –bromea Jimi mordisqueando el lóbulo de la oreja de su chica.
Luna aprieta los dientes. Sus pequeños y carnosos deditos de los pies se agitan como animalillos.
–Te estás corriendo, reconócelo. Luna se está corriendo... ella!
Luna reduce el ritmo, estirándolo a derecha e izquierda con manos temblorosas. Después lo suelta y se escurre pared abajo, agotada. El cronómetro marca 4:59.
En la pantalla gigante ambas hembras se toman un respiro, barriga contra barriga, con las mejillas aplastadas una contra otra. Ambas tienen grandes pies blancos y los tobillos y las rodillas aparatosamente vendadas, y sus hombros montañosos brillan de sudor. Tarja se revuelve como una culebra, golpeando en corto de abajo a arriba. Su vientre es algo más pequeño pero más compacto, y se clava una y otra vez en los gigantescos costados sebosos de la china obligándola a retroceder cm a cm. Al comentarista le tiembla la voz, es un combate inusualmente largo y reñido.
Luna cambia de mano y estruja de nuevo el miembro de su chico. Es un nuevo agarre con la técnica de tekoki conocida como ‘el tunel’. La cabeza del miembro se asoma fuera del tunel con cada batida, y su parte más sensible roza con la suave membrana de piel que une el pulgar a los otros dedos. Al tiempo Luna añade de su cosecha un endiablado movimiento de torsión, como si estuviese revolviendo con una enorme cuchara. La técnica mixta finalmente comienza a hacer mella en su chico.
–Te tengo! No puedes aguantar, flaco, voy a hacerte puré.
Entornando los ojos bate aún más rápido. Jimi siente el corazón de Luna golpeándole la espalda igual de desenfrenado que el suyo propio. Echa un vistazo al crono. 05:25. Luna puede romper su record personal y bajar por primera vez de los 6 min. El combate de Tarja lo ha excitado mucho y lo que es peor, Luna se ha dado cuenta.
–¡Abre los ojos.... cobarde! Abre los ojos.
Tarja tiene a la rusa al borde de la derrota. Un nuevo barrigazo y la echará fuera, pero ella misma parece agotada y su enorme pecho resuella como el de una morsa. La gigante rusa no puede cerrar la boca y un hilo de baba le desciende por la enorme mandíbula. Tarja agita sus trenzas, da un paso atrás y enviste. La enorme asiática da un suspiro casi infantil y se desploma de espaldas. Tarja mira al cenit y, con un alarido, tensa sus potentes brazos hasta destrozar las ligaduras. Puños en alto ruge paseándose por la conquistada cancha de arena pateando como una osa polar. Luego se tapa la cara y rompe en sollozos abrazada por sus cuidadores.
Un giro extra del puño de Luna acaba con la resistencia de su chico.
–Así pequeñín, así... –gime ella, y lo mantiene escupiendo hasta sentirlo ablandarse. Ahora podrá ver por un ratito en el canal Telenovelas la serie turca con musculosos chicos descamisados hasta que él se recupere.