Laughing Jack

Sinopsis

Inspirada en el Creepypasta de Laughing Jack de SnuffBomb (2013), esta novela de terror sigue a Madison, una niña de 9 años que de repente conoce a un payaso imaginario. Se hacen amigos inseparables, pero pronto surgen problemas reales que afectan su relación, obligando a Madison a olvidarse del payaso colorido y extraño que la acompañaba. Ahora, han pasado 7 años después, Madison cumple sus 16 años en 2024, y, aquel payaso regresa, pero ya no amistoso ni regresa con reglas. Su objetivo principal es Madison… y cualquiera que se atreva a acercarse a ella.

Genero:
Horror
Autor/a:
Matthew Leroy
Estado:
Completado
Capítulos:
27
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Comienzo, y.. un amigo amigable..

Madison tenía 9 años cuando aprendió que el silencio también podía mirar.

Su habitación era pequeña, pintada de un rosa tan claro que parecía pedir disculpas por existir. El sol de la tarde entraba en líneas torcidas entre las cortinas, dibujando rayas doradas sobre el piso. Madison estaba sentada ahí, con las piernas cruzadas, alineando muñecas que ya no usaba y juguetes que nadie había vuelto a recoger.

No hablaba.

Escuchaba.

La casa siempre hacía ruidos —el refrigerador, el reloj del pasillo, el viento empujando una ventana mal cerrada—, pero ese día había algo distinto. No era un sonido exactamente. Era más bien la sensación de que algo esperaba.

—No me mires así —murmuró Madison, sin alzar la vista.

La esquina junto al clóset estaba vacía. O eso decía la lógica. Sin embargo, ella sonrió, una sonrisa pequeña, como si acabara de decirle algo gracioso a alguien más.

—No es cierto… no estás dando miedo.

Se levantó y caminó hacia su caja de colores. Al agacharse, notó que uno de los crayones había rodado fuera: el rojo, siempre el rojo. No recordaba haberlo usado.

Cuando volvió a incorporarse, la luz del sol ya no llegaba igual a la pared. La sombra en la esquina parecía más larga. Más definida.

—Hoy llegaste temprano —dijo Madison, esta vez con más confianza—. Mamá todavía no vuelve.

No hubo respuesta.

Pero Madison sintió algo parecido a una atención absoluta, como si cada palabra suya fuera recogida con cuidado.

Ella no lo sabía aún, pero ese fue el primer día en que dejó de estar sola sin darse cuenta.


La luz terminó de irse sin pedir permiso.

Madison no supo en qué momento el cuarto se volvió más oscuro; solo notó que el rosa de las paredes perdió color, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo. Se sentó en la cama y balanceó los pies, tarareando una canción sin letra.

Fue entonces cuando lo vio.

No un cuerpo.

No una figura completa.

Solo una sonrisa.

Brillante. Demasiado blanca para la esquina junto al ropero, donde la madera vieja siempre se tragaba la luz. La sonrisa no se movía, no temblaba. Simplemente estaba, suspendida en la oscuridad como si perteneciera a otro lugar.

Madison inclinó la cabeza, curiosa.

—Te escondiste mal —dijo, sin rastro de miedo—. Siempre te escondes mal.

La sonrisa se curvó un poco más.

Después, una voz apareció. No venía de la boca —porque aún no había boca—, sino de todas partes al mismo tiempo. Era dulce, exageradamente dulce, como un caramelo que se queda demasiado tiempo en la lengua.

—Es que me gusta que me encuentres.

Los ojos de Madison brillaron.

—Hoy llegaste temprano —repitió, bajando la voz como si compartieran un secreto—. Pensé que no vendrías.

Algo se movió dentro de la sombra. Primero, un destello de color: rayas suaves, como de ropa antigua, tonos pastel que parecían desteñidos por los años. Luego, unos guantes blancos, limpios en exceso. Finalmente, un rostro apareció poco a poco, como si se armara a sí mismo.

El payaso era delgado, casi demasiado alto para el espacio. Vestía un traje de rayas azul claro y crema, con botones redondos que parecían de juguete. Su cuello estaba adornado con un moño grande, ridículo, perfectamente acomodado. Tenía mejillas rosadas, pintadas con cuidado, y ojos grandes, atentos… demasiado atentos.

Pero sonreía como si nada malo pudiera existir.

—Nunca falto —dijo él—. Tú me llamas incluso cuando no hablas.

Madison se levantó de la cama y dio un paso hacia el ropero.

Luego otro.

—Mamá dice que no hable sola —confesó—. Pero tú no eres sola.

El payaso llevó un dedo a los labios, teatral.

—Shhh.

Eso es porque no estoy solo. Estoy contigo.

Madison rió bajito. Una risa pequeña, pegajosa.

—¿Tienes nombre?

El payaso pareció pensarlo. Inclinó la cabeza, exagerando el gesto, como si el cuello fuera de goma.

—Jack —respondió—. Pero me gusta cuando tú me miras. Así empiezo a sentirme real.

Madison no entendió del todo la frase del final.

Aun así, sonrió de vuelta.

Y en la oscuridad, junto al ropero, algo sonrió con ella… un poco más de lo necesario.