Capítulo 1
Elina Nyr abrió los ojos. Tres lunas negras flotaban sobre un horizonte partido. A su alrededor, fragmentos de realidades colapsadas vibraban como cristales rotos. No estaba sola.
—“Llegaste tarde” —dijo su reflejo, una versión endurecida, con cicatrices en el rostro y ojos tan fríos como el vacío temporal—. “Ya hemos fallado”.
A su derecha, otra Elina, vestida con una armadura hecha de recuerdos y fallos, acariciaba un artefacto pulsante: la llave que mantenía la fisura abierta.
—“No podemos seguir dividiéndonos” —susurró la científica Callan Aris, o lo que quedaba de él. Su sombra discutía con su eco, mientras Rhett Vols apuntaba su arma contra su doble, idéntico en todo… excepto en la furia que lo devoraba.
En el cielo, la era oscura despertaba. Un enjambre de voces sin cuerpo. Un dios de posibilidades malogradas.
Kaela Yureri, cubierta de heridas de guerras que no vivió, gritó: —“¡Debemos fusionarnos!. ¡Somos la misma historia, contada con distinto dolor!”.
Callan asintió. Activó el dispositivo. Las versiones alternativas se fundieron, no sin antes gritar, no sin lágrimas. Identidades, errores y redenciones se entrelazaron como ADN.
Entonces, silencio.
Una nueva línea temporal emergió. Una mezcla. Una cicatriz que brillaba. Elina —la última, la primera, la compuesta— observó su reflejo en el metal de su casco. Ya no sabía cuál era la original. Y no importaba. El futuro estaba seguro. Solo quedaba el eco de lo que fueron. Y una sombra que los recordaba.