Chapter 1
El sol de la tarde pegaba fuerte en el cuello y el olor a estiércol mezclado con palomitas de maíz era el perfume de mi infancia. Odiaba esta feria.
Odiaba el polvo que se metía entre los dedos de los pies, odiaba el mugido constante de los animales y odiaba la sonrisa tonta de mi padre mientras le explicaba a algún granjero las virtudes de un novillo. Pero hoy, odiaba todo un poco menos. Hoy, la feria era mi escenario.
Mi vestido blanco se sentía como una segunda piel, una tela tan fina y ceñida que no dejaba nada a la imaginación desde el pecho hasta la cintura. Las capas que comenzaban en mis caderas se movían con cada paso, una cortina inútil que apenas ocultaba la curvas de mi trasero.
Sentía el peso de mis pechos, firmes y grandes, empujando contra el tejido, y sabía que cada hombre que me miraba los veía. Me gustaba. Me gustaba sentir sus ojos como agujas calientes recorriendo mi cuerpo.
Mi madre, Aleska, caminaba a mi lado. "Qué bien te ves, mi amor", dijo, pasando su mano por mis hombros desnudos. "Ese vestido fue hecho para ti".
Sonreí para ella. Mamá siempre entendió. Ella sabía que una mujer como yo, con este cuerpo, no tenía por qué esconderse. Era un regalo, y los regalos están hechos para ser admirados.
Mi hermano Dominik iba delante, hablando con mi padre. No se había girado para mirarme ni una vez. A veces me preguntaba si le molestaba, si le daba vergüenza ver a su hermanita vestida de esa manera. O quizás simplemente no le importaba.
Dominik tenía su propio mundo, un mundo de músculos y trabajo que no dejaban espacio para los juegos de una niña mimada.
Me separé de ellos, acercándome a un puesto donde vendían artículos vintage. Había un grupo de hombres allí, todos de camiseta y con la cara curtida por el sol.
Me apoyé en el mostrador, dejando que mi cadera sobresaliera un poco más de lo necesario. Le pedí al vendedor que me mostrara un collar de plata. Mientras lo hacía, sentí la mirada de ellos sobre mí. No era solo curiosidad, era hambre. Un hambre densa y palpable que me erizó la piel.
Uno de ellos, un hombre más joven con los ojos azules, no me quitaba los ojos de encima. Sonreí para él, un gesto lento y deliberado.
Su mirada bajó de mi cara a mi escote, y luego a mis piernas. El vestido era tan corto que, si me inclinaba un poco más, podría ver el color de mis bragas. El pensamiento me dio un vuelco al estómago, una calidez húmeda que se extendió entre mis piernas.
—¿Te gusta algo, preciosa?.— me preguntó el vendedor, con una sonrisa condescendiente.
Ignoré su pregunta. Mis ojos seguían fijos en los del hombre de camiseta. Me enderecé y me pasé la lengua por los labios, lentamente. Él tragó saliva, su garganta moviéndose en un gesto torpe.
Podía imaginarlo pensando en mí, en cómo sería desgarrarme ese vestido, en cómo se sentiría mi piel bajo sus manos ásperas. Ese era mi poder. No el dinero de mi padre, ni la permisividad de mi madre. Mi poder era esto: la capacidad de convertir a un hombre en un animal con mi seduccion.
—Gracias, no.— dije finalmente, sin apartar la vista del hombre.
—No es lo que busco.
Me giré y me alejé, sintiendo sus ojos clavados en mi espalda, en el movimiento de mis caderas y en el balanceo de mi pelo rojo.
El cosquilleo entre mis piernas era más fuerte ahora. No era suficiente. Sabía que no sería suficiente hasta que uno de ellos se atreviera a hacer algo más que mirar.
Me reuní con mi madre junto a una carpa donde vendían zumos de frutas. El vendedor, un chico no mucho mayor que yo, casi se le cae la jarra cuando nos vio a las dos juntas.
Mamá también llevaba un vestido sexy, que se adhería a sus curvas con la misma falta de modestia que el mío.
A sus cincuenta años, su cuerpo era una promesa de lo que el mío sería en dos décadas: senos aún firmes y pesados, caderas aun amplias, una confianza que solo los años y la admiración constante pueden forjar.
Éramos un espectáculo. Un par de hembras en celo desfilando por un corral de machos.
—¿Ya te divertiste? —me preguntó, con una sonrisita que solo yo entendía. Me pasó un brazo por la cintura y su mano descansó justo encima de mi nalga, un gesto de posesión que para nosotros era normal.
—Un poco —respondí, tomando un sorbo del zumo de naranja que me compró.
—Los de aquí son tan predecibles. Miran, tragan saliva y se ajustan los pantalones. No hay gracia.
Mamá soltó una risa baja, un sonido ronco y seductor.
—Es que son simples, mi amor. Ven la carne y no ven el arma que esconden dentro. Tú tienes que aprender a disfrutar el poder, no solo el resultado.
Caminamos lentamente, y cada paso era una declaración. Las conversaciones se detenían a nuestro paso. Las mujeres nos miraban con una mezcla de envidia y desprecio.
Los hombres nos devoraban con la vista. Era un zumbido constante, una energía que me alimentaba. Me sentía viva, eléctrica.
—Mamá —dije en voz baja, acercándome más a ella para que solo ella oyera—. El hombre del puesto de antigüedades. El de los ojos azules. Casi se corre en los pantalones.
Ella se rio de nuevo, esta vez más alto.
—Ese es un buen comienzo. Pero no te quedes solo en las miradas. Tienes que aprender a ir un paso más allá.
—A hacer que sientan que podrían tenerte, aunque nunca lo hagan. Es un juego, Sasha. El mejor juego que existe.
La miré a ella. A su piel blanca, a las finas arrugas que se formaban alrededor de sus ojos cuando sonreía. Sabía que sus palabras no eran solo teoría. Sabía de sus aventuras. Sabía que cuando mi padre viajaba por negocios, o a veces incluso cuando estaba en la misma ciudad pero ocupado, ella encontraba compañía.
No era algo que ocultáramos. Una vez, cuando tenía dieciséis años, la encontré en la cocina a altas horas de la noche, con el pelo desordenado y la piel brillando de sudor, mientras un hombre que no era mi padre se servía un vaso de agua desde el frigorífico. No hubo sorpresa ni gritos. Ella solo me sonrió y me dijo: "Cariño, ve a dormir. Las adultas necesitamos nuestros pasatiempos".
Desde entonces, su infidelidad fue un secreto a voces entre nosotras. Un pacto de mujeres que entendían que el matrimonio de mi madre no era una cárcel. Le daba estatus, dinero, una vida cómoda y su amada familia. Sus amantes eran su verdadera comida, su sustento.
—¿Y tú? —le pregunté, mi voz apenas un murmullo—.
—¿Hay alguien interesante en la feria esta semana, aparte de los novillos de papá?
Su sonrisa se ensanchó.
—Siempre hay alguien, mi amor. Siempre hay un aburrido, un casado, un solitario que necesita recordar cómo se siente estar vivo.
POV ALESKA (MADRE)
La noche olía a palomitas de maíz, a algodón de azúcar y a esa mezcla de tierra y cerveza derramada que solo tienen las ferias de pueblo.
Las luces de neón de las atracciones se reflejaban en mi sonrisa mientras caminaba junto a mi hijo, Dominik. A mi lado, su silueta alta y seria era un contraste delicioso con el caos de gritos y risas a nuestro alrededor. Tenía 28 años, un hombre hecho y derecho, pero para mí siempre sería mi niño.
Aunque, últimamente, lo estaba viendo con otros ojos.
—¿Te aburres, mi vida? —le pregunté, acercándome un poco más de lo necesario para que mi brazo rozara el suyo.
Llevaba una camiseta cuadriculada negra con rojo que resaltaba unos bíceps que él mismo parecía ignorar.
—No, mamá. Estoy bien —respondió, con esa voz grave y cortante que usaba para disimularlo todo. Pero sus ojos, esos marrones que eran mi espejo, se desviaron un segundo hacia mi escote.
Me detuve frente al puesto de tiro al blanco. El encargado, un hombre con bigote y cara de pocos amigos, nos miró de arriba abajo.
Cogí una de las escopetas de juguete, pesada y falsa.
—Apostemos, Dominik. Si derribo más que tú, me invitas a una copa. Y si tú derribas más... —dibujé una sonrisa pícara en mis labios, dejando la frase en el aire— ...me invitas a dos copas y me dejas elegir dónde.
Se ruborizó. Dios, qué adorable. Cómo se sonrojaba mi hijo, un hombre que podía romperle la cara a cualquiera sin pestañear, por unas simples palabras mías.
—Está bien, mamá. Apuesta aceptada —dijo, cogiendo otra escopeta con más firmeza de la que necesitaba.
Disparamos. Él acertó todos. Yo fallé el último a propósito, dejando que mi mano "temblara" un instante.
—Mierda —murmuré, y le guiñé un ojo—. Parece que me toca pagarme mi bebida.
Nos alejamos del puesto mientras él, con una rigidez que me encantaba, intentaba mantener una distancia prudencial. Yo no se lo permití.
—No huyas de mí, cariño. Soy tu madre, ¿no? —me deslicé bajo su brazo, obligándolo a caminar más pegados. Mi pecho se apretó contra su costado y sentí cómo se tensaba al instante.
—Además, hace frío. Calienta a tu pobre mamá.
Llegamos a la carpa de la cerveza. Pedimos dos jarras grandes y nos sentamos en una esquina, algo apartados del bullicio. Brindamos.
—Por el campeón —dije, bebiendo un largo sorbo y manteniendo la mirada fija en él sobre el borde de la jarra. Se le humedecieron los labios. Le encantaba verme beber, lo sabía. Siempre le había gustado.
—Gracias por... esto, mamá. Por acompañarne —dijo, y su voz sonó más suave, más genuina.
—Siempre, mi niño. Siempre que quieras —le respondí, y apoyé mi mano sobre su muslo, sobre el vaquero. No la moví. Solo la dejé allí, una promesa silenciosa y pesada.
Sentí la contracción de sus músculos bajo mi palma, el pulso sutil que se desataba en su entrepierna. No la retiré. Al contrario, apreté los dedos muy, muy ligeramente, una sola vez.
Él no dijo nada. Se bebió su cerveza de un solo trago, y cuando me miró, por primera vez esa noche vi solo un fuego oscuro y pervertido que reconocí al instante. Era mío. Mi hijo, mi Dominik. Y esta noche era solo el principio.
POV SASHA (HIJA)
Las luces de las carpas se encendieron. El olor a estiércol fue reemplazado por el de aceite caliente y cerveza derramada.
Me aburría de mi madre y sus consejos de experta, y de las miradas predecibles de los hombres del pueblo. Necesitaba aire, necesito estar sola.
Me alejé de la zona principal, caminando por la línea borrosa donde el bullicio de la feria daba paso al silencio del bosque. El suelo era más blando aquí, cubierto de hoja.
Fue entonces cuando lo oí. Un sonido ahogado, un jadeo rítmico seguido de un gemido bajo. No era el ruido de la gente divertida en la feria. Era más primitivo, más crudo. Mi curiosidad se despertó, una serpiente dentro de mí que se estiraba y se movía. Me acerqué con sigilo, usando los arboles como escudo, y me asomé detrás de un gran arbol.
Recostado en el tronco grueso de un roble, con la cabeza echada hacia atrás y los labios entreabiertos en un gesto de placer, estaba mi hermano. Dominik. Su camisa estaba desabrochada y sus jeans estaban abiertos, bajados hasta sus muslos. Bajé la vista y vi una cabeza de pelo oscuro moviéndese sobre su regazo.
Una chica, de rodillas en el suelo sucio, con la cara enterrada en su entrepierna, chupándole la polla con una avidez desesperada.
Una parte de mí, la parte decente que supongo debía existir en algún rincón oscuro de mi cerebro, me gritó que me fuera. Que diera media vuelta y corriera de vuelta a la luz. Pero era una voz débil, ahogada por otra mucho más fuerte, más poderosa.
Mi lado sucio, pervertido y lujurioso, se aferró a la escena. Era mi hermano. Mi hermano guapo y fuerte, el hombre perfecto a los ojos de mis padres, siendo reducido a un animal jadeante por la boca de una desconocida. El hecho de que fuera él, que fuera prohibido, lo hacía mil veces más excitante.
Me quedé allí, inmóvil, observando todo. Veía cómo las mejillas de la chica se hundían, cómo su mano se aferraba a la base de su erección, cómo las caderas de Dominik se movían en pequeños impulsos involuntarios.
Cada gemido que escapaba de sus labios era una descarga eléctrica que me recorría el cuerpo. Sentía un calor húmedo crecer entre mis propias piernas, un anhelo visceral que me hacía tensar los músculos del estómago. No estaba viendo a mi hermano; estaba viendo a un macho en su estado más puro, y yo era una espectadora privilegiada.
Después de unos minutos que se sintieron como una eternidad, el impulso se volvió incontrolable. Quería ser parte de ello. Quería romper esa burbuja de intimidad y ver qué pasaba. Di un paso hacia adelante. Mi pie, torpe y ansioso, tropezó con una rama seca. El *CRACK* de la madera rompiéndose resonó en el silencio.
Dos cabezas se giraron hacia mí al instante. Los ojos de Dominik, llenos de placer un segundo antes, ahora estaban abiertos por el shock y el pánico. Los de la chica eran de puro terror.
Nos miró a mí, luego a él, y sin decir una palabra, se puso de pie y salió corriendo, desapareciendo en la oscuridad como un fantasma asustado.
Y entonces quedamos solos. Dominik y yo. Él, recostado en el árbol, con la polla todavía erecta, brillante con la saliva de la chica y goteando. Yo, de pie a pocos metros de distancia, con el corazón martilleándome en el pecho.

