Negro y Blanco

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Sinopsis

Sheryn Blanchett es una chica alemana con mentalidad vulnerable, cuando se cumple el 20° aniversario de las muertes de Dusseldorf, intenta bajar la guardia. Sin embargo, el asesino reaparece, pero, está vez, acosándola y empujándola psicológicamente. Sheryn se dedica a investigar el caso del asesinato de las tres jovenes, sin embargo, se da cuenta que era mejor dejarlo encerrado para siempre, ya que tendrá que sobrevivir a éste asesino del pasado.

Genero:
Mystery
Autor/a:
Matthew Leroy
Estado:
Completado
Capítulos:
35
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Abril en Dusseldorf..

Dusseldorf despertaba lentamente bajo un cielo gris de abril. La lluvia fina cubría las calles empedradas, creando charcos que reflejaban los faroles y los edificios antiguos. La ciudad parecía tranquila, incluso elegante, con sus cafés llenos de olor a pan recién horneado y a café fuerte, y sus tranvías que se deslizaban sobre rieles brillantes. Sin embargo, para Sheryn Blanchett, la calma era apenas un respiro antes del recuerdo.

Sheryn, con su cabello pelirrojo recogido en una coleta desordenada y protegida con su chamarra negra del frío, caminaba junto a su madre, Susan, por el mercado del centro. Susan era una mujer de porte sereno, siempre vestida con colores suaves, que contrastaban con la intensidad natural de su hija. Mientras elegían frutas frescas, Susan hablaba con una voz cálida, intentando romper la tensión que Sheryn llevaba encima sin darse cuenta.

—Hoy el clima está ideal para un paseo —dijo Susan, sonriendo mientras inspeccionaba unas manzanas rojas—. ¿Quieres que pasemos por el río después?

Sheryn asintió débilmente, distraída. Había cosas que no podía olvidar, momentos que se colaban en su mente sin permiso. Abril siempre traía consigo un aire pesado. No solo por la lluvia, sino por los recuerdos que parecían flotar en cada rincón de la ciudad.


Veinte años atrás, en abril de 2002, Dusseldorf había quedado marcada por la tragedia: Élise, Annika y Charlotte, tres jóvenes universitarias, desaparecieron y fueron encontradas muertas días después. Sus nombres todavía resonaban en los periódicos, en los cafés, en las conversaciones de la ciudad. La violencia de aquel evento había quedado grabada no solo en la memoria de la ciudad, sino también en la de Sheryn, que entonces era apenas una niña.


Ahora, en abril del presente, Sheryn sentía que la sombra de esos asesinatos nunca se había ido. Cada año, las fechas le recordaban la fragilidad de la vida, y cómo un solo momento podía alterar todo para siempre. Caminaba junto a su madre, intentando fingir normalidad, pero los ecos de aquel pasado se mezclaban con el sonido de los tranvías y la lluvia golpeando los adoquines.


Sheryn sabía que este abril sería diferente. No podía explicar por qué, solo lo sentía: un escalofrío que se arrastraba por su espalda, una sensación de que alguien —o algo— estaba observando cada uno de sus movimientos, acechando entre la ciudad que parecía tan familiar y tan extrañamente amenazante.

Sheryn y Susan avanzaban por el puente sobre el Rin, las gotas de lluvia golpeando suavemente los adoquines, dibujando círculos que se expandían hasta desaparecer. La ciudad parecía tranquila, bañada en el gris del cielo de abril, con sus edificios antiguos reflejándose en el agua oscura. Los tranvías pasaban a lo lejos, su zumbido apagado por la distancia, y los faroles lanzaban reflejos amarillos sobre charcos que brillaban como espejos. Todo parecía normal… pero para Sheryn, la normalidad era apenas una capa fina que ocultaba algo mucho más oscuro.

Desde hacía unos minutos, Sheryn tenía una sensación extraña, un cosquilleo en la nuca que no se calmaba. Era como si alguien la estuviera observando, invisible, pero consciente de cada uno de sus movimientos. Giró la cabeza sin pensar, esperando ver a algún transeúnte o a un vagabundo, pero no había nadie. Solo su reflejo en los escaparates cerrados, distorsionado por la lluvia y la luz. Sin embargo, algo en ese reflejo no estaba bien… un destello fugaz de blanco y negro, apenas en el borde de su visión, como si alguien se ocultara entre las sombras y la observara con una sonrisa que solo ella podía intuir.

Sheryn sintió un escalofrío que le recorrió la columna vertebral. Respiró hondo, tratando de calmarse, de convencerse de que eran imaginaciones suyas, recuerdos de aquel pasado que siempre regresaba en abril. Veinte años atrás, Élise, Annika y Charlotte habían sido asesinadas en la misma ciudad, en la misma época. Sus nombres flotaban en su mente como ecos que no morían. Y ahora, esa sensación de presencia parecía reabrir la herida, como si alguien quisiera recordarle que nada, nunca, estaba realmente seguro.

Un paso. Solo uno, medido, firme, resonando sobre los adoquines mojados. Luego otro, pausado, casi rítmico. Sheryn contuvo la respiración y giró la cabeza lentamente, esperando verlo. Pero no había nadie. Solo la ciudad, la lluvia, el reflejo del farol en un charco… y la sensación de que alguien estaba allí, jugando con su mente.

“Susan… digo…” se corrigió mentalmente, “no, Sheryn… solo es la lluvia, solo es la ciudad”. Pero la duda ya estaba plantada, como una semilla que crecía dentro de su cabeza. ¿Y si no era imaginación? ¿Y si algo oscuro había regresado realmente a Dusseldorf? Su corazón empezó a latir más rápido, y por un momento, cada pensamiento parecía traicionarla.

Sheryn se dio cuenta de que no podía dejar de mirar a su alrededor. Cada sombra parecía moverse, cada reflejo en los escaparates le recordaba la máscara que había visto en un destello: mitad negra, mitad blanca, con una sonrisa que no pertenecía a ningún humano. La línea fina en el lado negro, el pequeño rasguño… todo era tan minucioso que parecía estar diseñado para ella, para hacerla sentir que su mente estaba perdiendo el control.

—¿Estás bien, Sheryn? —preguntó Susan, con suavidad, notando la tensión en la postura de su hija. Su voz era cálida, como un refugio entre la lluvia y el miedo que empezaba a apoderarse de Sheryn.

—Sí… sí, estoy bien —respondió Sheryn, aunque sus palabras temblaban. No podía confesar lo que sentía, no aún. No podía decir que alguien la estaba empujando hacia la duda, haciéndola cuestionar todo lo que sabía sobre sí misma y sobre la realidad. Cada paso, cada movimiento, parecía cuidadosamente calculado por una mente que quería verla caer psicológicamente, que jugaba con ella como un gato con su presa.

Sheryn continuó caminando, manteniendo la cabeza baja, intentando ignorar la sensación que se enroscaba en su pecho. Pero cada vez que parpadeaba, creía ver la máscara en la esquina de un escaparate, en un reflejo del agua del río, en la sombra de un árbol. Siempre estaba allí y a la vez desaparecía. Era como si la estuviera observando, midiendo sus miedos, explorando sus dudas.

“Todo esto es absurdo”, pensó. “Solo son imaginaciones”. Pero su mente no la obedecía. Cada instante que pasaba, el miedo crecía, infiltrándose en su pensamiento. Y entonces vino el susurro. No un sonido que pudiera escuchar, sino un eco dentro de su cabeza, una sensación que le decía:

“No deberías estar aquí… no todo lo que recuerdas es verdad…”

Sheryn se detuvo. Su respiración se volvió irregular. Su corazón golpeaba en el pecho con fuerza. Era como si alguien hubiera dejado una mano invisible sobre su mente, empujándola lentamente hacia el borde de la incertidumbre, hacia la pregunta que más miedo le daba: ¿y si todo lo que creo es un error existencial?

El sonido de los pasos volvió a resonar detrás de ella, ahora sincronizado con el ritmo de su corazón. No había sombra, no había cuerpo, pero la presencia estaba allí, firme, silenciosa, invisible. La sensación de ser estudiada, de ser manipulada, la envolvió completamente. Cada fibra de su ser gritaba que corriera, que huyera, pero sus pies parecían pegados al suelo, incapaces de moverse.

Susan, aún ajena a lo que ocurría en la mente de su hija, tomó su mano con un gesto cálido y protectivo. —Vamos, Sheryn… miremos el río —dijo con suavidad, intentando distraerla.

Sheryn asintió lentamente, fingiendo tranquilidad. Pero en su mente, la máscara permanecía, sonriendo, mitad negra, mitad blanca, con esa línea que la obsesionaba. El asesino había regresado. Y esta vez, no solo amenazaba su vida… quería romper su mente primero.